viernes, junio 23, 2006

Diálogo de "Yo confieso" (Alfred Hitchcock, 1953)

-Sigues enamorada de él.
-Eso es lo que tú crees -volviéndose iracunda hacia él-.
-Nunca hablaste de ello...
-...y tampoco pienso hacerlo ahora -se gira y sigue recogiendo la estancia-.
-Oh, sí. Vamos a hablar de esto... No podemos continuar así.
-No tienes por qué.
-¿Qué deseas que haga?
-Lo que tú quieras.
-Muy sencillo, ¿verdad? ¿Qué puede hacer un hombre cuando su esposa está enamorada de otro hombre?
-Puedes dejarme -al tiempo que le da la espalda-.
-Con qué facilidad lo dices...
-¡Yo no estoy enamorada de ti! -mirándolo duramente-. Nunca lo he estado y tú lo sabes.
-Pero nunca he querido creerlo...
-La culpa no es mía, nunca he fingido contigo.

(Escena con Anne Baxter y Brian Aherne. Guión de George Tabori y William Archibald, sobre la obra de Paul Anthelme)

lunes, junio 19, 2006

"Chaos & Creation in the Backyard" (Paul McCartney, 2006)

Tras el caos, la creación; tras la creación, el caos, en continuo ensamble cíclico, porque el pop es un universo propio(afortunadamente, consumible) y en él habita sir Paul McCartney, ese niño que se aprecia al final de la foto. Si en Revolver (1966) ideó el molde de este gran arte, en Chaos & Creation in the Backyard (2006) se une al productor Nigel Godrich, canalizador de las emociones atmosféricas de Radiohead, para regresar a la trastienda y devolvernos un disco soberbio que redondea cuarenta años de pop. Cuarenta años que estarán expuestos a mi deleite y análisis hasta que no sea más que un simple holograma celeste...

sábado, junio 17, 2006

Ensayo para un fin (vuelta de tuerca, 5/06)

Entonces todas las almas de crédito resbalan y se precipitan sin remedio al abismo del fuego fatuo, mientras el alma de Domingo Roivás, descrédita y aturdida, queda pendiendo de un hilo aguardando nuevas reestructuraciones celestiales. El alma de Domingo vigila la oscuridad y aprieta los párpados para aguzar el oído. Sin atreverse a estirar del hilo por si cae alguna sugerencia apropiada, transitan segundos que se agrupan en una disquisición: yoga o joga según el idioma. Traga saliva y no sólo atiende al fungoso accionamiento de su esófago sino que advierte un inesperado picor en su oído, picor que se traslada a la lengua por culpa de los malabarismos que ésta ejecuta para la correcta dicción de tan desiguales letras. Ceremonia o (proto)colo que transcurre temporal en su acepción más resbaladiza, que acoge, disfruta y abandona en una distraída espera, junto con otros protos de incontestable fealdad. Por eso, para examinar su protohallazgo con mayor detalle, el alma de Domingo utiliza una caja de rotuladores Carioca y un paquete de folios decorados al trasluz por un tropel de galgos en carrera: prototipo, protogénito y protocnología, garabatea alborozado, y así continúa derruyendo ensimismado significados lingüísticos ensamblando significantes con su más deslucido prefijo hasta la fecha. Entonces oprime los párpados y sus pieles se agolpan en una disquisición: tragar saliva o seguir el protocolo sin ejecutar el mecanismo de su picor. Con esto, sorprende a sus galgos pronunciando yoga al trasluz sin mayor maniobra y ajenos a la hecatombe de protos. Así, hurgando en el presente, acrédita y desturdida, el alma de Domingo Roivás anhela secretamente la precipitación de las almas todas a un hilo para poder así depender de un orden que le libere de tamaño ensamble cíclico.

El botón de las cosas bien (Emmanuèle, la clocharde, 6/06)

Desaloja todas las tardes su cabeza a eso de las diez, aprovechando el estruendo de los basureros y de la pila de sillas de plástico de las últimas terrazas: observa subrepticio su alrededor, nadie vigila y el individuo Soares, quizá portugués pero de padre de toda la vida del barrio de Tetuán (con el que lo único que compartía era el renombre del gran conquistador Jorge Soares Andrade), se cuela en la cerrada oscuridad que tutela una farola sometida a las pedradas y se agazapa a ella para mejorar el tránsito descendente de todo lo abstracto que se arrincona en sus rincones craneales, que se resiste a salir, que apura su adherencia, pero que al poco ha caído resbaladizo, mansamente derrotado, socorrido por dos golpecitos precisos que Soares propinó al poste para no dejarse nada dentro, -así, así, todo fuera-, que al contactar con tierra firme conserva su estructura oleaginosa y tirita asustado a la intemperie mientras Soares respira con alivio y abandona el sombrío lugar para continuar como si tal cosa -¡qué haces ahí, idiota?-, empleados municipales que no aciertan a definir y Soares que devuelve disimuladamente la tapa a su origen a tiempo de no levantar sospechas ni aprensiones.

Me exaspera su pedantería mas su bufona altanería de púber insolente, solitario y fracasado, advierte el catedrático Rivera, de cabeza inflada y sien reventona de conceptos, A ese tío habría que atarlo de pies y manos y contratarte a ti para que le quites un pelo de los huevos cada quince segundos, sentencia Soares mientras remueve achicoria soluble con el dedo meñique desde lo más lejos del grupo, así, además, te damos trabajo y te perdemos de vista, Tu rusticidad y tu enferma execración logran colmar mi longanimidad, Soares, ¿acaso no mereces decirte insustancial con propuestas de ese género?, abandona ese injustificado solipsismo y comparte con nosotros tus costumbres subversivas, cada día pareces uno nuevo, Vete a tomar por culo, Rivera, y métete todo lo que acaba de salir de tu boca por tu culo, que está igual de sucio y podrido que tus palabras, tu título me lo meo, ¿De dónde sacaste el desayuno, si se puede saber?, ¡Y a ti qué carajo te importa, métete en tus cosas!, ¿Sabes lo que significa compartir?, ¡Jódete, puta!, Desde luego, así es imposible Soares.

Primer domingo de mes y Soares se atavía de sus mejores tejidos y ensaya sus mejores formalidades protocolarias, no con Rivera, por supuesto, sino Antón Martín abajo antes de aplastar desmesuradamente el timbre de casa de su tía abuela, desenterrando insultos vecinales, recordando consecuentemente la sordera de ésta y aguardando resignadamente la circulación de algún vecino para así poder abordar su cometido en la última planta del inmueble. A Soares no le queda guita, ni un euro, y no sabe como pedírselo a su última reminiscencia familiar, que le recibe con la puerta ya abierta, en la butaca y en mitad del balanceo, que cumplimenta con dos besos y a la cocina a buscar provisión para el resto del día -¿puedo, abuela?-, para regresar una vez consumado el primero de los atracones furtivos. Soares remueve el azúcar de la manzanilla una y otra vez, sentado al filo del sofá granate de botones y cuerdas tapizadas, presidido por un cuadro de cazadores que persiguen galgos que persiguen ciervos que persiguen la salvación, -joder, abuela, esto quema mucho…-, repeinado desmañadamente con agua de la fuente de Lavapiés, con la estampa de los dedos surcando la superficie de su cabeza, ahora ondulada por el simulacro del peine manual, y con el último botón de la camisa ambarina oprimiendo su valor. -Abuela, no tengo un puto duro-, y su tía abuela que no reacciona reflejamente aún prendada por el exotismo de su sobrino nieto, por su sutileza o quizás por su inopinada pobreza, parálisis verbal que Soares trata de soslayar entreteniendo su vergüenza en la bolsita de la manzanilla, arrinconándola primero con el hilito de algodón contra la cuchara y apretándola después con el meñique para apurar ansioso su sustancia, pero la abuela que no acierta a articular palabra alguna y que no retira la vista de la ventana.

Desde luego, el instrusismo es práctica habitual y la estupidez es concluyentemente congénita en este tipo de individuos, y sabes que no abundo en profecías ni teoremas griegos, las culturas clásicas nunca han sido mi fuerte, pero el bien en sí mismo al que todos afanosamente aspiramos, lo que se denomina eudaimonia o vivir bien, es una tendencia natural del hombre y su comportamiento siempre permanece regido por esta inercia vital que asoma por los intersticios de la razón, No te retuerzas Rivera, ¿qué coño dices, hablas del niño ese?, Calla, idiota, la virtud del hombre, antiguamente conocida como areté, emerge de su capacidad de pensar o, lo que es lo mismo, de acceder libremente al ejercicio de su razón, es por lo que este tipo de intrusos carecen de nuestro virtuosismo, Gómez, ¿dónde habrá ido hoy Soares?, Quién sabe, Rivera. Rivera y Gómez abrazan henchidos las listas superiores del banco al tiempo que examinan las barcazas del parque del Retiro, las palomas que ensucian allá donde paran a picar maíz y las niñas que excitan allá donde sus escotes frenan los mejores pensamientos, títeres que también animan de diferente manera a los sentados de tres y cuatro años, polvo y albero que se levanta con las ruedas de los caballos, el ruido de trote, la señora de postín, el niño de papá con el sol en su flequillo y las rezongas de Rivera susodichas ante espectáculo tal. El señor de los altramuces que ya no da crédito a la cantidad de material caducado y ya zampado con el que ha provisto desinteresadamente al tipo de la corbata y a su simpático compañero Gómez, que anteriormente había interpuesto su acento andaluz para convencer con mayor soltura mientras Rivera esperaba impertérrito bajo sus gafas de sol desplazando las moscas de su alrededor, para después obstaculizarlo en la redescubierta perspectiva trasera de la gitana que vende los geranios junto a los maíces con el preciado botín de altramuces que han estado manejando entre sus piernas mientras disfrutaban de las barcazas, los títeres y las niñas con escote. El altramuz que salta divertido de la boca de Gómez -tienes que apretar así, mira- y Gómez que, a pesar de la comprometida imitación con mirada de soslayo a Rivera, reincide torpemente en el desperdicio del alimento -¿de dónde carajo quieres que sea si no de mi pueblo?-. Y así sucesivamente Rivera va descartando las húmedas semillas en mal estado y Gómez, las malas y las buenas, sin descartes, las exprime goloso entre sus dientes para no cometer el estropicio de deslizarlas de nuevo hasta los municipales. Los goles del Madrid que murmuran el vuelo a las últimas gradas de pájaros, gallineros, les dicen, y despegan los hocicos de los enamorados para multiplicar la excitación de él y desencantar doblemente a ella, que imprimen conversación en las terrazas o sorbos decepcionados a la copa ya consumida en agua de hielo, el del acordeón que agota la penúltima chanson para beneplácito de los de Valderrama y Farina, que por fin pueden insinuar a los camareros mayor volumen para Radio Taxi y Rivera que quiere poner fin al maltrato de su oído y sugiere a Gómez que ha llegado el momento, levantándose para dejar un montículo de pellejos de anaranjada transparencia como banquete de las hormigas cabezonas, sacudiendo sus pantalones de todo tipo de partículas que nadie sabe de qué forma han llegado hasta allí, mirando sus piernas y abriéndolas descuidadamente en ese gesto ridículo pero inevitable de las sacudidas de pantalones y apartando con desgana a los negritos que se afanan en drogarles previo pago con una impertinencia propia del Retiro a esas horas, de marchar en la dirección ya conocida donde se sitúa el objeto preciado. Perdido el rastro de los negritos, también de Valderrama, Rivera aparta las ramas y penetra decidido entre los arbustos, atravesando picores y enganches durante metros y metros, arrastrando la camisa en tierra hasta alcanzar, seguido de Gómez, un ensanche en el túnel artificial bajo el macizo verde donde, limpio de hojas y bulbos, espera nítido y grandioso sobre el muro el botón de las cosas bien, en amplia y majestuosa complacencia. Rivera y Gómez rodean exhaustos el ansiado mecanismo, recuperándose del esfuerzo uno a cada lado, respirando con violencia el aire polvoriento del túnel, rajado por finas líneas de luz que vislumbran el polvo levantado por sus irrupciones en él, viviendo pacientes el momento crucial, el instante crítico en que Rivera despeja el pulgar de entre todos sus dedos y lo dirige amenazante al cipote que sobresale de la pared, pulsando gozoso y liberando satisfecho a la par de un solitario ya está.

