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jueves, 25 de marzo de 2021

Marcelo Birmajer (1966, Buenos Aires, ARG)

En la isla
Historias de hombres casados, 1999

Había pensado muchas veces en qué hacer si aparecía otro hombre en la isla.

Desde el naufragio, hacía ya dos años, no habían encontrado más señales de vida que las de ellos mismos. Remigio y Adriana, marido y mujer al momento en que el barco se hundió, habían logrado sobrevivir contra las intemperancias naturales de la isla y sin el cobijo de la comunidad humana. Solos en la isla desierta, hacían su vida.

Les había bastado una profunda cavidad en una masa de piedra, que contenía el agua de lluvia; la inagotable cantidad de frutos, entre ellos cocos, repletos de líquido, y un perdido rebaño de cabras que supieron cuidar.

El techo de la choza presentaba algunas dificultades: las únicas ramas halladas que impedían el paso del agua se pudrían luego de cinco o seis lluvias. Si bien no chorreaban, heroicamente impermeables, soltaban un desagradable olor a humedad que enturbiaba el aire de la cabaña. Las ramas crecían en un islote al que se llegaba atravesando en balsa el brazo de mar que lo separaba de la isla.

El elemento humano, sin embargo, se limitaba a ellos dos. Ni una huella, ni un vestigio, ni un sonido, ni un olor de otra persona. Tampoco habían divisado barcos en las cercanías o contra el horizonte. Estaban solos, tan solos como un hombre y una mujer unidos en matrimonio pueden estarlo el uno con el otro.

La vida lejos de la sociedad había desatado en ellos fantasías, y en la intimidad imaginaban qué hubiese ocurrido de haber estado habitada la isla por una tribu de hombres y mujeres semidesnudos, cobrizos, de generosas costumbres sexuales, algo infantiles y amigables con los extraños. Pero, precisamente, sus fantasías se basaban en gente que no existía. Remigio había pensado, mucho menos alegremente, en la posibilidad real de que un tercero apareciera en la isla. Cuando viajaba solo al islote —la travesía le llevaba dos horas y media o tres— construía con tenacidad de inventor, en su magín, la situación remota pero temida.

No lo preocupaba si se trataba de una mujer. Si una nueva mujer aparecía en la isla, pues, ignoraba cuál sería su actitud. Mayormente sería problema de Adriana. ¿Qué hacer con una nueva huésped en el desierto?

Lo ignoraba.

La posibilidad, en cambio, de que los aparecidos fueran un hombre y una mujer, intranquilizaba a Remigio. No lograba concertar qué tipo de convivencia establecerían con la nueva pareja, y se le hacía muy claro su principal temor: que el hombre pusiera sus ojos en Adriana.

Cuatro personas en una isla desierta es demasiada y muy poca gente. Con una pareja en frente, podían permitirse el aburrimiento. El continuo agradecimiento a Dios por haberles permitido tenerse el uno al otro —aunque no habían tenido hijos— en aquella isla desierta, podía transformarse en una súplica al diablo para que les permitiera probar algo nuevo.

¿Y si el hombre de la otra pareja dejaba preñada una y otra vez a su mujer, y Adriana le pedía a Remigio que le permitiera intentarlo? ¿Y si Adriana, lejos de las leyes de los hombres, sugería a Remigio, por puro placer y curiosidad, la reunión prohibida con los otros? Remigio no tenía dudas de que ése sería su propio deseo, pero no soportaría escucharlo sugerido por su esposa.

De modo que la aparición de otra pareja lo desconcertaba. La aparición de un solo hombre, finalmente, le merecía ya una reflexión breve y una decisión firme: lo mataría. Si a las costas de la isla el mar traía un hombre solo, Remigio lo mataría arrojándole una roca a la cabeza. No tenía dudas al respecto. Lo había meditado detenidamente en uno y otro viaje al islote, y arribado a la conclusión, en una y otra orilla. El hombre no podría dejar de poner sus ojos en Adriana. Definitivamente, era imposible. ¿Qué podría hacer un hombre solo en la isla junto a ellos, si no intentar, con el tiempo, arrebatarle su lugar, e incluso intentar matarlo? Lo justo era matarlo sin darle posibilidad siquiera de hablar. Como si se tratara de una bestia salvaje que pusiera en peligro sus vidas.

Sabía que Adriana estaría mudamente de acuerdo.

No habría testigos ni jueces. Y Dios comprendería.

Cuando regresaba del islote amarraba la balsa en un árbol y debía atravesar unos dos kilómetros hasta llegar a la choza. En el camino, cruzaba por el estanque de agua de lluvia y subía y bajaba un pequeño acantilado, donde encontraba grandes pedazos de roca. Cualquiera de esas piedras, pensaba cuando pasaba junto a ellas, podía servir para la tarea. Bastaría con atar fuertemente una de ellas a un palo, y acercarse al hombre con el hacha entre las manos, tras la espalda. O simplemente aguardar a que durmiera, puesto que arribaría a la isla tan agotado como ellos en su llegada, y dormiría el dichoso sueño del náufrago que ha hallado tierra. Entonces, con piedad, Remigio dejaría caer la más grande de las rocas sobre la cabeza del durmiente. Moriría sin saberlo. Seguiría soñando eternamente, feliz de haber hallado tierra.

Parado en el acantilado, desde donde se veía la choza, Remigio comenzaba a reencontrarse con su realidad, con su esposa. Deshacía las escenas de humo que había fraguado en su mente, y recobraba el humo real, el de la hoguera de Adriana esperándolo con alguna sabrosa comida, que se veía desde allí. Mirar a Adriana y a la choza desde el acantilado, cuando aún faltaba una buena caminata, lo reconciliaba con su destino y alejaba los temores.

Pero esa mañana, al llegar al acantilado, cargado de ramas nuevas, vio pasar justo debajo de él un hombre blanco: se dirigía sin dudar hacia la hoguera que humeaba junto a la choza.

Remigio tomó entre sus manos la roca que tantas veces había evaluado, y que lo aguardaba quieta día tras día. Pesada como para matar a un hombre al impactar en su cabeza, no tan pesada como para no poder alzarla y dejarla caer con efectiva puntería. La altura del acantilado era perfecta; la posición, inmejorable, y la cabeza del hombre pasó por el preciso punto sobre el cual caería la roca en línea recta. Bastaba con soltarla para hacer del intruso un cadáver y alejar, paradójicamente, el fantasma. Pero Remigio no la soltó. No pudo soltarla.

«Lo mataré mientras duerma», se dijo. Y sabía que lo haría.

Se disculpó diciéndose que no era fácil matar y que sin duda sería más sencillo teniendo a su disposición el cuerpo del hombre dormido. No tan inquieto por su indecisión, le siguió el rastro cautelosamente.

