...blog literario de rubén rojas yedra

lunes, 23 de mayo de 2022

Antonio Di Benedetto (1922-1986, Mendoza, ARG)

Mariposas de Koch
Mundo animal, 1953

Dicen que escupo sangre, y que pronto moriré. ¡No! ¡No! Son mariposas, mariposas rojas. Veréis.

Yo veía a mi burro mascar margaritas y se me antojaba que esa placidez de vida, esa serenidad de espíritu que le rebasaba los ojos era obra de las cándidas flores. Un día quise comer, como él, una margarita. Tendí la mano y en ese momento se posó en la flor una mariposa tan blanca como ella. Me dije: ¿por qué no también?, y la llevé a los labios. Es preferible, puedo decirlo, verlas en el aire. Tienen un sabor que es tanto de aceite como de yerbas rumiadas. Tal, por lo menos, era el gusto de esa mariposa.

La segunda me dejó sólo un cosquilleo insípido en la garganta, pues se introdujo ella misma, en un vuelo, presumí yo, suicida, en pos de los restos de la amada, la deglutida por mí. La tercera, como la segunda (el segundo, debiera decir, creo yo), aprovechó mi boca abierta, no ya por el sueño de la siesta sobre el pasto, sino por mi modo un tanto estúpido de contemplar el trabajo de las hormigas, las cuales, por fortuna, no vuelan, y las que lo hacen no vuelan alto.

La tercera, estoy persuadido, ha de haber llevado también propósitos suicidas, como es propio del carácter romántico suponible en una mariposa. Puede calcularse su amor por el segundo y asimismo pueden imaginarse sus poderes de seducción, capaces, como lo fueron, de poner olvido respecto de la primera, la única, debo aclarar, sumergida —muerta, además— por mi culpa directa. Puede aceptarse, igualmente, que la intimidad forzosa en mi interior ha de haber facilitado los propósitos de la segunda de mis habitantes.

No puedo comprender, en cambio, por qué la pareja, tan nueva y tan dispuesta a las locas acciones, como bien lo había probado, decidió permanecer adentro, sin que yo le estorbase la salida, con mi boca abierta, a veces involuntariamente, otras en forma deliberada. Pero, en desmedro del estómago pobre y desabrido que me dio la naturaleza, he de declarar que no quisieron vivir en él mucho tiempo. Se trasladaron al corazón, más reducido, quizás, pero con las comodidades de un hogar moderno, por lo que está dividido en cuatro departamentos o habitaciones, si así se prefiere nombrarlos. Esto, desde luego, allanó inconvenientes cuando el matrimonio comenzó a rodearse de párvulos. Allí han vivido, sin que en su condición de inquilinos gratuitos puedan quejarse del dueño de casa, pues de hacerlo pecarían malamente de ingratitud.

Allí estuvieron ellas hasta que las hijas crecieron y, como vosotros comprenderéis, desearon, con su inexperiencia, que hasta a las mariposas pone alas, volar más allá. Más allá era fuera de mi corazón y de mi cuerpo.

Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros, equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como veis, no lo son, siendo, puramente, mariposas rojas de mi roja sangre. Si, en vez de volar, como debieran hacerlo por ser mariposas, caen pesadamente al suelo, como los cuajarones que decís que son, es sólo porque nacieron y se desarrollaron en la obscuridad y, por consiguiente, son ciegas, las pobrecitas.


Caballo en el salitral
El cariño de los tontos, 1961

El aeroplano viene toreando el aire.

Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.

Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:

­—¿Será Zanni..., el volador?

—No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.

­—¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?

—Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.

Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al «tren del rey».

Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.

Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.

Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.

Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: «Este es el rey, porque le da olor al campo».

¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin embargo, la gente dice...

Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.

La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.

Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El «tren del rey», el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.

Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas… ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?

La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.

Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: «¡Será!...».

Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.

A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.

Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.

Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.

El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.

Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.

Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.

El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.

Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.

El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.

No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.

El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.

El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.

La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.

Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.

Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.

Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.

El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.

La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.

Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.

El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.

El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las «islas» de monte que suelen encofrarla.

Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.

Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.

El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.

De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.

No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.

A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.

La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.

En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.

Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.

Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.

Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.

Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.

Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón.

Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.

Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.

Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.

Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.

Un setiembre

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.

Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.

Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.

Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.

Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.

No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.




El abandono y la pasividad
Declinación y Ángel, 1958

Una bocanada de luz se derramó en el cajón de la ropa de hombre; pero inmediatamente fue ahogada. La luz fue entonces sobre la ropa femenina, que mudó de continente: del cajón de la cómoda a la valija, sin la pulcritud sedosa que conoció recién planchada. Un viso, despreciado, quedó marchito y encogido sobre la cama. La malla enteriza perdió la compañía de las dos piezas bikinis.

Cuando la puerta selló con ruido la salida de la valija, el vaso alto de agua al fin intacta permaneció haciendo peso sobre el papel escrito; asociado, en la explanada de la mesita, a la presencia vertical de un florero de flores artificiales, rojas con exceso, veteadas de un rosa tierno mal conjugado con el color furioso.

Pero al acallarse la violencia exterior, también la violencia del sol, la vena rosa se extinguió y las flores comenzaron a ser una revuelta e impalpable mancha acogida a las discretas sombras. Entonces, sólo el despertador mantuvo la guardia, una relativa espera, espera de luz de velador, de transformarse el orden de algunos objetos, su integridad tal vez.

Porque todo era pasivo —o mecánico, el reloj—, aunque dispuesto a servir en cuanto la puerta se abriera.

El vaso, casi repentinamente, alarga su sombra, una sombra liviana y traslúcida, como hecha de agua y cristal; luego, despacio, la contrae y más tarde, con cautela, la extiende de nuevo, pero con otro rumbo.

Otra vez cuando afuera, en el cielo, hay nubes y ruidos como derrumbes subterráneos, el vaso está aterido y tiende a ser algo neto, conciso, también, si es posible, levemente impregnado de azul.

El despertador ha caducado.

Por su inercia cobra vigencia una mosca, entre un sol y otro, entre un sol y otro, pero no más de dos.

El agua se enturbia en el vaso y se hace nido. Como una flor ha sobrenadado su superficie un mosquito y adentro, ahora, prueban profundidad las larvas.

No obstante, este mar manso es cuna letal, agua sin alimento, y al cabo manda arriba los débiles despojos.

La atmósfera quiere desprender su peso creciente sobre las cosas y es una amenaza de todos los días que no puede temerse.

Una piedra, una piedra vulgar de acequia, sin aviso ni apoyo de congéneres consigue lo que antes no logró su familia menor, blanca y efímera: la del granizo.

Rasga la castidad del vidrio de la ventana y trae consigo el aire, que es libertad, pero pierde la suya, cayendo prisionera del cuarto.

Sin la unidad que contribuía a hacerlo estable, el vidrio se descuelga de prisa y arrastra en su perdición al hermano hecho vaso. Lo abate con su peso muerto y se confunden las trizas entre una expansión desordenada de agua que, tan de improviso sin claustro, no sabe qué hacerse, va a todas partes, ante todo al papel que resultaba intocable vecino.

La tinta, que fue caligráfica, se vuelve pintora y figura, en azul, barbas, charcos, estalagmitas…

En adelante la ventana a nada se opone. Expedita al aire, una vez permite la brisa que elimina de la mesa el papel, seco y prematuramente viejo; otra, el viento zonda, que atropella el florero y, por si fuera poco, arroja tierra a él y sus flores.

La luz, que sólo fue diurna y venía por la ventana, retorna una noche emanando de los filamentos de la lámpara del medio. Las cosas, opacas bajo el polvo, recuperan volumen y diferenciación.

Uno de los zapatos que avanzan entre ellas va sobre el papel como a corregir rugosidades, en realidad únicamente a ensuciarlo. Así, decrépito y embarrado, el papel sube crujiendo hasta la proximidad brillante de unos anteojos. Desciende hasta la mesa de noche y después, con otra luz encima, la del resurrecto velador, tiembla un rato inacabable ante los lentes redondos. Pero no se entrega. No es más un mensaje.

La pureza de la luz solar triunfa sobre el amarillo tenue, ya extemporáneo, que permanecía derivando de los dos focos.

