Siempre fui Mauricio Calvo, pero desde mi primer día en esta oficina me hice llamar Mauri para no revelarme como el funcionario mediocre y lleno de inseguridades que alguna vez fui y que tanto odiaba. Mi amigo Blascino convino enchufarme en su propia compañía de electrodomésticos como director adjunto y, pese a no saber exactamente qué esencial labor aporté para el funcionamiento de la empresa, las consecuencias negativas de tan molesta ocupación (muy dignamente remunerada, bien es cierto) aparecieron visiblemente desde el principio, hasta el punto de hacerme recordar los aspectos más crueles de mi infancia. Jamás conseguí establecer autoridad de manera productiva ni tan siquiera hacerme respetar por los demás, por lo que mi supervivencia en cualquier grupo social establecido estaría siempre condenada al fracaso. Así las cosas, nunca esperé que mi nuevo escenario de trabajo fuera a ser una excepción.
Ahora en la distancia sé que la vida de un oficinista en su oficina no difería mucho de la idea prejuiciosa que tenía sobre cómo era la vida de un oficinista en su oficina. Por eso puede que le sorprenda que aún presagiando los efectos de mi decisión sobre mi débil autoestima decidiera ocupar el puesto al que me refiero. Pues bien, he de confesarle que la única razón que me movió a tal desenlace fue la de disponer de total libertad para usar el teléfono. Y no se trataba, como espero no se suponga, de una perversión sexual, tampoco de ninguna necesidad consumista compulsiva. Nada de eso. Contra toda hipótesis, se trataba de amor. Amor, AMOR, con mayúsculas, amor, de tan sincero, nítido y diáfano, casi traslúcido. Así es como se trazaba por entonces en mi corazón. Y no se alarme, pero para proyectar ese sentimiento necesitaba el teléfono cerca de mí. Nuestro amor viajaba eléctrico desde mi oficina hacia su extensión de telefonista, porque ella era telefonista. Olga se llamaba, por cierto. Ah, que ya lo sabe, claro. Pues eso, no supe encontrar otro punto de íntimo encuentro mejor que éste y de ahí los motivos de mi condición laboral.
Sin embargo, a pesar de la nube de euforia, pasión y enfermedad en la que aquel amor me tenía suspendido, comprometerme a dirigir a un grupo de cuarenta y dos empleados (todos adultos) supuso para mi autoestima el hundimiento definitivo, por no ahondar en mi frágil estado de ánimo y en otros aspectos de mi personalidad que, para no extraer conclusiones precipitadas, preferiría seguir dejando en manos de los individuos excelsos en la materia que desde hace algún tiempo ya sabe usted que me tratan. La nube, al menos, impedía que tocara fondo. La bruma lograba disimular la parte más cruda de mi vida y de mis difíciles relaciones con los demás, entre las que las mujeres ocupaban una parte especialmente espinosa. Hasta entonces no había logrado jamás cimentar un entendimiento consecuente con ninguna de ellas. Si quiere que le sea franco, hablar con una mujer suponía para mí toda una aventura. Y si me hablaba ella a mí, ya era todo un acontecimiento. Y bueno, lo de que me enamoraba fácilmente, eso lo dice usted. Quizás fueron cinco o seis veces, o siete. ¿Se refiere usted a Sara? No, no, entre Sara y yo nunca hubo atracción, quiero decir que ella no despertaba en mí ningún interés sexual. Por eso, nunca entendí su reacción cuando vislumbró que lo único que yo pretendía con ella era adivinarla silenciosamente bajo las sábanas, en la semioscuridad, mientras acariciaba su pelo, tan suave, y sus orejas y sus pómulos, tan delicados, durante toda la noche, en una satisfacción que yo creía tan para mí como para ella. No obstante, después de aquella nuestra primera noche juntos me fue prácticamente imposible localizarla. Así, nunca llegué a saber hasta qué punto le satisfacían nuestros encuentros.
El caso de Olga no fue uno más, no, por Dios. Con ella todo era distinto, ya puede usted suponerse. Su voz, nuestro amor, la nube, eran emociones nuevas para mí que se trenzaron para atenuar el angustioso día a día en la oficina.
Bien, antes yo había sido frutero, algo parecido a barrendero (no quisiera tener que darle más señas), casi fui jardinero y creo que nunca llegué a ser vendedor. La verdad, mi currículum laboral es bastante triste no por variedad aunque sí por beneficio personal. Ya le digo que los trabajos básicos nunca se me han dado bien. Por eso, contacté con mi único amigo de la infancia, Blascino García, pez gordo de las finanzas que hacía años que no veía, e intenté penetrar por la vía rápida en la estirpe empresarial. No le fue difícil ayudarme y pronto inicié mis primeros acercamientos en pequeñas empresas donde, en definitiva, ejercí más o menos que de becario, puesto que mi incompetencia me relegaba las semanas previas al despido a un lamentable trajín de cafés y visitas a la fotocopiadora con tal de mantenerme alejado de los ordenadores. Pese a todo, Blascino conseguía de nuevo reintegrarme en otra compañía al uso con la esperanza de que tarde o temprano encontrara una ocupación que se amoldara mejor a mis exiguas capacidades. La lógica actuó por su cuenta y fue descartando metódicamente aquellos trabajos que requerían la supervisión de un superior, por lo que mi amigo Blascino quedó en situarme como jefe de alguna sección en su propia empresa.