Rediós, Rivera, vaya boca, deja ya la prosa y habla con dos cojones, ostias, sugiere Soares con impaciencia, Vaya boca la tuya, Soares, lo que pasa es que no consigues alcanzar el entendimiento que te permitiría poder aplicar mis ocultamente concretas divagaciones, si me permites que contradiga conceptos, tu escasez de palabras no es capaz de albergar una lógica discursiva, no eres capaz de deducir la verdad del mundo mediante una deducción silogista, Eres un maldito hijo de puta, Rivera, déjame en paz, quiero seguir eligiendo lo que me dé la gana ser, Pero los accidentes han de acompañarte para determinar tu ser, de lo contrario no lo conseguirás, Cállate, me duele la cabeza de oírte, no necesito la verdad, ni el entendimiento, ni la lógica, tengo hambre y frío y eso sí lo puedo deducir, el resto no me sirve para nada, ni a ti tampoco que andas hurgando en un bote de espárragos cuando no queda ni uno desde hace un rato; cállate ya y acércamelo que apure yo también.

Varios días de divagación han ocupado la cabeza de Soares en busca de una respuesta definitiva al gran dilema que se le ha ocasionado, pero sus quebraderos nada tienen que ver con la deducción de la lógica universal, ni con los silogismos aristotélicos, ni con la capacidad de razonamiento del ser humano, ni mucho menos, sino con el preocupante estado de perplejidad en que se sumergió su tía abuela tras recibir la noticia acerca del deprimente estado de los bolsillos de su sobrino. Soares amasa insistentemente la posibilidad de haber confundido el estado vital, pues quizás no se tropezó con la somnífera sobremesa de su tía abuela sino que se halló ante un cadáver removiendo manzanilla Pompadour, y así pasea por el corredor bajo el puente de Plaza España con las manos guardadas, sopesando de aquí allá, mareando a Gómez y a Rivera con su trajín, -¡que os jodan!-, hasta que su duda se torna decisión y Soares se encamina Ópera abajo en pos de una comprobación exacta y presencial en forma de tocamiento o similar al cuerpo de su última reminiscencia familiar. Automático esquivado tras pertinente espera, Soares duda escalón a escalón, la madera chirría infame, la barandilla sugiere pérfidamente, el ascensor clausurado y los vecinos inexistentes y/o anónimos insinúan situaciones honestamente indeseables, por lo que presta caso omiso a sus pensamientos futuros, siempre abstractos, sin prestar importancia al charco que nota en su cabeza, al goteo lánguido de fofa materia rellenado vericuetos craneales, pero sin poder evitar sentirse húmedo como si de una polución cerebral se tratara, para alcanzar la letra de su tía abuela y escurrir su nariz entre el hueco que separa la puerta del marco como parte del pávido intento de establecer sospechas olfativas. Soares colecciona valor en el cuello y empuja hasta penetrar en el salón, donde la butaca aún encara abstraída el vuelo de los pájaros sobre las azoteas de enfrente, la televisión soporta improperios de indigentes mentales, una señora borracha con el pelo quemado -cuando yo hablo el mundo me escucha- y el ciervo que conoce el dolor tras la esquina del marco tras el bocado del galgo tras el disparo del cazador y el cobarde de Soares que retrasa su cometido y entretiene su imaginación mediante complicadas muecas mandibulares en un intento en su infancia exitoso por aplicar parábola a su línea de visión y observar el rostro de su tía abuela desde su situación trasera, la cual no responde a los insistentes avisos de Soares -he llegado-, tal como siempre hacía por otra parte, así que tampoco este hecho permitía adentrarse en ninguna hipótesis. Así las cosas, Soares rodea lentamente la butaca hasta el frontispicio revelador compuesto de un cuerpo en posición sentado absolutamente tenso bajo el camisón negro, agarrando enérgicamente el posabrazos, mirada perdida y seca, párpados inexistentes y tez amarillenta de muerto antiguo.

Allá va el individuo Soares, quizá portugués pero de padre de toda la vida del barrio de Tetuán (cuya única herencia era el renombre del gran conquistador Jorge Soares Andrade), sabiéndose por una vez conquistador tras de vaciar nuevamente su cráneo de las malicias invocadas por la madera de los escalones, la barandilla y los vecinos del edificio de su tía abuela, atajando, dichoso y faldero, el camino de vuelta. En el pasadizo bajo la Plaza de España, Soares encuentra una vez más a Rivera, que farfulla abstracciones de manera casi catártica -lógica, redención, consecuencia, advenimiento, mediumnizar, arrobo-, exprimiendo vencido una naranja. Mientras Soares apura entretenido los accesos nerviosos de su compañero, sus antiguas tribulaciones se rinden indulgentes (en realidad ya lo habían hecho) al penoso comportamiento de Rivera y su entendimiento, recientemente aseado, abarca asombrosamente las nociones indefinidas, tolera la inconcrección y decide admitirla siempre y cuando se valga del pragmatismo que lleva implícita. Esto mismo piensa Soares, sin notar el lánguido goteo de crasa sustancia en su cabeza, y sintiéndose tan vacío como lleno ante su primera gran conquista.

Gómez, deja ya de manosear al ciervo, joder, ¿no ves que está sufriendo?, siéntate, Es mejor matarlo, Soares, y además es que los botones me dejan la espalda hecha un Cristo, Ve preparando las sábanas que por fin vamos a dormir, Impensable me parece lo que estoy viviendo, jamás lo imaginé viniendo de ti, gracias infinitas Soares, Cállate ya, Rivera, y busca en la cocina que por algún sitio habrá latas de pimientos morrones, espárragos blancos o berenjenas en vinagre; además, creo que la verdad del mundo se conserva en el frigorífico, ábrelo y verás, ¡Me cago en Dios! ¿y ésta quién es?, Es mi tía abuela, ¿Pero qué coño le has hecho?, Te aseguro que murió de muerte natural, ¿no estás harto de decir que todos nos dirigimos a la endemonia esa, Eudaimonia, Soares, A vivir bien, vamos, pues no he hecho más que ocupar con mi tendencia natural el espacio que ha abandonado la suya, ¿no te parece?, Cada día me sorprendes más Soares, Y yo, Rivera, y yo, pero, Gómez, ¿quieres dejar de una vez al puto ciervo?.

Al Final del Juego (seco, seco, seco, 2/06)

