...blog literario de rubén rojas yedra

lunes, 20 de abril de 2020

Sławomir Mrożek (Borzęcin, POL, 1930-2013)

El muñeco de nieve
La mosca, 2005

Está nevando este invierno cuanto se quiera y más, y los niños hicieron en la plaza del mercado un muñeco de nieve. 

Es una plaza grande, por la que pasa multitud de gente todos los días. Dan a ella las ventanas de muchas oficinas de la administración pública, pero a la plaza no le preocupa eso; está sencillamente ahí. Con gran alboroto y gritando de entusiasmo, los niños levantaron el estrafalario muñeco justamente en su centro. 

Hicieron rodar nieve hasta obtener una bola muy grande: eso era la barriga. Luego, otra más pequeña: era el pecho y los hombros. Por fin formaron otra aún más pequeña: la cabeza. Con unos tizos de carbón fingieron los botones del hombre de nieve, de tal modo que estuviera abrochado desde arriba hasta abajo, y le colocaron una zanahoria por nariz. En fin, un muñeco de nieve normal y corriente, como cualquiera de los que cada invierno hacen los niños a millares por todo el país, si es que las nevadas lo permiten. A los niños les hizo ilusión y estaban felices. 

Varias personas que pasaron por allí ojearon al hombre de nieve y luego siguieron su camino, y la administración pública siguió administrando como si tal cosa. 

El padre se alegró de que sus hijos retozaran al aire libre, de que se les pusieran encarnados los cachetes y de que luego volvieran con hambre a casa. 

Pero a la noche, cuando todos estaban ya recogidos, alguien llamó a la puerta. Era el vendedor de prensa que tenía su quiosco en la plaza del mercado. Se excusó por venir tan tarde a dar la lata, pero dijo que consideraba un deber hablar cuatro palabras sinceras con el padre. Claro que los niños eran todavía muy chicos, admitió. Pero ya había que andar con cuidado con ellos, o de lo contrario no acabarían bien. Sólo por eso había venido, por otra cosa no lo hubiera hecho; lo único que le importaba era el bien de todos los niños, dijo; la educación infantil era una cosa que le preocupaba mucho. Y detalló que el motivo concreto de su visita era la nariz de zanahorias que estos niños le habían puesto al hombre de nieve; era una nariz colorada, y él, el vendedor, también tenía la nariz de ese color, y no porque bebiera más aguardiente de la cuenta, sino porque una vez se le heló. Una desgracia, no algo como para burlarse de él a la vista de todo el mundo. Aclaró por fin que había ido a pedir que no volviera a ocurrir, claro que, como ya había dicho antes, sólo en bien de su educación. 

Tales observaciones impresionaron al padre bastante. Como es natural, los niños no deben meterse con nadie, por colorada que tenga la nariz y por mucho que eso les llame la atención. De modo que reunió a los chicos y, poniéndose serio, les dijo señalando al hombre del quiosco: 

—¿De verdad que le habéis puesto esa nariz al muñeco para burlaros de este señor? 

Los niños se asombraron sinceramente y, de momento, no entendieron de qué les estaban hablando. Cuando por fin cayeron en la cuenta, aseguraron muy formalmente que jamás les había pasado eso por la cabeza. Pero, por si las moscas, el padre los castigó y los dejó sin cenar. 

El vendedor de prensa le dio las gracias y se fue. Al llegar a la puerta del piso, se cruzó con el presidente del Sindicato Comunal, quien saludó en seguida al dueño de la casa, satisfechísimo de recibir bajo su techo a tan importante personaje. Mas cuando el señor presidente vio a los niños, frunció el ceño y dijo malhumoradamente: 

—Caramba, me alegra ver a estos pillastres. Tendrían ustedes que atarlos más cortos, ¡tan chicos y ya tan descarados! ¿Pues no miro hoy a la plaza por una ventana de nuestras oficinas y veo...? Pues estaban haciendo tranquilamente un hombre de nieve. 

—Ah, sí, la nariz y el ven... —le interrumpió el padre. 

—¡A mí qué me importa la nariz! Figúrese: primero hacen una bola, luego otra y luego una tercera. Ponen la segunda encima de la primera, y la tercera encima de la segunda. ¿No es para indignarse? 

Como el padre no entendía qué quería decir, el señor presidente se enfadó todavía más. 

—¡Pero si está clarísimo! Quieren dar a entender que en nuestro Sindicato Comunal se sienta un ladrón encima de otro. ¡Y eso es una calumnia! Hasta cuando se pretende publicar en los periódicos una cosa así, hay que presentar pruebas, y no digamos ya si se toca el asunto públicamente, nada menos que en la plaza del mercado. 

Agregó, sin embargo, que, dadas la poca edad y la inexperiencia de los niños, estaba dispuesto esa vez a dejarlo pasar; no iba a exigir explicaciones. Pero, eso sí, la cosa no podía repetirse. 

Cuando se preguntó a los niños si al poner una bola de nieve sobre otra habían querido dar a entender que en el Sindicato Comunal estaba sentado un ladrón sobre otro, sacudieron las cabezas y se echaron a llorar. Pero el padre, no hubiera un tío, páseme usté el río, los puso castigados de cara a la pared. 

El día no terminó con eso. Se oyeron en la calle los cascabeles de un trineo que se paró, de pronto, ante la casa. Dos hombres llamaron a la puerta simultáneamente: un gordo desconocido embutido en un abrigo de piel de oveja y el presidente del Consejo Nacional. 

—Ciudadano, vengo por causa de vuestros hijos —dijeron al mismo tiempo desde el umbral. 

El padre, que ya estaba acostumbrándose a la cosa, acercó unas sillas para que los recién llegados se sentaran. El presidente miraba de reojo al otro, el gordo desconocido, y se preguntaba quién podría ser. Luego habló primero: 

—Me asombra que permita usted que se haga en su casa propaganda enemiga. Mucho me temo que no tenga usted conciencia política. Mejor será que me lo confiese todo ahora mismo. 

El padre no entendía por qué se le decía aquello. 

—Se ve en sus hijos inmediatamente. ¿No sabe que se están burlando de los organismos de nuestro Estado de obreros y campesinos? Sus hijos, sus hijos, sí. Han levantado ese muñeco de nieve justamente frente a la ventana de mi cancillería. 

—Ahora comprendo —suspiró el padre tímidamente—. Se trata de eso de querer representar el robo... 