Para llegar a la choza, se extendía un prolijo camino de arena, en parte natural y, en las cercanías, adornado por Remigio y Adriana con rocas a los costados. Junto al camino natural y al construido, se alzaba una exuberante vegetación. Un tinglado verde de árboles y plantas gruesas y sudorosas, que subía como un telón inextricable hasta pocos metros del mar.

Remigio caminó por entre ese laberinto, rodeado por ruidos desconocidos y picado por todo tipo de insectos, persiguiendo oculto al hombre.

El sujeto no parecía agotado, marchaba completamente desnudo y con cierta tranquilidad. Aunque fieramente quemado por el sol, no cabían dudas de que se trataba de un hombre blanco. Llevaba barba de días y el pelo largo y sucio.

Un estremecimiento recorrió a Remigio y se encontró orinando involuntariamente contra el tronco delgado de un árbol: el hombre estaba a pasos de la cabaña. Ahora sólo bastaba recibirlo como un huésped, permitirle dormir y matarlo.

Lo que vio, sin embargo, modificó para siempre sus expectativas: Adriana salió a recibirlo, echó dos vistazos furtivos a uno y otro lado, le hizo una caricia obscena, lo llamó por su nombre; lo besó larga y dulcemente.


El oyente
Se me hace cuento, 2014

Yo regresaba de Tucumán, en avión, y mi compañero de asiento parecía alterado. Era un hombre de unos sesenta años, lo suficientemente grueso como para incomodarnos en cada movimiento.

Ya veíamos el Aeroparque, pero el avión no iniciaba las maniobras de descenso.

Una voz femenina anunció por los altoparlantes que había una medida de fuerza en el Aeroparque y que el avión daría vueltas hasta que lo autorizaran a aterrizar. Divisé la cancha de River. Mi compañero de asiento comenzó a sudar copiosamente.

—No pasa nada, le dije, aunque yo no estaba menos preocupado. No me gusta permanecer en el aire más de lo estrictamente necesario. Suficiente incertidumbre hay en tierra.

Dimos varias vueltas más, como si nos hubiera secuestrado un paseador de perros, y finalmente iniciamos el descenso.

—Gracias a Dios —suspiró mi compañero de asiento—. ¿Usted es escritor, no es cierto?

Asentí.

—Hay una historia que nunca le conté a nadie. Imagine si se hubiera caído el avión…

Quise advertirle que todavía no habíamos aterrizado, pero… ¿por qué interrumpir su falso alivio? Mi compañero de asiento también justificó contarme su historia como recompensa por haberlo acompañado en su momento de zozobra. Su historia despegó antes de que las ruedas del avión tocaran el suelo, continuó durante el carreteo y terminó junto a las cintas distribuidoras de equipaje.

—Vivíamos en Caballito… todavía estaba casado. Eliana cumplía 40 años; yo 45. Tenemos un solo hijo; entonces estudiaba Agronomía en La Plata. Ahora es guardaparques en Estados Unidos. Es mi gran orgullo. Mi único orgullo. Eliana y yo éramos un matrimonio convencional. Bueno, quizá compartíamos una rareza: éramos felices. Pero convencionales en el sentido de que nuestros gustos eran simples. Un buen sándwich de miga, una buena película de acción en la tele, un buen mate, viajar con las ventanas bajas. Y, claro, el amor. El tiempo juntos y la cama. Nada del otro mundo, eh.

Me sonrojé. Mi compañero de asiento lo notó, sonrió, y continuó su relato.

—Pero la pasábamos bien. Es curioso, porque en ese asunto está todo inventado, es siempre lo mismo, pero uno nunca se aburre. Quiero decir, si se va a aburrir, se aburre con cualquier variante. Y si no se va a aburrir, no se aburre aunque sea siempre igual. Un viernes por la tarde me detuvo un vecino. Era un hombre al que yo había visto muy pocas veces en el edificio. Pelado, blanco como coco rallado. En el pasillo no había nadie. Me saludó con un gesto, como si usara sombrero, y me dijo: «Ayer lo escuché… con su mujer. Lo pasan bien». No supe qué contestarle. ¿Le tenía que pegar, pedirle disculpas, seguir de largo sin responder? Era evidente a lo que se estaba refiriendo; por su tono, sus expresiones… no había dudas. Quise tomar el ascensor, vivíamos en el octavo piso, pero de algún modo me lo impidió, sin coerción. «Se la hago corta —declaró—. Yo no vivo en Capital. Uso este departamento solamente los jueves por la tarde y la noche. Los viernes a veces paso, pero nunca duermo. Me encantó. La ternura de su esposa y usted, me encantó. Esas cosas ya no se escuchan en este mundo podrido. Háganlo todos los jueves… hablen fuerte. Yo pago».

Mientras mi ex compañero de asiento seguía narrando, involuntariamente dejé pasar mi valija en la cinta; nunca me la habían perdido en un vuelto de cabotaje, pero quizás inaugurara el percance por culpa de mi curiosidad.

—Sacó un fajo de dólares del bolsillo y me los puso en la palma de la mano —explicó mi ex compañero de asiento—. Acá debería aclararle que mantener a mi hijo en La Plata no era gratis y él sólo no se mantenía. ¿Usted devuelve un fajo de dólares así como así? ¿Qué aclaraciones le tenía que pedir? Había una pared de por medio. Eliana no tenía por qué saber nada. No sé decirle qué sentí cuando empecé, sabiendo que el vecino estaba del otro lado, escuchando. Los viernes pagaba, en dólares. Después, con el corralito, fue una fortuna; lástima que la mayor parte los cambié para dárselos a mi hijo en pesos. Habrá durado seis meses, y el vecino se esfumó. No apareció más. Y ahí sí que sentí la diferencia. Como nunca me había pasado, me faltó motivación, con Eliana quiero decir. Ya no era lo mismo. No me alcanzaba con lo que teníamos. Empecé a mandarme macanas, injustificables. Con toda razón, Eliana me mandó a mudar. Yo no le pude explicar nada. Si el avión se caía, nunca nadie lo hubiera sabido; así que no me arrepiento de contárselo a usted.

Mi valija, para mi gran sorpresa, reapareció en la siguiente vuelta de la cinta. Mi ex compañero de asiento me preguntó si quería que compartiéramos el remís. Pero le mentí que me venían a buscar.


La sorpresa
Se me hace cuento, 2014

Por la rotación inclemente del papi fútbol, me tocaba ir al arco. Lo cierto es que no es un rol que me apetezca. La pelota es dura, pesada, y hacía frío. Levanté la mano con la idea de que me reemplazara uno de los muchachos que aguardaban al gol para entrar. Pero Damián, un zaguero de unos sesenta años, me dijo discretamente:

—Quédate. Voy al arco.