El crujido previo al estridente pitido del reloj despertador fue suficiente para desvelar a Basilio Martín, que nada más descubrir su brazo para aplacar el estruendo acústico sintió como el miedo le volvía dentro. La oscuridad de la estancia sobrevino tras el sobresalto y se instaló incómodamente en su retina, obligándole a recordar lo que había venido a hacer aquel día. El sueño, una efímera tregua para la ansiedad, ya no amparaba a Basilio, que respiraba de la realidad el oxígeno gastado de aquella habitación. A medida que regresaba a ella, cargaba fatalmente el peso de su conciencia, mientras sufría en silencio al advertir como la ansiedad retomaba lentamente la misma posición, aún dolorida, que ocupó la noche anterior. Incapaz de hacer nada para impedirlo, agarró enérgicamente la correa de la persiana y tiró hacia abajo para ver la luz que deseó redentora. Pero la luz no fue tal; el día era gélido y duro como uno más de Febrero y el amanecer tan áspero que el corazón de Basilio terminó por derrumbarse sobre la cama, aquejado de una fuerte angustia y derramándose de latidos.
El pantalón sobre la silla fue lo primero que quiso ver nada más levantarse de la cama. Inoportunamente frío, le sirvió como único abrigo en su obligado trayecto al baño. Ahora empezaba a recordar fatigosamente ciertos fragmentos del final de la noche, cuando la lluvia y la sangre empapaban su gabardina, las luces, el humo y el sudor preservaban cálidamente su culpa y el vodka interrumpía por último su sufrimiento. Las náuseas irrumpieron violentamente en mitad del pasillo y Basilio sólo pudo distanciar levemente las piernas y apoyar un brazo en la pared para facilitar la caída de sus vómitos. Acaso una consecuencia de sus actos más recientes que en absoluto le liberaba del sentimiento de culpabilidad.
Alcanzó por fin el cuarto de baño y buscó con la mirada la previsible posición del espejo, a la espera de encontrar en la rutina de su localización una cierta seguridad en la que asentar su maltrecho estado de ánimo. Pero, para su asombro, era capaz de distinguir la cuadratura de un espejo, su forma y su situación pero no lograba verse reflejado en él. Una toalla manchada de sangre colgada en la pared de enfrente sustituía la imagen de su rostro. Demasiado cansado como para madurar el hecho, Basilio desvió despreocupadamente su atención y, deseando tocar el agua caliente de la ducha, soltó el enganche de su cinturón para colocarse bajo el grifo. Previamente, comprobó la salida del líquido elemento que, tras unos segundos, aumentó la temperatura hasta alcanzar la que Basilio consideró adecuada para esa mañana, mucho más caliente de la que en otras ocasiones hubiera preferido. Bajo el grifo, dejando resbalar el agua por su frente y su pelo, que se agolpaba pegajoso hacia atrás, perdió la mirada entre los azulejos y su mente cabalgó sinuosa en busca de los recuerdos que más le satisfacían íntimamente: el tacto de su pelo, tan fino que lo sentía deshacerse entre las yemas de los dedos, la tez de su rostro, tersa y limpia como un cristal ardiente y blando a punto de explotar, el cuerpo de Valeria bajo las sábanas, caliente y delicado, rebelde y fascinante.
Evocaciones, todas estas, que pertenecían injustamente a Basilio. Tan hondamente instaladas ya estaban, tan robustamente asentadas en lo más profundo de su memoria se encontraban que ningún acontecimiento posterior, ningún acto real de Basilio, por injusto, cruel y repugnante que fuera, era impedimento alguno para que disfrutara silenciosamente de todas ellas bajo el agua hirviente de la ducha. Y esto iba a ser así por muy pegajoso que sintiera su pelo, por mucho que el espejo no se dignara a mostrar su miserable imagen, por mucho que su pantalón rayara alevosamente la congelación, por mucho que la luz volviera su brillo hacia otro lado y la oscuridad su penumbra hacia su pupila y por mucho que su despertador resonara de la manera más ruidosa y desagradable que estuviera a su alcance. Aunque todo esto fuera así, aunque alguna vez todos los elementos se confabularan para darnos merecidamente la espalda, aún tendríamos una última oportunidad para acariciar la felicidad en el deleite de nuestros recuerdos más placenteros. Ensoñaciones que hurtamos de la realidad pasada y nos las apropiamos, que somos inconscientemente capaces de agrupar sobre sensaciones primarias y disponer de ellas cuando la añoranza por su falta nos lo exija.
Así se encontraba Basilio bajo el agua: rebuscando entre sus recuerdos y rescatando todos aquellos que ni siquiera su terrible acto había podido borrar para ponerlos a salvo de su detractora conciencia. Disfrutando intemporalmente de ellos, pasaban ya veinte minutos desde la hora en que sonó el despertador y su brazo se soltó ágilmente para apagarlo. Por tanto, así eligió que transcurriese su tiempo, así encadenó sus actos y tal duración les concedió, sin calcular (en realidad nadie lo hace) que el momento exacto de su reinserción en la vida iba a ser uno concreto y no otro, sin especular con la posibilidad de demorar este acto o apresurar aquel otro con el fin de encajar su incorporación a la realidad en una situación que podría considerar más adecuada, sin prevenir, al fin y al cabo, que cada uno de sus movimientos inconscientes, cada segundo que atrasara la ejecución de ellos iba a ser decisivo para que el azar lo depositara irremediablemente en un escenario concreto que Basilio estaba eligiendo con el simple hecho de conceder un determinado tiempo a cada gesto maquinal de su conducta ya desde que sonara el despertador veinticinco minutos antes.
Basilio cerró el grifo y dejó de burlarse de su propia conciencia, incapaz de disimular la repulsa hacia su dueño. Aún mojado y convencido de no querer utilizar la toalla sangrienta, se apresuró a recoger sus pantalones del suelo encharcado y se los abrochó de la manera más correcta que su maltratado estado le permitía. Tras la ducha, la ansiedad se había mitigado ligeramente, lo que le suponía el despertar de una cierta lucidez mental. No había tiempo para mucho más, pensó, ya habrá ocasión de comer algo. El avión que Basilio tomaba para salirse cobardemente de su realidad despegaba en poco más de una hora, por lo que tomarse cualquier comodidad a estas alturas supondría un retraso que podría resultar fatalmente innecesario. Alertado por esta circunstancia, recorrió el apartamento, que cada vez le parecía más ajeno, en busca de algún abrigo que sustituyese satisfactoriamente a los suyos, ahora irreparablemente salpicados de sangre. En el armario principal no pudo encontrar nada que se asemejase a una vestimenta adecuada de caballero, por lo que acudió al armario del trastero de donde hurtó un jersey de lana de rombos verdes y un abrigo de piel especialmente anticuado aunque satisfactorio para su cometido. Antes de salir del apartamento, Basilio se detuvo frente al marco de la ventana y observó el exterior a través de la celosía: el patio de los apartamentos, en completo silencio, la amplia escalera de la derecha, el pequeño tramo de césped y la calle, absolutamente desierta a estas horas. Al otro lado de la calle, las luces de neón de algunos locales de alterne, en evidente mal estado, hacían temblar el color que portaban y sugerían a Basilio la visión momentánea de su propio corazón: rojo trémulo. Al fondo, los primeros edificios cercanos al mar, oscuros y silueteados por el amanecer. Un amanecer que esa mañana no cedió a la sugestiva belleza del color y prefirió mostrar su lado más áspero y grisáceo, para desazón de Basilio, que no recibió esa mañana ni un solo instante de placer que no surgiera de sí mismo.
Cerró la puerta cuidadosamente tras de sí y recorrió el tablado del porche lo más pegado a la pared que pudo, tratando de protegerse instintivamente en la tenue sombra que proporcionaba la techumbre. Con los ojos casi cerrados y encogido sobre si mismo, Basilio recorrió vacilante los metros que distaban de la escalera, con el objetivo, tan cercano ya, de encarar los dieciséis escalones que le separaban de la altura de la calle, llegar a ésta, andar unos veinte metros por la acera a la izquierda y alcanzar su coche que le llevaría al aeropuerto y éste a su destino de ansiada libertad. Pero la creciente duda que impedía su lucidez y agilidad habitual surgía de su retomada angustia y de su propia conciencia, harta de la cobardía de Basilio y ostentosamente molesta con el benévolo destino de su propio dueño. Pero lo cierto es que la necesidad de imponérsenos un castigo por un error siquiera perdonable surge irremediablemente de nosotros mismos, puesto que el azar, siempre tan injusto, casi nunca recuerda su obligación de juzgar, o quizás no es asunto suyo. Creer estar en lo cierto, aunque no sea así, nos puede librar de la reprobación; no creerlo, aunque se tenga razón, es causa segura de censura. Y puede que esto sea así porque tener razón también puede ser una cuestión de azar, de llegar al sitio justo en el momento adecuado y tener más información que aquel que ha tardado más que tú en la ducha o ha decidido hacer café antes de salir de casa. Es tan casual tener razón como lo es equivocarte, como aleatoria es nuestra propia existencia. Porque nuestro día a día está lleno de aleatoriedades, de infinitas cadenas de sucesos de entre las que sólo podemos engancharnos a una y nunca sabemos que habría sido de nosotros caso de haber tomado cualquier otro encadenamiento. Es vertiginoso darse cuenta de que el tiempo que empleamos en hacer algo está automáticamente descartando un considerable número de alternativas de vida más excitantes, pero también otras menos deseadas. Y es cansado y casi siempre inservible calcular el tiempo que invertimos en hacer o esquivar hacer algo (por eso mismo nadie lo hace), pretendiendo con ello acertar a engancharnos exactamente en la cadena que más nos conviene, a reinsertarnos en la realidad en el mejor de los instantes, ese que nos permite conocer a la mujer de nuestra vida, que nos consigue el trabajo que siempre habíamos deseado y que nos hace sortear por poco un accidente que bien podría haber sido mortal.
Basilio no era uno de esos hombres que sopesara la duración de sus movimientos, pero todos lo somos, y él no iba a ser menos, de los que comprobamos los efectos y las consecuencias de nuestras acciones sobre los demás. Asimismo, cada uno es capaz de otorgar una determinada trascendencia a sus propios actos, por lo que Basilio, terriblemente afectado por la carga de responsabilidad de los suyos, comenzó a sucumbir ante el peso de su conciencia y ante el punzante dolor que ésta le producía en el corazón. Sintiéndose débil y solo y cada vez más helado en el contrario amanecer de aquella mañana de Febrero, Basilio clavó sus rodillas en el suelo de madera y todo a su alrededor le pareció impreciso. Apoyó sus manos contra la pared y no supo si levantarse o permanecer en aquella posición de pertinaz sensación de vértigo. Tras un instante de detención recordó su avión, lo que le transfirió un ligero impulso de subsistencia. Retomó apurado la posición vertical y, aún mareado, inició el descenso de los dieciséis amplios escalones abrazando exageradamente la barandilla de acero. Su salvación estaba allí, a pie de calle, y el camino hacia su coche se le antojaba incluso escaso ahora que parecía haber vencido la acción de su conciencia, que ya se resignaba a su derrota sin recibir ni un solo argumento. Ni siquiera Basilio, sabedor de sus terribles acciones, era capaz de mantener lo contrario, ni siquiera él mantenía la impunidad de sus actos y, sin embargo, su castigo se demoraba o, más bien, quedaba irremediablemente en manos del azar.
Ya en el patio, avanzó hacia la verja que separaba el patio de la calle y su recorrido, a través de la suciedad y el desorden acostumbrado, le pareció más tortuoso que nunca. Ahora se sentía liberado de la responsabilidad de su cuidado; abandonaba aquel patio y aquel apartamento para siempre. Desde la verja, observó la calle, a derecha e izquierda: un barrendero a lo lejos, un grupo de pájaros en la arboleda y un lejano sonido de sirenas fue lo único que distinguió fugazmente Basilio, que se deslizó por la acera izquierda hacia su coche. Antes, se detuvo a observar desde fuera el apartamento de Valeria en la primera planta, ahora abandonado. Un conjunto de viviendas bien situado y moderadamente lujoso que se organizaba en torno a un patio común y era rodeado por una espesa vegetación, lo que le confería al conjunto una sensación de serenidad y armonía con la naturaleza que había convencido a Valeria desde el día que conocieron aquel sitio. Un apartamento diminuto, un patio desordenado, una calle de escaso tránsito, mugrientos bares con luces de neón y el olor salado del mar en el ambiente: recuerdos que llevarían adheridos para siempre la imagen de su amada Valeria: su rostro, su pelo, su cuerpo... Y fue el azar, indudablemente, el que había regalado a Basilio todas aquellas experiencias sin valorar sus méritos como destinatario. Cadenas de acontecimientos a los que se había asido instintivamente, años de intensa pasión y noches de excitante diversión junto a Valeria que la casualidad, junto a arbitrarias elecciones en su día a día, había querido relacionar con Basilio. La misma casualidad que le hacía desembocar en aquella mañana desoladora e incierta.
Abrió la puerta de su automóvil y se sentó aliviado frente al volante. Introdujo la llave y arrancó, presuroso de olvidar la tortura que le producía la visión directa de aquel inolvidable lugar. En el acto, liberó el freno de mano y su coche se movió obediente. Aún restaban cincuenta minutos para el despegue de su avión y el aeropuerto no estaba demasiado lejos. Basilio se alejaba por la calle sin un sentimiento definido en su conciencia: quizá expectación, quizá fracaso o siquiera cobardía. Tras varios metros recorridos en los que la atención empezaba a centrarse en el dial de la radio, recibió desprevenido una ensordecedora detonación a su espalda. Sobrecogido, se detuvo a un lado del pavimento y abrió la puerta para salir al exterior. De pie junto a su coche, observó las enormes llamas que, sin lugar a dudas, provenían del apartamento de Valeria. Algunas explosiones más, acompañadas de un abrasador fuego y humo negro, arrasaron casi por completo el grupo de viviendas en cuestión de segundos. Basilio regresó tembloroso a su coche queriendo tomar cuanto antes, y ya sin vacilaciones, el avión de su huida.
Sin duda, Basilio había vencido la necesidad de imponerse un castigo propio. Aunque supiera de su terrible acto y conociera sus consecuencias sobre Valeria, ningún preparativo conciente es capaz de calcular milimétricamente la duración de los actos de nadie. Nada más descubrir su brazo esa misma mañana en dirección al reloj despertador, Basilio se había enganchado arbitrariamente a la cadena de sucesos que le alejaba de su pasado cercano y de Valeria, la misma que le libraba fortuitamente del accidente mortal y le llevaba a una localización distinta donde retomaría la elección de otras alternativas de vida, y así sucesivamente. Porque, lo creamos o no, la casualidad posee entidad propia en nuestras vidas y nadie con más autoridad que ella decide el momento en el que debemos abandonar el juego del azar.

El Rapto de la Libélula (en construcción, desde 12/05)

Siempre he preferido el tedio de las tardes de verano a la agitación de una mañana laboral; a veces he deseado convertirme en astronauta o en un simple holograma celeste, pero lo cierto es que mi obsesión por el infinito no llegó hasta una de esas tardes en que la eternidad me pareció un lugar perentoriamente insoportable.
En casa de mi abuela incurrí en una especie de vértigo por la vida irresuelta. Allí todo es descuidadamente irresuelto, desde la colada hasta el paso del tiempo. Por eso dejé de ir, porque me cansé de fingir autocontrol como tampoco quise dejarme arrastrar por la tentación de un espacio sin límites. A esas latitudes de la vida, entre vecinas y tenderos, descubrí que nadie es consciente del final de las cosas o quizás, en su frenesí diario, no reparan en él. Todos necesitan una señal, una prueba palpable o un acontecimiento reseñable que lo evidencie. A pesar de su despreocupación, sospecho que anhelan esas separaciones virtuales en su día a día, como siempre las deseé yo, y las pretenden ansiosamente para facilitar sus vidas. Pero lo que no saben es que esas marcas existen y que pueden filtrarse y almacenarse en nuestra memoria en forma de recuerdos bien definidos.
El espacio exterior, mi universo propio de recuerdos, el insufrible calor, el tedio y la colada a medio hacer de mi abuela se conjugaron en una de esas tardes insoportables de verano para desviarme lateralmente del tránsito recto y anodino de mi existencia, permitiendo deslizarme hasta un entorno de extrema percepción, de anormal clarividencia, cuya experimentación, hoy día, he de calificar como de inmensamente provechosa.

* * * * *

Nada más doblar la esquina me golpeé con tal violencia en la frente que mis pies perdieron instantáneamente el control motriz de la mitad superior de mi cuerpo y resbalaron del cemento hacia delante, mis brazos se agitaron automáticamente en un conato desesperado por encontrar un apoyo que, tras no hallarlo, provocaron el desplome irremediable de todo mi cuerpo, con la subsiguiente sacudida contra la sólida superficie del pavimento. Aún en el suelo y dolorido no pude ocultar mi alegría desmedida. Mi exploración se desarrollaba vertiginosamente y por buen camino. No hice más que levantarme, palpar la previsible situación del codiciado obstáculo y etiquetar su situación con el nombre y la coordenada correcta del recuerdo que delimitaba. Una vez ultimado el trámite, continué satisfecho la búsqueda por la calle consecutiva.