La luz solar, consecuente inspectora, encuentra que todo está. Hay menos orden: la colcha arrugada, cajones abiertos... aunque todo permanece. Faltan del cajón de la ropa de hombre una camisa, un pañuelo y un par de medias; pero encima de una silla quedan otra camisa, otro pañuelo y un par de medias, sucios.


Oscurecimiento
Cuentos del exilio, 1983

El suicida se cuelga del cuello con el cable telefónico. La ciudad queda a obscuras.


Volver
Cuentos del exilio, 1983

Le explico a Horacio:

—Hoy he recibido la invitación para el acto de Manuel que se hizo el lunes.

Horacio comenta:

—Lindo tema para un cuento fantástico.

No me dice cómo, queda a mi cargo.

Decido volver al lunes, pero el acto se ha suspendido. Tengo que volver al jueves, el día que hablé con Horacio.

Pero al regresar ya no es jueves, sino viernes. Entretanto el jueves ha ocurrido que…

Reflexiono que de otra manera ya me ocurrió. Yo tenía que buscar, hacia atrás, a una mujer. Y ella tenía que buscarme a mí. Retrocedimos, pero cada uno por su propia inspiración y sin ponernos de acuerdo previamente.

Nunca coincidimos en nuestros retrocesos e intentando dar con el día exacto para los dos, malgastamos la vida.

Cada vez llegábamos más atrás en el calendario.

Deduzco que, de una y otra experiencia, podría sacar una conclusión, aunque evidentemente amarga: No se puede volver a lo que se quiso.

miércoles, 2 de junio de 2021

Woody Allen (1935, Nueva York, USA)

Para acabar con la mafia: Un vistazo al crimen organizado (A Look at Organized Crime)
Cómo acabar de una vez por todas con la cultura (Getting Even), 1971

No es ningún secreto que el crimen organizado se lleva en América más de cuarenta mil millones de dólares al año. Se trata de un beneficio bastante respetable sobre todo si se tiene en cuen­ta el hecho de que la Mafia dedica muy poco a gastos de oficina. Fuentes bien informadas indican que la Cosa Nostra gastó menos de seis mil dólares el año pasado en papel de correspondencia personal y aún menos en grapas. Además, tienen una sola secretaria que hace todo el trabajo de mecanografía y sólo tres habitaciones pequeñas en la oficina central que comparten con el Estudio de Danza Fred Persky.

El año pasado, el crimen organizado fue responsable directo de más de cien asesinatos, y los mafiosi participaron de forma indirecta en otros cientos más, ya sea prestando dinero para el transpor­te en vehículos del servicio público o guardándoles los abrigos mientras iban por ahí a pegar tiros. Otras operaciones ilícitas llevadas a cabo por miembros de la Cosa Nostra fueron el juego, el tráfico de drogas, la prostitución, secuestros, usura y, violando fronteras estatales, el transporte de un inmenso pez rojo con fines pornográficos. Los tentáculos de este corrupto imperio alcanzan al mismo gobierno. Hace sólo unos pocos meses, dos jefes de banda con juicios federales pendientes pasaron la noche en la Casa Blanca y el presidente durmió en el sofá.

Historia del crimen organizado en los Estados Unidos

En 1921, Thomas (El Carnicero) Covello y Ciro (El Sastre) Santucci intentaron organizar diferentes grupos étnicos del hampa y, de esa manera, hacerse los amos de Chicago. Esto fracasó cuan­do Albert (El Positivista Lógico) Corillo asesinó a Kid Lipsky encerrándolo en un armario y aspirando todo el aire que quedaba en el interior con una pajita. El hermano de Lipsky, Mendy (alias Mendy Lewis, alias Mendy Larsen, alias Mendy Alias) vengó la muerte de Lipsky secuestrando al hermano de Santucci, Gaetano (también conocido como Little Tony o Rabino Henry Sharpstein), y devolviéndolo pocas semanas después en veintisiete potes de mermelada. Esta fue la señal para el inicio de un baño de sangre.

Domicik (El Herpetólogo) Mione mató a tiros a Suertudo Lorenzo (el sobrenombre se debe a que la bomba que explotó en el interior de su sombrero no pudo matarlo) a la salida de un bar en Chicago. Como respuesta, Corillo y sus hombres siguieron la pista de Mione hasta Newark y convirtieron su cabeza en un instrumento de viento. En ese momento, la banda de Vítale, dirigida por Giuseppe Vítale (su nombre real, Quincy Baedeker), se puso en acción para hacerse con toda la bebida ilegal de Harlem que ad­ministraba el irlandés Larry Doyle (un hampón tan suspicaz que se negaba a permitir que nadie en Nueva York se colocara a sus espaldas y que caminaba por las calles haciendo piruetas y dando vueltas sin parar). Doyle resultó muerto cuando la Compañía de Construcción Squillante decidió levantar sus nuevas oficinas en el puente de su propia nariz. El segundo de Doyle, Little Petey (el Gray Petey) Ross, pasó a ser el primero; resistió la invasión de Vitale y le convenció con engaños de que fuera a un garaje vacío del centro con el pretexto de que allí se iba a celebrar una fiesta. Sin sospechar nada, Vitale entró en el garaje vestido como un ratón gigante y se quedó tieso en el acto por una ráfaga de ametralladora. En señal de lealtad al jefe caído, los hombres de Vitale se pasaron de inmediato a Ross. Lo mismo hizo la novia de Vitale, Bea Moretti, una artista, estrella del éxito musical de Broadway Dí Kaddish, que terminó contrayendo matrimonio con Ross, aunque más tarde le presentó una demanda de divorcio acusándole de que en cierta ocasión le había vaporizado el cuerpo con un aceite que apestaba a moho.

Temiendo una intervención federal, Vincent Columbraro, el Rey de la Tostada con Mantequilla, pidió la paz. (Columbraro tenía un control tan rígido sobre todas las tostadas con mantequilla que entraban y salían de Nueva Jersey que una sola palabra suya podía privar de desayuno a dos terceras partes del estado.) Todos los miembros del hampa fueron convocados a una cena en Perth Amboy donde Columbraro les comunicó que debían cesar todas las guerras intestinas y que a partir de ese momento tenían que vestirse con decencia y dejar de andar escabulléndose por todas partes. Las cartas, que antes se firmaban con una mano negra, en el futuro terminarían «con nuestros mejores deseos», y todo el territorio se dividiría en partes iguales, quedando Nueva Jersey para la madre de Columbraro. De ese modo, nació la Mafia o Cosa Nostra (literalmente, «mi pasta de dientes» o «nuestra pasta de dientes»). Dos días más tarde, Columbraro se metió en una bañera para darse un buen baño y hace cuarenta y seis años que no se le ha vuelto a ver.

Estructura de la Mafia

La Cosa Nostra está estructurada como cualquier gobierno o gran corporación, o grupo de gangsters, pongamos por caso. En la cima está el capo di tutti capi, o jefe de todos los jefes. Las reuniones se realizan en su casa, y tiene la obligación de ofrecer pinchitos y cubitos de hielo. Dejar de hacerlo significaría la muerte instantánea. (La muerte, dicho sea de paso, es una de las peores cosas que pueden ocurrirle a un miembro de la Cosa Nostra y muchos prefieren simplemente pagar una multa.) Por debajo del jefe de todos los jefes están sus oficiales, cada uno de ellos gobierna un sector de la ciudad con su «familia». Las familias de la Mafia no consisten en una mujer y niños que siempre van a lugares como el circo o a hacer picnics. En realidad, se trata de grupos de hombres más bien serios cuya mayor satisfacción en la vida consiste en contemplar cuánto tiempo puede alguien permanecer sumergido en el río East antes de empezar a hacer gárgaras.

La iniciación en la Mafia es algo bastante complicado. Al miembro propuesto se le tapan los ojos y se le conduce a un cuarto oscuro. Se le llenan los bolsillos de pedazos de melón Cranshaw y se le obliga a saltar sobre un solo pie gritando: «¡Viva! ¡Viva!». Luego todos los miembros del consejo de administración, o com­missione, le tiran del labio inferior y se lo sueltan de golpe. Algunos hasta desean hacer esto dos veces. A continuación, le ponen granos de avena en la cabeza. Si se queja, queda descalificado. Sin embargo, si dice «muy bien, me gusta la avena en la cabeza», recibe la bienvenida de la hermandad. Esto se hace besándole en la mejilla y estrechándole la mano. A partir de ese momento, no se le permite comer chutney, divertir a sus amigos imitando a una gallina ni matar a nadie llamado Vito.