—¡Qué robo ni qué diablos! ¿Pero es que no entiende usted lo que significa levantar un hombre de nieve al pie de la ventana del presidente del Consejo Nacional? Sé muy bien lo que las malas lenguas van hablando de mí. ¿Por qué no van sus hijos y colocan un hombre de nieve al pie de la ventana de Adenauer? ¡Ah! No contesta, ¿eh? Un silencio que lo dice todo, señor mío. Yo sabré sacar de él mis consecuencias. 

En el momento de oírse la palabra «consecuencias», se levantó el gordo desconocido, miró a un lado y a otro y se alejó de puntillas, sigilosamente, como dándose ya por satisfecho; volvieron a oírse los cascabeles del trineo, al pie de la casa, y el tintineo se fue perdiendo a lo lejos. 

—Sí, amigo mío, le aconsejo que reflexione sobre lo que acabo de decirle —agregó el presidente—. ¡Ah, y otra cosa! Si por distracción salgo a veces de casa con los pantalones desabrochados, eso es cosa mía y sus niños no tienen ningún derecho a tomarme el pelo. Sepa que, si me da la gana, saldré de casa incluso sin pantalones y que a sus hijos no les importa un pimiento. Procure acordarse bien. 

El acusado hizo comparecer a los niños, que estaban de cara a la pared, y les conminó a que confesasen inmediatamente que al hacer el muñeco de nieve habían pensado en el señor presidente y que además los botones eran un puyazo de mal gusto al hecho de que, a veces, el señor presidente llevaba por distracción desabrochados los pantalones. 

Entre lágrimas y pucheros, los niños afirmaron que habían hecho su hombre de nieve nada más que para divertirse y sin la menor mala intención. Pero, por si sí o por si no, el padre no sólo los dejó sin cenar y los puso de cara a la pared, sino que les mandó hincarse de rodillas sobre el santo suelo. 

Aquella noche aún volvieron a llamar a la puerta varias veces, pero el padre ya no abrió más. 

Y, al día siguiente, pasé junto a un jardincillo donde los niños estaban jugando. Se les había prohibido ir por la plaza del mercado y los niños estaban discutiendo a qué iban a jugar esa mañana. 

—Vamos a hacer un hombre de nieve —dijo el primero. 

—¡Boh, un hombre de nieve corriente es muy aburrido! —contestó el segundo. 

—Bueno, vamos a hacer un hombre que venda periódicos. Y le ponemos una nariz bien colorada. Porque la tiene así de colorada de tanto aguardiente, ¿no? El mismo lo dijo anoche —dijo el tercero. 

—¡Qué tonto eres! Yo voy a hacer el Sindicato. 

—Y yo al señor presidente, eso sí que es un hombre de nieve. Y además le voy a poner botones porque siempre lleva los pantalones sin abrochar. 

Los niños se pelearon un poco, pero por fin se pusieron de acuerdo para realizar todos esos proyectos, uno detrás de otro. Y se pusieron a trabajar con mucho interés. 



El misántropo
Juego de azar, 1991 

El compartimiento estaba vacío. Me senté junto a la ventana y abrí un libro. 

Se oyó el estrépito de la puerta corredera. Entró un tipo con una maleta voluminosa. Volví a la lectura, pues no tenía ganas de trabar conversación con nadie. La pérdida de la intimidad ya representaba suficiente contrariedad. 

—Usted ocupa mi asiento. 

—¿Su asiento? 

—Compruébelo, por favor. 

Había olvidado en qué bolsillo había metido mi billete; por fin di con él. 

—Le corresponde el asiento número treinta y cuatro y éste es el asiento número treinta y nueve. 

Me senté enfrente. No quería dejar la ventana, porque tenía ganas de mirar el paisaje. 

—Su equipaje. 

—¿Qué equipaje? 

Señaló el portaequipajes. 

—Ah, se refiere a mi gabardina... 

—Según el reglamento es el equipaje, ya que se encuentra en el lugar destinado al equipaje. 

Retiré la gabardina del portaequipajes. Con gran esfuerzo colocó allí su maleta aleccionándome al mismo tiempo sobre el hecho de que aquella parte del portaequipajes correspondía únicamente al pasajero autorizado a ocupar el asiento número treinta y nueve. El tren arrancó algo bruscamente. Me puse a mirar el paisaje. 

—Usted ha ocupado el asiento número treinta y ocho. 

Me di la vuelta; efectivamente, en el respaldo había una plaquita esmaltada con dicho número. 

—El asiento número treinta y cuatro está allí... 

Indicó el rincón junto a la puerta. 

—¿No es lo mismo? El compartimiento está casi vacío. 

—Es una cuestión de principios. 

Podía escoger: o bien entrar en abierto conflicto con aquel maníaco, o bien sucumbir. En ambos casos le daría satisfacción, aunque en cada caso sería una satisfacción de índole distinta. De modo que decidí abandonar el compartimiento. 

Me levanté y por poco pierdo el equilibrio; el tren al acelerar tiró del vagón. La maleta situada encima de su cabeza se desplazó hacia el borde del portaequipajes. Entendí que debía esperar más acelerones. 

Sin decir palabra me cambié al asiento número treinta y cuatro, menos cómodo para mirar el paisaje, pero que en cambio ofrecía una mejor visión —en diagonal— de la maleta situada encima de la cabeza de mi compañero de viaje. 

El tren frenó y la maleta retrocedió hacia el fondo del portaequipajes. Empecé a dudar de si mis cálculos habían sido correctos, ya que también había que tener en cuenta las frenadas. ¿No sería mejor abandonar el compartimiento? 

—Sí, señor. Siempre hay que respetar los reglamentos —me aleccionó con aire triunfal. 

Eso fue determinante, decidí resistir. Al fin y al cabo, el tren aún no había alcanzado su velocidad máxima y podía tener esperanzas. 

Entorné los ojos. Aparte de la lectura y la contemplación del paisaje, el tercer placer del viaje es el de dormitar. Pero yo no dormitaba, sino que de esta manera, por debajo de los párpados entornados, podía observar el portaequipajes sin llamar su atención, lo cual no era posible ni leyendo, ni contemplando el paisaje. 

El cálculo resultó acertado. Poco a poco, pero sin parar, la maleta se iba desplazando hacia el borde del portaequipajes. Entre yo y su centro de gravedad se creó un vínculo de intensa comprensión. Se estaba acercando el momento. 

Y sin embargo, decidí darle una oportunidad. No por motivos humanitarios, ni aún menos por amor al prójimo. Sólo por curiosidad. 

—Parece que es usted partidario de los reglamentos. ¿Se puede saber por qué? 