Yo, Clifford (incidentes caninos, 4/05)

Todos los días Clifford sale a pasear con su paraguas y entretiene sus mañanas recorriendo su barrio. Vive con su familia en un área periférica de Dublín, alejado de los ruidos y la brusquedad de la gran ciudad. A Clifford le gusta observar el trabajo meticuloso de los vecinos de su barrio y se detiene junto a sus negocios, en la lonja o en la acera de la calle principal a contemplar divertido las inocentes discusiones entre algunos o los grotescos ademanes de violencia de otros desde una localización, en su opinión, privilegiada.
Clifford casi siempre pasa desapercibido, y eso es lo que le gusta de su barrio, pero no así su paraguas, del que no puede decirse lo mismo precisamente. A Clifford le gustaría que nadie molestase a su paraguas y que lo dejaran en paz para así poder disfrutar festivamente de su compañía. Los niños de su edad se ríen de Clifford porque no sabe pasar una sola mañana sin su paraguas. Ningún niño lleva un paraguas a no ser que llueva y eso lo sabe Clifford, pero no comprende por qué no puede llevar un paraguas al mercado o al colegio en cualquier otro día del año sin necesidad de que coincida con un cielo nublado. Estos niños tratan de arrebatarle diariamente el paraguas a Clifford e insisten en sus burlas ante la precaria defensa de Clifford, queriendo que Clifford acuda al colegio solamente con su mochila, tal como hacen todos. Clifford, sin embargo, no necesita una mochila porque sabe que dentro de ninguna mochila cabe su preciado paraguas.
Los adultos nunca intentar quitar su paraguas a Clifford, pero, de nuevo en su opinión, lo miran mal. A Clifford le parece ver como los adultos murmuran a su paso, pero como habitualmente gusta de pasar desapercibido, Clifford no presta atención a tales cuchicheos y prosigue radiante su recorrido diario.
En su casa, en el 17 de Oak St., ven corriente esta actitud de Clifford. En su familia, todos tienen un paraguas: su padre, su madre y hasta su hermano mayor. Todos, excepto su abuela. El padre de Clifford trata de explicar a Clifford por qué esto es así. Demasiado vieja, quizás, como para pensar en paraguas. En su infancia nunca tuvo un paraguas y tuvo que habituarse a crecer sin él. Como Clifford no sabe desacostumbrarse del suyo, no comprende muy bien esta actitud de su abuela. Aún así, trata de ser comprensivo y paciente con ella que a veces no controla sus malas palabras hacia Clifford y el resto de la familia, a los que juzga por tener un paraguas propio. La abuela de Clifford, sin embargo, es especialmente cruel con Clifford porque Clifford acostumbra a acompañarse de su paraguas en sus paseos matutinos. El resto de su familia no saca su paraguas de casa, a veces ni cuando llueve, y esto es más del gusto de la abuela de Clifford, que se muestra algo más displicente con ellos.
Las recomendaciones del padre de Clifford se limitan a los domingos: esos días Clifford no debe completar su itinerario con la visita al centro de reunión de aquellos que prefieren acompañarse de otros objetos en vez de un paraguas y que murmuran al paso de Clifford y cuyos hijos tratan de despojarle de su paraguas. El padre de Clifford no deja que su hijo dude de esos otros objetos ni de su valiosa utilidad como acompañantes como tampoco permite que su hijo sea malintencionado con aquellos que sí parecen serlo con él. Clifford, a su edad, no entiende los razonamientos de su padre pero obedece sin discusión, manteniendo en secreto una cierta curiosidad o morbo inocente por este lugar “prohibido”.
Así las cosas, la vida de Clifford acontece relativamente serena. Aunque le gustaría que todos llevaran un paraguas como él, entiende que esto no hay razón absoluta para que esto sea así. Cada uno debe elegir, piensa Clifford indulgente, si quiere o no llevar un paraguas. Como Clifford recapacita de tal forma, no sabe por qué los demás niños y los demás adultos no cavilan en el mismo sentido y por qué no respetan su decisión de llevar su paraguas por la calle, insultándole de la misma manera que lo hace su propia abuela. Pese a todo, Clifford intenta ser respetuoso y nunca perder la compostura ante tales provocaciones.
A Clifford le encanta disfrutar de las mañanas soleadas en su barrio, tan tranquilo y silencioso como cualquier otro barrio periférico de Dublín. Le gusta observar el trajín del mercado y le divierte la cotidiana contemplación de las discusiones airadas entre los vecinos siempre, eso sí, acompañado por su paraguas.
En la mañana de uno de esos domingos de mes, a Clifford le sorprende una repentina tormenta casi al final de su periódico paseo, y no puede hacer otra cosa que abrir por fin su paraguas para evitar mojarse el pelo, lo que acarrearía un catarro más que asegurado de producirse tal accidente. Allí mismo, delante del centro de reunión, Clifford está detenido con su paraguas ampulosamente abierto, concentrado en pensamientos dubitativos. Su duda estriba en si hace bien plantándose frente a aquel lugar, objeto de las advertencias de su padre, pero satisface al tiempo su curiosidad por las enormes puertas de madera.
Clifford no sabe cuanto tiempo estuvo así inmóvil. En un momento dado, las puertas ceden al empuje interior y Clifford observa como la gente se sorprende de la lluvia y maldice su falta de previsión meteorológica. Clifford sólo sabe que se asusta cuando muchos de los que de allí salen aprovechan el contorno protector de su paraguas para resguardarse junto a él. A Clifford no le gusta en exceso la idea pero no pone pegas a lo que sucede, tal como le aconseja su padre. Sin embargo, todo comienza a torcerse cuando Clifford ya no es capaz de controlar a todos los que, sin medida ya, se sitúan bajo su paraguas. Clifford se está mojando y su paraguas se rompe por uno de los lados. Ninguno de ellos, pese a ver que el paraguas de Clifford se rompe, ceja en su empeño de mantenerse a resguardo. Así, compiten absurdamente por una mejor posición bajo la tela del paraguas sin reparar en que, sin duda, sus alterados movimientos desguarnecen aún más sus cuerpos cuya suma total jamás encajará en el único paraguas que pretenden poseer. Entre discusiones y aspavientos, que a Clifford no le divierten tanto como los que diariamente suceden en el mercado, los ocupantes empiezan a odiarse silenciosamente, ansiando todo el resto del paraguas, y a odiar aún más a Clifford que aún sostiene atónito y estremecido el mango de su paraguas. Clifford, desacostumbrado a tales actitudes, y empezando a temer por su integridad, abandona resignado su puesto bajo su paraguas y recorre bajo la lluvia el camino de vuelta a casa.
Cuenta Clifford que lo que más le molestó de aquel día no fue haber perdido su paraguas, ni siquiera llegar a casa con el pelo empapado y tener que mantener tres días de cama por un catarro monstruoso. Cuenta que lo que más le molestó de aquel día fue no haber podido disfrutar de su paseo diario.

Exaltaciones (pleno impulso pueril, 3/05)

Sucedió en la planta textil del edificio principal, sección “Oportunidades”, entre abultados cajones desordenadamente apurados por medias de todo a cien y bragas de encaje marrón cuya contemplación, más que provocar irreprimibles pensamientos libidinosos (como así, pienso yo, debiera ser), inducía al desfallecimiento inmediato de cualquier ánima lasciva y hasta, por si fuera poco y para rematar, destemplanza en más de un señor de frágil salud que hubo de ser rápidamente atendido para desasosiego de transeúntes. Ocurrió entre cartones de oferta llamativamente coloreados y azarosamente repartidos por el espacio visible, y aún invisible, luz cenital de gastada fluorescencia, trajín de señoras entradas en años y en carnes, con los brazos en alto, sopesando la caída de futuras compras sobre sus enormes cuerpos, entre improperios lanzados al vacío por inconformidad a ejercer de acompañante, perchas malgastadas y cortinas de probador mal echadas, entre mírame, cómo me queda esto y entre un educado yo lo veo bien y cierto es que me aprieta de aquí con repaso disconforme al espejo. Fue allí, en definitiva, en condiciones frontalmente adversas para la sorpresa y, menos aún, para lo indecoroso, donde vi a esa mujer por primera y única vez.
Antes de proseguir, les diré que a mis ojos se trataba de una mujer, como les acabo de indicar, pero no quisiera establecer esta apreciación personalísima como definitiva para evitar inexactitud en mi narración. Su semblante, su actitud y hasta su proceder me hicieron, y me hacen aún hoy, inclinarme hacia esta sólida conclusión. Sin embargo, en mi recuerdo, cada día más vago e impalpable, su belleza roza lo pueril en su concepción por lo que no debería negarme a reconocer, ante argumentos de peso, que quizás fuese una niña. Apuntado este dato, creo erradicar los motivos de alarma que podrían crecer en todo lector ingenuo o, en el otro extremo, suspicaz, a la hora de atribuirme tentaciones carnales impropias de mi edad. Y es posible que así sea pero, sean cuales sean sus apreciaciones, deban saber que, tras lo que a continuación les narro, mi vida nunca volvió a ser la misma.
Con la mirada al vacío, absorto en la inconcreción de la espera y el aburrimiento, un fugaz magnetismo sorprendió mi descubierta sensibilidad. Dos pasillos más allá se reunió todo el hipnotismo de la sensualidad femenina para volcar alevosamente su ferocidad sobre mi presencia desatenta. Mis ojos, los primeros en reaccionar, abandonaron sobresaltados la monotonía de tejidos para buscar el origen de aquel impulso seductor, percibiendo vagamente, tras un colgador de abrigos, una grácil figura de mujer, un delicioso cabello rubio, de sutil vuelo y ligera ondulación, y una mirada de tan sugerente contemplación que un simple atisbo se convirtió en un instante grandioso, en el que mi mente repasó histérica hasta el rincón más oculto de su memoria en busca de parámetros en los que circunscribir una belleza tan exquisita y delicada para, tras regresar agotada y sin éxito, sucumbir perdidamente a los encantos silenciosos de la fascinación visual. Absorto, pálido y doliente, como describiría Neruda, fui sujetándome sobre las viejas perchas de la inconsciencia que en torno a mi empezaban a dar vueltas, tratando de acercarme al foco de aquella extraordinaria tentación. Así, progresé torpemente hacia mi ilusión con la exaltación evidente ante un deseo de cercana satisfacción, con la seguridad de merecer su posesión y con la necesidad palmaria de hacerla mía. Tal era mi codiciosa ansiedad, tal mi desatado desvarío, que me precipité absurdamente en mi subconsciente, con el subsiguiente golpe contra el suelo. Mi derrumbamiento, físico y moral, hubo de pasar tan desapercibido a mi alrededor que, al levantarme, entre cajones de bragas y medias, volvía a no quedar ni rastro de aquella sensualidad. Y esto sucedió fielmente así y exactamente hasta aquí, perpetuando mi incredulidad por las bajas pasiones y mi costumbre a fracasar ante la despiadada realidad. Por esta razón, desde aquel día memorable, no dejo de preguntarme si aún hoy sigo siendo un hombre o si por fin puedo considerarme un niño.

