...blog literario de rubén rojas yedra

lunes, 11 de junio de 2018

Macedonio Fernández (1874, Buenos Aires, ARG-1952)

Un paciente en disminución
Papeles de Recienvenido…, 1944

El señor Ga había sido tan asiduo, dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era solo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba a llamar.

El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y «meneando con grave modo» la cabeza resolvió: «Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano».


La verdad sobre las bacterias

Quiero saber si es verdad que las bacterias nos enferman. ¿Qué ganas, qué necesidad tienen de matarnos o enfermarnos? ¿Tan sabia es la naturaleza con ellas como con nosotros? No creo ni en las bacterias como causantes por sí solas de enfermedades, ni en la Sabiduría de la Naturaleza. Si el hombre enfermo les conviene a las bacterias para estar sanas, no hay por qué decir que ellas causan la enfermedad.


Para terminar pidiendo
Papeles de Recienvenido…, 1944

Soy algo bajo; y hubiera deseado o bien una adición a mi estatura de una mitad de una «otorrinolaringología», o bien haber alcanzado naturalmente a la talla de cuatro enteras otorrinolaringologías añadidas verticalmente.


[Sin título]
Cuadernos de todo y nada, 1972

—Mujer, ¿cuánto te ha costado esta espumadera?
—1,90.
—¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!
—Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.
—¡Pues la hubieras comprado sin ellos!
—Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.
—No importa; no hay que pagar de más. Son artificios del mercado de agujeros.


[Sin título]

Al español o se le mata o no queda ningún modo de impedir ser salvados por él.

viernes, 27 de abril de 2018

Fernando Iwasaki (1961, Lima, PER)


La habitación maldita
Ajuar funerario, 2004

Llegué sin reserva porque para eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una suite en otro hotel de la cadena, mas yo estaba muy cansado y subí sin hacerles caso. 

La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes estaban llenas de crucifijos y los espejos apenas reflejaban mis movimientos. Recién cuando me eché en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo viejo y enfermo que me miraba sobrecogido. Me dormí con la inexplicable sensación de sentirme amortajado. 

Un clavo de frío me despertó, y junto a la cama una mujer de niebla me dijo con infinita tristeza: «¿Por qué has sido tan imprudente? Ahora te quedas tú». Desde entonces sigo esperando que venga otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez. 


Dulce compañía
Ajuar funerario, 2004

No quería castigar al niño, pero fue inevitable. No solo mintió sino que además me amenazó. Desde entonces está raro. No habla, no juega y no quiere que lo bese. Me da miedo cómo mira, la forma en que come, las cosas que canta. Esta mañana salí al jardín y en un paquetito que estaba junto a unas velas negras encontré uñas cortadas, sobras de comida y una foto carné mía. No he querido llamarle la atención de nuevo, pero lleva encerrado en su cuarto desde anoche. He subido las escaleras y he sentido escalofríos, un olor extraño y unas sombras huidizas. El niño habla con alguien y sigue cantando esas canciones horribles. Le pido que me hable y me insulta y se ríe. No tengo más remedio que abrir la puerta. 


Vamos al colegio
Ajuar funerario, 2004
 
Como todas las mañanas, he vestido a los niños y los he colocado en el asiento trasero para que sigan durmiendo. Enciendo el coche y el motor se va calentando, desentumeciendo. El invierno es crudo y prefiero no abrir la ventana para que los niños no pasen frío. Corro a la cocina a preparar sus bocadillos y no hay mantequilla, el queso también se ha terminado y tengo que abrir una lata de atún. Cuando encuentro el abrelatas ya se nos ha hecho tarde. Corro al garaje. Apenas puedo respirar. Los niños no se despiertan.

viernes, 9 de febrero de 2018

Javier Tomeo (1932, Huesca, ESP)

[Historia II]
Historias mínimas, 1988


Mujer tejiendo junto a la ventana. Inesperadamente, entra en la habitación un niño, sosteniendo algo en el hueco de la mano.

NIÑO.— Madre, mira qué te traigo.

MADRE.— ¿Qué me traes?

NIÑO.— Una luz.

MADRE.— ¿Dónde estaba?

NIÑO.— En la charca, debajo de la luna.

MADRE.— ¿Te vio alguien cómo la cogías?

NIÑO.— No, nadie.

MADRE.— Anda, préndemela pues en el pelo.

