...blog literario de rubén rojas yedra

martes, 25 de marzo de 2014

Elisa de Armas (Sevilla, ESP)

Los otros


Aunque se dejan ver en raras ocasiones, esas criaturas siguen habitando entre nosotros. De costumbres nocturnas, duermen hasta altas horas de la mañana y permanecen refugiadas en sus escondrijos durante el día. Al caer el sol salen a merodear con sus congéneres y no regresan hasta que los alertan las primeras luces del amanecer. En esos últimos momentos de actividad antes de dejarse caer rendidos los oímos arrastrar muebles, abrir y cerrar cajones o dejar correr el agua de grifos y cisternas. Una desaforada voracidad los lleva a atacar nuestras reservas de provisiones dejando tras de sí un rastro de migas, cáscaras y mondas que me veo obligada a recoger sin desmayo. A veces encuentro, esparcidos por el salón o los baños, otros despojos nauseabundos que confirman su presencia. Solo los veo el viernes por la tarde, cuando antes de marchar me acechan en el pasillo y, entre dientes, solicitan la paga semanal.


La unión hace la fuerza 

Lo enrollamos despacito, como hace mamá con la alfombra del salón, lo cargamos a hombros entre todos y lo tiramos al río. Fue un robo sonado. Después tuvimos cinco meses de vacaciones: el tiempo que tardaron los mayores en construir de nuevo el camino hasta la escuela. 


Las hermanitas

De Kenia llegaron al convento de Santa Rosalía decididas a guardar voto de silencio y a cuidar de una comunidad envejecida, a punto de extinguirse. Sus jornadas transcurrían entre oraciones, trabajo y unas sonrisas medio tristes medio forzadas que llevaron a que el capellán las animara a participar en la liturgia con mayor libertad. Así, al tiempo que la capilla barroca se llenaba de ritmos y palmadas, de sonidos articulados en una lengua oscura y remota, los naranjos cambiaron su silueta por la de las acacias, la hierba creció borrando caminos, rompiendo la simetría de los parterres, y en el huerto comenzaron a volar flamencos —que las hermanas ancianas tomaban por ángeles— y a pacer los antílopes. La primavera trajo unas lluvias desconocidas y la acequia se convirtió en un río de lodo, pero en junio el cielo ha vuelto a ser de un azul vibrante y las monjitas jóvenes sacan de nuevo a las mayores a calentarse al sol. Bajo el barro que ciega el aljibe del claustro las esperan, agazapados, los cocodrilos.



Mater amatissima 

En el primer cajón de la cómoda, entre decenas de mechones —atados y fechados— que van del rubio primigenio al castaño oscuro, se agazapa un juego completo de dientes de leche. De las paredes cuelgan cientos de instantes inolvidables en los que el protagonista es su único retoño. Los armarios y arcones rebosan de jerseicitos tejidos a mano, disfraces, quimonos y cinturones de kárate. En la habitación del hijo se acumulan dibujos, cuadernos repletos de una caligrafía deshilvanada, manualidades y una colección de vídeos caseros, testimonio minucioso de sus primeros trece años de existencia. Las visitas de Carlos, a quien abochorna la contemplación de ese exhaustivo museo de sí mismo, se han ido espaciando hasta llegar a ser casi inexistentes. Doña Rosa, atareada en limpiar, doblar, etiquetar y organizar cada pieza, aún no lo ha advertido. 


Reputación 

Toda isla desierta acoge con alborozo las huellas del primer náufrago que arriba a sus playas. Y las del segundo. Incluso las del tercero. A partir de ahí despertará el recelo de sus congéneres y, si el número se aproximara a la docena, será condenada al ostracismo por accesible y casquivana. 

Blog personal, Pativanesca

miércoles, 19 de febrero de 2014

Proyecto DESPOJOS DEL ReC, I

Para que 3 Microcuentos con Chinchetas, Estropicio, Fiel recuento y Sentirse (este último ilustrado), toquen el papel es necesaria tu participación como mecenas.

¿Cómo? Pincha en este enlace, regístrate en la plataforma y elige en la página "Despojos del ReC" la opción de micromecenazgo que prefieras (en la columna de la derecha). Por 16 € te llegará el libro a casa.

En esa misma página encontrarás la descripción de nuestro proyecto conjunto: qué es el microrrelato, características del libro, escritores (70), ilustradores (70), difusión, objetivos y cómo ayudarnos. 