El joven Guillermo (las manos guardadas, 2/05)

Una tarde como tantas las lámparas se encendían cálidamente en la mansión. Aún no brillaban en blanco: su tenue claridad iba invadiendo mágicamente los colores del lujo -púrpura de un lado, ocre de otro, turquesa por momentos, blanco eterno-, equivocando estados, descomponiendo asombrosamente los cuerpos, del sólido al lumínico. En una efímera impresión el incorpóreo fluido impregnó de serenidad cada rincón de la admirable estancia, pero para cuando el blanco lucía orgulloso el monopolio de la noche –justo cuando los colores dejan de ser auténticos, cuando engañan a los sentidos; justo cuando no permiten adivinar las más secretas pasiones del aire y ni siquiera sus emociones más elementales se dejan traslucir -, justo en ese momento, decía, cuando el blanco sustantivo y el blanco adjetivo convergen diametralmente para suprimir cualquier intento de hallar sinónimo a este color si no es el de perfección, ya no había vuelta atrás. La inquietud ya acompañaba el recorrido de sus Majestades por los pasillos, la impaciencia ya perseguía la carrera de los sirvientes, la habitual tristeza calma ya invadía la fugaz serenidad del joven Guillermo.
Porque no pudo morir de pena, Guillermo aprendió a convivir en una honda desilusión que exteriorizaba como falsa entereza. Demasiado joven como para explicar en palabras las razones que motivaron su profundo desconsuelo, el pequeño príncipe cargaba el peso de su desdicha sobre sí mismo, lo que le acarreaba una existencia lastimosa. Deambulaba tristemente por las amplias estancias, con las manos guardadas, apareciendo allí donde no se le esperaba, lento y silencioso aunque aparentando normalidad. Por eso el rey y la reina apenas repararon en la actitud indolente del heredero, por eso el resto de ocupantes de la fastuosa residencia jamás se imaginaron la trágica noche que les esperaba.
Una noche que, para los reyes, había de ser tan perfecta como el blanco de sus lámparas. Por ese motivo, arengaban a sus siervos para que cada objeto estuviera en su lugar correcto, exigían a sus mayordomos los mejores movimientos protocolarios, las actitudes anfitrionas más adecuadas, corregían cada gesto de sus súbditos para que nada desentonara en el momento justo. De ellos mismos no se esperaba menos puesto que de ello dependía su grandeza.
Bien entrada la noche, la fiesta ya estaba en su esplendor. Desde lo alto de la escalera de caracol, en la primera planta, se observaba una ostentosa turba de vestidos que acariciaban ondulantes la amplia alfombra rosada con la frecuencia que marcaba el vals más pomposo que pueda imaginarse. Frente a la orquesta, en el amplio salón iluminado, una tertulia de levitas negras obstaculizaba el paso de los inquietos niños de camino a la mesa de licores y canapés. Los reyes paseaban orgullosos entre sus invitados, saludando con su mejor cortesía. Los criados cuidaban de que a nadie le faltara de nada, y todo, por ahora, estaba en su sitio.
Hasta entonces nadie había reparado en la ausencia del pequeño príncipe Guillermo (siempre había sido así, pensaba el heredero). Tras una hojeada furtiva a la fiesta, volvió para tumbarse en su alcoba y repasar algunos fragmentos de “Las Flores del Mal”. Trató de oler las últimas partículas de serenidad que la tarde expandió suavemente por el noble escenario de su horrible trama, pero la cercanía de su miedo lo había arrastrado ya prácticamente todo. La hipocresía, la mentira y el desengaño eran olores para los que la nariz de Guillermo ya estaba acostumbrada, pero en estos instantes decisivos penetraban tan intensamente hasta su frente que no le dejaban sino expirar odio. Un odio procedente de la herida más dolorosa de su alma, esa que arrebataba la libertad y le privaba de su verdadero amor. Su rencor, pues, irrumpió tan decidido que recuperó de golpe la desdicha de Guillermo y le ayudó a no vacilar en el momento en el que tuvo que empujar la lámpara de aceite sobre la sedosa cortina. Las llamas alcanzaron velozmente el techo de la habitación y el tapiz de las paredes, expulsando un humo negro y demoledor. Cercano a su final, puede que Guillermo lo comprendiera todo, puede que, temeroso, aceptara su obligación como heredero, puede que, apiadado de sí mismo, incluso clamara una última oportunidad para ser feliz. Pero sólo son conjeturas porque, sea como fuere, ni él mismo quiso prestarse demasiada atención y a estas alturas, mientras esperaba, tan solo quiso escuchar su propia voz, trémula, recitando la poesía de Baudelaire:
El demonio se agita a mi lado sin cesar;
flota a mi alrededor cual aire impalpable;
lo respiro, siento como quema mi pulmón
y lo llena de un deseo eterno y culpable.

Licor de Goma Azul (nube de navidad, 12/04)

Siempre fui Mauricio Calvo, pero desde mi primer día en esta oficina me hice llamar Mauri para no revelarme como el funcionario mediocre y lleno de inseguridades que alguna vez fui y que tanto odiaba. Mi amigo Blascino convino enchufarme en su propia compañía de electrodomésticos como director adjunto y, pese a no saber exactamente qué esencial labor aporté para el funcionamiento de la empresa, las consecuencias negativas de tan molesta ocupación (muy dignamente remunerada, bien es cierto) aparecieron visiblemente desde el principio, hasta el punto de hacerme recordar los aspectos más crueles de mi infancia. Jamás conseguí establecer autoridad de manera productiva ni tan siquiera hacerme respetar por los demás, por lo que mi supervivencia en cualquier grupo social establecido estaría siempre condenada al fracaso. Así las cosas, nunca esperé que mi nuevo escenario de trabajo fuera a ser una excepción.

Ahora en la distancia sé que la vida de un oficinista en su oficina no difería mucho de la idea prejuiciosa que tenía sobre cómo era la vida de un oficinista en su oficina. Por eso puede que le sorprenda que aún presagiando los efectos de mi decisión sobre mi débil autoestima decidiera ocupar el puesto al que me refiero. Pues bien, he de confesarle que la única razón que me movió a tal desenlace fue la de disponer de total libertad para usar el teléfono. Y no se trataba, como espero no se suponga, de una perversión sexual, tampoco de ninguna necesidad consumista compulsiva. Nada de eso. Contra toda hipótesis, se trataba de amor. Amor, AMOR, con mayúsculas, amor, de tan sincero, nítido y diáfano, casi traslúcido. Así es como se trazaba por entonces en mi corazón. Y no se alarme, pero para proyectar ese sentimiento necesitaba el teléfono cerca de mí. Nuestro amor viajaba eléctrico desde mi oficina hacia su extensión de telefonista, porque ella era telefonista. Olga se llamaba, por cierto. Ah, que ya lo sabe, claro. Pues eso, no supe encontrar otro punto de íntimo encuentro mejor que éste y de ahí los motivos de mi condición laboral.

Sin embargo, a pesar de la nube de euforia, pasión y enfermedad en la que aquel amor me tenía suspendido, comprometerme a dirigir a un grupo de cuarenta y dos empleados (todos adultos) supuso para mi autoestima el hundimiento definitivo, por no ahondar en mi frágil estado de ánimo y en otros aspectos de mi personalidad que, para no extraer conclusiones precipitadas, preferiría seguir dejando en manos de los individuos excelsos en la materia que desde hace algún tiempo ya sabe usted que me tratan. La nube, al menos, impedía que tocara fondo. La bruma lograba disimular la parte más cruda de mi vida y de mis difíciles relaciones con los demás, entre las que las mujeres ocupaban una parte especialmente espinosa. Hasta entonces no había logrado jamás cimentar un entendimiento consecuente con ninguna de ellas. Si quiere que le sea franco, hablar con una mujer suponía para mí toda una aventura. Y si me hablaba ella a mí, ya era todo un acontecimiento. Y bueno, lo de que me enamoraba fácilmente, eso lo dice usted. Quizás fueron cinco o seis veces, o siete. ¿Se refiere usted a Sara? No, no, entre Sara y yo nunca hubo atracción, quiero decir que ella no despertaba en mí ningún interés sexual. Por eso, nunca entendí su reacción cuando vislumbró que lo único que yo pretendía con ella era adivinarla silenciosamente bajo las sábanas, en la semioscuridad, mientras acariciaba su pelo, tan suave, y sus orejas y sus pómulos, tan delicados, durante toda la noche, en una satisfacción que yo creía tan para mí como para ella. No obstante, después de aquella nuestra primera noche juntos me fue prácticamente imposible localizarla. Así, nunca llegué a saber hasta qué punto le satisfacían nuestros encuentros.

El caso de Olga no fue uno más, no, por Dios. Con ella todo era distinto, ya puede usted suponerse. Su voz, nuestro amor, la nube, eran emociones nuevas para mí que se trenzaron para atenuar el angustioso día a día en la oficina.


Bien, antes yo había sido frutero, algo parecido a barrendero (no quisiera tener que darle más señas), casi fui jardinero y creo que nunca llegué a ser vendedor. La verdad, mi currículum laboral es bastante triste no por variedad aunque sí por beneficio personal. Ya le digo que los trabajos básicos nunca se me han dado bien. Por eso, contacté con mi único amigo de la infancia, Blascino García, pez gordo de las finanzas que hacía años que no veía, e intenté penetrar por la vía rápida en la estirpe empresarial. No le fue difícil ayudarme y pronto inicié mis primeros acercamientos en pequeñas empresas donde, en definitiva, ejercí más o menos que de becario, puesto que mi incompetencia me relegaba las semanas previas al despido a un lamentable trajín de cafés y visitas a la fotocopiadora con tal de mantenerme alejado de los ordenadores. Pese a todo, Blascino conseguía de nuevo reintegrarme en otra compañía al uso con la esperanza de que tarde o temprano encontrara una ocupación que se amoldara mejor a mis exiguas capacidades. La lógica actuó por su cuenta y fue descartando metódicamente aquellos trabajos que requerían la supervisión de un superior, por lo que mi amigo Blascino quedó en situarme como jefe de alguna sección en su propia empresa.
-Mauricio, ¡qué hostias!, lo mejor para todos será que no tengas a nadie por encima... en un puesto sin excesiva responsabilidad –me sugirió Blascino-.
-Eso me duele, Blascino...

Acostumbrado a la poca consideración de los demás, Blascino no iba a ser menos, me rendí a la evidencia: yo era un trabajador lamentable y no podría trabajar en nada si no era mediante un flagrante enchufe. Y así fue como accedí al cargo de director adjunto de la sección de ventas para el Departamento de marketing en su empresa de batidoras, aspiradoras, lavadoras y tostadoras, conocida como BALT.

Yo nunca había tocado la rama de los electrodomésticos y, por decirlo de otra manera, no tenía ni puñetera idea de electrodomésticos. Pero desde que pisé el suelo enmoquetado de esta oficina mi inexperiencia no mereció la más mínima paciencia por parte de los cuarenta y dos empleados que tenía a mi cargo. Muy pronto se dieron cuenta de mis evidentes carencias no ya en el sector marketing sino sobre todo en mi rol autoritario y, como tampoco tenía muy clara la dirección de mi trabajo, supuse que sospecharían la verdadera causa de mi nombramiento como director adjunto. Al poco tiempo empezaron a llamarme jocosamente y sin pudor alguno tal como rezaba la placa de la puerta de mi oficina: señor Calvo. Por si fuera poco, algún gracioso añadió el determinante “un” precediendo a mi nombre y un “es” delante de director adjunto, por lo que el resultado final no era otro que “Un Señor Calvo es Director Adjunto”. A pesar de que mi coronilla no parecía propensa a la calvicie, las burlas, que ya de por sí eran evidentes cada vez que salía de mi oficina, aumentaron ante mi insistencia de que me llamaran Mauri, como ya dije, en un ingenuo intento por enterrar mi anterior vida como Mauricio Calvo.

Mi tentativa de integración resultó, como siempre, un fracaso, así que decidí obviar las risas, que aún en mi presencia eran cada vez más festivas, y procuré relacionarme lo menos posible con mis empleados. Digamos que tiré la toalla. Usted dirá que excesivamente pronto y sin oponer resistencia, pero mi experiencia, créame, me aconsejaba tomar aquella determinación sin vacilaciones. El resto del Departamento, le decía, mesas con ordenadores, se organizaba alrededor de mi oficina, la única estancia con paredes de ladrillo, donde hacía venir a mis empleados individualmente en el caso de que necesitara algo de ellos. Por esto, mi estancia en el interior de este habitáculo de unos veinte metros cuadrados fue haciéndose más cómoda y rutinaria a medida que me acostumbraba a estas cuatro paredes entre las que pretendía conservar en secreto el amor de mi vida.


Llegados a este punto, es innegable que aún debo detallarle los pormenores de mi relación con Olga. Antes de todo, quisiera dejar claro que cualquier aspiración por su parte de examinarlo desde un punto de vista racional sencillamente carece de sentido puesto que ni yo mismo logro encontrárselo. En cuanto a mí se refiere, las cuestiones de amor no requieren raciocinio, sólo comprensión. Ruego, pues, olvide sus prejuicios y atienda a mi historia intentando comprometerse humildemente con ella, ¿de acuerdo?