-Mauricio, ¡qué hostias!, lo mejor para todos será que no tengas a nadie por encima... en un puesto sin excesiva responsabilidad –me sugirió Blascino-.
-Eso me duele, Blascino...
Acostumbrado a la poca consideración de los demás, Blascino no iba a ser menos, me rendí a la evidencia: yo era un trabajador lamentable y no podría trabajar en nada si no era mediante un flagrante enchufe. Y así fue como accedí al cargo de director adjunto de la sección de ventas para el Departamento de marketing en su empresa de batidoras, aspiradoras, lavadoras y tostadoras, conocida como BALT.
Yo nunca había tocado la rama de los electrodomésticos y, por decirlo de otra manera, no tenía ni puñetera idea de electrodomésticos. Pero desde que pisé el suelo enmoquetado de esta oficina mi inexperiencia no mereció la más mínima paciencia por parte de los cuarenta y dos empleados que tenía a mi cargo. Muy pronto se dieron cuenta de mis evidentes carencias no ya en el sector marketing sino sobre todo en mi rol autoritario y, como tampoco tenía muy clara la dirección de mi trabajo, supuse que sospecharían la verdadera causa de mi nombramiento como director adjunto. Al poco tiempo empezaron a llamarme jocosamente y sin pudor alguno tal como rezaba la placa de la puerta de mi oficina: señor Calvo. Por si fuera poco, algún gracioso añadió el determinante “un” precediendo a mi nombre y un “es” delante de director adjunto, por lo que el resultado final no era otro que “Un Señor Calvo es Director Adjunto”. A pesar de que mi coronilla no parecía propensa a la calvicie, las burlas, que ya de por sí eran evidentes cada vez que salía de mi oficina, aumentaron ante mi insistencia de que me llamaran Mauri, como ya dije, en un ingenuo intento por enterrar mi anterior vida como Mauricio Calvo.
Mi tentativa de integración resultó, como siempre, un fracaso, así que decidí obviar las risas, que aún en mi presencia eran cada vez más festivas, y procuré relacionarme lo menos posible con mis empleados. Digamos que tiré la toalla. Usted dirá que excesivamente pronto y sin oponer resistencia, pero mi experiencia, créame, me aconsejaba tomar aquella determinación sin vacilaciones. El resto del Departamento, le decía, mesas con ordenadores, se organizaba alrededor de mi oficina, la única estancia con paredes de ladrillo, donde hacía venir a mis empleados individualmente en el caso de que necesitara algo de ellos. Por esto, mi estancia en el interior de este habitáculo de unos veinte metros cuadrados fue haciéndose más cómoda y rutinaria a medida que me acostumbraba a estas cuatro paredes entre las que pretendía conservar en secreto el amor de mi vida.
Llegados a este punto, es innegable que aún debo detallarle los pormenores de mi relación con Olga. Antes de todo, quisiera dejar claro que cualquier aspiración por su parte de examinarlo desde un punto de vista racional sencillamente carece de sentido puesto que ni yo mismo logro encontrárselo. En cuanto a mí se refiere, las cuestiones de amor no requieren raciocinio, sólo comprensión. Ruego, pues, olvide sus prejuicios y atienda a mi historia intentando comprometerse humildemente con ella, ¿de acuerdo?
Pues bien, Blascino nunca supo que la auténtica causa por la que yo busqué sutil pero concienzudamente un trabajo como superior era mi amor por una telefonista. No quiero con esto decir que fingiera mi incompetencia, no podría convencer de esto nadie que me hubiera visto en plena acción. Digamos que exageré un poco, aunque sé que muchos no podrían encontrar la diferencia, para lograr un trabajo que me permitiese llamar por teléfono con total libertad. Aparte de esto, sepa que el amor me golpeó inesperadamente mucho antes, mientras aún ejercía en la anterior empresa. Aún tenía reciente una tormentosa relación con una camarera del Burger King de la que tampoco he sabido nada más y mi corazón latía entre escombros. Sentía cada pálpito como una llamada de afecto, así que solo tuve que ponerle voz y soporte telefónico; él ya hablaba por mí. Una tarde de fiesta laboral me deslicé hasta la oficina de mi jefe y empecé a tontear con su teléfono. Me estimulaba burlar una prohibición, y más aún sopesar la idea de poder hablar con una mujer desde el anonimato. Pero, por favor, no crea que pensaba en un teléfono erótico, nunca me di a esa clase de inmundicias. Agarré por azar uno de los números apuntados con letra grande en el corcho de “Proveedores habituales” y lo marqué nerviosamente. Decía: Cadena de Hoteles NH Madrid.