Pausa. El niño se alza sobre la punta de los pies y prende la luz en el cabello de la madre. Por un instante, la madre deja de tejer y sonríe.


[Historia XI]
Historias mínimas, 1988

LOS DOS HOMBRES están sentados en un banco, en la plaza del pueblo. Silencio. Estrellas, luna circular y el ulular paciente del mochuelo que reclama a su hembra.

HOMBRE PRIMERO.— Tomás.

HOMBRE SEGUNDO.— Qué.

HOMBRE PRIMERO.— Fíjate en aquella estrella.

HOMBRE SEGUNDO.— ¿En cuál?

HOMBRE PRIMERO.— En la que está junto a la veleta del campanario.

HOMBRE SEGUNDO.— Sí, ya lo veo, ¿qué pasa?

HOMBRE PRIMERO.— Mira.

Hincha el pecho, sopla con fuerza y la estrella se apaga.

HOMBRE SEGUNDO.— (Admirado.) ¡Oh!

Silencio. Por allá se acerca el borracho del acordeón. Muge una vaca y las gallinas del corral se despiertan sobresaltadas.


[Historia XXXII]
Historias mínimas, 1988

Departamento de vagón de ferrocarril. HOMBRE a la derecha y MUJER a la izquierda. El HOMBRE, que finge leer un periódico, lanza ávidas miradas a las piernas de la MUJER. En un momento determinado, dobla el periódico, lo deja a un lado, cruza los brazos y suspira. 

HOMBRE.— No puedo evitarlo, señorita, debo decirle que su presencia me enerva. 

MUJER.— ¿Qué es lo que dice usted? 

HOMBRE.— Quiero decir que su proximidad me pone nervioso. 

MUJER.— ¿Y eso, por qué? 

HOMBRE.— Usted, señorita, pertenece a esa categoría de mujeres que no pueden verse sin ser deseadas. 

MUJER.— ¡Vaya ocurrencia! 

HOMBRE.— Usted pone a prueba todos mis buenos principios. 

MUJER.— Lo que usted dice se merecería una dura reprimenda. Es inconcebible que todavía queden hombres de su ralea. ¿Piensa, acaso, que las mujeres somos como manzanas? ¿Cree que podemos ser deseadas y cogidas, sin más problemas que alargar el brazo? 

HOMBRE.— Yo no le he dicho nada de eso señorita. 

MUJER.— Como si lo hubiese dicho. He conocido a otros hombres como usted. 

HOMBRE.— Sabrá, entonces, que tengo a todas las mujeres en la más alta consideración. 

MUJER.—Permítame que lo ponga en duda. La verdad es que, desde el instante que le vi, me sentí incomodada por su mirada de fauno. 

HOMBRE.—¿Piensa usted, de verdad, que tengo mirada de fauno? ¿Está usted segura? 

MUJER.— Mírese en un espejo, señor. Tiene usted la clase de mirada que ha atormentado mis peores pesadillas. 

HOMBRE.— En ese caso, señorita, creo que será mejor que cambie de departamento. 

Lanza a la MUJER una torpe sonrisa, recoge el maletín y sale al pasillo. Su gesto, sin embargo, resulta inútil, porque su mirada, como el rastro plateado que va dejando un caracol, se quedó en el departamento trazando todavía obscenos arabescos sobre las pantorrillas de la MUJER. 


El hombre ratón
Zoopatías y zoofilias, 1992

Aquel hombrecito de mirada asustadiza y largos bigotes hirsutos tenía la pretensión de ser un ratoncito. Cada tarde entraba en el bar, se sentaba en una mesa del rincón, cerca de la puerta, y se nos quedaba mirando con ojos brillantes y saltones sin dejar de imprimir a su mandíbula superior el característico movimiento que podemos observar en los auténticos roedores.

Todos los del barrio conocíamos su verdadera historia y podíamos imaginar lo mal que lo estaba pasando desde que su mujer se escapó con el cartero. ¿Cómo convencer a un hombre, sin embargo, de que no es el ratoncito indefenso que piensa ser, sin más armas para defenderse que un par de pequeños incisivos de crecimiento continuo? ¿Cómo convencerle de que, a pesar de todo, vale la pena continuar viviendo? ¿Cómo ayudarle a recuperar la confianza?

—Vamos a ver —le dije un día, dispuesto a devolverle la sensatez— Hábleme usted de quesos. Si realmente es ese ratoncito que pretende ser, sabrá distinguirlos sin el menor problema, pues todos sabemos que los ratones se pirran por el queso.