Pues bien, Blascino nunca supo que la auténtica causa por la que yo busqué sutil pero concienzudamente un trabajo como superior era mi amor por una telefonista. No quiero con esto decir que fingiera mi incompetencia, no podría convencer de esto nadie que me hubiera visto en plena acción. Digamos que exageré un poco, aunque sé que muchos no podrían encontrar la diferencia, para lograr un trabajo que me permitiese llamar por teléfono con total libertad. Aparte de esto, sepa que el amor me golpeó inesperadamente mucho antes, mientras aún ejercía en la anterior empresa. Aún tenía reciente una tormentosa relación con una camarera del Burger King de la que tampoco he sabido nada más y mi corazón latía entre escombros. Sentía cada pálpito como una llamada de afecto, así que solo tuve que ponerle voz y soporte telefónico; él ya hablaba por mí. Una tarde de fiesta laboral me deslicé hasta la oficina de mi jefe y empecé a tontear con su teléfono. Me estimulaba burlar una prohibición, y más aún sopesar la idea de poder hablar con una mujer desde el anonimato. Pero, por favor, no crea que pensaba en un teléfono erótico, nunca me di a esa clase de inmundicias. Agarré por azar uno de los números apuntados con letra grande en el corcho de “Proveedores habituales” y lo marqué nerviosamente. Decía: Cadena de Hoteles NH Madrid.
- Hola, Buenas tardes. Le atiende Olga. ¿En qué podemos ayudarle? –una voz dulce, fue lo que primero me llamó la atención-.
- Buenos días... Verá... estoy en Madrid... buscaba... un hotel... con clase. Usted ya me entiende... –estaba muy nervioso, compréndame-.
- Está bien. Dígame su plan.
- ¿¡Mi plan!? –aquí reaccioné desorientado. Imagínese-.
- Sí, hombre. Si es para negocios, descanso, algo turístico o simplemente un lujo -hubo un momento de silencio-. No se asuste, no le estoy preguntando si va usted a llevar a alguna chica ni nada por el estilo.
- ...Pues pregúntemelo –fue lo mejor que se me ocurrió: su voz me atraía y sin duda debía tratarla con atrevimiento y seguridad, aunque esto nunca se me dio muy bien, como usted ya sabe-.
- Señor, no es ese mi trabajo. Yo estoy aquí para facilitarle información no para inmiscuirme en asuntos personales –aunque era una respuesta previsible no supe qué contestar, siempre fui un hombre de pocos recursos-.
- ¿Y le pagan bien por facilitar información? –menuda estupidez, ¿qué intentaba con esto?, ¿ve usted por qué no se me da bien hablar con mujeres?-.
- Mire, señor. Me está haciendo perder el tiempo y hay una cola de clientes detrás de usted. Si no le importa...
- Vale, vale. Lo siento. Es para... negocios –tuve que rectificar e involucrarme para dotar de credibilidad a mi llamada-.
- Muy bien. ¿Cuánto tiene pensado gastarse?
- Pues no sé, depende. ¿Cuánto cree usted que merece la pena gastarse? –bueno, esa no estuvo mal, ¿no cree? Esto era muy excitante-.
- Vamos a ver, según para lo que quiera utilizar la habitación.
- Ya le he dicho que para negocios.
- Muy bien... a ver... uno de nuestros hoteles más solicitados, el NH Tantas Eurotel, en pleno centro de Madrid, tiene un precio medio de 250 € la habitación doble y 470 € la suite. Le hablo sin IVA.
- ¿Pero qué me dice señorita? ¿No le parece un poco caro? –quizás parecí demasiado implicado, ¡como si fuera a pagarlo!, por cierto, ¡menuda voz!-.
- Verá, señor. Yo no pongo los precios.
- Al menos tendrá de todo, ¿no?
- Dispone de gimnasio, sauna, sala de fiestas, piscina exterior y, por supuesto, televisión en la habitación, aire acondicionado, calefacción, restaurante y parking. Además de terraza y jardín.
- Hombre, no está mal. Pero es que lo que yo quería era una habitación individual, no quiero una doble y mucho menos una suite –la cuestión era alargar la conversación, ¿entiende? ¡pero qué voz tan maravillosa! No puede imaginárselo-.
- Las habitaciones que llamamos dobles pueden ser individuales, solo que tendrá que dormir en una cama doble.
- Ya, pero es que yo quiero una cama de noventa para mí solo.
- Ya, pero es que esta clase de hoteles que usted pide no dispone de camas individuales de noventa. ¿Es que no lo entiende?
- Es que me es imposible dormir solo en una cama tan grande. Es superior a mí –vale, puede que mi lado maniático no sea el más apropiado para una conversación en la que trato de resultar agradable-.
- ¡Pues búsquese a alguien que le acompañe o vaya a otro hotel más barato o quédese en su casa y así dormirá en su cama de siempre! -¡no me lo creía!, alterada me atraía aún más-.
- Sí, bueno, pero entonces para qué estoy buscando una habitación de hotel ¿eh?, ¿para qué? –entonces me sentía más cómodo-.
- ¡Y yo qué sé! Usted dijo que para negocios pero yo ya no sé lo que quiere...
- Verá... Es que... le mentí. Ni siquiera es para negocios –ahora es el momento de la verdad..., ¿cree que no? -.
- ¿Ah no? Entonces para qué, a ver, explíquese –pues un poco tarde, porque aquí ya me lancé-.
- Pues la verdad es que estaba algo aburrido aquí en la oficina y encontré su número por aquí y ya ve, la llamé para charlar un rato con alguna chica. Pero es que he quedado gratamente impresionado con su voz y pensaba que quizás no le importaría que quedásemos para vernos –reconozco que no sonó muy convincente y además bastante tópico-.
- Gracias. Buenos días... –y colgó bruscamente el teléfono-.

Así que usted opina que me precipité en nuestro primer contacto, ¿no es así? Ah, ya, bueno. Pero ya no hay vuelta atrás. Puede que me cegara el ímpetu, no lo sé. Esta fue y será para siempre nuestra primera conversación. De todas formas, mis esperanzas no cejaron aquí como usted comprenderá. Pasaron los días y me encontré con el despido en la mano sin haber encontrado otro momento para llamar a Olga. Por el momento, su recuerdo me alimentaba durante el tiempo en que no tenía trabajo. Su recuerdo y el finiquito, bien es verdad. En aquel tiempo, recuerdo que la esperanza de un nuevo amor fue desarrollándose dentro de mí como si fuera una infección. Una vez crecida con el avance de los días, pretendía amarrarla junto a mi corazón para que no me abandonara y amordazarla incluso contra su voluntad para que no me distrajera con sus absurdas precauciones. Aspiraba a sentirla tan dentro de mi ser, tan profunda, que a todos les pareciera ínsita. Callada, la esperanza de amor me acariciaba desde dentro todos los días. Si hasta me erizo, fíjese. Desde este primer encuentro se convirtió en una obsesión, pero en una obsesión inevitable, como todas las obsesiones. Sin proponérmelo, Olga era ahora el eje de mi vida. Fue entonces cuando apareció Blascino y todo lo demás que usted ya conoce. Aparecí pues en el mismo punto en que usted y yo nos encontramos ahora y con este teléfono en la mano. Entonces podía utilizarlo a mi antojo y fue lo que hice ya desde el primer día de trabajo. Como creo que nuestra primera impresión fue muy buena, dejando aparte consideraciones suyas personales, entendí que no debía restarle más tiempo de su trabajo y citarla para vernos en alguna cafetería. Había llegado el momento de conocernos.
- Buenos días. Le atiende Vanesa, ¿en qué podemos ayudarle? –No era Olga, así que le colgué-.
- Hola, Buenos días. Soy Olga, ¿en qué podemos ayudarle?.
- Pues verá... buscaba una habitación para este fin de semana –es que tenía poca capacidad de movimientos tratándose de un trabajo tan concreto como el suyo. Aún así, volver a escuchar su voz fue una sensación extraordinaria-.
- Dígame las características que prefiere.
- Estaría dispuesto a dejárselas elegir a usted -¿fui demasiado lanzado? Es que ya venía preparado-.
- ... –tras un momento de duda- Verá, preferiría que no. Debe decidir usted –No sabía si aquel era el mejor camino, pero es que tampoco se me ocurría otro. ¡Era una voz tan suave, Dios mío!-.
- ¿A usted le gustan los hoteles céntricos o con vistas al campo?
- ¿Qué más le da eso?
- Hombre, pues es importante. Tenía pensado disfrutarla con usted.
- ¿Pero es idiota...?
- Olga, por favor, es que estoy completamente enamorado de usted desde la última vez que hablamos.
- Pero ¿qué dice?, si no me conoce...
- Pero tu voz me basta... Tienes la voz más encantadora que haya escuchado nunca. Verás, desde hace tiempo mi amor por ti es el estímulo de mi vida. Y puede que esta no sea la manera más adecuada de conocernos, por eso quisiera que nos viéramos.
- ...Mire, no sé lo que pretende pero aquí tenemos el número desde el que llama, quiero decir que sabemos de dónde nos llama. Como llame a la policía se le va a caer el pelo, así que deje de hacerlo, ¿de acuerdo? Adiós y buenos días.

Tampoco entendí muy claramente sus palabras antes de colgar porque a estas alturas yo sólo escuchaba su voz, hermosa, cálida y limpia. El amor se estaba apoderando de mí a pasos agigantados. Sentía que mis sentidos, mi entendimiento y mi cuerpo obedecían únicamente a los designios verbales de una sola voz que, para mi desgracia, aún no me pertenecía. Mi voz, en extensión, fue convirtiéndose en la triste espectadora de la dependencia moral y sentimental de todo el resto de mi yo, que cada vez era menos mío. Sin embargo, me representaba provisionalmente, ya que debía prolongarse a través de la línea telefónica como la única parte de mí que por el momento conocía Olga. Quizás por eso, ella, la voz, se tornó más hueca, más fría conmigo, como disconforme con lo que ocurría, como prediciendo malos augurios. Sin atender a estas señales, varios días después me dispuse a contactar con Olga por tercera vez.
- Hola, Buenos días. Mi nombre es Vanesa, ¿en qué podemos ayudarle? –Vaya. Le colgué-.
- Hola, Buenos días. Le atiende Esther, ¿qué podría hacer por usted? –Colgué otra vez, qué raro-.
- Hola, Buenos días. Le atiende Vanesa, ¿en qué podemos ayudarle? –¿Otra vez? Pensé en volver a colgar pero creí que lo mejor sería que le preguntase por Olga-.
- Pues... podría ponerme con Olga.
- ¿Olga? Ya no trabaja aquí.
- ¡Qué dice señorita! Hace tres días hablé con ella y no me comentó nada.
- Pues no sé.
- ¿Y no podría darme el teléfono personal o decirme cómo contactar con ella? –aquello se me iba de las manos, además me empezó una tos infernal-.
- No sabría decirle. Hable con Personal. Le doy el número... ¡menudo resfriado tiene usted!
No podía creerlo. Tenía que hablar con ella. Necesitaba oírla. ¡Dios mío, no se imagina hasta qué punto lo necesitaba! Todo mi cuerpo temblaba, pero tenía que mantener la calma, aún no estaba todo perdido.
- Departamento de Personal de NH Hoteles, dígame.
- Disculpe... estoy algo nervioso... Verá... Buscaba a Olga, una chica que trabajaba como telefonista para su compañía. Me han dicho que la despidieron hace poco.
- Sí, señor, así es, ayer mismo. Digamos que cumplió su contrato y no la renovamos.
- Está bien, pero ¿no podría darme su teléfono personal? Es que no consigo localizarla y es urgente.
- No podría, no.
- O aunque sea el de su casa o su dirección. Por favor, ya le he dicho que es urgente.
- Ya comprendo, pero es que aquí no pedimos esos datos a nuestro personal. No tenemos teléfonos ni direcciones de las chicas que contratamos.
- Pero ¡qué dice!... Entonces ¿qué datos tiene de ella?
- Datos que no podemos darle como su número de afiliación a la Seguridad Social, su Cuenta Bancaria o su DNI. Lo siento...