- Hola, Buenas tardes. Le atiende Olga. ¿En qué podemos ayudarle? –una voz dulce, fue lo que primero me llamó la atención-.
- Buenos días... Verá... estoy en Madrid... buscaba... un hotel... con clase. Usted ya me entiende... –estaba muy nervioso, compréndame-.
- Está bien. Dígame su plan.
- ¿¡Mi plan!? –aquí reaccioné desorientado. Imagínese-.
- Sí, hombre. Si es para negocios, descanso, algo turístico o simplemente un lujo -hubo un momento de silencio-. No se asuste, no le estoy preguntando si va usted a llevar a alguna chica ni nada por el estilo.
- ...Pues pregúntemelo –fue lo mejor que se me ocurrió: su voz me atraía y sin duda debía tratarla con atrevimiento y seguridad, aunque esto nunca se me dio muy bien, como usted ya sabe-.
- Señor, no es ese mi trabajo. Yo estoy aquí para facilitarle información no para inmiscuirme en asuntos personales –aunque era una respuesta previsible no supe qué contestar, siempre fui un hombre de pocos recursos-.
- ¿Y le pagan bien por facilitar información? –menuda estupidez, ¿qué intentaba con esto?, ¿ve usted por qué no se me da bien hablar con mujeres?-.
- Mire, señor. Me está haciendo perder el tiempo y hay una cola de clientes detrás de usted. Si no le importa...
- Vale, vale. Lo siento. Es para... negocios –tuve que rectificar e involucrarme para dotar de credibilidad a mi llamada-.
- Muy bien. ¿Cuánto tiene pensado gastarse?
- Pues no sé, depende. ¿Cuánto cree usted que merece la pena gastarse? –bueno, esa no estuvo mal, ¿no cree? Esto era muy excitante-.
- Vamos a ver, según para lo que quiera utilizar la habitación.
- Ya le he dicho que para negocios.
- Muy bien... a ver... uno de nuestros hoteles más solicitados, el NH Tantas Eurotel, en pleno centro de Madrid, tiene un precio medio de 250 € la habitación doble y 470 € la suite. Le hablo sin IVA.
- ¿Pero qué me dice señorita? ¿No le parece un poco caro? –quizás parecí demasiado implicado, ¡como si fuera a pagarlo!, por cierto, ¡menuda voz!-.
- Verá, señor. Yo no pongo los precios.
- Al menos tendrá de todo, ¿no?
- Dispone de gimnasio, sauna, sala de fiestas, piscina exterior y, por supuesto, televisión en la habitación, aire acondicionado, calefacción, restaurante y parking. Además de terraza y jardín.
- Hombre, no está mal. Pero es que lo que yo quería era una habitación individual, no quiero una doble y mucho menos una suite –la cuestión era alargar la conversación, ¿entiende? ¡pero qué voz tan maravillosa! No puede imaginárselo-.
- Las habitaciones que llamamos dobles pueden ser individuales, solo que tendrá que dormir en una cama doble.
- Ya, pero es que yo quiero una cama de noventa para mí solo.
- Ya, pero es que esta clase de hoteles que usted pide no dispone de camas individuales de noventa. ¿Es que no lo entiende?
- Es que me es imposible dormir solo en una cama tan grande. Es superior a mí –vale, puede que mi lado maniático no sea el más apropiado para una conversación en la que trato de resultar agradable-.
- ¡Pues búsquese a alguien que le acompañe o vaya a otro hotel más barato o quédese en su casa y así dormirá en su cama de siempre! -¡no me lo creía!, alterada me atraía aún más-.
- Sí, bueno, pero entonces para qué estoy buscando una habitación de hotel ¿eh?, ¿para qué? –entonces me sentía más cómodo-.
- ¡Y yo qué sé! Usted dijo que para negocios pero yo ya no sé lo que quiere...
- Verá... Es que... le mentí. Ni siquiera es para negocios –ahora es el momento de la verdad..., ¿cree que no? -.
- ¿Ah no? Entonces para qué, a ver, explíquese –pues un poco tarde, porque aquí ya me lancé-.
- Pues la verdad es que estaba algo aburrido aquí en la oficina y encontré su número por aquí y ya ve, la llamé para charlar un rato con alguna chica. Pero es que he quedado gratamente impresionado con su voz y pensaba que quizás no le importaría que quedásemos para vernos –reconozco que no sonó muy convincente y además bastante tópico-.
- Gracias. Buenos días... –y colgó bruscamente el teléfono-.