Le pregunté en que se distinguía el queso de bola del queso gruyere y el hombre pensó que quería tomarle el pelo y se me quedó mirando a los ojos, sin saber que responder. Le repetí la pregunta y me contestó por fin que los quesos de bola son los que tienen forma esférica y que el queso gruyere era el de los agujeros.

—Ni siquiera es necesario probar esos dos tipos de quesos para distinguirlos —me dijo con una vocecita aguda que trataba de imitar el chillido prolongado de un ratón—. Pueden reconocerse a simple vista.

—¿Qué me dice entonces del queso manchego? —le pregunté, sin dar mi brazo a torcer.

—Es un queso elaborado con leche de oveja, de pasta firme y aroma y sabor muy característico. Puede consumirse fresco, seco o curado en aceite. Yo, personalmente, lo prefiero muy seco.

—Deme una razón que justifique esa preferencia —le pedí.

—Si el queso está muy duro —respondió, abriendo la boca y señalándose los dientes con el índice— estos dos incisivos, que usted ve tan desarrollados, cobran todo su sentido.

—¿Y el emmenthal? —le pregunté—. ¿Qué me dice del emmenthal?

—Es un queso de vaca —respondió. Duro, compacto, con grandes ojos. No es fácil de encontrar en las despensas de este barrio.

Reconocí que a juzgar por aquellas respuestas —que me dio sin ninguna vacilación— podría ser realmente un hombre ratón, pero no quise rendirme a las primeras de cambio y se me ocurrió otro sistema para devolverle a la realidad. Una mañana le sujetamos entre unos cuantos clientes del bar y le afeitamos el bigote en seco. Fui precisamente yo quien empuñó la navaja barbera. Le puse luego un espejo a un palmo de la nariz y le pregunte si todavía continuaba reconociéndose hombre ratón.

—Así, sin bigote, me resulta muy difícil —reconoció tristemente, pasándose la yema del índice por encima del labio superior.

Y aquel día señaló el principio de su recuperación. Continuó acudiendo cada tarde al bar y sentándose en la mesa del rincón, pero poco a poco fue dejando de mover las mandíbulas y hace un par de días se decidió a jugar con nosotros una partida de dominó.


El ciervo vampiro
Los nuevos inquisidores, 2004

El ciervo atraviesa lentamente el calvero del bosque en busca del río donde abreva cada mañana. Sabe que su cabeza es un jeroglífico imposible de descifrar y se siente orgulloso de su cornamenta.

«No quiero que pueda traducirme cualquier becario sin talento», piensa.

Se detiene a orillas del río. El agua es roja. Recuerda que ayer noche hubo aguas arriba una batalla entre hombres que no pensaban del mismo modo y que estuvieron degollándose recíprocamente durante un par de horas. Muchos de los combatientes, al saberse heridos de muerte, prefirieron meterse en el agua hasta el cuello y morir desangrados.

El dilema que se le presenta al hermoso ciervo es bastante peliagudo: o renunciar a beber y morir de sed, o arriesgarse a beber agua contaminada de sangre humana y convertirse en hombre.

lunes, 11 de diciembre de 2017

El intervalo femenino: a propósito de 'Diabulus in musica' de Espido Freire

La revista científica Siglo XXI: Literatura y cultura españolas, editada desde 2003 por la Universidad de Valladolid y la CUNY (City University of New York), ha incluido mi estudio «El intervalo femenino: a propósito del Diabulus in Musica de Espido Freire» en su núm. 13, diciembre de 2015, pp. 51-73.

Pulsa aquí para leer en pdf.

Resumen

La narrativa de Espido Freire presta habitualmente mayor atención al sexo femenino, aunque no por eso calificaríamos su discurso como “femenino”. La autora vasca ha llevado a cabo una relectura del pasado de la mujer occidental para identificarla como sujeto, no solo como objeto. Incrustada en el “yo íntimo” de sus personajes femeninos, los somete a conflictos personales y sociales: la imposición de símbolos masculinos, para descubrir sus identidades inestables. Narrativamente se nos presenta como una lucha interior cuyo desencadenante es el amor y que deja al descubierto el intervalo de la diferencia. A pesar de que Diabulus in Musica se inserta en un mundo onírico, hemos rastreado ciertos rasgos “feminolectos” para circunscribir el comportamiento de sus “heroínas” en la denominada literatura femenina.