Se animó, evidentemente era su tema preferido. 

—Mire usted, los reglamentos son necesarios para que haya orden. Sin reglamentos no hay más que desorden. 

—Entonces le propongo una cosa: intercambiemos nuestros billetes. Y yo ocupo su asiento y usted el mío. No infringiremos el reglamento, puesto que los billetes no están emitidos a nuestro nombre, sino al portador. ¿Qué le parece? 

Durante un rato se quedó mudo de sorpresa. 

—Pero ¿y a santo de qué? 

—Porque a mí me gusta estar junto a la ventana. ¿Y a usted? 

Esperé la respuesta. Si lo admitía, estaba a salvo. 

—¡Pero el número treinta y nueve es mío! 

—Comprendo, sería una manipulación. Por su naturaleza, los reglamentos no pueden ser absolutamente rigurosos, pero esto no quiere decir que podamos manipularlos. ¿No es así? 

—Sí, por supuesto... 

—Es decir que usted identifica los reglamentos con el destino. 

—¿Con qué? 

—Con el destino, con la providencia. Los reglamentos eliminan la arbitrariedad, es decir el azar, es decir el caos, por lo que son una manifestación del destino, la voz de la providencia. 

—Lo dice de un modo extraño. 

—Digo lo mismo que usted, sólo que utilizo palabras distintas. Usted dice: orden, yo digo: destino; usted dice: desorden, yo digo: caos; pero en el fondo es lo mismo. Así que los reglamentos encierran en sí algo divino. Ahora entiendo por qué son para usted sagrados. 

—Mire usted, los reglamentos son reglamentos y punto. 

—Perfecto —dije, y entorné los ojos en señal de que ya no había de qué hablar. Y de hecho así era. 

Cuando la maleta cayó, aquel tipo se precipitó al suelo alcanzado en la sien por su canto metálico. Pensé que se había desmayado y juro que no era lo que yo quería, sobre todo porque ahora no sabía qué hacer. ¿Cómo se reanima a un desvanecido? En fin, que era un fastidio... Al mirar perplejo a mi alrededor, vi el freno de seguridad provisto de la placa reglamentaria: «Accionar en caso de peligro». Existía el peligro de que si alguien no le prestaba los primeros auxilios, su estado se agravara. Lo accioné. 

El resultado fue que el tren tuvo un retraso de dos horas, lo cual provocó un caos en los horarios de toda la región. Sin embargo, esta transgresión del orden no sirvió de nada, porque resultó que el tipo había muerto en el acto. Pero como yo había actuado siempre de acuerdo con el reglamento, no tenía nada que reprocharme. 



El socio 
Juego de azar, 1991 

Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal. 

El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma? 

—¿Seguro que es usted el diablo? —pregunté. 

—Sí, ¿por qué lo duda? 

—Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza. 

—A tal alma, tal diablo —contestó—. Vayamos al negocio. 


El monumento 
Juego de azar, 1991 

El Congreso Mundial de Psicoanalistas decidió erigir un monumento en homenaje a Sigmund Freud, creador de la teoría del psicoanálisis. El proyecto inicial preveía a Freud de tamaño natural, confeccionado en granito o en bronce, y dos figuras femeninas alegóricas. Una, que representaría el subconsciente, estaría sentada sobre la rodilla izquierda de Freud, y la otra, el consciente, sobre la rodilla derecha. 

Primero surgió la duda de qué debía hacer Freud con las manos. No con la derecha, porque parecía obvio que la mano derecha debería tenerla sobre la cabeza del consciente. Pero dónde debía tener la izquierda, la del subconsciente, en eso las opiniones estaban divididas. 

Sin embargo, pronto surgió un problema más serio que desplazó esta falta de unanimidad a un segundo plano. Y es que de pronto quedó patente que en la composición del monumento faltaba el superego. Puesto que Freud no podía tener una tercera pierna, se colocó al superego de pie detrás de Freud. 

Sin embargo, esta posición dominante del superego, aunque científicamente correcta —el superego debería dominar sobre el consciente y el subconsciente—, hizo que quienes criticaban el proyecto se percataran de una inadmisible falta de diferenciación entre el consciente y el subconsciente. Y es que las dos figuras que los representaban estaban sentadas exactamente al mismo nivel, cada una en una rodilla, igual que la otra. 

Así que le quitaron a Freud el subconsciente de la rodilla y lo tumbaron a sus pies. 

Ahora todo estaba en orden. El subconsciente abajo de todo, como correspondía, por encima el consciente, y el superego por encima de ambos. Con ello también se libraron del problema de qué iba a hacer Freud con la mano izquierda, la del lado del subconsciente. 

En la ceremonia en que se descubrió con toda pompa el monumento resultó que Freud se estaba rascando la cabeza. Estalló un escándalo, pues ese gesto expresaba duda o incluso pasmo. 

El monumento fue cubierto de inmediato y más tarde se sustituyó por una escultura abstracta que representaba un globo sobre un cubo. Cada uno veía en ella lo que quería y la psiquiatría podía seguir desarrollándose sin más obstáculos. 


En el jardín 
Juego de azar, 1991 

Estábamos sentados en el jardín tomando un aperitivo antes de comer. La conversación se decantó hacia el tema del racismo. 

—Desde el punto de vista teológico —argumentó P., un conocido predicador—, el racismo no existe, ya que todos descendemos de Adán y Eva. 

De repente se dejó oír un susurro entre los parterres y algo se escabulló por el cuidadosamente cortado césped. 

—¿Qué ha sido eso? —pregunté. 

—Una serpiente. 

—¿Y no cree, reverendo padre, que ha esbozado una sonrisa un poco rara? 

—No —respondió brevemente el teólogo. 