Colgué. No sabría calibrar mi estado de nervios. Además, no paraba de toser. Empujé mi silla hacia atrás y me levanté. Todo me daba vueltas, las paredes de mi oficina ondulaban. La moqueta verde se había encrespado irremediablemente. Tanto, que notaba que sus pelos arañaban incluso a través de la suela de mis zapatos. Me acerqué como pude a mi sillón de cuero negro, mi preferido para las reflexiones, confiando en que me transmitiera algo de serenidad en aquellos momentos. Me senté en él y agarré mi bola azul de goma que durante tanto tiempo había acompañado mis mañanas de tedio. La lanzaba una y otra vez contra el suelo, de manera que rebotara en la pared y volviera a mis manos en un ejercicio simple pero que se volvió tan necesario como mi amor por Olga. En aquel momento, sólo me senté y simplemente esperé.

Esperé tanto que ni siquiera sé si pensaba, quizás me quedé dormido. Todo lo veía demasiado espeso y además los ruidos desde fuera me llegaban más sordos, o puede que ni me llegaran. La voz de Olga retumbaba en mis pensamientos como mi bola de goma azul en las paredes de la oficina. Entreabrí la puerta para comprobar que todo estaba en su perfecto orden, pero no fue así. El resto del departamento estaba vacío. Tan sólo quedaban las mesas, los ordenadores, las papeleras. De mis empleados, ni rastro. Una ojeada al reloj de pared del fondo me ayudó a comprender lo que ocurría: el horario laboral se había consumado mientras yo aún no salía de mi estupor.

Me aproximé a las mesas de mis empleados. En la más cercana había papeles por todos lados. Casi todos de trabajo pero algunos eran caricaturas y dibujos infantiles con el señor Calvo como protagonista. Recorrí la estancia, más amplia de lo que me la imaginaba. Entonces ya había poca luz, la noche estaba al caer y creo que fuera llovía. El aspecto general no era muy acogedor. La moqueta no era verde, como en mi oficina, sino gris. Un gris parecido al de las paredes que, por si fuera poco, estaban repletas de tablones de anuncios. Los ojeé por un momento. Recortes de periódicos, entre los que había noticias importantes en la historia de la empresa y fotografías de Blascino junto a Florentino Pérez o en la fachada de BALT o en la puerta de Alcalá. Había también numerosas notitas donde se recordaba un quehacer o una obligación. No faltaban los anuncios en contra del consumo de tabaco, múltiples “se busca” y más aún “se ofrece” y fotos originales de mis empleados con sus familias. Además, un calendario laboral reinaba en el centro del espacio de corcho. Los días pasados, tachados, los días futuros y que se esperaban con insistencia, rodeados. En fin, lo que es un tablón de anuncios y que usted habrá visto muchísimas veces. Pues bien, como ya empezaba a estar cansado decidí irme a casa ajeno por completo a que la manera de encontrar a Olga se encontraba en ese mismo tablón.

El día siguiente amaneció diferente, quiero decir diferente a los últimos días. Entonces, enfrentaba cada situación cotidiana sin el aliciente del amor o, más bien, con el temor a perderlo para siempre. Levantarme de la cama me desencantaba, el traje de chaqueta me vestía de desilusión, mi madre me hacía desayunar decepción y el coche me llevaba a la amargura del trabajo, donde sólo leer el periódico me hacía padecer un sufrimiento impropio de un acto tan inofensivo.

Pero fueron mi oficina, la moqueta verde, mi sillón negro y mi bola de goma azul los espectadores matutinos de mi alumbramiento. Claro, eso era, un anuncio en el periódico del mercado laboral que Olga seguramente leería si procuraba encontrar trabajo ahora que la habían despedido. Un “Se busca secretaria para un oficinista en conflicto afectivo. Imprescindible experiencia como telefonista o similar, voz exquisita y buena presencia” era el señuelo perfecto. Un mensaje claro pero dotado de cierta ambigüedad, eso era lo que buscaba. Como además imaginé que a Blascino no le parecería mal mi idea, invertí un dinero importante en que al día siguiente mi anuncio predominara en la sección “Se Busca” del periódico de mercado laboral. Lo demás, ya sólo era cuestión de tiempo.

Dos días de interminable espera desembocaron en un tercero repleto de entrevistas. Quizás el mensaje encriptado no era tan evidente como para establecer una selección prematura y un montón de señoritas esperaban desconfiadas a que les fuera dando entrada en mi oficina. Y digo desconfiadas porque algunos de mis empleados, entre ellos Óscar, no cejaban en su empeño por molestarme y, durante la espera, las atosigaban con sandeces sobre mis intenciones. Que si yo lo que buscaba era una querida, que si a mí no me gustaban las rubias de bote, que si yo era un lunático. Ya sabe. El caso es que consiguió evitarme algunas entrevistas innecesarias, porque varias chicas, las más inseguras eso sí, abandonaron su turno y volvieron a sus casas. Como a buen seguro Olga no se encontraría entre ellas, permití a estos tipos que continuaran con su labor que a fin de cuentas cumplía el cometido contrario al que pretendían.

Pues eso le decía, las entrevistas, se sucedían en mi oficina cada vez a mayor ritmo. Imagínese: yo permanecí sentado en mi sillón negro, golpeando mi bola de goma azul contra la pared, mientras la chica en cuestión entraba y se sentaba a mi espalda. Sólo abría la boca para pronunciar la primera palabra y era descartaba inmediatamente de ser la propietaria de la voz de mi amor telefónico. Por educación, la dejaba decir su nombre y su anterior ocupación, pero cuando iniciaba una frase que a mi entender vislumbraba una conversación más o menos larga, la interrumpía con cualquier disparate que se me ocurría. No, no quiera que se los reproduzca. Compréndame, mi objetivo no era encontrar a una secretaria, sino encontrar a Olga con ese mismo pretexto.

Como ya digo, las chicas fueron entrando durante casi dos horas, tiempo en el que el desengaño iba deslizándose por toda mi oficina. Sin mi permiso, recorrió rebelde cada recoveco de la estancia, acabando con cualquier vestigio de energía vital. No quiera ver el aspecto en que quedaron las plantas que estaban ahí mismo, detrás de usted. No me pregunte cómo, pero arrancó el brillo y el color a todos los objetos de mi oficina. La moqueta fue quizás la que más sufrió esos efectos: su verde dinámico fue desapareciendo progresivamente en el momento en que el desengaño rozaba cada uno de sus pelos. El gris final de todo me recordó peligrosamente al aspecto del resto del departamento. Una excepción: mi bola de goma azul seguía siendo azul, sin duda en un acto consolador que no disipó todas mis esperanzas. Cuando llegó a mí, ya totalmente embriagado de color, el desengaño se transformó en sobresalto, lo que me recordó que hacía rato que las aspirantes a secretaria habían dejado de entrar. Me acerqué a mi puerta y, sin abrirla, ojeé el exterior a través de los resquicios de la celosía que cubría el vidrio para comprobar que no quedaba ninguna rezagada.

Y entonces ocurrió, la vi. Olga estaba fuera. No esperando para entrar sino hablando con Óscar, uno de los más impertinentes y atrevidos de mis empleados. No se crea, señor, que mi corazón dio un vuelco. Ya, que cómo sabía que era ella sin oírla hablar. Y es cierto, pero no lo sé. Sólo sé que volvió la nube, ¿se acuerda? Toda la habitación recobró su color normal como en un acto mecánico. La moqueta volvió a ser verde, no como el que usted ve ahora. La madera volvió a ser color madera, el metal, color metal, ¿entiende? Eso sí, las plantas no recobraron su verdor, también es verdad que nunca las regué. La bola de goma azul, ahora un azul más intenso, rebotaba trémula contra la pared haciéndome pensar seriamente que había adoptado parte de la borrachera de color del anterior desengaño. Pero el caso es que sin escuchar su voz tenía la certeza de que era Olga, por eso la nube de amor volvió a instalarme en las alturas. Aún así, tenía que hablar con ella para certificar lo que yo ya daba por seguro. Lo único que me intrigaba era la razón de que ella estuviera allí si su intención no era que yo la entrevistara.


Sí, señor, pues Olga era una mujer, para mí, preciosa. No era muy alta, eso sí, pero ¿a quién le importa eso? Su hermoso pelo, negro brillante, hacía justicia al corte de su rostro, tan afilado que parecía predispuesto a satisfacer a los demás antes que a ella misma. Largos y atrevidos, sus cabellos burlaban las modas y, en un gesto imperdonablemente sensual, Olga los retiraba hábilmente hacia atrás, valiéndose de sus orejas para apoyar su acción. Este movimiento, que tal vez pueda pasar desapercibido para usted, para mí acababa siendo de un deleite desaforado. Pero no era lo único: yo gozaba con cada caída de sus ojos, con cada pestañear. Durante milésimas de segundo, el tiempo se aplacaba mientras sus párpados iniciaban ampulosos el recorrido descendente en el que iban ocultando sin remedio dos pupilas dolorosas de tan azules que fijaban su mirada al infinito más lejano, si es que existe mente capaz de imaginar ese lugar. Sus labios brotaban divertidos de su boca, tan rosados y tiernos que, sin dudarlo, harían las delicias de cualquier hombre, y dibujaban un gesto tan dulce como inquieto. Su delicada piel, sus tiernas manos, sus pechos, qué decir de sus pechos. El espacio, sinuoso, de uno solo de sus senos amenazaba a la matemática perfecta y despejaba una curva tan perfecta que la Grecia clásica al completo hubiera llorado de rabia por no haber hallado la fórmula correcta de la redondez. Sus piernas... pero por favor, no me obligue a describírsela por más tiempo. Creo que es suficiente para lo que usted necesita. A usted debiera interesarle el momento en que ella entra en mi oficina, ¿no es cierto?


Animada incomprensiblemente por su hermano Óscar, que había venido a buscar -¿se acuerda de Óscar?-, Olga entró en mi oficina dispuesta a utilizar sus mejores armas y a quedarse el trabajo. Ni tan siquiera hizo falta, como ya supondrá. Nada más verla acercarse, corrí a situarme justo en mi sillón negro y a lanzar de nuevo mi bola de goma azul contra la pared, intentando permanecer sereno y disimular mi estado de ansiedad y de perplejidad. Se me escapaban los motivos para merecer tanta suerte. Así que como ya digo, decidí contratarla como secretaria personal aunque, eso sí, ocultándole mi identidad y, lo que me resultaba aún más difícil, mis sentimientos hacia ella. Desde aquel momento, quería aplicarme minuciosamente para no dejar escapar lo que durante tanto tiempo deseé.

Fuera de mi oficina, aunque lo más cerca posible a ella, le facilité una mesa, un ordenador y un teléfono que aparentaban ser un rincón de trabajo. Trabajo que, imaginará, era inexistente, puesto que si ni yo sabía mi responsabilidad –ya señalé que nunca tuve clara mi labor esencial, aparte de firmar algunos papeles y, eso sí, jugar con mi bola de goma azul- no sé cómo iba a encontrarle quehacer a ella. Y así fue como transcurrieron los días, entre la excitación que me producía la euforia de tenerla tan cerca y la nube que emanaba de mi amor. Y ella, entre la lógica incertidumbre de no hallar faena, la curiosidad por lo extraño de mi figura y, como no, la compasión ante las burlas del Departamento, acentuadas en ella por su hermano Óscar, que no iba a ser precisamente una baza a mi favor. Fue entonces cuando no tuve más remedio que preocuparme por la imagen que pudiera estar formándose de mí, y entendí que no podría desarrollar aprecio por una persona que cada día era objeto de broma por parte de sus empleados y que, por si fuera poco, no hacía nada por evitarlo. Pero es que, entiéndame, me era imposible intercambiar una sola palabra con ella sin que el nerviosismo de apoderara de mí. Una breve conversación con ella, un simple cara a cara se convertía en toda una odisea. Aún recordaba aquellos días, no muy lejanos, en que nuestras charlas fluían serenamente a través de la línea telefónica. Así, añorando recuperar aquella comodidad, barajé todas las posibilidades que tenía a mi alcance. Primero descarté la idea de salir de mi oficina –nunca lo hacía en horario laboral por las razones ya apuntadas-, también la de comunicarnos a través de la línea interna puesto que lo que yo decía resonaba en su altavoz y por tanto era audible por los demás. Por último, hacerla venir a mi oficina permanecía como la única opción posible, aunque ya sabía que no debía alargar nuestros encuentros en demasía si no quería llamar la atención del resto de empleados.
-Buenos días, señor Calvo. ¿Qué quería?
-Mauri, por favor...
-Disculpe.
-No se preocupe. Verá... –y aquí empezaban los nervios- verá... tendría que tener para ya mismo el inventario de los artículos requeridos para consumo interno y la curva de oferta de Dipa 97 del mes pasado.
-Sí, señor. Inmediatamente -¡qué ojos tenía, madre mía! ¡Si usted la hubiera visto con camisa y corbata!-.
-Pero por favor...
-Dígame.
-Llámeme Mauri.