No pude agradecerle, porque hubiera quedado en evidencia. Concluí el partido, con saldo penosamente desfavorable, pero ileso. Cuando estaba por salir a la calle, en el barcito de la cancha, sobre la calle Sánchez de Bustamante, divisé a Damián comiendo solo. Me acerqué a la caja y pedí que me cobraran lo que había pedido. Damián me descubrió y me invitó a compartir el almuerzo. Le dije que me limitaría a tomar una gaseosa fría.

—¿Cómo me ves haciendo el divorciado? —me consultó.

—No te veo —confesé—. Nunca te escuché hablar de tu esposa, de modo que supuse que eran un matrimonio exitoso. Si me perdonás, siempre te consideré el modelo de hombre de familia.

—No tenés que pedir disculpas por eso —replicó Damián—. Y fuimos un matrimonio exitoso. Pero Gladis me pidió el divorcio hace ya un mes.

Logré reprimir mi primera reacción: «¡A esta edad…!». Pero ni siquiera sabía qué edad tenía Gladis.

—¿Qué adujo? —pregunté.

—Hay que reconocer que fue muy clara —informó Damián—. Se enamoró de una mujer.

Pensé que me había salido la gaseosa por la nariz, pero luego de pasarme la servilleta, comprobé que todo estaba en su sitio.

—Me lo dijo con mucho dolor —siguió Damián—. Habíamos sido los mejores compañeros, incluso buenos amantes. Y siempre pensó que sus escasos y esporádicos escarceos con mujeres eran un elemento menor de su temperamento. Pero con Dana, encontró el amor. Ya no se podía separar de ella. Me lo dijo llorando. Realmente sufría mientras me lo decía. Yo te confieso que me sentí aliviado. La idea de divorciarnos no me asustaba. En rigor, la había ponderado varias veces, pero nunca me había atrevido a comentárselo a Gladis, por miedo a herirla. Al irse con una mujer, dejaba mi orgullo a salvo. Si se hubiera ido con un hombre creo que no lo hubiera podido soportar. Gladis tiene cincuenta años, y es una mujer atractiva. El hecho de que un hombre se la llevara hubiera sido un golpe brutal a mi virilidad. Pero se fue con una mujer, ¿qué puedo hacer? Desearle suerte. Era la solución perfecta. Traté de que no se notara mi alegría. Después de todo, ella realmente sufría mientras me pedía disculpas y trataba de explicarse. Le dije que no hacía falta que me explicara nada. Nos habíamos tratado bien durante toda nuestra vida; guardaríamos un buen recuerdo el uno del otro. Tenemos una hija de 23 años, y obviamente no la podíamos mantener en ascuas. Pero antes de imponerle los acontecimientos a Abril, Gladis consideró saludable que yo conociera a Dana. Era necesario, porque Abril tendría que elegir si se iba a vivir con la mamá y su novia, o seguía viviendo conmigo en casa. Debíamos conocernos. Acepté, no sin reticencias. La situación me resultaba incómoda. ¿De qué hablaríamos? Ellas viven en Almagro, a unas quince cuadras de acá. Llegué temprano, con la boca seca y las manos sudadas. Tardé como diez minutos en tocar el portero eléctrico. Bajó Gladis y subimos juntos en el ascensor. Viven en el piso 10, e hicimos los diez pisos en un silencio extraterreno. Dana nos abrió la puerta antes de que tocáramos el timbre.

La cara de Damián se transfiguró al llegar a este punto del relato.

—Nunca he visto una mujer más hermosa. No es que se trate de una belleza evidente, aunque llamaría la atención de cualquiera. Es hermosa para mí. El tipo de belleza que Dios me tenía reservada cuando nací. Y que yo resigné porque Gladis me encontró y me cobijó. Pero… cómo me trató Dana, con qué sensualidad me hablaba. Hasta me gustó cómo me sirvió el té en hebras de flores con miel de campo. De inmediato se desarrolló entre nosotros un diálogo intenso, que Gladis tomó como un esfuerzo mío por aceptarla. Ahora no veo la hora de volver a verla… a Dana. Y es fácil, porque hay trámites, y porque se supone que Gladis y yo somos amigos. Y si la vida es así de sorpresiva, ¿quién te dice?

—Permitime que pague también la gaseosa —dije, levantándome para irme.

—No me dijiste qué pensás —me reprochó.

—Yo invento las historias —dije—, no las interpreto.


La lista
Se me hace cuento, 2014

—¿Quedaste alguna vez enganchado en una lista de mails de gente desconocida? —me preguntó mi amigo Karp.

—No lo sé —repliqué—. Cuando me llega un mail con más de una persona, lo borro automáticamente.

—A principios de marzo comencé a recibir mails invitándome a un partido de fútbol cinco, en una cancha de Paternal, de parte de personas que no sabía quiénes eran. Quizás un grupo de samaritanos que invitan a solitarios a jugar al fútbol. Una ONG: fútbol para solos. No, no. Era evidente que se trataba de un grupo que se reunía periódicamente a jugar al fútbol; y supuse que alguno de ellos tenía algún contacto conmigo, laboral, o casual; de modo que aparecí en la lista.

—¿Reconociste algún nombre?

—No. Pero muchos usaban alias. No fui el único caso de aparición involuntaria, porque pronto menudearon los mails de hombres y mujeres que se quejaban de estar recibiendo semanalmente esa invitación a jugar al fútbol. «Por favor, sáquenme de la lista». «Ya les dije cuatro veces: soy mujer, no juego al fútbol». «Esto es una falta de respeto: ¿quién me puso en esta lista?». No tardaron en llegar los insultos. Pero a mí no me pareció mal que me invitaran a jugar al fútbol. No me enviaban un mensaje proselitista, ni me pedían plata, ni me sugerían la conversión a una nueva religión. Sólo me invitaban a jugar al fútbol. Era una confusión, sí, pero benigna. ¿Por qué corregirlos? Ni siquiera borraba todos los mails: algunas noches de fin de semana, si no había conseguido nada, me abría uno de esos mails errados y me decía, como Charly García: «Alguien en el mundo piensa en mí, aunque no sepa quién soy». Las invitaciones a jugar al fútbol los jueves se me hicieron parte de mis relaciones sociales.

—Pero si vos no tenés relaciones sociales… —interrumpí.

—Vos tampoco, ni siquiera por equivocación.

—Correcto. Pero yo no digo que algo es «parte» de mis relaciones sociales. En todo caso diría: «Era mi única relación social».

—Está bien, está bien. Era mi única relación social.

—Creo que al último bar mitzvá que

me invitaron fue al mío —me solidaricé.

—Pero un jueves especialmente deprimente, me dije: «¿Y por qué no?».

Me puse los tres cuartos, porque los cortos son para jóvenes; las medias, las viejas zapatillas de chutear y salí para la cancha de la calle Darwin. Fui caminando. Busqué la cancha con gente de mi generación; allí debían estar el Chino, Genaro, Barbazul, Canibaro, Marciano… Todos los muchachos que durante meses me invitaron. Qué sorpresa les iba a dar. Eran cinco canchas.

