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domingo, 30 de septiembre de 2018

Los mundos raros de Juan José Millás: tecnologías audiovisuales

La revista científica Siglo XXI: Literatura y cultura españolas está editada desde 2003 por la Universidad de Valladolid y la CUNY (City University of New York).

En su último volumen, el 16, de este 2018, ha aprobado la publicación de un artículo de mi autoría, páginas 1 a la 26. Se trata de la reelaboración del primer capítulo de mi tesis doctoral, reescritro y titulado ahora como «Los mundos raros de Juan José Millás: tecnologías audiovisuales». 

Puedes pulsar aquí para consultar el índice de la revista y descargar el pdf.

Resumen

La actual narrativa de Millás incorpora aspectos de la estética cibercultural: espacios y lenguajes procedentes de la ciencia y las nuevas tecnologías audiovisuales que han dado lugar a las nuevas realidades-simulacro. De recurso onírico pasará al hiperrealismo artístico, la perspectiva pictórica y fotográfica o el simulacro televisivo. El resultado es una narrativa muy marcada por la imagen. La aparición de Internet proporcionó a Millás otro espacio para la creación y para la imitación del mundo real, garantizando la dimensión fantástica de sus narraciones. El presente artículo analiza la realidad simulada y global a la que se adhiere Millás, aunque con reservas. 

Agradezco una vez la oportunidad de publicar al equipo editorial de la revista y en especial a Pilar Celma.


martes, 31 de julio de 2018

José María Merino (1941, La Coruña, ESP)


Ecosistema
Días imaginarios, 2002

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espián­dola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora ­vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros­. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje ­al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, me ha parecido ver la figura de un mamut.


Cien
Días imaginarios, 2002

Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. «Te noto mala cara», le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina.


Cuento de otoño
Cuentos del libro de la noche, 2005

Era bastante mayor que yo y no íbamos a vernos nunca más. Alrededor de nosotros, lo que quedaba del verano era ya sólo un cadáver cubierto de sangre amarillenta y ocre. Me dijo algo en su idioma, acarició mi cara, me dio un beso rápido. Entonces sentí por vez primera el dolor del otoño. 


Agujero negro
Palabras en la nieve [Un filandón], 2007

El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.


Después del accidente
Cuentos de los días raros, 2010 

No sientes el silencio de la noche porque dentro de ti continúan vibrando todos los sonidos del accidente, el chirrido del frenazo, el golpe contra la barrera, el retumbar del vehículo al despeñarse. Y escuchas el murmullo de la radio, una voz ininteligible, mientras la luz cada vez más débil de los faros hace brillar la escarcha en los matorrales. Hay también otros brillos y, desde el lugar que ocupa tu cuerpo, caído fuera del coche, comprendes de repente que son los reflejos de esa iluminación escasa en unos ojos. «¡Laura!», exclamas lleno de terror, incorporándote. Entonces los ves. Sobre sus uniformes reluce la fosforescencia de unos cascos que parecen enormes y extraños en la negrura. «No te preocupes por ella», dice el más alto, con voz serena, «eres tú quien debe venir con nosotros. Ella está viva».

miércoles, 27 de junio de 2018

Julio Torri (1889, Saltilo, MEX-1970)

A Circe
Ensayos y poemas, 1917

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas. 

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí. 


Mujeres
De fusilamientos, 1940

Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas. 

Sé del sortilegio de las mujeres reptiles, los labios fríos, los ojos zarcos que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica. 

Convulso, no recuerdo si de espanto o atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana. 

Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones. 

Y tú, a quien las acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso. 


Literatura
Prosas dispersas, 1964

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores. 

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; y la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al escribir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

lunes, 11 de junio de 2018

Macedonio Fernández (1874, Buenos Aires, ARG-1952)

Un paciente en disminución
Papeles de Recienvenido…, 1944

El señor Ga había sido tan asiduo, dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era solo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba a llamar.

El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y «meneando con grave modo» la cabeza resolvió: «Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano».


La verdad sobre las bacterias

Quiero saber si es verdad que las bacterias nos enferman. ¿Qué ganas, qué necesidad tienen de matarnos o enfermarnos? ¿Tan sabia es la naturaleza con ellas como con nosotros? No creo ni en las bacterias como causantes por sí solas de enfermedades, ni en la Sabiduría de la Naturaleza. Si el hombre enfermo les conviene a las bacterias para estar sanas, no hay por qué decir que ellas causan la enfermedad.


Para terminar pidiendo
Papeles de Recienvenido…, 1944

Soy algo bajo; y hubiera deseado o bien una adición a mi estatura de una mitad de una «otorrinolaringología», o bien haber alcanzado naturalmente a la talla de cuatro enteras otorrinolaringologías añadidas verticalmente.


[Sin título]
Cuadernos de todo y nada, 1972

—Mujer, ¿cuánto te ha costado esta espumadera?
—1,90.
—¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!
—Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.
—¡Pues la hubieras comprado sin ellos!
—Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.
—No importa; no hay que pagar de más. Son artificios del mercado de agujeros.


[Sin título]

Al español o se le mata o no queda ningún modo de impedir ser salvados por él.

viernes, 27 de abril de 2018

Fernando Iwasaki (1961, Lima, PER)


La habitación maldita
Ajuar funerario, 2004

Llegué sin reserva porque para eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una suite en otro hotel de la cadena, mas yo estaba muy cansado y subí sin hacerles caso. 

La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes estaban llenas de crucifijos y los espejos apenas reflejaban mis movimientos. Recién cuando me eché en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo viejo y enfermo que me miraba sobrecogido. Me dormí con la inexplicable sensación de sentirme amortajado. 

Un clavo de frío me despertó, y junto a la cama una mujer de niebla me dijo con infinita tristeza: «¿Por qué has sido tan imprudente? Ahora te quedas tú». Desde entonces sigo esperando que venga otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez. 


Dulce compañía
Ajuar funerario, 2004

No quería castigar al niño, pero fue inevitable. No solo mintió sino que además me amenazó. Desde entonces está raro. No habla, no juega y no quiere que lo bese. Me da miedo cómo mira, la forma en que come, las cosas que canta. Esta mañana salí al jardín y en un paquetito que estaba junto a unas velas negras encontré uñas cortadas, sobras de comida y una foto carné mía. No he querido llamarle la atención de nuevo, pero lleva encerrado en su cuarto desde anoche. He subido las escaleras y he sentido escalofríos, un olor extraño y unas sombras huidizas. El niño habla con alguien y sigue cantando esas canciones horribles. Le pido que me hable y me insulta y se ríe. No tengo más remedio que abrir la puerta. 


Vamos al colegio
Ajuar funerario, 2004
 
Como todas las mañanas, he vestido a los niños y los he colocado en el asiento trasero para que sigan durmiendo. Enciendo el coche y el motor se va calentando, desentumeciendo. El invierno es crudo y prefiero no abrir la ventana para que los niños no pasen frío. Corro a la cocina a preparar sus bocadillos y no hay mantequilla, el queso también se ha terminado y tengo que abrir una lata de atún. Cuando encuentro el abrelatas ya se nos ha hecho tarde. Corro al garaje. Apenas puedo respirar. Los niños no se despiertan.