Así que usted opina que me precipité en nuestro primer contacto, ¿no es así? Ah, ya, bueno. Pero ya no hay vuelta atrás. Puede que me cegara el ímpetu, no lo sé. Esta fue y será para siempre nuestra primera conversación. De todas formas, mis esperanzas no cejaron aquí como usted comprenderá. Pasaron los días y me encontré con el despido en la mano sin haber encontrado otro momento para llamar a Olga. Por el momento, su recuerdo me alimentaba durante el tiempo en que no tenía trabajo. Su recuerdo y el finiquito, bien es verdad. En aquel tiempo, recuerdo que la esperanza de un nuevo amor fue desarrollándose dentro de mí como si fuera una infección. Una vez crecida con el avance de los días, pretendía amarrarla junto a mi corazón para que no me abandonara y amordazarla incluso contra su voluntad para que no me distrajera con sus absurdas precauciones. Aspiraba a sentirla tan dentro de mi ser, tan profunda, que a todos les pareciera ínsita. Callada, la esperanza de amor me acariciaba desde dentro todos los días. Si hasta me erizo, fíjese. Desde este primer encuentro se convirtió en una obsesión, pero en una obsesión inevitable, como todas las obsesiones. Sin proponérmelo, Olga era ahora el eje de mi vida. Fue entonces cuando apareció Blascino y todo lo demás que usted ya conoce. Aparecí pues en el mismo punto en que usted y yo nos encontramos ahora y con este teléfono en la mano. Entonces podía utilizarlo a mi antojo y fue lo que hice ya desde el primer día de trabajo. Como creo que nuestra primera impresión fue muy buena, dejando aparte consideraciones suyas personales, entendí que no debía restarle más tiempo de su trabajo y citarla para vernos en alguna cafetería. Había llegado el momento de conocernos.
- Buenos días. Le atiende Vanesa, ¿en qué podemos ayudarle? –No era Olga, así que le colgué-.
- Hola, Buenos días. Soy Olga, ¿en qué podemos ayudarle?.
- Pues verá... buscaba una habitación para este fin de semana –es que tenía poca capacidad de movimientos tratándose de un trabajo tan concreto como el suyo. Aún así, volver a escuchar su voz fue una sensación extraordinaria-.
- Dígame las características que prefiere.
- Estaría dispuesto a dejárselas elegir a usted -¿fui demasiado lanzado? Es que ya venía preparado-.
- ... –tras un momento de duda- Verá, preferiría que no. Debe decidir usted –No sabía si aquel era el mejor camino, pero es que tampoco se me ocurría otro. ¡Era una voz tan suave, Dios mío!-.
- ¿A usted le gustan los hoteles céntricos o con vistas al campo?
- ¿Qué más le da eso?
- Hombre, pues es importante. Tenía pensado disfrutarla con usted.
- ¿Pero es idiota...?
- Olga, por favor, es que estoy completamente enamorado de usted desde la última vez que hablamos.
- Pero ¿qué dice?, si no me conoce...
- Pero tu voz me basta... Tienes la voz más encantadora que haya escuchado nunca. Verás, desde hace tiempo mi amor por ti es el estímulo de mi vida. Y puede que esta no sea la manera más adecuada de conocernos, por eso quisiera que nos viéramos.
- ...Mire, no sé lo que pretende pero aquí tenemos el número desde el que llama, quiero decir que sabemos de dónde nos llama. Como llame a la policía se le va a caer el pelo, así que deje de hacerlo, ¿de acuerdo? Adiós y buenos días.
Tampoco entendí muy claramente sus palabras antes de colgar porque a estas alturas yo sólo escuchaba su voz, hermosa, cálida y limpia. El amor se estaba apoderando de mí a pasos agigantados. Sentía que mis sentidos, mi entendimiento y mi cuerpo obedecían únicamente a los designios verbales de una sola voz que, para mi desgracia, aún no me pertenecía. Mi voz, en extensión, fue convirtiéndose en la triste espectadora de la dependencia moral y sentimental de todo el resto de mi yo, que cada vez era menos mío. Sin embargo, me representaba provisionalmente, ya que debía prolongarse a través de la línea telefónica como la única parte de mí que por el momento conocía Olga. Quizás por eso, ella, la voz, se tornó más hueca, más fría conmigo, como disconforme con lo que ocurría, como prediciendo malos augurios. Sin atender a estas señales, varios días después me dispuse a contactar con Olga por tercera vez.
- Hola, Buenos días. Mi nombre es Vanesa, ¿en qué podemos ayudarle? –Vaya. Le colgué-.
- Hola, Buenos días. Le atiende Esther, ¿qué podría hacer por usted? –Colgué otra vez, qué raro-.
- Hola, Buenos días. Le atiende Vanesa, ¿en qué podemos ayudarle? –¿Otra vez? Pensé en volver a colgar pero creí que lo mejor sería que le preguntase por Olga-.
- Pues... podría ponerme con Olga.
- ¿Olga? Ya no trabaja aquí.
- ¡Qué dice señorita! Hace tres días hablé con ella y no me comentó nada.
- Pues no sé.
- ¿Y no podría darme el teléfono personal o decirme cómo contactar con ella? –aquello se me iba de las manos, además me empezó una tos infernal-.
- No sabría decirle. Hable con Personal. Le doy el número... ¡menudo resfriado tiene usted!
No podía creerlo. Tenía que hablar con ella. Necesitaba oírla. ¡Dios mío, no se imagina hasta qué punto lo necesitaba! Todo mi cuerpo temblaba, pero tenía que mantener la calma, aún no estaba todo perdido.
- Departamento de Personal de NH Hoteles, dígame.
