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jueves, 20 de agosto de 2009

La construcción de la identidad de Mario (Miguel Delibes)

Fragmento del trabajo final.
Asignatura de Máster de Literatura:
"Novela y sociedad del franquismo"

I. Aún en 1966, año de publicación de Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, la teoría y la crítica literaria se preocupaba en exceso por encontrar una explicación autobiográfica a la construcción de los personajes novelescos. Diferenciándose radicalmente de los enfoques anteriores, demasiado rígidos, se profundizaba en las causas internas que podían originar resultados en uno u otro sentido, esclareciendo algunas dudas surgidas en torno a los denominados “nuevos héroes” de la novela de posguerra. El autor, y sus experiencias, derivaban en ese personaje creado sobre su propia base: imagen de sí mismo, cuya ficticia vida interior evoca la de un espíritu humano. Desde ahí, el método de trabajo, el oficio de escritor, era la circunstancia encargada de convertir esta entidad ilusoria en una forma artística bella, consecuencia del yo pretérito (Ayala, 1984: 49).

La obra que nos ocupa contribuye con un personaje, Mario Díez Collado, de personalidad y razonamientos (también de iniciales) equiparables a las de su autor, Miguel Delibes. Él mismo ha localizado el germen de Mario en el carácter de su amigo, y también periodista e intelectual, José Jiménez Lozano (Delibes, 1990: 122). No obstante, reconoce rasgos propios, como la superficialidad y la falta de rigor en el pensamiento (Vilanova, 1992: 138). En este punto biográfico intermedio podemos reconocer el nacimiento de la identidad del personaje central de la novela, pero habré de mencionar algunos otros elementos que se unen en la composición del mismo; de no hacerlo, la línea hasta aquí trazada originaría un simple boceto.

Todo creador incluye entre sus instrumentos la imaginación, brillante o anodina, según los casos. No es esto lo que determina a un escritor, pues cualquier ser humano posee tal capacidad, sino más bien “la posesión de un peculiar talento que le permite encerrar las invenciones de su imaginación en una estructura verbal” (Ayala, 1984: 55). Esto es, la diferenciación estriba en una cualidad tan concreta como es la de controlar la libertad creadora encauzándola en una estructura textual. La imaginación intervenida se hace palabra y, desde una perspectiva inmanente, se independiza de su autor.

En la obra de Delibes, la observación aguda se inmiscuye en el libertinaje imaginativo y aferra sus creaciones a la tierra. Pero no sólo fija su curiosidad en el individuo, adentrándose en su conciencia y descendiendo hasta sus pasiones, sino que busca en él lo que de maravilloso o de grosero subyace, desvelando sutilmente en su escritura que esos rasgos son los que subliman a ese personaje, los que lo hacen único y esencial, los que le dan sentido, particular y colectivo, en complementariedad con los demás.

Por lo general, la crítica atiende poco a este sentido. Considerando las limitaciones de espacio que moderan mi análisis, voy a aplicar este enfoque a la creación de la identidad del personaje masculino de Cinco horas con Mario. De si las conclusiones van a ser todo lo exitosas que proyecto, no puedo responder.

II. Mario está ausente desde el principio de la novela; Carmen, su viuda, es la encargada de recomponernos su figura, pasada, con el filtro de su ideología y de su mentalidad. De Mario, sólo obtenemos la visión de su esposa, dichos y hechos, y las citas subrayadas en la Biblia que encabezan cada capítulo. Él es el personaje pasivo, descubierto a través de Carmen en un tú reflexivo. De esta manera, Mario se nos pinta como el “perfecto arquetipo del intelectual católico postconciliar, utópico e idealista, imbuido de una honda preocupación social y de un quijotesco afán de hacer justicia y procurar el bien de los demás”, sobre todo de los más débiles, lo que “le convierte en la incómoda personificación de un cristiano intransigente en el seno de una sociedad farisaica, basada en la devoción externa y en la moral convencional” (Vilanova, 1992: 148). La sátira social, los propósitos éticos y de denuncia, manifiestos ya desde la primera lectura, dejan paso a dos interpretaciones: o bien Delibes ridiculiza la figura de Mario, por lo contradictorio de sus actuaciones y pensamientos, y lo rebaja como padre y marido, despreocupado y despótico; o bien, al sentirse retratado en su creación, idealiza al intelectual honesto, concentrando en su representación todas las simpatías e excelencias, e ironiza a Carmen, intolerante, obcecada y prosaica.

La complejidad ficcional de Mario (como también la de Carmen), sin lugar a dudas la llave de su veracidad, se asienta en esta doble visión, ambas correctas a un tiempo. Durante todo el discurso de Carmen, el autor disemina detalles susceptibles de avivar las dudas sobre la moralidad, la intelectualidad y la ideología de Mario. En su construcción, Delibes oscila entre dos polos, o abraza ambos al unísono, por lo que el juicio final no deja sentencia alguna y sí un sentido relativo, y por eso verdadero.

En el anexo I, he incluido tres fragmentos de la obra claves para entender la ambigüedad pretendida por Delibes en Mario. El primero (A) se corresponde con una de las citas bíblicas subrayadas por Mario y que su mujer se encarga de transcribir de forma parcial. Por los fragmentos del texto sagrado, y sabedores de la trascendencia que Mario le procuraba (Carmen: “—Él decía que la Biblia le fecundaba y le serenaba.”, 34), tanto Carmen como los lectores, titubeamos ante el género de relación que pudiera existir entre Mario y Encarna, su cuñada. En el segundo fragmento (B), del final de la obra, en el epílogo, dos personajes de diferente “bando” nos hacen poner en tela de juicio la integridad moral y/o intelectual del fallecido. El siguiente extracto (C) no permite distinguir su adhesión política.