Alguien 
Juego de azar, 1991 

Durante la recepción nadie me hizo caso. A decir verdad fue el mismo anfitrión quien me abrió la puerta y se me dirigió con un amable «¿Quiere quitarse la gabardina?», pero tuve la sensación de que esperaba a otra persona. Los invitados que habían llegado antes que yo me saludaron con un apretón de manos acompañado de expresiones como «mucho gusto» o «encantado», pero después volvieron a sus conversaciones interrumpidas. Cuando sirvieron a la mesa, la anfitriona preguntó: «¿Un poco más de ensaladilla?», pero sospeché que no se trataba de una propuesta en serio. Después de cenar, cuando el ambiente se volvió distendido y animado, decidí ofrecer un cenicero a una de las señoras, pero resultó que no fumaba. Empecé a contar un chiste, pero llegó un invitado rezagado, por lo visto importante, porque todos se levantaron para saludarle, y después ya nadie reclamó que terminara de explicarlo. Así que me senté en un rincón con la esperanza de que mi aislamiento voluntario intrigase a los presentes y me pidiesen que me uniera a ellos, cosa que no ocurrió. Por fin decidí utilizar un método contundente: abandonar la reunión, o al menos expresar la intención de hacerlo. Los anfitriones no trataron de retenerme cuando les hice saber que unos asuntos urgentes me obligaban a marchar antes de tiempo. Aunque el anfitrión dijo: «Lástima», no precisó en qué pensaba, de modo que podía haber sido: «Lástima que se haya quedado tanto tiempo». Por su parte la anfitriona dijo: «Espero que se deje caer por aquí en alguna otra ocasión», lo cual sonó a algo así como: «Espero que se caiga por la escalera». La puerta se cerró detrás de mí y me encontré en la escalera. 

Les di una última oportunidad y me quedé esperando aún media hora. Pero la puerta permaneció cerrada, nadie la abrió para llamarme. Salí a la calle y a paso lento —por si querían alcanzarme y rogar que me quedara con ellos— volví a casa. 

De madrugada me despertó el sonido del timbre de la entrada. Abrí la puerta. Frente a mí estaba el anfitrión de la recepción, que apenas unas horas antes me había despedido con tanta indiferencia. Parecía alterado. 

—Todos lamentamos que se marchara tan temprano —empezó a hablar desde la entrada. 

—No importa, me visto y vuelvo ahora mismo. 

—Desgraciadamente los invitados ya se han ido. Usted fue el primero en salir, ¿verdad? 

—Tenía mis razones. 

—¡Exacto! Todos nos preguntamos por qué se marchó. 

—Tenía un asunto por arreglar. 

—No cabe duda. Pero llamó usted con ello la atención de todo el mundo. No se habló de nada más que de usted. 

—¿De veras? 

—Sí, había quienes querían ir a buscarle, pero dije que lo arreglaría yo personalmente. Al fin y al cabo, como anfitrión me siento responsable. 

—Justo. 

—Me alegro de que esté de acuerdo conmigo. ¿Para qué armar un escándalo? Arreglémoslo entre nosotros, entre usted y yo, sin testigos. 

—Muy bien, no soy hombre que no sepa perdonar. 

—Bien, pues, devuélvame el reloj. 

—¿Qué reloj? 

—No se haga el tonto. Usted sabe mejor que nadie que a uno de los invitados le desapareció el reloj. 

—¿Y usted piensa que lo robé yo? 

—¿Y quién si no? No sólo lo pienso yo, lo piensa todo el mundo. 

Le abracé, aunque se resistía. No quiso celebrarlo conmigo y se fue amenazando con avisar a la policía. Pese a todo me sentía feliz. Siempre había sabido que era alguien, pero ahora por fin se habían percatado de ello. 


El agujero en el puente 
La vida difícil, 1995

Érase una vez un río, y en cada una de las orillas de este río había un pueblo. Los dos pueblos estaban unidos por un camino que pasaba por un puente. 

Un buen día en el puente apareció un agujero. El agujero debía arreglarse, en cuanto a esto la opinión pública de ambos pueblos estaba de acuerdo. Sin embargo, surgió una disputa sobre quién debía hacer el arreglo. Ya que cada uno de los pueblos se consideraba más importante que el otro. El pueblo de la orilla derecha opinaba que el camino conducía sobre todo a él, por lo que el pueblo de la orilla izquierda había de arreglar el agujero porque debía de estar más interesado en ello. El pueblo de la orilla izquierda consideraba que era el objetivo de cualquier viaje, de modo que el arreglo del puente debía de ser de interés para el pueblo de la orilla derecha. 

La disputa se prolongaba, así que el agujero seguía allí. Y cuanto más tiempo pasaba, tanto más crecía la mutua antipatía entre ambos pueblos. 

Un buen día un mendigo local cayó al agujero y se rompió una pierna. Los habitantes de ambos pueblos le preguntaron con insistencia si iba de la orilla derecha a la izquierda, o bien de la izquierda a la derecha, ya que de esto dependía cuál de los dos pueblos era responsable del accidente. Pero él no se acordaba porque aquella noche iba borracho. 

Algún tiempo más tarde pasó por el puente un carro con un viajero, que cayó al agujero y se le rompió el eje. Puesto que el viajero estaba de paso en ambos pueblos —no iba ni del primero al segundo, ni del segundo al primero—, los habitantes de ambos pueblos se mostraron indiferentes con el accidente. El viajero, hecho una furia, bajó del carruaje, preguntó por qué no se arreglaba el agujero, y al enterarse de las razones dijo: 

—Quiero comprar este agujero. ¿Quién es su propietario? 

Ambos pueblos reclamaron al unísono su derecho al agujero. 

—O el uno o el otro. La parte propietaria del agujero tiene que demostrar que lo es. 

—Pero ¿cómo? —preguntaron al unísono los representantes de ambas comunidades. 

—Es muy sencillo. Sólo el propietario del agujero tiene derecho a arreglarlo. Lo compraré al que arregle el puente. 

Los habitantes de ambos pueblos se pusieron manos a la obra, mientras el viajero se fumaba un puro y su cochero cambiaba el eje. Arreglaron el puente en un santiamén y se presentaron para cobrar por el agujero. 

—¿Qué agujero? —se sorprendió el viajero—. Yo no veo aquí ningún agujero. Hace tiempo que busco un agujero para comprar, estoy dispuesto a pagar por él un dineral, pero vosotros no tenéis ningún agujero para vender. ¿Me estáis tomando el pelo o qué? 

Subió al carro y se alejó. Y los dos pueblos hicieron las paces. Los habitantes de ambos están ahora al acecho en buena armonía en el puente y, si aparece un viajero, lo detienen y lo zurran.

martes, 18 de junio de 2019

Juan José Millás y la 'ciberpercepción': tecnologías audiovisuales

La revista filológica Analecta Malacitana, de la Facultad de Filología de la Universidad de Málaga, ha aceptado incluir la reescritura de una parte del capítulo 2 de mi tesis doctoral en el número 46 de su versión electrónica, complemento de su edición en papel.

Ahora titulado «Juan José Millás y la ciberpercepción: tecnologías audiovisuales», puede encontrarse en las páginas 95 a la 110.

Pulsa aquí para consultar el índice de la revista y descargar el pdf.