- Disculpe... estoy algo nervioso... Verá... Buscaba a Olga, una chica que trabajaba como telefonista para su compañía. Me han dicho que la despidieron hace poco.
- Sí, señor, así es, ayer mismo. Digamos que cumplió su contrato y no la renovamos.
- Está bien, pero ¿no podría darme su teléfono personal? Es que no consigo localizarla y es urgente.
- No podría, no.
- O aunque sea el de su casa o su dirección. Por favor, ya le he dicho que es urgente.
- Ya comprendo, pero es que aquí no pedimos esos datos a nuestro personal. No tenemos teléfonos ni direcciones de las chicas que contratamos.
- Pero ¡qué dice!... Entonces ¿qué datos tiene de ella?
- Datos que no podemos darle como su número de afiliación a la Seguridad Social, su Cuenta Bancaria o su DNI. Lo siento...
Colgué. No sabría calibrar mi estado de nervios. Además, no paraba de toser. Empujé mi silla hacia atrás y me levanté. Todo me daba vueltas, las paredes de mi oficina ondulaban. La moqueta verde se había encrespado irremediablemente. Tanto, que notaba que sus pelos arañaban incluso a través de la suela de mis zapatos. Me acerqué como pude a mi sillón de cuero negro, mi preferido para las reflexiones, confiando en que me transmitiera algo de serenidad en aquellos momentos. Me senté en él y agarré mi bola azul de goma que durante tanto tiempo había acompañado mis mañanas de tedio. La lanzaba una y otra vez contra el suelo, de manera que rebotara en la pared y volviera a mis manos en un ejercicio simple pero que se volvió tan necesario como mi amor por Olga. En aquel momento, sólo me senté y simplemente esperé.
Esperé tanto que ni siquiera sé si pensaba, quizás me quedé dormido. Todo lo veía demasiado espeso y además los ruidos desde fuera me llegaban más sordos, o puede que ni me llegaran. La voz de Olga retumbaba en mis pensamientos como mi bola de goma azul en las paredes de la oficina. Entreabrí la puerta para comprobar que todo estaba en su perfecto orden, pero no fue así. El resto del departamento estaba vacío. Tan sólo quedaban las mesas, los ordenadores, las papeleras. De mis empleados, ni rastro. Una ojeada al reloj de pared del fondo me ayudó a comprender lo que ocurría: el horario laboral se había consumado mientras yo aún no salía de mi estupor.
Me aproximé a las mesas de mis empleados. En la más cercana había papeles por todos lados. Casi todos de trabajo pero algunos eran caricaturas y dibujos infantiles con el señor Calvo como protagonista. Recorrí la estancia, más amplia de lo que me la imaginaba. Entonces ya había poca luz, la noche estaba al caer y creo que fuera llovía. El aspecto general no era muy acogedor. La moqueta no era verde, como en mi oficina, sino gris. Un gris parecido al de las paredes que, por si fuera poco, estaban repletas de tablones de anuncios. Los ojeé por un momento. Recortes de periódicos, entre los que había noticias importantes en la historia de la empresa y fotografías de Blascino junto a Florentino Pérez o en la fachada de BALT o en la puerta de Alcalá. Había también numerosas notitas donde se recordaba un quehacer o una obligación. No faltaban los anuncios en contra del consumo de tabaco, múltiples “se busca” y más aún “se ofrece” y fotos originales de mis empleados con sus familias. Además, un calendario laboral reinaba en el centro del espacio de corcho. Los días pasados, tachados, los días futuros y que se esperaban con insistencia, rodeados. En fin, lo que es un tablón de anuncios y que usted habrá visto muchísimas veces. Pues bien, como ya empezaba a estar cansado decidí irme a casa ajeno por completo a que la manera de encontrar a Olga se encontraba en ese mismo tablón.
El día siguiente amaneció diferente, quiero decir diferente a los últimos días. Entonces, enfrentaba cada situación cotidiana sin el aliciente del amor o, más bien, con el temor a perderlo para siempre. Levantarme de la cama me desencantaba, el traje de chaqueta me vestía de desilusión, mi madre me hacía desayunar decepción y el coche me llevaba a la amargura del trabajo, donde sólo leer el periódico me hacía padecer un sufrimiento impropio de un acto tan inofensivo.
Pero fueron mi oficina, la moqueta verde, mi sillón negro y mi bola de goma azul los espectadores matutinos de mi alumbramiento. Claro, eso era, un anuncio en el periódico del mercado laboral que Olga seguramente leería si procuraba encontrar trabajo ahora que la habían despedido. Un “Se busca secretaria para un oficinista en conflicto afectivo. Imprescindible experiencia como telefonista o similar, voz exquisita y buena presencia” era el señuelo perfecto. Un mensaje claro pero dotado de cierta ambigüedad, eso era lo que buscaba. Como además imaginé que a Blascino no le parecería mal mi idea, invertí un dinero importante en que al día siguiente mi anuncio predominara en la sección “Se Busca” del periódico de mercado laboral. Lo demás, ya sólo era cuestión de tiempo.