Conclusiones

El crimen organizado es una plaga en nuestra nación. Si bien muchos norteamericanos resultan engañados y empiezan una ca­rrera en el crimen con la promesa de una vida fácil, la mayoría de los criminales deben trabajar durante largas horas, a menudo en edificios sin aire acondicionado. Identificar a los criminales depende de cada uno de nosotros. Por lo general, se les puede reconocer por los grandes gemelos que suelen llevar y porque no dejan de comer cuando al hombre que está sentado a su lado se le cae un ancla encima.

Los mejores métodos para combatir el crimen organizado son los siguientes:

1. Decir a los criminales que no estás en casa;

2. Llamar a la policía siempre que un número insólito de hombres de la Compañía de Lavado Siciliano empieza a cantar en el vestíbulo de tu casa;

3. Grabaciones.

Las grabaciones no pueden ser empleadas de modo indiscrimi­nado, pero su eficacia queda ilustrada en esta transcripción de una conversación entre dos jefes de banda en el área de Nueva York cuyas llamadas telefónicas fueron grabadas por el F.B.I.:

Anthony: ¿Hola? ¿Rico?

Rico: ¿Hola?

Anthony: ¿Rico?

Rico: Hola.

Anthony: ¿Rico?

Rico: No te oigo.

Anthony: ¿Eres tú, Rico? No te oigo.

Rico: ¿Qué?

Anthony: ¿Me oyes?

Rico: ¿Hola?

Anthony: ¿Rico?

Rico: Hay un cruce.

Anthony: ¿Me oyes?

Rico: ¿Hola?

Anthony: ¿Rico?

Rico: ¿Hola?

Anthony: Operadora, hay un cruce.

Operadora: Cuelgue y vuelva a llamar, señor.

Rico: ¿Hola?

Gracias a esta prueba, Anthony (El Pescado) Rotunno y Rico Panzini fueron condenados y en este momento descuentan quince años en Sing Sing por posesión ilegal de alcohol de menta.



Una guía breve, pero útil, de la desobediencia civil
(A Brief Yet Helpful Guide to Civil Disobedience)
Sin plumas (Without Feathers), 1975

Al perpetrar una revolución, hay que satisfacer dos requisitos: que haya alguien o algo contra qué rebelarse, y que alguien salga a la calle de facto y lleve a cabo la rebelión. La indumentaria acostumbra a ser informal y ambas partes pueden ponerse de acuerdo en lo que refiere a hora y lugar, pero si una de las facciones no se presenta, es probable que la empresa entera fracase. En la Revolución China de 1650 ninguno de los bandos compareció y perdieron el depósito.

Las personas o partidos contra los que se efectúa la rebelión se denominan los “opresores” y se los puede reconocer fácilmente por cuanto parecen ser los únicos que se lo pasan bien. Los “opresores”, por lo general, llevan traje, poseen terrenos, y tienen la radio puesta hasta altas horas de la noche sin que nadie se los vitupere a gritos. Su ocupación consiste en mantener el status quo, una circunstancia en la que todo permanece igual, aunque puede darse el caso de que quieran pintar cada dos años.

Cuando los “opresores” se vuelven demasiado estrictos, tenemos lo que se llama un estado policíaco, que prohíbe toda señal de disentimiento, tal como reír entre dientes, presentarse con corbata de lazo, o llamarle “chato” al alcalde. Las libertades civiles se ven sensiblemente restringidas con un estado policíaco, y la libertad de expresión es desconocida, aunque en último extremo puede estar permitido hacer muecas. Las opiniones críticas sobre el gobierno tampoco son toleradas, especialmente las referidas a cómo bailan sus miembros. La libertad de prensa también se ve coartada y el partido en el poder “dirige” las noticias, permitiendo a los ciudadanos escuchar únicamente ideas políticas aceptables y tanteos de beisbol que no provoquen desasosiego.

Los grupos que se rebelan se conocen como los “oprimidos” y se les suele ver en grupos dando vueltas y refunfuñando o pretendiendo que tienen dolor de cabeza. (Hay que señalar que los opresores jamás intentan rebelarse ni convertirse en oprimidos, por cuanto les traería consigo un cambio de ropa interior).

Algunos ejemplos famosos de revoluciones son:

La Revolución francesa, en la que los campesinos asumieron el poder por la fuerza y cambiaron con presteza todas las cerraduras de las puertas del palacio, a fin de que los nobles no pudiesen volver a entrar. Luego organizaron una fiesta y se dieron el gran banquete. Cuando finalmente los nobles reconquistaron el palacio, se les obligó al limpiarlo todo y se descubrieron numerosas manchas y quemaduras de cigarrillo.

La Revolución rusa, que se incubó durante años y estalló de pronto al comprender los siervos por fin que el Czar y el Tsar eran la misma persona.

Debe señalarse que, cuando concluye una revolución, los “oprimidos” con frecuencia asumen el poder y comienzan a actuar igual que los “opresores”. Por supuesto, a partir de entonces es muy difícil conseguir que se pongan al teléfono y el dinero prestado para cigarrillos y chicle durante la lucha puede también darse por perdido.

Métodos de Desobediencia Civil:

Huelga de hambre. En ella los oprimidos renuncian al alimento mientras no sean satisfechas sus exigencias. Los políticos solapados acostumbran ponerles bizcochos al alcance de la mano o tal vez queso de cabra, pero hay que resistir. Si el partido en el poder consigue que el huelguista coma, por lo general le cuesta poco sofocar la insurrección. Si consigue que coma y además que pague la cuenta, ha triunfado en toda línea. En el Pakistán, se dominó una huelga de hambre cuando el gobierno presentó una ternera cordon blue excepcionalmente sabrosa que las masas hallaron demasiado atrayente como para rehusarla, pero tales platos de gourmet son raros.

El problema que plantea la huelga de hambre es que al cabo de unos cuantos días se puede estar francamanete hambriento, sobre todo cuando camiones con altavoces han sido pagados para desfilar por la calle anunciando: “Hum… qué pollo tan bueno… ummm… y los guisantes… ummm…”.

Una variante de la huelga de hambre para aquellos cuyas convicciones políticas no sean tan radicales, es dejar de comer cebollinos. Este gesto insignificante, si se lleva a cabo como es debido, puede influir sensiblemente en un gobierno, y es por todos sabido que la insistencia del Mahatma Gandhi en comerse la ensalada sin aliñar obligó al gobierno británico a numerosas concesiones. Otras cosas que se pueden dejar además de la comida son el whist, sonreír y apoyarse sobre un solo pie, imitando a la cigueña.

Sentada. Se efectúa el traslado al lugar previsto y se procede a sentarse, pero hay que estar sentado todo el tiempo. De otro modo, como se estaría en cuclillas, una postura que carece de significado político, a menos que el gobierno también se halle en cuclillas. (Esto no es frecuente, aunque un gobierno ocasionalmente se acuclillará si hace frío). El quid está en permanecer sentado hasta lograr las concesiones, pero, al igual que en el caso de la huelga de hambre, el gobierno puede apelar a medios sutiles para hacer que el huelguista se levante. Se le puede decir: “Bueno, todo el mundo fuera, vamos a cerrar”. O bien: “¿Le importaría levantarse un momento? Nos gustaría conocer su estatura”.

Manifestaciones y marchas. El aspecto clave de una manifestación es que tiene que ser visible. De ahí el término “manifestación”. Si una persona se manifiesta con carácter privado en su domicilio, no constituye técnicamente una manifestación, sino meramente “una acción estúpida” o “comportarse como un asno”.

Un ejemplo típico de manifestación fue la Fiesta del Té de Boston, en la que americanos ultrajados, disfrazados de indios, tiraron al puerto té inglés. Más tarde indios disfrazados de americanos ultrajados tiraron ingleses auténticos al puerto. A continuación, ingleses disfrazados de té se tiraron al puerto entre sí. Finalmente, mercenarios alemanes ataviados únicamente con vestuario de Las Troyanas saltaron al puerto sin razón aparente.