—¿Y si no te dejaban jugar? —interrumpí nuevamente.

—Ni lo consideré. Me dejarían jugar. Había leído sus comentarios, sus intercambios. Eran gente buena. Generosa. Pero no estaban. Los llamé por sus apodos, por sus nombres, por sus latiguillos. Nada. En ninguna de las cinco canchas estaba mi gente. Me invitaron de un partido cualquiera y acepté.

—Por lo menos jugaste —apunté.

—Cuando regresé a casa, la habían desvalijado. Se llevaron el televisor, la computadora, el DVD, ahorros no tengo. Las cosas se vuelven a comprar; tenía back up, milagrosamente. Pero la sensación de intrusión, de inseguridad, es horrible.

Quedé mudo durante unos instantes. Karp retomó:

—¿Fue una trampa? ¿Fui un estúpido en ir a jugar al fútbol?

—Creo que fue una trampa —opiné—. Pero no que hayas sido un estúpido en ir a jugar al fútbol. Te comportaste como un buen hombre. No podías saber que te enfrentabas a los canallas. Participaste, una vez más, en la eterna lucha entre el bien y el mal. El partido que jugaste, era mucho más trascendente de lo que imaginabas.

—¿Pero quién puede dedicar semejante cantidad de tiempo, creatividad, tesón, sólo para entrar en una casa ajena y robar un par de artefactos? La misma inventiva, aplicada a un fin rentable y legal, podría haberles dado mucho más rédito.

—Es que su propósito, más que adquirir ganancias, es hacer el mal. Por eso el diablo nos resulta caricaturesco, paródico, incluso cómico, siempre inverosímil, porque no nos podemos imaginar nada peor ni más malvado que un ser humano. Mientras que la idea de Dios es más probable, por lo fácil que es imaginarnos algo mejor. En cualquier caso, para seguir creyendo en el Bien, a mí me alcanza con que hayas ido a jugar al fútbol.

martes, 13 de octubre de 2020

El tratamiento visual de Juan José Millás: tecnologías audiovisuales

Una vez más, la revista científica Siglo XXI: Literatura y Cultura Españolas, editada desde 2003 por la Universidad de Valladolid y la CUNY (City University of New York), aprueba la publicación de un artículo basado en mi tesis doctoral.

Se trata de «El tratamiento visual de Juan José Millás. tecnologías audiovisuales», que se puede leer en este número 18, de 2020, páginas 23 a 38.

Resumen

En una época de prevalencia audiovisual, Juan José Millás (Valencia, 1946), que nunca permanece ajeno a los cambios socioculturales, ha variado su percepción y su mirada. En tres de sus obras —Todo son preguntas, El ojo de la cerradura y Sombras sobre sombras— ha recopilado textos que se adscriben al género comentario de fotografía. Millás analiza imágenes de prensa, con lo que demuestra que ha acogido con éxito en su literatura el análisis visual de la realidad como nuevo modo de relación con el universo.

Pulsa aquí para consultar el índice de la revista y descargar el pdf.

martes, 22 de septiembre de 2020

Hipólito G. Navarro (1961, Huelva, ESP)

Territorios 
Los tigres albinos, 2000

Yo, de perro, la verdad es que no me ando con pamplinas. Nada de micción en tronco de árbol o señal de tráfico, nada de sólida esquina de edificio, nada de esos llamativos adoquines de los alcorques. Si hay que marcar un territorio, señalar un dominio, ¿qué porvenir tengo de perro meando en mi barrio y adyacentes?, ¿cuántos barrios puede cubrir la meada de un perro? Yo voy más allá, no me ando con chiquitas ni provincianismos. Me especializo en ruedas de vehículos (tapacubos, llantas y neumáticos), y de últimas no meo ruedas a tontas y a locas, así como así, no. Distingo ya perfectamente las matrículas, dosifico, me expando. Adoro esas matrículas de colores extranjeras, amarillas, azules, verdes.


Árbol del fuego
Los tigres albinos, 2000 

Es el niño primero de la clase, extraño niño de sobresalientes y matrículas. Por las tardes abunda en su sustancia, y en el parque soslaya la facilidad de los cerezos y los arces y trepa, con dificultades, a lo más alto de un árbol del fuego. 

Abajo, intuyendo la caída que algún día tendrá que llegar, espera sin prisas otro niño, éste más discreto tras sus gafas: el que fantasea en la clase en el último pupitre bajo el mapa, donde nunca llegan los premios del maestro.


Hostal en la ciudad vieja
Los últimos percances, 2005

Sobre la mesilla, junto al despertador, reposa un libro de título curioso: Guía de edificios apuntalados de interés. En la página 37 tiene disimulada una errata: donde dice «Caso antiguo», debería decir «Casco antiguo». El turista sueña toda la noche con paredes que encima se le caen, sin poderlo remediar. Se trata de una pesadilla con errata o clave camuflada: además del sueño de un turista, es un sueño futurista. 


La inspiración
Los últimos percances, 2005

Hay que imaginarse el escenario: los días todos iguales del Polo Sur, una atardecida eterna que arropa de desvaído azul un universo frío, plano y desamueblado. En el espacio que nos interesa recortar tal vez se puedan suponer, además de la superficie helada y blanca, tres o cuatro pingüinos a lo lejos, si acaso en un ángulo a la izquierda los deshilachados amagos amarillos de una aurora boreal. Poco más. Y frío, un frío abstracto y desacostumbrado para los termómetros. 

Pero en el centro de la escena está el iglú, como una redonda y rotunda provocación. Y en su interior, la historia: despaciosos sucederes presididos por el calor. Los padres se aman desnuditos bajo las blanquísimas pieles de oso, la abuela come a lentos puñados de un pescado blanco salpicado de rojo intenso en las agallas, y el hijo entretiene su mirada en el alegre bailoteo de las llamas en el fuego del hogar. Esa contemplación ensimismada le ocupa todas las horas; hay poco colegio por esas latitudes. No se trata de perder el tiempo, aunque lo parezca, como no se pierde el tiempo si se observa toda una tarde el vaivén del mar golpeando en la costa o el resto de la noche el cuerpo desnudo de la mujer que hemos amado. Los ojos del niño han subido y bajado al compás de las llamas durante horas y horas, y ahora tiene como dos brasas las pupilas. Afuera todo lo más quedará un solitario pingüino rezagado, el paisaje aún más plano bajo el peso de difíciles constelaciones. Es entonces cuando el niño casi lo susurra: «Bueno..., y yo ahora me pregunto...: ¿qué es un rincón?». 


Isósceles
Los últimos percances, 2005 


Interesa enriquecerse paulatinamente. 
Enriquecerse paulatinamente interesa. 
Paulatinamente enriquecerse inTeresa.