Dos días de interminable espera desembocaron en un tercero repleto de entrevistas. Quizás el mensaje encriptado no era tan evidente como para establecer una selección prematura y un montón de señoritas esperaban desconfiadas a que les fuera dando entrada en mi oficina. Y digo desconfiadas porque algunos de mis empleados, entre ellos Óscar, no cejaban en su empeño por molestarme y, durante la espera, las atosigaban con sandeces sobre mis intenciones. Que si yo lo que buscaba era una querida, que si a mí no me gustaban las rubias de bote, que si yo era un lunático. Ya sabe. El caso es que consiguió evitarme algunas entrevistas innecesarias, porque varias chicas, las más inseguras eso sí, abandonaron su turno y volvieron a sus casas. Como a buen seguro Olga no se encontraría entre ellas, permití a estos tipos que continuaran con su labor que a fin de cuentas cumplía el cometido contrario al que pretendían.
Pues eso le decía, las entrevistas, se sucedían en mi oficina cada vez a mayor ritmo. Imagínese: yo permanecí sentado en mi sillón negro, golpeando mi bola de goma azul contra la pared, mientras la chica en cuestión entraba y se sentaba a mi espalda. Sólo abría la boca para pronunciar la primera palabra y era descartaba inmediatamente de ser la propietaria de la voz de mi amor telefónico. Por educación, la dejaba decir su nombre y su anterior ocupación, pero cuando iniciaba una frase que a mi entender vislumbraba una conversación más o menos larga, la interrumpía con cualquier disparate que se me ocurría. No, no quiera que se los reproduzca. Compréndame, mi objetivo no era encontrar a una secretaria, sino encontrar a Olga con ese mismo pretexto.
Como ya digo, las chicas fueron entrando durante casi dos horas, tiempo en el que el desengaño iba deslizándose por toda mi oficina. Sin mi permiso, recorrió rebelde cada recoveco de la estancia, acabando con cualquier vestigio de energía vital. No quiera ver el aspecto en que quedaron las plantas que estaban ahí mismo, detrás de usted. No me pregunte cómo, pero arrancó el brillo y el color a todos los objetos de mi oficina. La moqueta fue quizás la que más sufrió esos efectos: su verde dinámico fue desapareciendo progresivamente en el momento en que el desengaño rozaba cada uno de sus pelos. El gris final de todo me recordó peligrosamente al aspecto del resto del departamento. Una excepción: mi bola de goma azul seguía siendo azul, sin duda en un acto consolador que no disipó todas mis esperanzas. Cuando llegó a mí, ya totalmente embriagado de color, el desengaño se transformó en sobresalto, lo que me recordó que hacía rato que las aspirantes a secretaria habían dejado de entrar. Me acerqué a mi puerta y, sin abrirla, ojeé el exterior a través de los resquicios de la celosía que cubría el vidrio para comprobar que no quedaba ninguna rezagada.
Y entonces ocurrió, la vi. Olga estaba fuera. No esperando para entrar sino hablando con Óscar, uno de los más impertinentes y atrevidos de mis empleados. No se crea, señor, que mi corazón dio un vuelco. Ya, que cómo sabía que era ella sin oírla hablar. Y es cierto, pero no lo sé. Sólo sé que volvió la nube, ¿se acuerda? Toda la habitación recobró su color normal como en un acto mecánico. La moqueta volvió a ser verde, no como el que usted ve ahora. La madera volvió a ser color madera, el metal, color metal, ¿entiende? Eso sí, las plantas no recobraron su verdor, también es verdad que nunca las regué. La bola de goma azul, ahora un azul más intenso, rebotaba trémula contra la pared haciéndome pensar seriamente que había adoptado parte de la borrachera de color del anterior desengaño. Pero el caso es que sin escuchar su voz tenía la certeza de que era Olga, por eso la nube de amor volvió a instalarme en las alturas. Aún así, tenía que hablar con ella para certificar lo que yo ya daba por seguro. Lo único que me intrigaba era la razón de que ella estuviera allí si su intención no era que yo la entrevistara.
Sí, señor, pues Olga era una mujer, para mí, preciosa. No era muy alta, eso sí, pero ¿a quién le importa eso? Su hermoso pelo, negro brillante, hacía justicia al corte de su rostro, tan afilado que parecía predispuesto a satisfacer a los demás antes que a ella misma. Largos y atrevidos, sus cabellos burlaban las modas y, en un gesto imperdonablemente sensual, Olga los retiraba hábilmente hacia atrás, valiéndose de sus orejas para apoyar su acción. Este movimiento, que tal vez pueda pasar desapercibido para usted, para mí acababa siendo de un deleite desaforado. Pero no era lo único: yo gozaba con cada caída de sus ojos, con cada pestañear. Durante milésimas de segundo, el tiempo se aplacaba mientras sus párpados iniciaban ampulosos el recorrido descendente en el que iban ocultando sin remedio dos pupilas dolorosas de tan azules que fijaban su mirada al infinito más lejano, si es que existe mente capaz de imaginar ese lugar. Sus labios brotaban divertidos de su boca, tan rosados y tiernos que, sin dudarlo, harían las delicias de cualquier hombre, y dibujaban un gesto tan dulce como inquieto. Su delicada piel, sus tiernas manos, sus pechos, qué decir de sus pechos. El espacio, sinuoso, de uno solo de sus senos amenazaba a la matemática perfecta y despejaba una curva tan perfecta que la Grecia clásica al completo hubiera llorado de rabia por no haber hallado la fórmula correcta de la redondez. Sus piernas... pero por favor, no me obligue a describírsela por más tiempo. Creo que es suficiente para lo que usted necesita. A usted debiera interesarle el momento en que ella entra en mi oficina, ¿no es cierto?