Resumen

Análisis de la experiencia de lo real en la obra de Juan José Millás (Valencia, 1946) en el marco del simulacro audiovisual. El sujeto actual vive inserto en una sociedad controlada por los medios de comunicación. Su escritura se va a convertir en una práctica de invención de verdad.

Palabras clave

Juan José Millás; Cibercultura; Tecnologías audiovisuales; Realidad-simulacro; Ciberpercepción

domingo, 26 de mayo de 2019

Manuel Rivas (1957, La Coruña, ESP)

Prólogo (Un millón de vacas, 1990)

El niño era ciego. Nunca le preguntaban qué quería ser de mayor, como hacían con los otros críos. Lo que más echaba de menos era pegarse, dar bofetadas libremente, con el resto de los chavales. Le gustaría tener un bastón como el de los ciegos grandes, y zas, zas. En las fiestas, después de la comida, los de su edad iban a correr y jugar, pero él permanecía con los adultos y cuando éstos iban a dormir bajo los cerezos, el niño ciego quedaba solo, sentado en aquel banco de pino blanco y arrugado por lejía y mano de mujer. En el estante de la chimenea había un ramo de laurel, clavos de los que colgaban chorizos y un brazo de unto, una radio inservible de caja de nogal, un bote de azafrán con el rostro moreno y hermoso de una mora con orlas vegetales, y los tarros. El niño sabía que alí estaban los tarros, los de la miel, el azúcar y la canela. Y al niño ciego le gustaba lo dulce, sobre todo ese dulce caliente que viene de la miel de las factorías del monte. Sabía que estaba alí porque había medido, en días como éste, la duración y dirección de los ecos de la abuela cuando le ofrecía el apreciado tarro. Se lo dejaban tener entre las manos, frío vidrio por fuera, fuego gozoso de la flor por dentro.
Pero ahora no había nadie y el niño se acordó de la miel. Ahuyentaba la tentación de la cabeza pero la lengua le hervía en la boca. Bajó del banco y fue tanteando hacia el hogar. Echó mano de una banqueta y después de bracear en el viento consiguió apoyarse en el anaquel, siguiendo el hilo grasiento de los chorizos. El niño rozó en la ventana de tela de la radio, en la lata de azafrán y cuando dio con el frío del vidrio sintió en el envés de la mano el roce inquietante de pluma. Pudo más la curiosidad que el apremio de la miel. Comenzó a recorrer con los dedos aquela pieza imprevista, el azor de alas abiertas disecado y chamuscado por humos de veinte inviernos. Pero el niño iba más alá de los ojos, pues exploraba las geometrías exactas y majestuosas de aquel ser desconocido, dormido y solitario como él.
Y así encontraron al niño ciego. Izado en la banqueta, sostenido sin vértigo por aquel que sería cuando fuese mayor, y abriéndose paso a bastonazos, zas, zas, entre las nubes y la corteza celeste del bosque de abedul.



¿Qué me quieres, amor? (¿Qué me quieres, amor?, 1996)

Amor, a ti venh’ora queixar
de mia senhor, que te faz enviar
cada u dormio sempre m’espertar
e faz-me de gram coita sofredor.
Pois m’ela nom quere veer nem falar,
que me queres, Amor?[1]
FERNANDO ESQUIO