Al manifestarse resulta útil llevar una pancarta que exponga la propia postura. Algunas posturas sugeridas son: 1) bajar los impuestos, 2) subir los impuestos, y 3) no sonreír más a los persas.

Otros métodos de Desobediencia Civil:

Plantarse delante del ayuntamiento y salmodiar la palabra “pudding” hasta que las reivindicaciones sean satisfechas.

Taponar el tráfico introduciendo un rebaño de ovejas en la zona comercial.

Telefonear a miembros del establishment para cantarle: “Bess, tu eres ahora mi único amor”.

Vestirse de policía y luego ponerse a saltar a la comba.

Fingirse una alcachofa y pellizcar a la gente cuando pase.

Recordando a Needleman (Remembering Needleman)
Perfiles (Side Effects), 1980

Cuatro semanas han pasado, pero aún me resisto a creer que Sandor Needleman haya muerto. Estuve presente en la incineración y, por expreso deseo de su hijo, llevé ostras y caviar, pero unos pocos de nosotros pensábamos sólo en el dolor que nos embargaba.

Needleman vivía obsesionado con su funeral, y en cierta ocasión me dijo:

—Prefiero que me incineren a que me sepulten, y ambas cosas a un fin de semana con la señora Needleman.

Decidió, por último, que le incineraran y donó sus cenizas a la Universidad de Heidelberg, que las esperació a los cuatro vientos y obtuvo un depósito a cuenta de la urna.

Aún le estoy viendo con su traje arrugado y su jersey gris. Profundas meditaciones absorbían su atención, y con frecuencia, al ponerse la chaqueta, se le olvidaba quitar el colgador. Se lo recordé una vez, durante la ceremonia de graduación en Princeton y, sonriendo beatíficamente, comentó:

—Bueno, quienes discrepan de mis teorías, al menos creerá que soy ancho de hombros.

Dos días más tarde fue internado en el hospital de Bellevue por dar un salto mortal hacia atrás en mitad de una conversación con Stravinsky.

Needleman no era un hombre fácil de comprender. Su reticencia era tenida por frialdad, pero poseía una gran capacidad de compasión: testigo casual de una horrible catástrofe minera, no pudo concluir una segunda ración de tarta de manzana. Su silencio, por otra parte, enervaba a la gente, pero es que Needleman consideraba el lenguaje oral como un medio de comunicación defectuoso y prefería sostener sus conversaciones, hasta las más íntimas, mediante banderas de señales.

Cuando le expulsaron de la facultad en la Universidad de Columbia por una controversia con el entonces rector de la institución, Dwight Eisenhower, aguardó al prestigioso ex general armado con un sacudidor de alfombras y le quitó el polvo hasta que Eisenhower corrió a refugiarse en una tienda de juguete. (Los dos hombres habían entablado una agria disputa en público a propósito de si el timbre señalaba el final de una clase o el comienzo de otra.)

Needleman había confiado siempre una muerte tranquila.

—Entre mis libros y mis papeles, como mi hermano Johann —solía decir.

(El hermano de Needleman pareció asfixiado al cerrársele la tapa corredera del buró cuando buscaba el diccionario de rimas.)

¿Quién iba a imaginarse que, yendo a almorzar, mientras ontemplaba la demolición de un edificio, la pesada bola de hierro, alcanzaría a Needleman en la cabeza? El golpe fue causa de una tremenda conmoción y Needlema expiró con la sonrisa en los labios. Sus últimas y enigmáticas palabras fueron:

—No, gracias, ya tengo un pingüino.

Como siempre, cuando murió, Needleman tenía entre manos varias cosas a la vez. Desarrollaba una ética, basada en su teoría de que el “comportamiento bueno y justo no sólo es más moral, sino que puede hacerse por teléfono”. Andaba igualmente por la mitad de un nuevo ensayo sobre semántica, donde demostraba (según insistía con particular vehemencia) que la estructura de la frase es innata pero el relincho es adquirido. Y en fin otro libro más sobre el Holocausto. Este con figuras recortables. A Needleman e obsesionaba el problema del mal y argüía con singular elocuencia que el auténtico mal es sólo posible cuando quien lo perpetra se llama Blackie o Pete. Sus devaneos con el Nacional Socialismo levantaron escándalo en los círculos académicos, pero a pesar de todos sus esfuerzos, desde gimnasia hasta lecciones de baile, jamás consiguió dominar el paso de oca.

El nazismo, para él, era una simple reacción contra la filosofía académica, una pose con la que trataba siempre de impresionar a sus amigos, para agarrarles luego por la nariz con fingida agitación, exclamando:

—¡Ajá! Te he pillado de sorpresa.

Resulta fácil al principio criticar sus puntos de vista sobre Hitler, pero no deben echarse en saco roto sus escritos filosóficos. Había rechazado la ontología contemporánea, insistiendo en que el hombre existía antes que el infinito si bien con no demasiadas opciones. Establecía una diferenciación entre existencia y Existencia, consciente de que cada una de las dos era preferible, pero nunca se acordaba de cuál. Según Needleman, la libertad humana consistía en conciencia de lo absurdo de la vida.

—Dios es Mudo –solía repetir con orgullo —y si consiguiéramos que el hombre se calle…

Al Ser Auténtico, razonaba Needleman, sólo podía llegarse los fines de semana y no sin antes pedir prestado un coche. El hombre, de acuerdo con Needleman, no era una “cosa” separada de la naturaleza sino envuelta “en la naturaleza”, incapaz de ver su propio existir sin fingir primero indiferencia y después correr a toda prisa hasta el extremo opuesto de la habitación con la espreanza de vislumbrarse a sí mismo.

La expresión con la que describía el proceso de la vida, Angst Zeit, más o menos traducible como Tiempo de Angustia sugería que el hombre es una criatura condenada a existir en un “tiempo”, donde no pasaba nada de particular. La integridad intelectual de Needleman le persuadió, tras largas meditaciones, de que él no existía, sus amigos no existían y que la única cosa real era su deuda con el banco por valor de seis millones de marcos. De ahí que le fascinase la filosofía nacional socialista del poder, y el propio Needleman reconocía:

—La camisa parda realza el color de mis ojos.

En cuanto se hizo evidente que el Nacional Socialismo era precisamente el tipo de amenaza que siempre quiso combatir, Needleman huyó de Berlín. Disfrazado de rododendro y moviéndose sólo de través, tres pasos rápidos a un tiempo, logró cruzar la frontera sin ser descubierto.

En todos los países de Europa por donde pasó Needleman, estudiosos e intelectuales se apresuraron a prestarle ayuda, deslumbrados por su prestigio. A lo largo de su huida, halló tiempo para publicar Tiempo, esencia y Realidad: Una Revaluación Sistemática de la Nada y su delicioso pero más informal Guía del Bien Comer en la Clandestinidad. Chaim Weizmann y Martin Buber organizaron una colecta y reunieron peticiones firmadas que permitiesen a Needleman emigrar a los Estados Unidos, pero en aquel momento el hotel que eligió se hallaba completo. Con los soldados alemanes a pocos minutos de su escondrijo en Praga, Needleman decidió finalmente irse a América como fuera, pero se encontró en el aeropuerto con que llevaba exceso de equipaje. Albert Einstein, quien viajaba en el mismo vuelo, le descubrió que simplemente con quitar las hormas de los zapatos podía resolver el problema. Ambos mantuvieron frecuente correspondencia desde entonces. Einstein le escribió:

“Su obra y la mía son muy similares, aunque no tengo una idea exacta sobre qué versa su obra”.

Ya en los Estados Unidos, raramente dejó Needleman de ser tema de controversia. Publicó su famoso ensayo No existencia: Cómo hacer si te ataca de pronto. Y también un trabajo clásico sobre filosofía lingüística, Módulos Semánticos de Funciones No-Esenciales, que inspiró una película de gran éxito, Los calmantes de la noche.