Gracias al equipo editorial de la revista y en especial a Pilar Celma.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Ángel Zapata (1961, Madrid)

No hace ruido: se asimila a la puerta involuntaria que día y noche da sobre el huracán
Materia oscura, 2015

Algunos días, un relámpago rodea su cabeza. Cuando esto ocurre, puede ver a través de las paredes y oír conversaciones que tienen lugar a kilómetros de distancia. Después el resplandor se hace más tenue, el relámpago cesa, y este es el momento en que el suelo de su habitación empieza a cubrirse de albaricoques.

No necesita abrirlos para saber que en cada albaricoque, en vez de hueso, hay un diminuto pájaro en llamas.


A menos que haya un puente donde nunca lo habríamos pensado
Materia oscura, 2015

Una botella de sifón me asegura que somos familia —«primos lejanos», dice—, y ante mis dudas no cesa de mostrarme lo que ella considera «fotos de antepasados», y que no son, en realidad, más que ajados recortes de revistas en los que apenas se distinguen dos o tres islas paradisíacas, el perfil de un tranvía, y un sanatorio para tuberculosos, desoladoramente lúgubre.

—Podría darte innumerables pruebas —me dice—, ¡innumerables! Pero es igual. ¿Se puede convencer a quien no está dispuesto a convencerse?...

Es por la tarde —una tarde nublada—, y en la playa de arena finísima donde nos hemos encontrado sopla el levante. En el cielo, en vez de albatros, planean en un vuelo casi rasante enigmáticas bandadas de peluquines. Todo es plomizo, hostil, todo es la pesadilla de costumbre. Hace ya rato, de hecho, que no avanzamos en la discusión. De modo que al final saco de la chaqueta una mandíbula de mono, se la muestro imperativamente a la botella, y sin perder de vista el enigma de los peluquines, le digo con un tono que intenta ser pausado:

—Esta mandíbula es mi padre. Los días de lluvia, es mi padre y mi madre a la vez. Separados o juntos, nunca fueron distintos de lo que son ahora. Supongamos que tengas razón. Supongamos que somos primos lejanos. ¿Qué cambia eso?

Dejo que la botella de sifón medite la pregunta. Mientras medita, reúno para ella el montón de recortes ajados que ha dispersado por la arena el viento de levante. Estoy cansado, sí. Estoy a punto de marcharme. No sé qué me retiene. Pero entonces descubro que todas las bandadas de peluquines están formando un sólo círculo en el cielo; y en el preciso instante en que logran cerrar el anillo, comprendo de una vez y para siempre que este círculo de pelo muerto es el ser, y que si se tratara de pelo vivo, sería la nada.


Se quiera o no
Materia oscura, 2015

Ni sale de su casa ni entra en ella: permanece en el umbral, atónito. El mundo, fuera, se ha vuelto de carbón, un mundo negro, inanimado, exhausto. Sobre su cabeza, la ley inexorable de un cielo de carbón. En su interior, un cuchillo dentado. «Aquí terminan todas las cobardías», piensa. Pero sus pies siguen inmóviles. Llega el día, la noche, el día otra vez. Cada no mucho tiempo, un hombre hecho de lágrimas cruza la calle.


Cosmogonía
Materia oscura, 2015

En el momento de crear el mundo Dios era una liebre, no todo tiene explicación, era una liebre, punto; de manera que cuando Dios dijo «hágase la luz» lo dijo con una boca pequeñísima, una boca ridícula, de liebre, y la luz se hizo, es verdad, pero se hizo igual que la vemos ahora: una luz triste y medio paralítica, una birria de luz, y yo (que de algún modo estaba allí con Dios, estaba en parte, si no recuerdo mal) le dije en confianza:

—¿A ti te parece que esto es una luz: una luz de las buenas?

No medí las palabras, lo reconozco. Pude ser mucho más diplomático. Porque el caso es que Dios se me quedó mirando con aire de condescendencia. Y entonces yo, en vez de plegar velas, me crecí:

—Te voy a ser sincero —le dije—: una luz como la que has creado puedes metértela donde te quepa. No te ofendas. Pero puedes metértela donde te quepa, de verdad.