Sueño con la primera cereza del verano. Se la doy y ela se la leva a la boca, me mira con ojos cálidos, de pecado, mientras hace suya la carne. De repente, me besa y me la devuelve con la boca. Y yo que voy tocado para siempre, el hueso de la cereza todo el día rodando en el teclado de los dientes como una nota musical silvestre.
Por la noche: «Tengo algo para ti, amor».
Dejo en su boca el hueso de la primera cereza.
Pero en realidad ela no me quiere ver ni hablar.
Besa y consuela a mi madre, y luego se va hacia fuera. Miradla, ¡me gusta tanto cómo se mueve! Parece que siempre leva los patines en los pies.
El sueño de ayer, el que hacía sonreír cuando la sirena de la ambulancia se abría camino hacia ninguna parte, era que ela patinaba entre plantas y porcelanas, en un salón acristalado, y venía a parar a mis brazos.
Por la mañana, a primera hora, había ido a verla al Híper. Su trabajo era surtir de cambio a las cajeras y levar recados por las secciones. Para encontrarla, sólo tenía que esperar junto a la Caja Central. Y
alí legó ela, patinando con gracia por el pasilo encerado. Dio media vuelta para frenar, y la larga melena morena ondeó al compás de la falda plisada roja del uniforme.
«¿Qué haces por aquí tan temprano, Tino?»
«Nada.» Me hice el despistado. «Vengo por comida para la Perla.»
Ela siempre le hacía carantoñas a la perra. Excuso decir que yo lo tenía todo muy estudiado. El paseo nocturno de Perla estaba rigurosamente sometido al horario de legada de Lola. Eran los minutos más preciosos del día, alí, en el portal del bloque Tulipanes, barrio de las Flores, los dos haciéndole carantoñas a Perla. A veces, falaba, no aparecía a las 9.30 y yo prolongaba y prolongaba el paseo de la perra hasta que Lola surgiese en la noche, taconeando, corazón taconeando. En esas ocasiones me ponía muy nervioso y ela me parecía una señora, ¿de dónde vendría?, y yo un mocoso. Me cabreaba mucho conmigo mismo. En el espejo del ascensor veía el retrato de un tipo sin futuro, sin trabajo, sin coche, apalancado en el sofá tragando toda la mierda embutida de la tele, rebañando monedas por los cajones para comprar tabaco. En ese momento tenía la sensación de que era la Perla la que sostenía la correa para sacarme a pasear. Y si mamá preguntaba que por qué había tardado tanto con la perra, le decía cuatro burradas bien dichas. Para que aprendiese.
Así que había ido al Híper para verla y coger fuerzas. «La comida para perros está al lado de los pañales para bebés.»
Se marchó sobre los patines, meciendo rítmicamente la melena y la falda. Pensé en el vuelo de esas aves emigrantes, garza o grula, que se ven en los documentales de después de comer. Algún día, seguro, volvería para posarse en mí.
Todo estaba controlado. Dombo me esperaba en el aparcamiento del Híper con el buga afanado esa noche. Me enseñó el arma. La pesé en la mano. Era una pistola de aire comprimido, pero la pinta era impresionante. Metía respeto. Iba a parecer Robocop o algo así. Al principio habíamos dudado entre la pipa de imitación o recortar la escopeta de caza que había sido de su padre. «La recortada acojona más», había dicho Dombo. Yo había reflexionado mucho sobre el asunto. «Mira, Dombo, tiene que ser todo muy tranquilo, muy limpio. Con la escopeta vamos a parecer unos colgados, yonquis o algo así. Y la gente se pone muy nerviosa, y cuando la gente está nerviosa hace cosas raras. Todo el mundo prefiere profesionales. El lema es que cada uno haga su trabajo. Sin montar cristo, sin chapuzas. Como profesionales. Así que nada de recortada. La pistola da mejor presencia.» A Dombo tampoco le convencía mucho lo de ir a cara descubierta. Se lo expliqué. «Tienen que tomarnos en serio, Dombo. Los profesionales no hacen el ridículo con medias en la cabeza.» Era enternecedora la confianza que el grandulón de Dombo tuvo siempre en mí. Cuando yo hablaba, le brilaban los ojos. Si yo hubiese tenido en mí la confianza que Dombo me tenía, el mundo se habría puesto a mis pies.
Dejamos el coche en el mercado de Agra de Orzán y cogimos las bolsas de deportes. Al mediodía, y tal como habíamos calculado, la cale Barcelona, peatonal y comercial, estaba atestada de gente. Todo iba a ser muy sencilo. La puerta de la sucursal bancaria se abrió para una vieja e inmediatamente detrás entramos nosotros. Lo tenía todo muy ensayado. «Por favor, señores, no se alarmen. Esto es un atraco normal.» Hice un gesto tranquilo con la pistola y toda la clientela se agrupó, en orden y silencio, en la esquina indicada. Un tipo voluntarioso insistía en darme su cartera, pero le dije que la guardase, que nosotros no éramos unos mangantes. «Usted, por favor, lene las bolsas», le pedí a un empleado con aspecto eficiente. Lo hizo en un santiamén y Dombo, contagiado por el clima civilizado en que todo transcurría, le dio las gracias. «Ahora, para que no haya problemas, hagan el favor de no moverse en diez minutos. Han sido todos muy amables.» Así que salimos como si aquelo fuese una lavandería.
«¡Alto o disparo!»
Ante todo, mucha calma. Sigo andando como si no fuese conmigo. Uno, dos, tres pasos más y salir disparado. Demasiada gente. Dombodán no lo piensa. Se abre paso como un jugador de rugby. Y yo que estoy en otra película.
«¡Alto, cabrón, o disparo!»
Saco la pistola de la bolsa abierta y me vuelvo con parsimonia, apuntando con la derecha.
«¿Qué pasa? ¿Algún problema?»
El tipo que antes me había ofrecido la cartera. Plantado, con las piernas separadas y el revólver apuntándome firme, agarrado con las dos manos. He aquí un profesional. Guarda jurado de paisano, seguro.
«No hagas el tonto, chaval. Suelta ese juguete.»
Yo que sonrío, que digo nanay. Y le tiro la bolsa a los morros, toda la pasta por el aire, cayendo a cámara lenta. «¡Come mierda, cabrón!» Y echo a correr, la gente que se aparta espantada, qué desgracia, la gente que se aparta y deja un corredor maldito en la cale, un agujero que se abre, un túnel por delante, un agujero en la espalda. Quema. Como una picadura de avispa.
La sirena de la ambulancia. Sonrío. El enfermero que me mira perplejo porque estoy sonriendo. Lola patina entre rosanovas y azaleas, en un salón acristalado. Viene hacia mí. Me abraza. Es nuestra casa. Y me quiere dar esa sorpresa, sobre patines, meciendo la falda roja plisada al mismo tiempo que la melena, el beso de la cereza.
Por la noche, a través del cristal de la puerta, puedo leer el rótulo luminoso de Pompas Fúnebres: «Se ruega hablen en tono moderado para beneficio de todos»[2]. Dombo, el gigantón leal de Dombo, estuvo aquí. «Lo siento en el acompañamiento», le dijo compungido a mi madre. No me digan que no es gracioso. Parece de Cantinflas. Para lorar de risa. Y me miró con lágrimas en los ojos. «Dombo, tonto, vete, vete de aquí, compra con la pasta una casa con salón acristalado y un televisor Trinitrón de la hostia de pulgadas.» Y Dombo venga a lorar, con las manos en los bolsilos. Va a empaparlo todo. Lágrimas como uvas.
Y está Fa, la señora Josefa, la del piso de enfrente. Ela sí que supo siempre de qué iba la cosa. Su mirada era una eterna reprimenda. Pero le estoy agradecido. Nunca dijo nada. Ni para bien, ni para mal.
Yo saludaba, «Buenos días, Fa», y ela refunfuñaba en bajo. Sabe todo lo que se cuece en el mundo. Pero no decía nada. Le ayudaba a mamá, eso era todo. Fumaba con ela un chéster por la noche, y bebían un lágrima de Porto, mientras yo manejaba el mando a distancia. Y ahora está así, sosteniendo a mamá. De vez en cuando, se vuelve hacia mí pero ya no me riñe con la mirada. Se persigna y reza. Una profesional.
Ya falta poco. En el rótulo luminoso puedo ver el horario de entierros. A las 12.30 en Feáns.
Lola se despide de mamá y va hacia la puerta de la sala del velatorio. Esa forma de andar. Parece que vuela incluso con zapatos. Garza o algo así. Pero ¿qué hace? De repente se vuelve, patina hacia aquí con la falda plisada y queda posada en el cristal. Me mira con asombro, como si reparase en mí por vez primera.
«¿Impresionada, eh?»
«Pero, Tino, ¿cómo fuiste capaz?»
Tiene ojos cálidos, de pecado, y la boca entreabierta.
Sueño con la primera cereza del verano.



[1] Amor, a ti vengo ahora a quejarme / de mi señora, que te envía / donde yo duermo siempre a despertarme / y me hace sufridor de tan gran pena. / Ya que ella no me quiere ver ni hablar, / ¿qué me quieres, Amor?
[2] En castellano en el original.