Anécdota típica: se le obligó a dimitir de su cargo en Harvard por su afiliación al Partido Comunista. Tenía el convencimiento de que únicamente en un sistema sin desigualdades económicas podía existir verdadera libertad, y citaba como modelo de sociedad el hormiguero. Se pasaba horas observando a las hormigas, y solía murmurar melancólicamente:

—Son realmente armoniosas. Sólo con que las hembras fueran más guapas, lo tendrían todo.

Detalle significativo: cuando Needleman fue convocado por el Comité de Actividades Antinorteamericanas, dio nombres justificando su acción ante los amigos con esta filosofía:

—Las acciones políticas no tienen consecuencias morales, sino que existen más allá del Ser Auténtico.

Por una vez, la comunidad académica quedó impresionada y hasta unas semanas después no decidió la Universidad de Princeton embrear y emplumar a Needlleman. Por cierto, Needleman utilizó ese mismo razonamiento para justificar su concepto del amor libre, pero ninguna de sus dos alumnas se dejó persuadir y la que tenía dieciséis años le denunció por inmoralidad.

Needleman se opuso con energía a las pruebas nucleares y junto con varios estudiantes fue a Los Álamos, para hacer una sentada en cierto lugar donde iba a producirse una explosión atómica. Conforme transcurrieron los minutos y se hizo obvio que la prueba tendría lugar según lo previsto, se oyó a Needleman murmurar:

—Ah, demonios.

Y salió corriendo. Lo que no publicaron los periódicos es que no había comido en todo el día.

Es fácil recordar al Needleman hombre público. Brillante, entregado, autor de Estilos de Modas. Pero es el Needleman de la vida privada a quien recordaré siempre con afecto, el Sandor Needleman que nunca iba sin su sombrero predilecto. Tanto es así, que fue incinerado con el sombrero puesto. Uno nuevo, me parece. O el Needleman que veía tan entusiasmado las películas de Walt Disney y a quien, pese a las lúcidas explicaciones que sobre la técnica de la animación le hacía Max Planck, no podíamos impedir que pretendiera hablar por teléfono, de persona a persona, con la ratita Minnie.

Cuando Needleman se hospedaba en mi casa, sabiendo que le encantaba una marca particular de atún, poía yo una buena provisión en la cocina. Era demasiado tímido para confesarme sus inclinaciones, pero en cierta ocasión, creyéndose solo, le oí abrir las latas una por una y musitar:

—Os quiero a todos.

Acompañándonos a la Ópera de Milan a mi hija y a mí, Needleman, al asomarse por el parco, se cayó al foso de la orquesta. Demasiado orgulloso para admitir que había sido un error, durante un mes seguido fue a la Ópera todas las noches y repitió la caída. No tardó en sufrir una leve conmoción cerebral. Al hacerle observar que su postura había quedado clara y resultaban innecesarias las caídas, replicó:

—No, unas cuantas veces más todavía. La verdad es que no duele tanto.

Recuerdo a Needleman en sus setenta aniversario. Su mujer le regaló un pijama. Needleman quedó visiblemente disgustado, por cuanto esperaba un Mercedes nuevo. A pesar de ello, en un gesto que caracteriza al hombre, se retiró a su estudio para desfogar la rabieta en privado. Luego se reincorporó sonriente a la fiesta y estrenó el pijama la noche de dos obras cortas de Arabel.



Tirar demasiado de la cuerda (Strung Out)
Pura anarquía (Mere Anarchy), 2007

Es para mí un gran alivio saber que por fin el universo tiene explicación; empezaba a pensar que era yo. Pero resulta que la física, como un familiar irritante, tiene todas las respuestas.

El big bang, los agujeros negros y el caldo primordial aparecen todos los martes en la sección de ciencias del Times, y gracias a eso mi comprensión de la teoría de la relatividad general y de la mecánica cuántica está ahora a la altura de la de Einstein, o sea, de Einstein Moomjy, el vendedor de alfombras. ¿Cómo he podido vivir hasta ahora ignorando que en el universo hay cosas pequeñas del tamaño de la "longitud de Planck", que miden una millonésima de una milmillonésima de una milmillonésima de una milmillonésima de centímetro? Si a ustedes se les cae una en un teatro a oscuras, imaginen lo difícil que sería encontrarla. ¿Y cómo actúa la gravedad? Y si de pronto dejara de actuar, ¿seguirían ciertos restaurantes exigiendo chaqueta? Lo que sí sé de física es que, para un hombre situado en una orilla, el tiempo pasa más deprisa que para un hombre que se halla en un barco, sobre todo si el hombre del barco va acompañado de su esposa. El último milagro de la física es la teoría de cuerdas, que ha sido anunciada como una TDT una "Teoría de Todo". Ésta puede explicar incluso el incidente de la semana pasada que aquí describo.

El viernes desperté y, como el universo está en expansión, tardé más de lo habitual en encontrar mi bata. Por este motivo salí con retraso para ir al trabajo y, como el concepto de arriba y abajo es relativo, el ascensor en el que entré subió a la azotea, donde fue muy difícil parar un taxi. No olvidemos que un hombre que viajara en un cohete casi a la velocidad de la luz sin duda habría podido llegar a tiempo al trabajo, o quizás incluso un poco antes, y sin duda mejor vestido. Cuando por fin llegué a la oficina y fui hacia mi jefe, el señor Muchnik, para explicar la demora, mi masa aumentó conforme aceleraba para acercarme a él, lo que él interpretó como señal de insubordinación. Tras cruzar unas palabras enconadas, me aseguró que me descontaría ese tiempo del sueldo, que, en comparación con la velocidad de la luz, es de todos modos muy pequeño. La verdad es que si tomamos como referencia la cantidad de átomos de la galaxia Andrómeda, en realidad gano poquísimo. Intenté decírselo al señor Muchnik, quien me contestó que yo pasaba por alto que el tiempo y el espacio eran la misma cosa. Y juró que si esa situación cambiaba, me concedería un aumento. Señalé que si tenemos en cuenta que el tiempo y el espacio son una misma cosa, y que se tarda tres horas en hacer algo que resulta tener menos de 15 centímetros de longitud, ese algo no puede venderse por más de cinco dólares. Lo bueno de que el espacio sea lo mismo que el tiempo es que, si viajas a los confines del universo y el trayecto dura tres mil años terrestres, cuando vuelvas tus amigos habrán muerto, pero no necesitarás Botox.

De vuelta en mi despacho, con la luz del sol entrando a raudales por la ventana, pensé que si de pronto estallaba nuestro gran astro dorado, este planeta saldría volando de la órbita y surcaría el infinito por los siglos de los siglos: otra buena razón para llevar siempre el móvil encima. Por otro lado, si algún día yo pudiera circular a una velocidad superior a 300 mil kilómetros por segundo y volver a capturar la luz nacida hace siglos, ¿podría retroceder en el tiempo al antiguo Egipto o la Roma imperial? Pero ¿qué iba a hacer allí? Prácticamente no conocía a nadie. En ésas estaba cuando entró nuestra nueva secretaria, la señorita Lola Kelly. Pues bien, en la discusión sobre si todo está hecho de partículas o de ondas, para mí que la señorita Kelly está hecha de ondas. Salta a la vista que ondula cada vez que se acerca al surtidor de agua. Y no es que no tenga buenas partículas, pero son las ondas lo que le permite obtener esas fruslerías de Tiffany's. Mi esposa también es más de ondas que de partículas, sólo que sus ondas han empezado a colgar un poco. O quizás el problema es que mi esposa tiene demasiados quarks. La verdad es que, últimamente, al verla, uno diría que se ha acercado demasiado al horizonte de sucesos de un agujero negro y parte de ella —desde luego no toda ella ni mucho menos— ha sido absorbida. Eso le ha dado una forma un tanto extraña, que espero sea corregible mediante una fusión en frío. Yo siempre he aconsejado a todo el mundo que se mantenga a distancia de los agujeros negros porque, una vez dentro, cuesta muchísimo salir y conservar a la vez el oído musical. Si, por casualidad, uno cae en un agujero negro, lo traspasa y sale por el otro lado, probablemente volverá a vivir su vida entera una y otra vez, pero quedará demasiado comprimido para salir y conocer a chicas.