Las liebres no tienen aguante, ahora lo sé. A una liebre tú no le puedes decir las cosas a la cara, y si esa liebre encima es Dios, ni hablemos. ¿Hay un solo Dios? Sí, hay un solo Dios, pero en el momento de crear el mundo era una liebre. La idea misma de crear el mundo solo pudo ocurrírsele a una liebre, apesta a idea de liebre; y por eso cuando yo le dije que aquella luz color mierda de liebre que había creado podía metérsela en mal sitio, no es solo ya que no me hiciera caso literalmente (con eso no contaba), sino que se agarró un rebote de tres pares. ¿Qué hizo entonces?

Pues crear todo lo demás. De golpe. Nada de «en siete días». Eso es mentira. Dios creó el mundo en un pispás porque no es capaz de encajar una crítica. Y lo hizo cabreadísimo, ya digo. Creó las estrellas, separó las aguas, creó a mala leche a José Feliciano, creó el nadir, el orto, creó un diccionario de bolsillo para buscar «Nadir» y «Orto», creó los animales que pueblan el mar, los mejillones y toda esa inmundicia, y en medio de aquella catástrofe yo seguía allí, de pie junto a la liebre, y sin dar crédito a lo que estaba viendo:

—¡Joder, joder, joder...! —decía yo desesperado, a cada nuevo acto de creación.

Y Dios venga a crear, como un poseso, no sé si convencido de lo que hacía, o por el gusto de humillarme. Porque lo cierto es que se despachó. Creó hasta hartarse. Lo último que creó fueron los santos (los creó directamente sobre sus peanas y sus hornacinas), y ya al final-final, por este orden: el queso de tetilla, el ñu azul, los protones y los antiprotones.

Cuando hubo terminado —dice la biblia—, Dios se volvió hacia su creación y vio que era buena. Eso dice la Biblia. Que era buena. ¡No te jode! Y supongo que lo dice en serio, pero yo me pregunto todavía para quién era buena la creación de Dios. ¿Para unos pocos? ¿Para los de siempre? ¿Quizá para las liebres como Él? Una liebre no tiene aspiraciones, eso está claro. Una liebre es feliz con que no la preparen al ajillo. «Liebre» y «feliz» son palabras sinónimas o casi. Un día sales al campo con una amigo —a buscar setas, por ejemplo—, y muy mal tienen que ir las cosas para que en un momento de la excursión el amigo no diga de pronto:

—¡Ahí va una liebre! ¿La has visto? ¡Qué feliz iba, la muy ladina!

—¡Lástima no tener una escopeta! —le dices tú al amigo para seguirle la corriente.

Y lo mismo sería aplicable a Dios, en el momento de crear el mundo. Me da igual lo que diga la Biblia. La creación es monstruosa. El mundo es lúgubre. El mundo es triste de cojones. Yo seguía aún al lado de la liebre —ya lo he dicho—, todavía inmóviles los dos, aunque la situación no era la misma. No era ni parecida. En absoluto. Hasta un momento antes, la liebre creaba con el pensamiento, creaba con el logos espermático y con el ojo pineal; encima de nosotros crecían colonias de madréporas y por debajo —un poco apiñadas— jugaban a las cartas las doce tribus de Israel, imagino que por matar el rato. En cambio ahora, una vez creado todo o casi todo, arriba y abajo se habían vuelto conceptos muy relativos, y esta idea de relatividad se extendía a la aguja de los metrónomos, a la cal viva, a la pelusa del melocotón, a la deriva del continente antártico... Y se extendía, además, a una velocidad vertiginosa:

—¡La relatividad de todo es pan comido! —dijeron los primeros gilipollas, que desde hacía unos minutos ya pululaban por allí.

Yo les di la razón como a los locos («que sí, que vale»). Y como a esas alturas empezaba a aburrirme, dije adiós a la liebre con la mano («sin rencores», pensé para mí), paré un taxi, y me volví a mi casa.

Me fui sin más, acabo de decirlo.

Y me fui porque sí. Porque la fiesta estaba decayendo, y a mí ese punto me deprime siempre. ¿Me dejo algo en el tintero? No lo sé: cabos sueltos si acaso. Hay una extraña variedad de junco, en el lago Ontario, que al envolverle la raíz en fieltro es capaz de imitar la voz humana. Esto no dice nada (ni a favor ni en contra) de lo que acabo de contar. Pero me deja pensativo. Y muy especialmente en lo que se refiere a la expresión «la voz humana».

Pensativo. Eso es todo.

No saquemos las cosas de quicio.