Meditación del vampiro
Los últimos percances, 2005

En el campo amanece siempre mucho más temprano.

Eso lo saben bien los mirlos.

Pero tiene que pasar un buen rato desde que surge la primera luz hasta que aparece definitivamente el sol. Manda siempre el astro en avanzadilla una difusa claridad para que vaya explorando el terreno palmo a palmo, para que le informe antes de posibles sobresaltos o altercados. Luego, cuando ya tiene constancia de que todo está en orden, tal como quedó en la tarde previa, se atreve por fin a salir. Su buen trabajo le cuesta después recoger toda la claridad que derramó primero. Por eso se ve obligado a subir tan alto antes de caer, para que le dé tiempo a absorber toda esa luz y no dejar ninguna descarriada cuando se vuelva a hundir por el oeste.

Luego en el campo, paradójicamente, se hace de noche también muy pronto.

Los mirlos apagan sus picos naranjas y se confunden con el paisaje.

Y agradecido yo, me descuelgo y salgo.

lunes, 20 de abril de 2020

Sławomir Mrożek (Borzęcin, POL, 1930-2013)

El muñeco de nieve
La mosca, 2005

Está nevando este invierno cuanto se quiera y más, y los niños hicieron en la plaza del mercado un muñeco de nieve. 

Es una plaza grande, por la que pasa multitud de gente todos los días. Dan a ella las ventanas de muchas oficinas de la administración pública, pero a la plaza no le preocupa eso; está sencillamente ahí. Con gran alboroto y gritando de entusiasmo, los niños levantaron el estrafalario muñeco justamente en su centro. 

Hicieron rodar nieve hasta obtener una bola muy grande: eso era la barriga. Luego, otra más pequeña: era el pecho y los hombros. Por fin formaron otra aún más pequeña: la cabeza. Con unos tizos de carbón fingieron los botones del hombre de nieve, de tal modo que estuviera abrochado desde arriba hasta abajo, y le colocaron una zanahoria por nariz. En fin, un muñeco de nieve normal y corriente, como cualquiera de los que cada invierno hacen los niños a millares por todo el país, si es que las nevadas lo permiten. A los niños les hizo ilusión y estaban felices. 

Varias personas que pasaron por allí ojearon al hombre de nieve y luego siguieron su camino, y la administración pública siguió administrando como si tal cosa. 

El padre se alegró de que sus hijos retozaran al aire libre, de que se les pusieran encarnados los cachetes y de que luego volvieran con hambre a casa. 

Pero a la noche, cuando todos estaban ya recogidos, alguien llamó a la puerta. Era el vendedor de prensa que tenía su quiosco en la plaza del mercado. Se excusó por venir tan tarde a dar la lata, pero dijo que consideraba un deber hablar cuatro palabras sinceras con el padre. Claro que los niños eran todavía muy chicos, admitió. Pero ya había que andar con cuidado con ellos, o de lo contrario no acabarían bien. Sólo por eso había venido, por otra cosa no lo hubiera hecho; lo único que le importaba era el bien de todos los niños, dijo; la educación infantil era una cosa que le preocupaba mucho. Y detalló que el motivo concreto de su visita era la nariz de zanahorias que estos niños le habían puesto al hombre de nieve; era una nariz colorada, y él, el vendedor, también tenía la nariz de ese color, y no porque bebiera más aguardiente de la cuenta, sino porque una vez se le heló. Una desgracia, no algo como para burlarse de él a la vista de todo el mundo. Aclaró por fin que había ido a pedir que no volviera a ocurrir, claro que, como ya había dicho antes, sólo en bien de su educación. 

Tales observaciones impresionaron al padre bastante. Como es natural, los niños no deben meterse con nadie, por colorada que tenga la nariz y por mucho que eso les llame la atención. De modo que reunió a los chicos y, poniéndose serio, les dijo señalando al hombre del quiosco: 

—¿De verdad que le habéis puesto esa nariz al muñeco para burlaros de este señor? 

Los niños se asombraron sinceramente y, de momento, no entendieron de qué les estaban hablando. Cuando por fin cayeron en la cuenta, aseguraron muy formalmente que jamás les había pasado eso por la cabeza. Pero, por si las moscas, el padre los castigó y los dejó sin cenar. 

El vendedor de prensa le dio las gracias y se fue. Al llegar a la puerta del piso, se cruzó con el presidente del Sindicato Comunal, quien saludó en seguida al dueño de la casa, satisfechísimo de recibir bajo su techo a tan importante personaje. Mas cuando el señor presidente vio a los niños, frunció el ceño y dijo malhumoradamente: 

—Caramba, me alegra ver a estos pillastres. Tendrían ustedes que atarlos más cortos, ¡tan chicos y ya tan descarados! ¿Pues no miro hoy a la plaza por una ventana de nuestras oficinas y veo...? Pues estaban haciendo tranquilamente un hombre de nieve. 

—Ah, sí, la nariz y el ven... —le interrumpió el padre. 

—¡A mí qué me importa la nariz! Figúrese: primero hacen una bola, luego otra y luego una tercera. Ponen la segunda encima de la primera, y la tercera encima de la segunda. ¿No es para indignarse? 

Como el padre no entendía qué quería decir, el señor presidente se enfadó todavía más. 

—¡Pero si está clarísimo! Quieren dar a entender que en nuestro Sindicato Comunal se sienta un ladrón encima de otro. ¡Y eso es una calumnia! Hasta cuando se pretende publicar en los periódicos una cosa así, hay que presentar pruebas, y no digamos ya si se toca el asunto públicamente, nada menos que en la plaza del mercado. 

Agregó, sin embargo, que, dadas la poca edad y la inexperiencia de los niños, estaba dispuesto esa vez a dejarlo pasar; no iba a exigir explicaciones. Pero, eso sí, la cosa no podía repetirse. 

Cuando se preguntó a los niños si al poner una bola de nieve sobre otra habían querido dar a entender que en el Sindicato Comunal estaba sentado un ladrón sobre otro, sacudieron las cabezas y se echaron a llorar. Pero el padre, no hubiera un tío, páseme usté el río, los puso castigados de cara a la pared. 

El día no terminó con eso. Se oyeron en la calle los cascabeles de un trineo que se paró, de pronto, ante la casa. Dos hombres llamaron a la puerta simultáneamente: un gordo desconocido embutido en un abrigo de piel de oveja y el presidente del Consejo Nacional. 

—Ciudadano, vengo por causa de vuestros hijos —dijeron al mismo tiempo desde el umbral. 

El padre, que ya estaba acostumbrándose a la cosa, acercó unas sillas para que los recién llegados se sentaran. El presidente miraba de reojo al otro, el gordo desconocido, y se preguntaba quién podría ser. Luego habló primero: 

—Me asombra que permita usted que se haga en su casa propaganda enemiga. Mucho me temo que no tenga usted conciencia política. Mejor será que me lo confiese todo ahora mismo. 