Así pues, me acerqué al campo gravitacional de la señorita Kelly y sentí vibrar mis cuerdas. Sólo sabía que deseaba envolver sus gluones con mis bosones de gauge débil, introducirme por un agujero de gusano y pasar por un túnel cuántico. Fue entonces cuando me paralicé por el principio de incertidumbre de Heisenberg. ¿Cómo podía actuar si era incapaz de determinar su posición y velocidad exactas? ¿Y si de pronto yo provocaba una singularidad, es decir, una ruptura devastadora en el espacio y en el tiempo? Son tan ruidosas. Todo el mundo se volvería a mirar y yo me sentiría abochornado delante de la señorita Kelly. Pero es que la energía oscura de esa mujer atrae tanto. La energía oscura siempre me ha puesto como una moto, sobre todo en una mujer con el mentón prominente. Concebí la fantasía de que, si lograba meterla en un acelerador de partículas durante cinco minutos con una botella de Cháteau Lafite, me encontraría junto a ella con nuestros quantos aproximándose a la velocidad de la luz y su núcleo entrando en colisión con el mío. Naturalmente, en ese preciso momento noté que me entraba un trozo de antimateria en el ojo y tuve que buscar un bastoncillo para quitármelo. Casi había perdido toda esperanza cuando ella se volvió hacia mí y habló.

—Lo siento —dijo—. Me disponía a pedir café, pero ahora mismo no recuerdo la ecuación de Schrödinger. Qué tontería, ¿no? Se me ha ido de la cabeza, así sin más.

—Cosas de la evolución de las ondas de probabilidad —sentencié—. Y si vas a la cafetería, ¿podrías traerme una magdalena con muones y té?

—Cómo no —respondió con una sonrisa coqueta mientras ella adoptaba una forma de Calabi-Yau—.

Sentí que mi constante de acoplamiento invadía su campo débil mientras unía mis labios a sus húmedos neutrinos. Al parecer, alcancé una especie de fisión, porque de pronto me encontré levantándome del suelo con un morado en el ojo del tamaño de una supernova.

Supongo que la física puede explicarlo todo salvo el bello sexo, aunque le dije a mi mujer que el cardenal se debía a que el universo no se hallaba en expansión, sino que se contraía, y yo no estaba atento.

jueves, 25 de marzo de 2021

Marcelo Birmajer (1966, Buenos Aires, ARG)

En la isla
Historias de hombres casados, 1999

Había pensado muchas veces en qué hacer si aparecía otro hombre en la isla.

Desde el naufragio, hacía ya dos años, no habían encontrado más señales de vida que las de ellos mismos. Remigio y Adriana, marido y mujer al momento en que el barco se hundió, habían logrado sobrevivir contra las intemperancias naturales de la isla y sin el cobijo de la comunidad humana. Solos en la isla desierta, hacían su vida.

Les había bastado una profunda cavidad en una masa de piedra, que contenía el agua de lluvia; la inagotable cantidad de frutos, entre ellos cocos, repletos de líquido, y un perdido rebaño de cabras que supieron cuidar.

El techo de la choza presentaba algunas dificultades: las únicas ramas halladas que impedían el paso del agua se pudrían luego de cinco o seis lluvias. Si bien no chorreaban, heroicamente impermeables, soltaban un desagradable olor a humedad que enturbiaba el aire de la cabaña. Las ramas crecían en un islote al que se llegaba atravesando en balsa el brazo de mar que lo separaba de la isla.

El elemento humano, sin embargo, se limitaba a ellos dos. Ni una huella, ni un vestigio, ni un sonido, ni un olor de otra persona. Tampoco habían divisado barcos en las cercanías o contra el horizonte. Estaban solos, tan solos como un hombre y una mujer unidos en matrimonio pueden estarlo el uno con el otro.

La vida lejos de la sociedad había desatado en ellos fantasías, y en la intimidad imaginaban qué hubiese ocurrido de haber estado habitada la isla por una tribu de hombres y mujeres semidesnudos, cobrizos, de generosas costumbres sexuales, algo infantiles y amigables con los extraños. Pero, precisamente, sus fantasías se basaban en gente que no existía. Remigio había pensado, mucho menos alegremente, en la posibilidad real de que un tercero apareciera en la isla. Cuando viajaba solo al islote —la travesía le llevaba dos horas y media o tres— construía con tenacidad de inventor, en su magín, la situación remota pero temida.

No lo preocupaba si se trataba de una mujer. Si una nueva mujer aparecía en la isla, pues, ignoraba cuál sería su actitud. Mayormente sería problema de Adriana. ¿Qué hacer con una nueva huésped en el desierto?

Lo ignoraba.

La posibilidad, en cambio, de que los aparecidos fueran un hombre y una mujer, intranquilizaba a Remigio. No lograba concertar qué tipo de convivencia establecerían con la nueva pareja, y se le hacía muy claro su principal temor: que el hombre pusiera sus ojos en Adriana.

Cuatro personas en una isla desierta es demasiada y muy poca gente. Con una pareja en frente, podían permitirse el aburrimiento. El continuo agradecimiento a Dios por haberles permitido tenerse el uno al otro —aunque no habían tenido hijos— en aquella isla desierta, podía transformarse en una súplica al diablo para que les permitiera probar algo nuevo.

¿Y si el hombre de la otra pareja dejaba preñada una y otra vez a su mujer, y Adriana le pedía a Remigio que le permitiera intentarlo? ¿Y si Adriana, lejos de las leyes de los hombres, sugería a Remigio, por puro placer y curiosidad, la reunión prohibida con los otros? Remigio no tenía dudas de que ése sería su propio deseo, pero no soportaría escucharlo sugerido por su esposa.

De modo que la aparición de otra pareja lo desconcertaba. La aparición de un solo hombre, finalmente, le merecía ya una reflexión breve y una decisión firme: lo mataría. Si a las costas de la isla el mar traía un hombre solo, Remigio lo mataría arrojándole una roca a la cabeza. No tenía dudas al respecto. Lo había meditado detenidamente en uno y otro viaje al islote, y arribado a la conclusión, en una y otra orilla. El hombre no podría dejar de poner sus ojos en Adriana. Definitivamente, era imposible. ¿Qué podría hacer un hombre solo en la isla junto a ellos, si no intentar, con el tiempo, arrebatarle su lugar, e incluso intentar matarlo? Lo justo era matarlo sin darle posibilidad siquiera de hablar. Como si se tratara de una bestia salvaje que pusiera en peligro sus vidas.

Sabía que Adriana estaría mudamente de acuerdo.

No habría testigos ni jueces. Y Dios comprendería.

Cuando regresaba del islote amarraba la balsa en un árbol y debía atravesar unos dos kilómetros hasta llegar a la choza. En el camino, cruzaba por el estanque de agua de lluvia y subía y bajaba un pequeño acantilado, donde encontraba grandes pedazos de roca. Cualquiera de esas piedras, pensaba cuando pasaba junto a ellas, podía servir para la tarea. Bastaría con atar fuertemente una de ellas a un palo, y acercarse al hombre con el hacha entre las manos, tras la espalda. O simplemente aguardar a que durmiera, puesto que arribaría a la isla tan agotado como ellos en su llegada, y dormiría el dichoso sueño del náufrago que ha hallado tierra. Entonces, con piedad, Remigio dejaría caer la más grande de las rocas sobre la cabeza del durmiente. Moriría sin saberlo. Seguiría soñando eternamente, feliz de haber hallado tierra.

Parado en el acantilado, desde donde se veía la choza, Remigio comenzaba a reencontrarse con su realidad, con su esposa. Deshacía las escenas de humo que había fraguado en su mente, y recobraba el humo real, el de la hoguera de Adriana esperándolo con alguna sabrosa comida, que se veía desde allí. Mirar a Adriana y a la choza desde el acantilado, cuando aún faltaba una buena caminata, lo reconciliaba con su destino y alejaba los temores.

Pero esa mañana, al llegar al acantilado, cargado de ramas nuevas, vio pasar justo debajo de él un hombre blanco: se dirigía sin dudar hacia la hoguera que humeaba junto a la choza.