Animada incomprensiblemente por su hermano Óscar, que había venido a buscar -¿se acuerda de Óscar?-, Olga entró en mi oficina dispuesta a utilizar sus mejores armas y a quedarse el trabajo. Ni tan siquiera hizo falta, como ya supondrá. Nada más verla acercarse, corrí a situarme justo en mi sillón negro y a lanzar de nuevo mi bola de goma azul contra la pared, intentando permanecer sereno y disimular mi estado de ansiedad y de perplejidad. Se me escapaban los motivos para merecer tanta suerte. Así que como ya digo, decidí contratarla como secretaria personal aunque, eso sí, ocultándole mi identidad y, lo que me resultaba aún más difícil, mis sentimientos hacia ella. Desde aquel momento, quería aplicarme minuciosamente para no dejar escapar lo que durante tanto tiempo deseé.
Fuera de mi oficina, aunque lo más cerca posible a ella, le facilité una mesa, un ordenador y un teléfono que aparentaban ser un rincón de trabajo. Trabajo que, imaginará, era inexistente, puesto que si ni yo sabía mi responsabilidad –ya señalé que nunca tuve clara mi labor esencial, aparte de firmar algunos papeles y, eso sí, jugar con mi bola de goma azul- no sé cómo iba a encontrarle quehacer a ella. Y así fue como transcurrieron los días, entre la excitación que me producía la euforia de tenerla tan cerca y la nube que emanaba de mi amor. Y ella, entre la lógica incertidumbre de no hallar faena, la curiosidad por lo extraño de mi figura y, como no, la compasión ante las burlas del Departamento, acentuadas en ella por su hermano Óscar, que no iba a ser precisamente una baza a mi favor. Fue entonces cuando no tuve más remedio que preocuparme por la imagen que pudiera estar formándose de mí, y entendí que no podría desarrollar aprecio por una persona que cada día era objeto de broma por parte de sus empleados y que, por si fuera poco, no hacía nada por evitarlo. Pero es que, entiéndame, me era imposible intercambiar una sola palabra con ella sin que el nerviosismo de apoderara de mí. Una breve conversación con ella, un simple cara a cara se convertía en toda una odisea. Aún recordaba aquellos días, no muy lejanos, en que nuestras charlas fluían serenamente a través de la línea telefónica. Así, añorando recuperar aquella comodidad, barajé todas las posibilidades que tenía a mi alcance. Primero descarté la idea de salir de mi oficina –nunca lo hacía en horario laboral por las razones ya apuntadas-, también la de comunicarnos a través de la línea interna puesto que lo que yo decía resonaba en su altavoz y por tanto era audible por los demás. Por último, hacerla venir a mi oficina permanecía como la única opción posible, aunque ya sabía que no debía alargar nuestros encuentros en demasía si no quería llamar la atención del resto de empleados.
-Buenos días, señor Calvo. ¿Qué quería?
-Mauri, por favor...
-Disculpe.
-No se preocupe. Verá... –y aquí empezaban los nervios- verá... tendría que tener para ya mismo el inventario de los artículos requeridos para consumo interno y la curva de oferta de Dipa 97 del mes pasado.
-Sí, señor. Inmediatamente -¡qué ojos tenía, madre mía! ¡Si usted la hubiera visto con camisa y corbata!-.
-Pero por favor...
-Dígame.
-Llámeme Mauri.
Y no era capaz de nada más. Tal como le cuento pasaron semanas sin atreverme a iniciar con ella una conversación algo más personal. ¡Pero no sabe que semanas!, nunca había sufrido así de amor. Me arañaba por dentro cada vez que tragaba saliva. Siempre la veía allí, desde detrás de mi puerta, sentada en su silla, escribiendo y haciendo tareas que me figuro ella misma se iría buscando. Y así se me pasaban las horas, observándola sin que ella se percatara, analizando cada detalle de su rostro, cada mirada, cada gesto de su boca, cada movimiento, en fin, de su hermoso ser.