El padre no entendía por qué se le decía aquello. 

—Se ve en sus hijos inmediatamente. ¿No sabe que se están burlando de los organismos de nuestro Estado de obreros y campesinos? Sus hijos, sus hijos, sí. Han levantado ese muñeco de nieve justamente frente a la ventana de mi cancillería. 

—Ahora comprendo —suspiró el padre tímidamente—. Se trata de eso de querer representar el robo... 

—¡Qué robo ni qué diablos! ¿Pero es que no entiende usted lo que significa levantar un hombre de nieve al pie de la ventana del presidente del Consejo Nacional? Sé muy bien lo que las malas lenguas van hablando de mí. ¿Por qué no van sus hijos y colocan un hombre de nieve al pie de la ventana de Adenauer? ¡Ah! No contesta, ¿eh? Un silencio que lo dice todo, señor mío. Yo sabré sacar de él mis consecuencias. 

En el momento de oírse la palabra «consecuencias», se levantó el gordo desconocido, miró a un lado y a otro y se alejó de puntillas, sigilosamente, como dándose ya por satisfecho; volvieron a oírse los cascabeles del trineo, al pie de la casa, y el tintineo se fue perdiendo a lo lejos. 

—Sí, amigo mío, le aconsejo que reflexione sobre lo que acabo de decirle —agregó el presidente—. ¡Ah, y otra cosa! Si por distracción salgo a veces de casa con los pantalones desabrochados, eso es cosa mía y sus niños no tienen ningún derecho a tomarme el pelo. Sepa que, si me da la gana, saldré de casa incluso sin pantalones y que a sus hijos no les importa un pimiento. Procure acordarse bien. 

El acusado hizo comparecer a los niños, que estaban de cara a la pared, y les conminó a que confesasen inmediatamente que al hacer el muñeco de nieve habían pensado en el señor presidente y que además los botones eran un puyazo de mal gusto al hecho de que, a veces, el señor presidente llevaba por distracción desabrochados los pantalones. 

Entre lágrimas y pucheros, los niños afirmaron que habían hecho su hombre de nieve nada más que para divertirse y sin la menor mala intención. Pero, por si sí o por si no, el padre no sólo los dejó sin cenar y los puso de cara a la pared, sino que les mandó hincarse de rodillas sobre el santo suelo. 

Aquella noche aún volvieron a llamar a la puerta varias veces, pero el padre ya no abrió más. 

Y, al día siguiente, pasé junto a un jardincillo donde los niños estaban jugando. Se les había prohibido ir por la plaza del mercado y los niños estaban discutiendo a qué iban a jugar esa mañana. 

—Vamos a hacer un hombre de nieve —dijo el primero. 

—¡Boh, un hombre de nieve corriente es muy aburrido! —contestó el segundo. 

—Bueno, vamos a hacer un hombre que venda periódicos. Y le ponemos una nariz bien colorada. Porque la tiene así de colorada de tanto aguardiente, ¿no? El mismo lo dijo anoche —dijo el tercero. 

—¡Qué tonto eres! Yo voy a hacer el Sindicato. 

—Y yo al señor presidente, eso sí que es un hombre de nieve. Y además le voy a poner botones porque siempre lleva los pantalones sin abrochar. 

Los niños se pelearon un poco, pero por fin se pusieron de acuerdo para realizar todos esos proyectos, uno detrás de otro. Y se pusieron a trabajar con mucho interés. 



El misántropo
Juego de azar, 1991 

El compartimiento estaba vacío. Me senté junto a la ventana y abrí un libro. 

Se oyó el estrépito de la puerta corredera. Entró un tipo con una maleta voluminosa. Volví a la lectura, pues no tenía ganas de trabar conversación con nadie. La pérdida de la intimidad ya representaba suficiente contrariedad. 

—Usted ocupa mi asiento. 

—¿Su asiento? 

—Compruébelo, por favor. 

Había olvidado en qué bolsillo había metido mi billete; por fin di con él. 

—Le corresponde el asiento número treinta y cuatro y éste es el asiento número treinta y nueve. 

Me senté enfrente. No quería dejar la ventana, porque tenía ganas de mirar el paisaje. 

—Su equipaje. 

—¿Qué equipaje? 

Señaló el portaequipajes. 

—Ah, se refiere a mi gabardina... 

—Según el reglamento es el equipaje, ya que se encuentra en el lugar destinado al equipaje. 

Retiré la gabardina del portaequipajes. Con gran esfuerzo colocó allí su maleta aleccionándome al mismo tiempo sobre el hecho de que aquella parte del portaequipajes correspondía únicamente al pasajero autorizado a ocupar el asiento número treinta y nueve. El tren arrancó algo bruscamente. Me puse a mirar el paisaje. 

—Usted ha ocupado el asiento número treinta y ocho. 

Me di la vuelta; efectivamente, en el respaldo había una plaquita esmaltada con dicho número. 

—El asiento número treinta y cuatro está allí... 

Indicó el rincón junto a la puerta. 

—¿No es lo mismo? El compartimiento está casi vacío. 

—Es una cuestión de principios. 

Podía escoger: o bien entrar en abierto conflicto con aquel maníaco, o bien sucumbir. En ambos casos le daría satisfacción, aunque en cada caso sería una satisfacción de índole distinta. De modo que decidí abandonar el compartimiento. 

Me levanté y por poco pierdo el equilibrio; el tren al acelerar tiró del vagón. La maleta situada encima de su cabeza se desplazó hacia el borde del portaequipajes. Entendí que debía esperar más acelerones. 

Sin decir palabra me cambié al asiento número treinta y cuatro, menos cómodo para mirar el paisaje, pero que en cambio ofrecía una mejor visión —en diagonal— de la maleta situada encima de la cabeza de mi compañero de viaje. 

El tren frenó y la maleta retrocedió hacia el fondo del portaequipajes. Empecé a dudar de si mis cálculos habían sido correctos, ya que también había que tener en cuenta las frenadas. ¿No sería mejor abandonar el compartimiento? 

—Sí, señor. Siempre hay que respetar los reglamentos —me aleccionó con aire triunfal. 

Eso fue determinante, decidí resistir. Al fin y al cabo, el tren aún no había alcanzado su velocidad máxima y podía tener esperanzas. 

Entorné los ojos. Aparte de la lectura y la contemplación del paisaje, el tercer placer del viaje es el de dormitar. Pero yo no dormitaba, sino que de esta manera, por debajo de los párpados entornados, podía observar el portaequipajes sin llamar su atención, lo cual no era posible ni leyendo, ni contemplando el paisaje. 

El cálculo resultó acertado. Poco a poco, pero sin parar, la maleta se iba desplazando hacia el borde del portaequipajes. Entre yo y su centro de gravedad se creó un vínculo de intensa comprensión. Se estaba acercando el momento. 