Remigio tomó entre sus manos la roca que tantas veces había evaluado, y que lo aguardaba quieta día tras día. Pesada como para matar a un hombre al impactar en su cabeza, no tan pesada como para no poder alzarla y dejarla caer con efectiva puntería. La altura del acantilado era perfecta; la posición, inmejorable, y la cabeza del hombre pasó por el preciso punto sobre el cual caería la roca en línea recta. Bastaba con soltarla para hacer del intruso un cadáver y alejar, paradójicamente, el fantasma. Pero Remigio no la soltó. No pudo soltarla.

«Lo mataré mientras duerma», se dijo. Y sabía que lo haría.

Se disculpó diciéndose que no era fácil matar y que sin duda sería más sencillo teniendo a su disposición el cuerpo del hombre dormido. No tan inquieto por su indecisión, le siguió el rastro cautelosamente.

Para llegar a la choza, se extendía un prolijo camino de arena, en parte natural y, en las cercanías, adornado por Remigio y Adriana con rocas a los costados. Junto al camino natural y al construido, se alzaba una exuberante vegetación. Un tinglado verde de árboles y plantas gruesas y sudorosas, que subía como un telón inextricable hasta pocos metros del mar.

Remigio caminó por entre ese laberinto, rodeado por ruidos desconocidos y picado por todo tipo de insectos, persiguiendo oculto al hombre.

El sujeto no parecía agotado, marchaba completamente desnudo y con cierta tranquilidad. Aunque fieramente quemado por el sol, no cabían dudas de que se trataba de un hombre blanco. Llevaba barba de días y el pelo largo y sucio.

Un estremecimiento recorrió a Remigio y se encontró orinando involuntariamente contra el tronco delgado de un árbol: el hombre estaba a pasos de la cabaña. Ahora sólo bastaba recibirlo como un huésped, permitirle dormir y matarlo.

Lo que vio, sin embargo, modificó para siempre sus expectativas: Adriana salió a recibirlo, echó dos vistazos furtivos a uno y otro lado, le hizo una caricia obscena, lo llamó por su nombre; lo besó larga y dulcemente.


El oyente
Se me hace cuento, 2014

Yo regresaba de Tucumán, en avión, y mi compañero de asiento parecía alterado. Era un hombre de unos sesenta años, lo suficientemente grueso como para incomodarnos en cada movimiento.

Ya veíamos el Aeroparque, pero el avión no iniciaba las maniobras de descenso.

Una voz femenina anunció por los altoparlantes que había una medida de fuerza en el Aeroparque y que el avión daría vueltas hasta que lo autorizaran a aterrizar. Divisé la cancha de River. Mi compañero de asiento comenzó a sudar copiosamente.

—No pasa nada, le dije, aunque yo no estaba menos preocupado. No me gusta permanecer en el aire más de lo estrictamente necesario. Suficiente incertidumbre hay en tierra.

Dimos varias vueltas más, como si nos hubiera secuestrado un paseador de perros, y finalmente iniciamos el descenso.

—Gracias a Dios —suspiró mi compañero de asiento—. ¿Usted es escritor, no es cierto?

Asentí.

—Hay una historia que nunca le conté a nadie. Imagine si se hubiera caído el avión…

Quise advertirle que todavía no habíamos aterrizado, pero… ¿por qué interrumpir su falso alivio? Mi compañero de asiento también justificó contarme su historia como recompensa por haberlo acompañado en su momento de zozobra. Su historia despegó antes de que las ruedas del avión tocaran el suelo, continuó durante el carreteo y terminó junto a las cintas distribuidoras de equipaje.

—Vivíamos en Caballito… todavía estaba casado. Eliana cumplía 40 años; yo 45. Tenemos un solo hijo; entonces estudiaba Agronomía en La Plata. Ahora es guardaparques en Estados Unidos. Es mi gran orgullo. Mi único orgullo. Eliana y yo éramos un matrimonio convencional. Bueno, quizá compartíamos una rareza: éramos felices. Pero convencionales en el sentido de que nuestros gustos eran simples. Un buen sándwich de miga, una buena película de acción en la tele, un buen mate, viajar con las ventanas bajas. Y, claro, el amor. El tiempo juntos y la cama. Nada del otro mundo, eh.

Me sonrojé. Mi compañero de asiento lo notó, sonrió, y continuó su relato.

—Pero la pasábamos bien. Es curioso, porque en ese asunto está todo inventado, es siempre lo mismo, pero uno nunca se aburre. Quiero decir, si se va a aburrir, se aburre con cualquier variante. Y si no se va a aburrir, no se aburre aunque sea siempre igual. Un viernes por la tarde me detuvo un vecino. Era un hombre al que yo había visto muy pocas veces en el edificio. Pelado, blanco como coco rallado. En el pasillo no había nadie. Me saludó con un gesto, como si usara sombrero, y me dijo: «Ayer lo escuché… con su mujer. Lo pasan bien». No supe qué contestarle. ¿Le tenía que pegar, pedirle disculpas, seguir de largo sin responder? Era evidente a lo que se estaba refiriendo; por su tono, sus expresiones… no había dudas. Quise tomar el ascensor, vivíamos en el octavo piso, pero de algún modo me lo impidió, sin coerción. «Se la hago corta —declaró—. Yo no vivo en Capital. Uso este departamento solamente los jueves por la tarde y la noche. Los viernes a veces paso, pero nunca duermo. Me encantó. La ternura de su esposa y usted, me encantó. Esas cosas ya no se escuchan en este mundo podrido. Háganlo todos los jueves… hablen fuerte. Yo pago».

Mientras mi ex compañero de asiento seguía narrando, involuntariamente dejé pasar mi valija en la cinta; nunca me la habían perdido en un vuelto de cabotaje, pero quizás inaugurara el percance por culpa de mi curiosidad.

—Sacó un fajo de dólares del bolsillo y me los puso en la palma de la mano —explicó mi ex compañero de asiento—. Acá debería aclararle que mantener a mi hijo en La Plata no era gratis y él sólo no se mantenía. ¿Usted devuelve un fajo de dólares así como así? ¿Qué aclaraciones le tenía que pedir? Había una pared de por medio. Eliana no tenía por qué saber nada. No sé decirle qué sentí cuando empecé, sabiendo que el vecino estaba del otro lado, escuchando. Los viernes pagaba, en dólares. Después, con el corralito, fue una fortuna; lástima que la mayor parte los cambié para dárselos a mi hijo en pesos. Habrá durado seis meses, y el vecino se esfumó. No apareció más. Y ahí sí que sentí la diferencia. Como nunca me había pasado, me faltó motivación, con Eliana quiero decir. Ya no era lo mismo. No me alcanzaba con lo que teníamos. Empecé a mandarme macanas, injustificables. Con toda razón, Eliana me mandó a mudar. Yo no le pude explicar nada. Si el avión se caía, nunca nadie lo hubiera sabido; así que no me arrepiento de contárselo a usted.

Mi valija, para mi gran sorpresa, reapareció en la siguiente vuelta de la cinta. Mi ex compañero de asiento me preguntó si quería que compartiéramos el remís. Pero le mentí que me venían a buscar.


La sorpresa
Se me hace cuento, 2014

Por la rotación inclemente del papi fútbol, me tocaba ir al arco. Lo cierto es que no es un rol que me apetezca. La pelota es dura, pesada, y hacía frío. Levanté la mano con la idea de que me reemplazara uno de los muchachos que aguardaban al gol para entrar. Pero Damián, un zaguero de unos sesenta años, me dijo discretamente:

—Quédate. Voy al arco.

No pude agradecerle, porque hubiera quedado en evidencia. Concluí el partido, con saldo penosamente desfavorable, pero ileso. Cuando estaba por salir a la calle, en el barcito de la cancha, sobre la calle Sánchez de Bustamante, divisé a Damián comiendo solo. Me acerqué a la caja y pedí que me cobraran lo que había pedido. Damián me descubrió y me invitó a compartir el almuerzo. Le dije que me limitaría a tomar una gaseosa fría.

—¿Cómo me ves haciendo el divorciado? —me consultó.

—No te veo —confesé—. Nunca te escuché hablar de tu esposa, de modo que supuse que eran un matrimonio exitoso. Si me perdonás, siempre te consideré el modelo de hombre de familia.