Y no era capaz de nada más. Tal como le cuento pasaron semanas sin atreverme a iniciar con ella una conversación algo más personal. ¡Pero no sabe que semanas!, nunca había sufrido así de amor. Me arañaba por dentro cada vez que tragaba saliva. Siempre la veía allí, desde detrás de mi puerta, sentada en su silla, escribiendo y haciendo tareas que me figuro ella misma se iría buscando. Y así se me pasaban las horas, observándola sin que ella se percatara, analizando cada detalle de su rostro, cada mirada, cada gesto de su boca, cada movimiento, en fin, de su hermoso ser.

En esta tesitura, día tras día y contra todo pronóstico, fue asimilando el sufrimiento con tanta naturalidad que éste dejó de arañarme. Y no sólo eso: sin que me diera cuenta avanzó discretamente a través de la nube y traspasó la línea de la felicidad, siempre tan imperceptible. Paralelamente, aprendí a no necesitar más de ella que su presencia, una vez que la barrera del silencio solidificó entre nosotros. Era feliz amando desentendidamente sin necesidad de comprobar que el amor era recíproco, sólo imaginándomelo. Sí, como lo oye. Eso me llenaba y por eso lo acepté como el mayor regalo del mundo. Verla aparecer todos los días en mi oficina para desearme los buenos días, fijarme en su peinado y en su vestuario y poder saborear posteriormente el rastro de su arrebatador perfume una vez me abandonaba, eran el motivo por el que cada día, al despertar, apartaba las sábanas de una enérgica patada y penetraba en otra vida, donde mi corbata llevaba escrita la ilusión en la etiqueta, donde mi madre me alimentaba de fantasía y donde mi coche me transportaba hasta un sueño, mi oficina, donde sólo leer el periódico me otorgaba una vitalidad tan exagerada como impropia de un acto tan apático.

A pesar de descubrir la cumbre de la felicidad, sepa que el descenso de la ladera opuesta se inició poco tiempo después de los hechos que le acabo de relatar. Nunca he querido ser consciente de que mi vértigo a la vida se acentúa, lógicamente, cuando asciendo a estas delirantes y siempre quiméricas alturas. Puede que a usted le sorprenda la velocidad con que sucede todo en mi mente, puede que no otorgue credibilidad a mis sentimientos si aplica las medidas de tiempo vital que usted acostumbre a usar o esté habituado a ver, y, en definitiva, es posible que si olvida comprometerse con mi narración, como ya le dije, y pretende valerse de su raciocinio para dotar de clarividencia a este asunto, considero natural que mi sentir más recóndito no encaje en su prejuicio valorativo.

Finalmente, esta es mi versión de lo ocurrido ese mismo día. Espero que sepa valorar mis esfuerzos por detallar con la mayor exactitud posible el fondo de mis percepciones y con la mayor claridad los hechos que sucedieron.

En algún momento de la tarde del fatídico día, mientras observaba a Olga desde mi puerta, examiné con mayor detenimiento uno de los papeles de su mesa sobre el que trabajaba. En un primer momento, reparé en que efectivamente su contenido no era textual, pero no otorgué mayor importancia. Pasado algún tiempo, Óscar se acercó a su hermana y, tras una grotesca risotada acompañada de varios gestos groseros, le arrebató el dibujo –ahora sí lo pude ver- para enseñarlo a los demás. Todos reían, y Olga, más aún. Para continuar con el circo, Óscar trasladó el dibujo a una ubicación sin lugar a dudas más visible: el tablón de anuncios. Allí, la caricatura obra de Olga, fue objeto de improperios escritos por cada uno de los que pasaban. Al mismo tiempo, recibía el impacto de una heterogénea lluvia de objetos que por un momento me pareció más copiosa que la que tenía lugar en el exterior.

En medio de la rabia, llamé a Olga a través de la línea interna y la hice venir a mi oficina acompañada por su hermano. No le quepa la menor duda de que mi intención primera era la de despedir a dos empleados, hasta aquí lo recuerdo con precisión. Pero es curioso que cuando el viejo desengaño volvió a aparecer me forzó a entregarme a la inconsciencia. Esta vez, no sólo se había impregnado de todos los colores de la oficina, también me arrebató encolerizado el nerviosismo, la nube, mi sillón negro, el periódico del día, mi bola de goma azul y, para siempre, y contra mi voluntad, mi único amor. Entonces, advertí que estaba mucho más ebrio que en su última aparición, así que, una vez acabó lo que yo interpreté como un incontrolado acto de rencor en aquel pequeño espacio, no pude sino abrirle la puerta para que expandiera su agresivo radio de acción y me desentendí de él. Entonces, recuerdo que volví a mi asiento y encendí la radio que tenía sobre la mesa. Sonaba “Last Night I Dreamt That Somebody Love Me” (Anoche soñé que alguien me amaba), una canción de los Smiths, ¿la conoce? Sin duda, es una de mis preferidas. Cuando dejó de sonar la orquesta, abandoné silencioso mi posición, cogí mi chaqueta y, sabiéndome por fin a salvo de las risas de mis empleados, inicié la travesía por el desierto de moqueta gris que me esperaba fuera en dirección a la puerta de salida. Serían las ocho y diez de la tarde y sepa que fuera hacía una tarde de perros.


* * *


Vamos a ver, su nombre es Mauricio Calvo, tiene treinta y cuatro años, es usted soltero y su última ocupación conocida es la de director adjunto de la sección de ventas dentro el Departamento de marketing de BALT. Hasta aquí correcto. Ahora, cuénteme el resto.

Pero el informe policial que usted mismo leyó delante del juez demuestra mi inocencia. Además, coincide fielmente con lo ocurrido así que no creo que deba añadir nada más, señor inspector...De acuerdo, pero haga para mí un esfuerzo por recordarlo todo desde el principio, desde que llegó a esta oficina. Lo importante ahora es encontrar a estos dos chicos, a Olga y a Óscar. Por eso estamos aquí.

El acto tercero (teclado catalán, 8/04)

El acto tercero (y último) fue un auténtico fracaso. No se conocía una interpretación tan deficiente de Darío Coguelo en el papel de Sebastián Palos, el poeta romántico de Benicarló, desde sus inicios en aquel teatrillo de pueblo en el que comenzó su tarea de actor. El público, en su mayoría ignorante de la técnica actoral, valoró tal como otras tardes la labor de Coguelo: con una ovación esplendorosa y realmente sentida (si ambos términos no redundan). Sin embargo, Darío, durante los abrazos finales con sus compañeros de reparto, sabía que entre aquel estruendo de palmadas, silbidos y bravos había una mujer que conocía las razones por las que aquel tercer acto había supuesto un auténtico fracaso interpretativo. Él no podía verla, pero sabía que estaba allí, la sentía, percibía aquella mirada de tristeza y reproche maquillada por la sonrisa y la complacencia de quien no desea descubrirse ante una gran masa eufórica.

Tras los varios minutos de ruidoso premio, la nostalgia se apoderó sin reparos de Darío nada más cruzar la puerta que daba acceso a los camerinos. En realidad, el momento exacto de los primeros síntomas fue durante el citado tercer acto, justo en el momento en el que Sebastián Palos, el poeta romántico de Benicarló, abandonaba por propia iniciativa la verdadera vocación de su vida, la poesía, para entregarse por completo al estudio de los viajes a través del tiempo mediante la superación de la velocidad de la luz en una interpretación literalísima de la teoría de la relatividad de Einstein. La pronunciación del vocablo velocidad en rima consonante con creatividad acabó por distraer a Darío de su actuación, convirtiendo su papel de Sebastián Palos en un sinfín de miradas perdidas y de búsquedas fugaces e inútiles entre el público. Distracción que para los expertos teatrales presentes en la sala diluyó la intensidad que se presuponía al apoteósico final de la obra, en el que Sebastián Palos terminaba suicidándose al no poder soportar el peso de tantos e incansables años perdidos en tan difícil fin, con la única recompensa temporal de 0,002 segundos de retroceso en su reloj vital.

Pero, como decía, fue rodeado de ropa de época y enhorabuenas en el trasero del escenario, cuando Darío se descubrió ajeno a su vida, como si aún se encontrara con la piel de Sebastián Palos, como si (como él) fuera ficticio. Así, sentado, apoyando la cabeza sobre sus manos, permaneció el tiempo que tardaba en despejarse su alrededor, y entonces encontró acomodo de nuevo en la realidad, en un tropiezo mental inconsciente. Mientras rellenaba la maleta con sus cosas, convino que la naciente nostalgia le iba a acompañar toda su vida, por lo que debía encontrarle utilidad cuanto antes. De camino a la salida, saboreó con escepticismo las penúltimas posibilidades de su decisión y cuando cerró la puerta a su espalda, el golpe sonó tan trémulo que le terminó de convencer de que nunca más volvería a ver a aquella mujer.

Una actriz (y un final contemporáneo) (tardes en gris, 10/03)

Ella inventó su vida. Elaboró cuidadosamente su espacio: matizó sentimientos, corrigió necesidades. Creó un mundo para sí misma, azul, acorde a su movimiento, en el que cabían vibración y error, pero no imprevisto, ni sorpresa. Nada repentino o casual. Nada al azar.

Invirtió un tercio de su vida en escapar del desierto y de las interferencias, además de en probar modelos que fueran perfeccionando su realidad. Ahora, una realidad densa, salada, ideal. Fruto de los demás y de sí misma. Resultado del desorden y la frivolidad. Consecuencia de la decepción y el equilibrio, del “me da igual” y del “un poco de todo”. El final, todo suyo, para ella, único. Penúltimo y ancho.

Él, último, pensaba en vano. Pensaba. La solución: convencerse o su contraria. Incapaz de imaginar su vida tal como debiese: convenciéndose. Dudaba, de todo, del color. ¿Naranja contemporáneo? Quizás renunciar a sus deseos. Obvio. Se preguntaba por la compatibilidad total, por la perfecta unión de los tonos en un final brillante. Pero no tenía respuesta. Durante el proceso prefería mantenerse al margen en un acto de cobardía imperdonable. No se sabía elegido para terminar una lista. Confiaba en su suerte, en la pintura de trazos gruesos e irremediablemente en las heroínas de sus sueños.Mucho tiempo después, yo, espectador, tuve la ocasión de contemplar la fantasía, el perfecto equilibrio de colores y debo reconocer que jamás he vuelto a percibir una vibración tan grave. El desengaño se había vuelto plenitud, la pasividad era entonces explosión. La claridad dejó de existir: el domingo dejó de ser para ella y él encontró acomodo casi rozándose con la madrugada del lunes. Las letras encontraron un nuevo rumbo y todo lo anteriormente dividido era progresivamente sustituido por papel, y el papel, inconsciente testigo del deleite de dos. Yo, espectador de excepción, comprobé un final inalcanzable y perfecto. Y admito que deseé empezar de nuevo, desde ellos, solo una vez. Porque, después de todo, el gris no permite corrección, por eso aún hoy sigo envidiando sus dibujos.