La mirona (Las llamadas perdidas, 2002)

La primera vez que vio hacer el amor fue en esta playa.
La primera vez no fue a propósito. Era sólo una niña que cogía moras en las zarzas acodadas en el sotavento de los muros de piedra que protegían los pastos del ganado y la primera trinchera de los cultivos.
La adusta vanguardia de las coles con su verde cetrino. Espetaba las moras en la dureza de una paja seca como cuentas de un rosario tensado o bolas de una de las varilas de alambre del ábaco de aprender a contar.
La primera vez fue sin querer. Ela iba de retirada, hacia la aldea, y atajó por las dunas. Fue entonces cuando vio a la pareja, una pareja solitaria y medio desnuda en el inmenso lecho del arenal. Y se agachó. El mar le había devuelto la visión con una brisa colorada, de vergüenza y de miedo. Pero se quedó quieta. Comió con ansia una ristra de moras salvajes y volvió a mirar, mientras se lamía con la lengua el bozo tinto que pintaron los frutos.
El mar fue siempre una inmensa pantala hacia la que se orientaba el mundo del vale, posado con esmero, como un cojín de funda bordada y con pompones, en la sila de alto respaldo de los montes rocosos. Todo, pues, en el vale miraba hacia el mar, desde los santos de piedra de la fachada de la iglesia, con su pana de musgo, hasta los espantapájaros de las tierras de cultivo, vestidos siempre a la moda.
Ela los recordaba con sombrero de paja y chaquetas de remiendos, pero, en la última imagen, los espantapájaros gastaban visera puesta del revés y cubrían la cruz del esqueleto con sacos de plástico refulgente de los abonos químicos. Lo que no había en el vale eran pescadores. Nadie traspasaba esa pantala de mar y cielo, tan abierta, con vertiginosas y espectaculares secuencias, y amenazadora como una ficción verdadera.
La primera vez que vio una película en el salón, que era también el de bailar, pensó que Moby Dick estaba alí de verdad, en el cuadro en movimiento de su mar. Y no andaba descaminada, porque pocos días después el mar vomitó una enorme balena que quedó varada y agonizante en la playa. Y vino en peregrinaje gente de todos los alrededores con carros tirados por vacas donde cargaban las chuletas gigantes de Moby Dick. Un hormiguero humano, azuzado por las quejas y blasfemias de las aves, celosas de los despojos, fue despedazando el cetáceo hasta dejar en el arenal un oscuro, pringoso y maloliente vacío. El corazón ocupaba el remolque de un carro. Llevó detrás una comitiva fúnebre de rapiñas y perros cojos. El eje, al gemir, pingaba tinta roja.
El mar vomitaba a veces el atrezo de las películas. Cuando era muy pequeña, su padre trajo un gran cesto rebosante de mandarinas. Contó que todo el arenal había amanecido en alfombra anaranjada. Cuando ya era chica, el mar echó en un eructo paquetes de tabaco rubio y botes de leche condensada. Y otro invierno, al poco de casarse, botelas de champán francés y un ajuar de vajila con cucharas de plata. Casi todos los años el mar daba una de esas sorpresas. La última vez, y fue el año pasado, el mar ofreció un cargamento de televisores y vídeos. Algunos parecían en buen estado. Hicieron una prueba en el único bar de la aldea. Ela esperaba ver islas de coral y peces de colores, pero en la película salió Bruce Lee, dio unos golpes con el filo de la mano, y se cortó la imagen.
El hombre del proyector de cine, que tenía una camioneta de chapa roja y morro muy alargado, era el hombre más feo del mundo.
Un día, en el salón, esta vez preparado para el baile, la niña, sentada en la escalera y con la cabeza engarzada en los barrotes de la balaustrada, vio bailar al hombre más feo del mundo con la mujer más hermosa del mundo. La nariz del hombre feo hacía juego con el morro de la camioneta. Era tan larga y afilada que tenía una sombra propia, independiente, que picoteaba entre las hojas de los acantos del papel pintado de las paredes. Entre pieza y pieza, cuando la pareja se paraba y se acariciaba con los ojos, la sombra de la nariz picoteaba las moscas del salón, de vuelo lento y trastornado.
Eran los dos, el hombre más feo y la mujer más linda del mundo, los que estaban haciendo el amor en la playa, protegidos por el lomo de una duna. Aquela primera vez, la niña, ya adolescente, vio todo lo que había que ver. De cerca. Sin elos saberlo, hicieron el amor para ela en la pantala del mar. Arrodilada tras la duna, compartía la más hermosa suite. El inmenso lecho en media luna, la franela de la finísima arena, la gran claraboya de la buhardila del cielo, de la que apartan casi siempre las caravanas del oeste con sus pacas de borra y nube, lo que hace que el vale sea un paraíso en la dura y sombría comarca.
Se abrazaron, se dejaron caer, rodaron, se hacían y deshacían nudos con brazos y piernas, con la boca, con los dientes, con los cabelos. El altavoz del mar devolvía a los oídos de la mirona la violencia feliz de sus jadeos. Así, más, más, más. Llegó un momento en que temió que los latidos de su corazón se escuchasen por encima del compás de las olas. Fue la mujer la que venció. De rodilas, como ela estaba, ciñéndose al hombre con la horquila de los muslos, alzó la cara hacia el sol hasta que le cerró los ojos, ladeó las crines en la cascada de luz, y los blancos senos aboyaron por fuera del sostén de lencería negra.
A ela le pareció que se había acortado la nariz del hombre más feo del mundo. Su sombra debía de andar entre los zarapitos, picoteando en el bordón que tejía la resaca de las olas.
Era una playa muy grande, de aguas bravas y olas de alta cresta que a veces combatían entre sí, como los clanes de un antiguo reino. Siempre fría, con la espuma tersa como carámbanos fugaces, y con la arena tan fina que cuando se retiraba el rolo de la marea dejaba un brilo de lago helado. Cuando envejeció, a ela le gustaba caminar hendiendo con los pies ese espejo húmedo y pasajero porque se decía que era muy bueno para las varices. Alguna vez, en el verano, siempre vestida y con una pañoleta sobre la cara, dormía la siesta sobre la manta cálida de la arena seca.
—¿Por qué siempre andas husmeando por la playa? —le riñó la hija.
—No ando husmeando —se defendió ela, aunque la verdad le enrojeció las mejilas—. ¡Es por las varices!
Aparte de esa costumbre de caminar en la orila, nunca, nunca, se había bañado en esta playa. Nadie de la vecindad se bañaba en esa playa de aguas majaras hasta que legaron los extranjeros. Venían del norte, con la casa a cuestas, en caravanas de lánguido rodar o en furgonetas estampadas de soles y flores, y acampaban al lado de la franja de dunas, esa tierra de nadie, frontera que amansaba los vientos entre la playa y el fértil vale. Más tarde, legó la moda de los todoterrenos, que atravesaban las pistas levantando polvo, con la diligente indiferencia de los que corren un raly en el Sáhara.
No había ninguna relación entre los campesinos y los bañistas. Desde la posición de los labradores, y a partir del mediodía, los bañistas se desplazaban a contraluz. Eran, al fin y al cabo, extraterrestres. La época del año en que legaban y brincaban desnudos, con las vergüenzas al aire, o enfundados en trajes de goma para cabalgar con tablas las olas, era también la época del trabajo más esclavo, cuando había que recoger las patatas y las cebolas, sachar los maizales, y segar y ensilar el heno. Las gotas de sudor asomaban como ojos de manantial y trazaban riachuelos en el tizne de tierra de sus brazos. A veces, el sudor bajaba de la frente por el canalón de los ojos. Ela levantaba la cabeza para enjugarlo con el dorso de la mano. La prisionera de la tierra contemplaba la playa entre las rejas verdes del maíz.
Cuando los demás se recogían en casa, ela todavía se marchaba hacia las dunas con la excusa de refrescar cerca de las olas. Pero siempre se escondía en su puesto de centinela, a la espera de que el mar le ofreciese una película de amor.
Su marido no era el hombre más feo del mundo. Ela tampoco era la más hermosa. La noche de bodas, a oscuras, no había sentido placer. Más bien al contrario. Pero después ela soñó que rodaban abrazados por la playa y despertó con un sabor salado en el paladar. Con ganas de volver a hacerlo. Le sucedía con frecuencia y su marido se iba cansado y feliz al trabajo. Se lo levó una enfermedad traidora y tuvo un mal morir, insomne en las noches, porque no quería irse hasta después del amanecer.
Cuando su marido vivía, y la abrazaba en la cama, ela cerraba los ojos y folaba con un bañista de rostro cambiante y melenas rubias y húmedas, jaspeadas de algas. Después de su falecimiento, cuando espiaba parejas desde el escondite de la duna, le parecía ver en la convulsión del cuerpo macho el perfil de su marido, trabajando el amor bien trabajado, en progresión de polca.
La última vez que acudió al puesto de centinela fue hace algunos años, un día de setiembre, ya bien entrado el mes. El verano tarda en legar al vale, pero a veces regala, como un juerguista melancólico, un largo bis. En estas ocasiones, el crepúsculo dura lo que la sesión de cine y se pone en tecnicolor. Lo que ela vio fue también una escena de amor que le pareció interminable. Al fin, los dos amantes se levantaron y corrieron, riendo, hacia el mar. Se dio cuenta entonces de que eran su nieta y el novio. Pero no lo quiso creer. Ni lo cree. Los campesinos no se bañarían nunca en aquela playa tan peligrosa.