Y sin embargo, decidí darle una oportunidad. No por motivos humanitarios, ni aún menos por amor al prójimo. Sólo por curiosidad. 

—Parece que es usted partidario de los reglamentos. ¿Se puede saber por qué? 

Se animó, evidentemente era su tema preferido. 

—Mire usted, los reglamentos son necesarios para que haya orden. Sin reglamentos no hay más que desorden. 

—Entonces le propongo una cosa: intercambiemos nuestros billetes. Y yo ocupo su asiento y usted el mío. No infringiremos el reglamento, puesto que los billetes no están emitidos a nuestro nombre, sino al portador. ¿Qué le parece? 

Durante un rato se quedó mudo de sorpresa. 

—Pero ¿y a santo de qué? 

—Porque a mí me gusta estar junto a la ventana. ¿Y a usted? 

Esperé la respuesta. Si lo admitía, estaba a salvo. 

—¡Pero el número treinta y nueve es mío! 

—Comprendo, sería una manipulación. Por su naturaleza, los reglamentos no pueden ser absolutamente rigurosos, pero esto no quiere decir que podamos manipularlos. ¿No es así? 

—Sí, por supuesto... 

—Es decir que usted identifica los reglamentos con el destino. 

—¿Con qué? 

—Con el destino, con la providencia. Los reglamentos eliminan la arbitrariedad, es decir el azar, es decir el caos, por lo que son una manifestación del destino, la voz de la providencia. 

—Lo dice de un modo extraño. 

—Digo lo mismo que usted, sólo que utilizo palabras distintas. Usted dice: orden, yo digo: destino; usted dice: desorden, yo digo: caos; pero en el fondo es lo mismo. Así que los reglamentos encierran en sí algo divino. Ahora entiendo por qué son para usted sagrados. 

—Mire usted, los reglamentos son reglamentos y punto. 

—Perfecto —dije, y entorné los ojos en señal de que ya no había de qué hablar. Y de hecho así era. 

Cuando la maleta cayó, aquel tipo se precipitó al suelo alcanzado en la sien por su canto metálico. Pensé que se había desmayado y juro que no era lo que yo quería, sobre todo porque ahora no sabía qué hacer. ¿Cómo se reanima a un desvanecido? En fin, que era un fastidio... Al mirar perplejo a mi alrededor, vi el freno de seguridad provisto de la placa reglamentaria: «Accionar en caso de peligro». Existía el peligro de que si alguien no le prestaba los primeros auxilios, su estado se agravara. Lo accioné. 

El resultado fue que el tren tuvo un retraso de dos horas, lo cual provocó un caos en los horarios de toda la región. Sin embargo, esta transgresión del orden no sirvió de nada, porque resultó que el tipo había muerto en el acto. Pero como yo había actuado siempre de acuerdo con el reglamento, no tenía nada que reprocharme. 



El socio 
Juego de azar, 1991 

Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal. 

El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma? 

—¿Seguro que es usted el diablo? —pregunté. 

—Sí, ¿por qué lo duda? 

—Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza. 

—A tal alma, tal diablo —contestó—. Vayamos al negocio. 


El monumento 
Juego de azar, 1991 

El Congreso Mundial de Psicoanalistas decidió erigir un monumento en homenaje a Sigmund Freud, creador de la teoría del psicoanálisis. El proyecto inicial preveía a Freud de tamaño natural, confeccionado en granito o en bronce, y dos figuras femeninas alegóricas. Una, que representaría el subconsciente, estaría sentada sobre la rodilla izquierda de Freud, y la otra, el consciente, sobre la rodilla derecha. 

Primero surgió la duda de qué debía hacer Freud con las manos. No con la derecha, porque parecía obvio que la mano derecha debería tenerla sobre la cabeza del consciente. Pero dónde debía tener la izquierda, la del subconsciente, en eso las opiniones estaban divididas. 

Sin embargo, pronto surgió un problema más serio que desplazó esta falta de unanimidad a un segundo plano. Y es que de pronto quedó patente que en la composición del monumento faltaba el superego. Puesto que Freud no podía tener una tercera pierna, se colocó al superego de pie detrás de Freud. 

Sin embargo, esta posición dominante del superego, aunque científicamente correcta —el superego debería dominar sobre el consciente y el subconsciente—, hizo que quienes criticaban el proyecto se percataran de una inadmisible falta de diferenciación entre el consciente y el subconsciente. Y es que las dos figuras que los representaban estaban sentadas exactamente al mismo nivel, cada una en una rodilla, igual que la otra. 

Así que le quitaron a Freud el subconsciente de la rodilla y lo tumbaron a sus pies. 

Ahora todo estaba en orden. El subconsciente abajo de todo, como correspondía, por encima el consciente, y el superego por encima de ambos. Con ello también se libraron del problema de qué iba a hacer Freud con la mano izquierda, la del lado del subconsciente. 

En la ceremonia en que se descubrió con toda pompa el monumento resultó que Freud se estaba rascando la cabeza. Estalló un escándalo, pues ese gesto expresaba duda o incluso pasmo. 

El monumento fue cubierto de inmediato y más tarde se sustituyó por una escultura abstracta que representaba un globo sobre un cubo. Cada uno veía en ella lo que quería y la psiquiatría podía seguir desarrollándose sin más obstáculos. 


En el jardín 
Juego de azar, 1991 

Estábamos sentados en el jardín tomando un aperitivo antes de comer. La conversación se decantó hacia el tema del racismo. 

—Desde el punto de vista teológico —argumentó P., un conocido predicador—, el racismo no existe, ya que todos descendemos de Adán y Eva. 

De repente se dejó oír un susurro entre los parterres y algo se escabulló por el cuidadosamente cortado césped. 

—¿Qué ha sido eso? —pregunté. 

—Una serpiente. 

—¿Y no cree, reverendo padre, que ha esbozado una sonrisa un poco rara? 

—No —respondió brevemente el teólogo. 