El autor, como vemos, desapartado del testimonio de Carmen o de cualquiera de sus otros personajes, deja además que sean ellos los que recreen a Mario de forma tácita. La narración tradicional se invierte, el escritor queda encubierto y el lector puede intervenir como contestación a la disertación principal de Carmen, repleta de muletillas y de juicios valorativos hacia su marido que la autodescriben (el cuarto extracto del anexo (D) demuestra esta aseveración con precisión). Con tantas versiones potenciales de Mario, la lectura sociológica transforma las simpatías políticas en conclusiones muy generales sobre la obra y a los personajes en esquemas partidistas de vaga entidad artística. Sabedor de esta eventualidad, la distancia formal con respecto a su discurso permite a Delibes salir indemne de cualquier valoración y tendencia, subrayando su interés por el lado humano de la obra estética. Para el lector moderno, la estrategia fructifica en la puntual reconstrucción de la sociedad franquista, machista y opresiva (Rey, 1975: 203) (Carmen: “Los hombres no sois más que unos soberbios, os creéis en posesión de la verdad y a nosotras ni caso.”, 107), pero sobre todo en la caracterización de Mario: héroe informe, intelectual abstruso y hombre en continuo conflicto interno (“¡Dios mío, me siento solo; estoy como acosado!”, 203), puntos que muestran de manera infalible “la expresión del resistente a la dictadura, caído, como tantos otros, antes de que el dictador falleciera” (García Posada, 1992: 116).

III. Ya intuimos que Mario no está contento con la situación social que le ha tocado vivir, pero su fuerza como personaje central viene de su profunda preocupación por los valores futuros. Y no se trata de propósitos políticos, que también, sino sobre todo de libertades, de progresos o de igualdad de oportunidades. Su originalidad, y su modernidad, emanan de su ansia por encontrar sentido a su vida, de su “afán de autenticidad” (Sanz Villanueva, 1972: 133), aún concretándole en una historicidad asfixiada, la de Cinco horas con Mario, en la que tanto el medio familiar como el social se rebelan ante sus deseos de universalización de su verdad íntima y, al cabo, de su propia felicidad.

Es aquí donde encontramos que el “nuevo héroe” que personifica Mario es en realidad un “anti-héroe”, porque los atributos extraordinarios que históricamente poseía se han ido quedando atrás ante la irrupción del hombre corriente, extirpado de la observación cotidiana. Incapaz de doblegar los acontecimientos y mantener el crédito de los intereses colectivos de su tiempo, el héroe se repliega, tiende a la soledad y al hermetismo y, al no tener seguridades a las que aferrarse, perviven en él el vacío y la negatividad. Siendo así, Mario, héroe intelectual, siempre rodeado de libros, descuida el sabor de lo cotidiano, ensimismado como está en las lecturas, y se desenamora de los pequeños detalles, de lo aparentemente insignificante, que subordina a empresas de mayor alcance, como es su obsesiva preocupación social.

IV. Mario es, en mezcla proporcional, biografía de su creador, Miguel Delibes (también de José Jiménez Lozano), tanto como imaginación, personalidad y observación. De lo que cada componente participa en el personaje que nos ocupa, ya he dejado escrito; sin embargo, quiero apuntar aún dos más: pensamiento e intuición.

Delibes no era un intelectual, y además le era imposible fingirlo. Sus razonamientos, expuestos en numerosas entrevistas y artículos, denotaban una formación literaria desordenada, casi a remolque, y una cultura débil y alejada del rigor propio del erudito. La consistencia de su peculiar teoría poética se asienta en la observación, minuciosa y eficaz gracias a su condición tranquila de hombre solitario. O lo que es lo mismo, su carácter se refleja en su método de trabajo, pero antes en su pensamiento, que actúa de lente entre él y los demás hombres. Así, creía firmemente que el alejamiento entre los seres humanos era cada vez más palmario, producto del egoísmo, la frivolidad y la prisa, que pervertían las relaciones humanas a medida que avanzaba el siglo XX, evitando acariciar el sentido y la esencia de verdad del contrario (Elizalde, 1992:290). Su determinismo afectó del mismo modo a Mario, que suponía que las condiciones iniciales no iban a cambiar, por lo que la revolución era de cualquier forma inútil ante nuestro destino (Morán, 1971: 391).

Pero ninguna de sus ideas sobre el hombre, pudo entorpecer la lucidez con que resolvió muchos de sus personajes. La intuición es una cualidad indescifrable; y en el caso de Delibes poderosa. Él escribe para darse sentido, posiblemente en Mario (quien también escribe para darse sentido, podríamos decir), no siempre desde un control total de los mecanismos enumerados en este estudio, por eso el sentido intuitivo adquiere un valor especial: acaso es esta la capacidad que distancia a un escritor del que no lo es. Al final de todo, la significación de Mario en su universo ficcional de Cinco horas con Mario resultó imprecisa, ambigua y contradictoria; la de su creador, en su vida real, a ciencia cierta será parcial y sesgada, más o menos trascendente pero ya sabemos que no del todo coincidente con la de su personaje. Como lectores, no podemos pedirle a Delibes que aclare todas nuestras incertidumbres de peso.

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