Chiapateco (Las llamadas perdidas, 2002)

Me gustaría legar a viejo para decirle a un nieto que tenga que no cace grilos. Que no los espante. Que no los haga salir del agujero con su meada. Y para explicarle el porqué.
Me gustaría legar a viejo pero no es probable que legue. Como dicen en los pronósticos del campeonato de fútbol sobre los equipos modestos, las posibilidades de que yo legue a viejo son más bien remotas.
Además, antes de legar a viejo, tengo que nacer.
Pese a lo que digan, nacer no es nada fácil. Es más bien complicado. Si tuviese a mano unas estadísticas, podría demostrarles cómo existe una íntima relación entre las tasas de natalidad y mortalidad. Si lo expresamos gráficamente, la esperanza de vida sería como un arco tensado entre una y otra tasa. Ese arco está hecho de piel que se va curtiendo. Al tacto, la última capa de piel es como la espiga de maíz pero sin granos de maíz.
La piel de la tasa de mortalidad es áspera. Podrías encender una cerila en el dorso de sus manos.
Alguien le contó a mi madre que hay sitios en los que los niños nacen en el agua, en una piscina a 36,5 grados centígrados de temperatura. Los bebés salen al mundo flotando con suavidad, como sueños acunados en un pentagrama. El cordón umbilical enlaza lo real con lo imaginario. Cuando se cortan, el niño que era cuento se hace real. Su hermana dibujó para él una linda casa con porche y flores en el alféizar de las ventanas. Y cuando cortan el cordón, también la casa con flores se hace real.
Yo ya pertenezco a la realidad antes de nacer. No soy un cuento. Soy un problema. Cuando mi madre va a la ciudad, algunos la miran como si levase un saco de problemas en el vientre. Pero ela, pese a todo, me leva de buena gana, como si cargase con una saca de maíz de colores.
Y si nazco a destiempo será por un susto. Por un susto grande. Como los que hacen salir a los grilos de sus agujeros.
Mi hermana pinta sustos en la escuela. Cuando corten el cordón que me une a mi madre, esos sustos se harán realidad. Vendrán los que pisan el maíz.
Me gustaría legar a viejo para explicarle a un nieto que tenga: están los que plantan el maíz y los que pisan el maíz.
A mí lo que me gustaría de verdad es nacer y no nacer. Que nadie cortase el cordón hasta que se acabaran los grandes sustos. Cuando mi madre plantase el maíz, yo cantaría como un grilo al sol. Y cuando legasen los de los sustos, con sus botas herradas pisando el maíz, volvería otra vez al vientre de madre, a 36,5 grados centígrados.
Pero ya he nacido y me han cortado el cordón y estoy en la escuela y pinto sustos porque han vuelto a calar de miedo los grilos.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Los mundos raros de Juan José Millás: tecnologías audiovisuales

La revista científica Siglo XXI: Literatura y cultura españolas está editada desde 2003 por la Universidad de Valladolid y la CUNY (City University of New York).

En su último volumen, el 16, de este 2018, ha aprobado la publicación de un artículo de mi autoría, páginas 1 a la 26. Se trata de la reelaboración del primer capítulo de mi tesis doctoral, reescritro y titulado ahora como «Los mundos raros de Juan José Millás: tecnologías audiovisuales». 

Puedes pulsar aquí para consultar el índice de la revista y descargar el pdf.

Resumen

La actual narrativa de Millás incorpora aspectos de la estética cibercultural: espacios y lenguajes procedentes de la ciencia y las nuevas tecnologías audiovisuales que han dado lugar a las nuevas realidades-simulacro. De recurso onírico pasará al hiperrealismo artístico, la perspectiva pictórica y fotográfica o el simulacro televisivo. El resultado es una narrativa muy marcada por la imagen. La aparición de Internet proporcionó a Millás otro espacio para la creación y para la imitación del mundo real, garantizando la dimensión fantástica de sus narraciones. El presente artículo analiza la realidad simulada y global a la que se adhiere Millás, aunque con reservas. 

Agradezco una vez la oportunidad de publicar al equipo editorial de la revista y en especial a Pilar Celma.