Alguien 
Juego de azar, 1991 

Durante la recepción nadie me hizo caso. A decir verdad fue el mismo anfitrión quien me abrió la puerta y se me dirigió con un amable «¿Quiere quitarse la gabardina?», pero tuve la sensación de que esperaba a otra persona. Los invitados que habían llegado antes que yo me saludaron con un apretón de manos acompañado de expresiones como «mucho gusto» o «encantado», pero después volvieron a sus conversaciones interrumpidas. Cuando sirvieron a la mesa, la anfitriona preguntó: «¿Un poco más de ensaladilla?», pero sospeché que no se trataba de una propuesta en serio. Después de cenar, cuando el ambiente se volvió distendido y animado, decidí ofrecer un cenicero a una de las señoras, pero resultó que no fumaba. Empecé a contar un chiste, pero llegó un invitado rezagado, por lo visto importante, porque todos se levantaron para saludarle, y después ya nadie reclamó que terminara de explicarlo. Así que me senté en un rincón con la esperanza de que mi aislamiento voluntario intrigase a los presentes y me pidiesen que me uniera a ellos, cosa que no ocurrió. Por fin decidí utilizar un método contundente: abandonar la reunión, o al menos expresar la intención de hacerlo. Los anfitriones no trataron de retenerme cuando les hice saber que unos asuntos urgentes me obligaban a marchar antes de tiempo. Aunque el anfitrión dijo: «Lástima», no precisó en qué pensaba, de modo que podía haber sido: «Lástima que se haya quedado tanto tiempo». Por su parte la anfitriona dijo: «Espero que se deje caer por aquí en alguna otra ocasión», lo cual sonó a algo así como: «Espero que se caiga por la escalera». La puerta se cerró detrás de mí y me encontré en la escalera. 

Les di una última oportunidad y me quedé esperando aún media hora. Pero la puerta permaneció cerrada, nadie la abrió para llamarme. Salí a la calle y a paso lento —por si querían alcanzarme y rogar que me quedara con ellos— volví a casa. 

De madrugada me despertó el sonido del timbre de la entrada. Abrí la puerta. Frente a mí estaba el anfitrión de la recepción, que apenas unas horas antes me había despedido con tanta indiferencia. Parecía alterado. 

—Todos lamentamos que se marchara tan temprano —empezó a hablar desde la entrada. 

—No importa, me visto y vuelvo ahora mismo. 

—Desgraciadamente los invitados ya se han ido. Usted fue el primero en salir, ¿verdad? 

—Tenía mis razones. 

—¡Exacto! Todos nos preguntamos por qué se marchó. 

—Tenía un asunto por arreglar. 

—No cabe duda. Pero llamó usted con ello la atención de todo el mundo. No se habló de nada más que de usted. 

—¿De veras? 

—Sí, había quienes querían ir a buscarle, pero dije que lo arreglaría yo personalmente. Al fin y al cabo, como anfitrión me siento responsable. 

—Justo. 

—Me alegro de que esté de acuerdo conmigo. ¿Para qué armar un escándalo? Arreglémoslo entre nosotros, entre usted y yo, sin testigos. 

—Muy bien, no soy hombre que no sepa perdonar. 

—Bien, pues, devuélvame el reloj. 

—¿Qué reloj? 

—No se haga el tonto. Usted sabe mejor que nadie que a uno de los invitados le desapareció el reloj. 

—¿Y usted piensa que lo robé yo? 

—¿Y quién si no? No sólo lo pienso yo, lo piensa todo el mundo. 

Le abracé, aunque se resistía. No quiso celebrarlo conmigo y se fue amenazando con avisar a la policía. Pese a todo me sentía feliz. Siempre había sabido que era alguien, pero ahora por fin se habían percatado de ello. 


El agujero en el puente 
La vida difícil, 1995

Érase una vez un río, y en cada una de las orillas de este río había un pueblo. Los dos pueblos estaban unidos por un camino que pasaba por un puente. 

Un buen día en el puente apareció un agujero. El agujero debía arreglarse, en cuanto a esto la opinión pública de ambos pueblos estaba de acuerdo. Sin embargo, surgió una disputa sobre quién debía hacer el arreglo. Ya que cada uno de los pueblos se consideraba más importante que el otro. El pueblo de la orilla derecha opinaba que el camino conducía sobre todo a él, por lo que el pueblo de la orilla izquierda había de arreglar el agujero porque debía de estar más interesado en ello. El pueblo de la orilla izquierda consideraba que era el objetivo de cualquier viaje, de modo que el arreglo del puente debía de ser de interés para el pueblo de la orilla derecha. 

La disputa se prolongaba, así que el agujero seguía allí. Y cuanto más tiempo pasaba, tanto más crecía la mutua antipatía entre ambos pueblos. 

Un buen día un mendigo local cayó al agujero y se rompió una pierna. Los habitantes de ambos pueblos le preguntaron con insistencia si iba de la orilla derecha a la izquierda, o bien de la izquierda a la derecha, ya que de esto dependía cuál de los dos pueblos era responsable del accidente. Pero él no se acordaba porque aquella noche iba borracho. 

Algún tiempo más tarde pasó por el puente un carro con un viajero, que cayó al agujero y se le rompió el eje. Puesto que el viajero estaba de paso en ambos pueblos —no iba ni del primero al segundo, ni del segundo al primero—, los habitantes de ambos pueblos se mostraron indiferentes con el accidente. El viajero, hecho una furia, bajó del carruaje, preguntó por qué no se arreglaba el agujero, y al enterarse de las razones dijo: 

—Quiero comprar este agujero. ¿Quién es su propietario? 

Ambos pueblos reclamaron al unísono su derecho al agujero. 

—O el uno o el otro. La parte propietaria del agujero tiene que demostrar que lo es. 

—Pero ¿cómo? —preguntaron al unísono los representantes de ambas comunidades. 

—Es muy sencillo. Sólo el propietario del agujero tiene derecho a arreglarlo. Lo compraré al que arregle el puente. 

Los habitantes de ambos pueblos se pusieron manos a la obra, mientras el viajero se fumaba un puro y su cochero cambiaba el eje. Arreglaron el puente en un santiamén y se presentaron para cobrar por el agujero. 

—¿Qué agujero? —se sorprendió el viajero—. Yo no veo aquí ningún agujero. Hace tiempo que busco un agujero para comprar, estoy dispuesto a pagar por él un dineral, pero vosotros no tenéis ningún agujero para vender. ¿Me estáis tomando el pelo o qué? 

Subió al carro y se alejó. Y los dos pueblos hicieron las paces. Los habitantes de ambos están ahora al acecho en buena armonía en el puente y, si aparece un viajero, lo detienen y lo zurran.

martes, 18 de junio de 2019

Juan José Millás y la 'ciberpercepción': tecnologías audiovisuales

La revista filológica Analecta Malacitana, de la Facultad de Filología de la Universidad de Málaga, ha aceptado incluir la reescritura de una parte del capítulo 2 de mi tesis doctoral en el número 46 de su versión electrónica, complemento de su edición en papel.

Ahora titulado «Juan José Millás y la ciberpercepción: tecnologías audiovisuales», puede encontrarse en las páginas 95 a la 110.

Pulsa aquí para consultar el índice de la revista y descargar el pdf.

Resumen

Análisis de la experiencia de lo real en la obra de Juan José Millás (Valencia, 1946) en el marco del simulacro audiovisual. El sujeto actual vive inserto en una sociedad controlada por los medios de comunicación. Su escritura se va a convertir en una práctica de invención de verdad.

Palabras clave

Juan José Millás; Cibercultura; Tecnologías audiovisuales; Realidad-simulacro; Ciberpercepción