Disponemos de 60 días para alcanzar el presupuesto (o sea, hasta el 19 de abril). Tú mism@. Hagas lo que hagas, gracias.

miércoles, 12 de febrero de 2014

"El gusano de las manzanas" (5/13), "Amor fantasmal" (12/12), "Apuntes para un lienzo" (5/12) y "Rutinas" (5/12), al francés, en Lectures d'ailleurs

El gusano de las manzanas, Amor fantasmal, Apuntes para un lienzo y Rutinas han sido traducidos al francés e incluidos en la publicación digital Lectures d'Espagne, volumen II.


Se trata de una colección de autores noveles españoles. El proyecto, denominado Lectures d'ailleurs —pour une anthologie vivante de la littérature latino-américaine du XXIe siècle—, está dirigido por Caroline Lepage, profesora de la universidad de Poitiers.


En este segundo volumen participo junto a docenas de compañeros y amigos microrrelatistas, lo que ya es un motivo de orgullo. Desde aquí, puede descargarse o leer la revista online. Mis textos en concreto se encuentran en las páginas 330-337.

La traducción de los microcuentos se acompaña de una pequeña biografía y una entrevista sobre aspectos literarios que puede encontrarse aquí, junto a la del resto de microrrelatistas.

Por supuesto, agradezco la oportunidad a Caroline Lepage y a todo el equipo de traducción, y en especial a Nancy Benazeth; y a nivel particular a Rosana Alonso y a Rosa Yáñez, por haber posibilitado el contacto.

Versiones originales en castellano en {A con C}El gusano de las manzanasAmor fantasmalApuntes para un lienzo y Rutinas

martes, 4 de febrero de 2014

Eduardo Galeano (1940-2015, Montevideo, URU)

Mujer que dice chau 
(Vagamundo y otros relatos, 1975)


Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarros «Republicana» y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.) No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.


Nochebuena 
(El libro de los abrazos, 1989)

Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en esto estaba cuando sintió que unos pasos le seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño le rozó con la mano:

—Decile a... —susurró el niño—. Decile a alguien que yo estoy aquí.


Las hormigas 
(El libro de los abrazos, 1989)

Tracey Hill era niña en un pueblo de Connecticut, y practicaba entretenimientos propios de su edad, como cualquier otro tierno angelito de Dios en el estado de Connecticut o en cualquier otro lugar de este planeta.

Un día, junto a sus compañeritos de la escuela, Tracey se puso a echar fósforos encendidos en un hormiguero. Todos disfrutaron mucho de este sano esparcimiento infantil; pero a Tracey la impresionó algo que los demás no vieron, o hicieron como que no veían, pero que a ella la paralizó y le dejó, para siempre, una señal en la memoria: ante el fuego, ante el peligro, las hormigas se separaban en parejas, y de a dos, bien juntas, bien pegaditas, esperaban la muerte.


La noche / 1 
(El libro de los abrazos, 1989)

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le pediría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.


La noche / 2 
(El libro de los abrazos, 1989)

Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.


El parto 
(El libro de los abrazos, 1989)

Tres días de parto y el hijo no salía:

—Tá trancado. El negrito tá trancado —dijo el hombre.

Él venía de un rancho perdido en los campos.

Y el médico fue.

Maletín en mano, bajo el sol del mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio.

Después se lo contó a Gloria Galván:

La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba y tenía los ojos muy abiertos. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas abiertas de la mujer.

El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: No hay nada que hacer.

Y sin embargo, quién sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida.

Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.


Ventana sobre la llegada 
(Las palabras andantes, 1993)

El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado. Recibió una caracola: 

—Para que aprendas a amar el agua. 

Abrieron la jaula de un pájaro preso: 

—Para que aprendas a amar el aire. 

Le dieron una flor de malvón: 

—Para que aprendas a amar la tierra. 