—No tenés que pedir disculpas por eso —replicó Damián—. Y fuimos un matrimonio exitoso. Pero Gladis me pidió el divorcio hace ya un mes.

Logré reprimir mi primera reacción: «¡A esta edad…!». Pero ni siquiera sabía qué edad tenía Gladis.

—¿Qué adujo? —pregunté.

—Hay que reconocer que fue muy clara —informó Damián—. Se enamoró de una mujer.

Pensé que me había salido la gaseosa por la nariz, pero luego de pasarme la servilleta, comprobé que todo estaba en su sitio.

—Me lo dijo con mucho dolor —siguió Damián—. Habíamos sido los mejores compañeros, incluso buenos amantes. Y siempre pensó que sus escasos y esporádicos escarceos con mujeres eran un elemento menor de su temperamento. Pero con Dana, encontró el amor. Ya no se podía separar de ella. Me lo dijo llorando. Realmente sufría mientras me lo decía. Yo te confieso que me sentí aliviado. La idea de divorciarnos no me asustaba. En rigor, la había ponderado varias veces, pero nunca me había atrevido a comentárselo a Gladis, por miedo a herirla. Al irse con una mujer, dejaba mi orgullo a salvo. Si se hubiera ido con un hombre creo que no lo hubiera podido soportar. Gladis tiene cincuenta años, y es una mujer atractiva. El hecho de que un hombre se la llevara hubiera sido un golpe brutal a mi virilidad. Pero se fue con una mujer, ¿qué puedo hacer? Desearle suerte. Era la solución perfecta. Traté de que no se notara mi alegría. Después de todo, ella realmente sufría mientras me pedía disculpas y trataba de explicarse. Le dije que no hacía falta que me explicara nada. Nos habíamos tratado bien durante toda nuestra vida; guardaríamos un buen recuerdo el uno del otro. Tenemos una hija de 23 años, y obviamente no la podíamos mantener en ascuas. Pero antes de imponerle los acontecimientos a Abril, Gladis consideró saludable que yo conociera a Dana. Era necesario, porque Abril tendría que elegir si se iba a vivir con la mamá y su novia, o seguía viviendo conmigo en casa. Debíamos conocernos. Acepté, no sin reticencias. La situación me resultaba incómoda. ¿De qué hablaríamos? Ellas viven en Almagro, a unas quince cuadras de acá. Llegué temprano, con la boca seca y las manos sudadas. Tardé como diez minutos en tocar el portero eléctrico. Bajó Gladis y subimos juntos en el ascensor. Viven en el piso 10, e hicimos los diez pisos en un silencio extraterreno. Dana nos abrió la puerta antes de que tocáramos el timbre.

La cara de Damián se transfiguró al llegar a este punto del relato.

—Nunca he visto una mujer más hermosa. No es que se trate de una belleza evidente, aunque llamaría la atención de cualquiera. Es hermosa para mí. El tipo de belleza que Dios me tenía reservada cuando nací. Y que yo resigné porque Gladis me encontró y me cobijó. Pero… cómo me trató Dana, con qué sensualidad me hablaba. Hasta me gustó cómo me sirvió el té en hebras de flores con miel de campo. De inmediato se desarrolló entre nosotros un diálogo intenso, que Gladis tomó como un esfuerzo mío por aceptarla. Ahora no veo la hora de volver a verla… a Dana. Y es fácil, porque hay trámites, y porque se supone que Gladis y yo somos amigos. Y si la vida es así de sorpresiva, ¿quién te dice?

—Permitime que pague también la gaseosa —dije, levantándome para irme.

—No me dijiste qué pensás —me reprochó.

—Yo invento las historias —dije—, no las interpreto.


La lista
Se me hace cuento, 2014

—¿Quedaste alguna vez enganchado en una lista de mails de gente desconocida? —me preguntó mi amigo Karp.

—No lo sé —repliqué—. Cuando me llega un mail con más de una persona, lo borro automáticamente.

—A principios de marzo comencé a recibir mails invitándome a un partido de fútbol cinco, en una cancha de Paternal, de parte de personas que no sabía quiénes eran. Quizás un grupo de samaritanos que invitan a solitarios a jugar al fútbol. Una ONG: fútbol para solos. No, no. Era evidente que se trataba de un grupo que se reunía periódicamente a jugar al fútbol; y supuse que alguno de ellos tenía algún contacto conmigo, laboral, o casual; de modo que aparecí en la lista.

—¿Reconociste algún nombre?

—No. Pero muchos usaban alias. No fui el único caso de aparición involuntaria, porque pronto menudearon los mails de hombres y mujeres que se quejaban de estar recibiendo semanalmente esa invitación a jugar al fútbol. «Por favor, sáquenme de la lista». «Ya les dije cuatro veces: soy mujer, no juego al fútbol». «Esto es una falta de respeto: ¿quién me puso en esta lista?». No tardaron en llegar los insultos. Pero a mí no me pareció mal que me invitaran a jugar al fútbol. No me enviaban un mensaje proselitista, ni me pedían plata, ni me sugerían la conversión a una nueva religión. Sólo me invitaban a jugar al fútbol. Era una confusión, sí, pero benigna. ¿Por qué corregirlos? Ni siquiera borraba todos los mails: algunas noches de fin de semana, si no había conseguido nada, me abría uno de esos mails errados y me decía, como Charly García: «Alguien en el mundo piensa en mí, aunque no sepa quién soy». Las invitaciones a jugar al fútbol los jueves se me hicieron parte de mis relaciones sociales.

—Pero si vos no tenés relaciones sociales… —interrumpí.

—Vos tampoco, ni siquiera por equivocación.

—Correcto. Pero yo no digo que algo es «parte» de mis relaciones sociales. En todo caso diría: «Era mi única relación social».

—Está bien, está bien. Era mi única relación social.

—Creo que al último bar mitzvá que

me invitaron fue al mío —me solidaricé.

—Pero un jueves especialmente deprimente, me dije: «¿Y por qué no?».

Me puse los tres cuartos, porque los cortos son para jóvenes; las medias, las viejas zapatillas de chutear y salí para la cancha de la calle Darwin. Fui caminando. Busqué la cancha con gente de mi generación; allí debían estar el Chino, Genaro, Barbazul, Canibaro, Marciano… Todos los muchachos que durante meses me invitaron. Qué sorpresa les iba a dar. Eran cinco canchas.

—¿Y si no te dejaban jugar? —interrumpí nuevamente.

—Ni lo consideré. Me dejarían jugar. Había leído sus comentarios, sus intercambios. Eran gente buena. Generosa. Pero no estaban. Los llamé por sus apodos, por sus nombres, por sus latiguillos. Nada. En ninguna de las cinco canchas estaba mi gente. Me invitaron de un partido cualquiera y acepté.

—Por lo menos jugaste —apunté.

—Cuando regresé a casa, la habían desvalijado. Se llevaron el televisor, la computadora, el DVD, ahorros no tengo. Las cosas se vuelven a comprar; tenía back up, milagrosamente. Pero la sensación de intrusión, de inseguridad, es horrible.

Quedé mudo durante unos instantes. Karp retomó:

—¿Fue una trampa? ¿Fui un estúpido en ir a jugar al fútbol?

—Creo que fue una trampa —opiné—. Pero no que hayas sido un estúpido en ir a jugar al fútbol. Te comportaste como un buen hombre. No podías saber que te enfrentabas a los canallas. Participaste, una vez más, en la eterna lucha entre el bien y el mal. El partido que jugaste, era mucho más trascendente de lo que imaginabas.

—¿Pero quién puede dedicar semejante cantidad de tiempo, creatividad, tesón, sólo para entrar en una casa ajena y robar un par de artefactos? La misma inventiva, aplicada a un fin rentable y legal, podría haberles dado mucho más rédito.

—Es que su propósito, más que adquirir ganancias, es hacer el mal. Por eso el diablo nos resulta caricaturesco, paródico, incluso cómico, siempre inverosímil, porque no nos podemos imaginar nada peor ni más malvado que un ser humano. Mientras que la idea de Dios es más probable, por lo fácil que es imaginarnos algo mejor. En cualquier caso, para seguir creyendo en el Bien, a mí me alcanza con que hayas ido a jugar al fútbol.