En esta tesitura, día tras día y contra todo pronóstico, fue asimilando el sufrimiento con tanta naturalidad que éste dejó de arañarme. Y no sólo eso: sin que me diera cuenta avanzó discretamente a través de la nube y traspasó la línea de la felicidad, siempre tan imperceptible. Paralelamente, aprendí a no necesitar más de ella que su presencia, una vez que la barrera del silencio solidificó entre nosotros. Era feliz amando desentendidamente sin necesidad de comprobar que el amor era recíproco, sólo imaginándomelo. Sí, como lo oye. Eso me llenaba y por eso lo acepté como el mayor regalo del mundo. Verla aparecer todos los días en mi oficina para desearme los buenos días, fijarme en su peinado y en su vestuario y poder saborear posteriormente el rastro de su arrebatador perfume una vez me abandonaba, eran el motivo por el que cada día, al despertar, apartaba las sábanas de una enérgica patada y penetraba en otra vida, donde mi corbata llevaba escrita la ilusión en la etiqueta, donde mi madre me alimentaba de fantasía y donde mi coche me transportaba hasta un sueño, mi oficina, donde sólo leer el periódico me otorgaba una vitalidad tan exagerada como impropia de un acto tan apático.
A pesar de descubrir la cumbre de la felicidad, sepa que el descenso de la ladera opuesta se inició poco tiempo después de los hechos que le acabo de relatar. Nunca he querido ser consciente de que mi vértigo a la vida se acentúa, lógicamente, cuando asciendo a estas delirantes y siempre quiméricas alturas. Puede que a usted le sorprenda la velocidad con que sucede todo en mi mente, puede que no otorgue credibilidad a mis sentimientos si aplica las medidas de tiempo vital que usted acostumbre a usar o esté habituado a ver, y, en definitiva, es posible que si olvida comprometerse con mi narración, como ya le dije, y pretende valerse de su raciocinio para dotar de clarividencia a este asunto, considero natural que mi sentir más recóndito no encaje en su prejuicio valorativo.
Finalmente, esta es mi versión de lo ocurrido ese mismo día. Espero que sepa valorar mis esfuerzos por detallar con la mayor exactitud posible el fondo de mis percepciones y con la mayor claridad los hechos que sucedieron.
En algún momento de la tarde del fatídico día, mientras observaba a Olga desde mi puerta, examiné con mayor detenimiento uno de los papeles de su mesa sobre el que trabajaba. En un primer momento, reparé en que efectivamente su contenido no era textual, pero no otorgué mayor importancia. Pasado algún tiempo, Óscar se acercó a su hermana y, tras una grotesca risotada acompañada de varios gestos groseros, le arrebató el dibujo –ahora sí lo pude ver- para enseñarlo a los demás. Todos reían, y Olga, más aún. Para continuar con el circo, Óscar trasladó el dibujo a una ubicación sin lugar a dudas más visible: el tablón de anuncios. Allí, la caricatura obra de Olga, fue objeto de improperios escritos por cada uno de los que pasaban. Al mismo tiempo, recibía el impacto de una heterogénea lluvia de objetos que por un momento me pareció más copiosa que la que tenía lugar en el exterior.
En medio de la rabia, llamé a Olga a través de la línea interna y la hice venir a mi oficina acompañada por su hermano. No le quepa la menor duda de que mi intención primera era la de despedir a dos empleados, hasta aquí lo recuerdo con precisión. Pero es curioso que cuando el viejo desengaño volvió a aparecer me forzó a entregarme a la inconsciencia. Esta vez, no sólo se había impregnado de todos los colores de la oficina, también me arrebató encolerizado el nerviosismo, la nube, mi sillón negro, el periódico del día, mi bola de goma azul y, para siempre, y contra mi voluntad, mi único amor. Entonces, advertí que estaba mucho más ebrio que en su última aparición, así que, una vez acabó lo que yo interpreté como un incontrolado acto de rencor en aquel pequeño espacio, no pude sino abrirle la puerta para que expandiera su agresivo radio de acción y me desentendí de él. Entonces, recuerdo que volví a mi asiento y encendí la radio que tenía sobre la mesa. Sonaba “Last Night I Dreamt That Somebody Love Me” (Anoche soñé que alguien me amaba), una canción de los Smiths, ¿la conoce? Sin duda, es una de mis preferidas. Cuando dejó de sonar la orquesta, abandoné silencioso mi posición, cogí mi chaqueta y, sabiéndome por fin a salvo de las risas de mis empleados, inicié la travesía por el desierto de moqueta gris que me esperaba fuera en dirección a la puerta de salida. Serían las ocho y diez de la tarde y sepa que fuera hacía una tarde de perros.
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Vamos a ver, su nombre es Mauricio Calvo, tiene treinta y cuatro años, es usted soltero y su última ocupación conocida es la de director adjunto de la sección de ventas dentro el Departamento de marketing de BALT. Hasta aquí correcto. Ahora, cuénteme el resto.
Pero el informe policial que usted mismo leyó delante del juez demuestra mi inocencia. Además, coincide fielmente con lo ocurrido así que no creo que deba añadir nada más, señor inspector...De acuerdo, pero haga para mí un esfuerzo por recordarlo todo desde el principio, desde que llegó a esta oficina. Lo importante ahora es encontrar a estos dos chicos, a Olga y a Óscar. Por eso estamos aquí.