Y también le dieron una botellita cerrada: 

—No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.

viernes, 3 de enero de 2014

Rafael Pérez Estrada (1934-2000, Málaga, ESP), II

El resucitador 
(El levitador y su vértigo, 1999)


Tenía su rostro tonalidades minerales, brillos cristalográficos. Quizá por ello se decía de él que era una piedra viva. Su mirada, el poder de su mirada se ocultaba tras unas lentes de colores catedralicios. Apasionado, se tomaba urgencias para no ir a ninguna parte. Había leído cosas extraordinarias, y lo extraordinario dominaba el mundo de sus predilecciones: sabía el número siempre impar de los pétalos de la rosa de York; conocía las subespecies, todas, de los caballitos del diablo que pueblan los estanques del Perú, y también conocía la teatralidad de las puestas de sol en el Bósforo. Solo de noche, repentinamente desvalido, le abandonaban las prisas, y con una ternura apenas insinuada se entregaba a su mejor trabajo, y lo hacía hasta que el amanecer le forzaba a las cosas diarias. Y pocos sabían que el Resucitador de Rosas tenía los dedos transverberados de pequeñas heridas. Y todo lo hacía por amor y ocultamente.


Ballena mínima 
(El ladrón de atardeceres, 1998)

En el orden del miniaturismo animal brilla por su pequeñez la llamada ballena de los Sargazos. Su color tiene la claridad, la inquietante luminiscencia de la olivina, y su fumarola la transforma a ojos de un raro observador en un nenúfar gaseoso. La leyenda le ha fabricado un origen mítico, y dice que en el primer día fue una muchacha alada, casi un ángel que huyendo de un arquero rijoso ocultó su gracia en el laberinto de lo vegetal oceánico; y así también, que su tamaño es sólo una defensa, una fuga ante un enamorado tenaz. Y añade que las sirenas, celosas de su hermosura, obligaron a los dioses a que la convirtieran en un vulgar mamífero. Mas aun así, los navegantes que le han dado caza celebran su poder amatorio y cantan la belleza única de sus pechos de niña.


Crónica de la desesperanza 
(Oficios del sueño, 1992)

Al amanecer, acogidos a la bruma del amanecer, bajaban en fila desde la vieja casa de los locos, una loma cercada de tedio y gaviotas. A nadie miraban. Sólo la obsesión del mar dirigía sus pasos. Ya en la playa, impresionaba verlos como canes rabiosos lamer la espuma de las olas. Allí permanecían hasta que eran apartados brutalmente del mar.

Nada dije. Sabía que el Niño Explicativo me daría la razón de todo aquello. En la distancia lo reconocí. Parecía indiferente a la escena y a sus propias palabras: Sólo el agua de mar —dijo— los mantiene locos y azules, más allá incluso de la muerte.


"Enseres", Manuel Rojas (acrílico sobre cartulina, 2012)

VII 
(Los sueños de Tremecén, 1987)

Escandalosos, tres ángeles ebrios han escupido en el dintel de la casa este atropello: Tremecén no existe. Sus palabras, como pequeñas libélulas venenosas, han terminado confundiéndose en el vaho huidizo de los espejos. Sin embargo, la duda permanece en la postración y en las tinieblas de este día terrible. Ningún pájaro vuela ya sobre un mar de tristeza, e incluso la luna permanece impávida frente a la gracia de un pez volador.

Al amanecer, he tomado la flamígera y he expulsado del jardín a estos ángeles, mas temo que en su huida hayan arrebatado una manzana.


La pasión del híbrido 
(Los amores prohibidos, 1995)

Su madre había sido una cebra, y él hacía todo lo posible por disimularlo. Generalmente se colocaba allí donde la luz juega a hacer paralelas con las sombras. También, como conviene a los híbridos de cebra y hombre, sus trajes eran rayados, y sus palabras. A veces, si nadie lo veía, retozaba en el parque. Le gustaba sentir la proximidad de la yerba, la humedad siempre amanecida de los pastos. Y cuando llegaban las amables muchachas que suelen traer los días felices, también él las miraba con codicia. Alguna vez —decía— tendré una muchacha para mí solo. Pero al decirlo, pensaba en la grácil armonía de las cebras y, aun confuso, se sentía feliz.


2 
(El levitador y su vértigo, 1999)

Quería ser ventrílocua y practicaba con una rosa triste y algo deshojada.

Era una niña muy sensible, bastaba anunciarle la visita de un poeta para que se comportara como una mimosa púdica (*).

La niña, la del abriguito de terciopelo celeste y el pelo luminoso, que es un poco redicha, me susurra en voz no tan baja como debiera: Si esta rosa pudiera hablar, ya nos habría dicho: Decidle a ese inoportuno que no estoy.

(*) La mimosa púdica, al menor contacto con la realidad, pierde el conocimiento.