...blog literario de rubén rojas yedra

martes, 22 de mayo de 2012

Rafael Pérez Estrada (1934-2000, Málaga, ESP), I

Los verbos de la memoria 
El ladrón de atardeceres, 1998


Hablábamos de las antiguas cosas. Los recuerdos deshacían su sencillez sin apenas prisa, tenían que ver con la manera posesiva de contar nubes, o con el día que descubrimos el lucero del alba. También nos gustaba tratar de las marcas que los caracoles dejan de noche en los jardines. Alguien dijo: Una vez llovió rosa pálido, sin embargo, nosotros fuimos ajenos a aquel suceso. Hicimos memoria del sabor de algunas palabras pronunciadas por primera vez, de su dramatismo o de la complejidad emocionada que provocan. De fondo, el mar era el gran indolente, el que existe solo para ser visto. En un momento, sin poder evitarlo, toqué a mi interlocutor y sentí el frío de cuantas cosas están desprovistas de alma, y me puse triste, y para que él no advirtiera que estaba muerto seguí hablándole. 

jueves, 17 de mayo de 2012

"Rutinas" y "Contactos" (5/12)

Rutinas 


Y al otro lado de la ventana, nada de nada. Desde muy pequeño me atrapó el ánimo de ermitaño. Dice el sabio taoísta que «sin salir de la propia casa, sin mirar por la ventana, se conoce el mundo». Hasta tal punto llegó mi manía de vivir encapsulado, que de mayor pretendí, licencia poética, explicar con celdas abstrusas la soledad inevitable que todos rehúyen. Hoy no tengo la respiración densa de mamá al otro lado de la pared, sino cualquier mujer extraña que duerme a mi lado. Y serán manías, pero no quiero que se haga costumbre de mí.


Contactos 

—Y al otro lado de la ventana, nada de nada. 

—Está bien, ciérrela y siéntese. 

El médium les ha hecho agarrarse de las manos y asegura que se comunicará con el más allá. Yo me he dado cuenta de su truco, del artilugio, pero no voy a delatarlo por respeto a mi abuela, que mantiene la esperanza de hablar con mi difunto abuelo. Debo reconocer que me encanta la actuación del histriónico vidente, mi abuela parece conforme. Pienso quedarme aquí un rato más, sentado en el alféizar de la ventana; quizás mamá se anime a contactar conmigo. 
*Publicado en Narrativas. Revista de Narrativa Contemporánea en Castellano, 27, Oct.-Dic. de 2012.

miércoles, 9 de mayo de 2012

"Welcome to Paradise" y "20 mil lenguas" (5/12)

Welcome to Paradise

Ese maravilloso viaje que le habían prometido, magnífico, extraordinario, fantástico y asombroso, suponía para el viajante el más absoluto, pleno, ideal y perfecto de los sueños imaginables. Leyendo el panfleto, las condiciones eran excelentes, insuperables, inmejorables y excepcionales, sin ningún tipo de contraprestación. Todo con la máxima discreción, la mejor asistencia, superiores atenciones, excelso trato. En las cláusulas quedaba bien claro que el cliente resultaría siendo un individuo dichoso, venturoso, afortunado y quedaría mucho más que satisfecho. En la letra pequeña, se explicitaba oportunamente que había que renunciar a esta perra vida, y además así, con un solo adjetivo. 


20 mil lenguas 

Ese maravilloso viaje que le habían prometido acabó con un mosaico de lenguas y narices contra el cristal. El científico cerró la puerta bruscamente y nadie más pudo acceder al recinto cerrado desde donde se iba a lanzar el primer cohete al interior de la ficción.

jueves, 3 de mayo de 2012

"Naturalezas" e "Insectos" (4/12)

Naturalezas 

Se entrenaban para estar muertos. Durante semanas, algunos pingüinos de la Antártida recorrían miles de kilómetros en dirección a las montañas. Nadie entiende por qué, pero ciertos pingüinos decidían huir de su grupo y alejarse del mar, avanzando torpemente día y noche hacia una muerte segura. Nada les hacía cambiar su idea original, ni el desánimo durante el camino, ni las remotas posibilidades de sobrevivir, ni saberse sin futuro. 

En la actualidad, los historiadores viajan a la región antártica y recopilan con curiosidad los huesecillos de los pingüinos poetas. 


Insectos 

Se entrenaban para estar muertos. Cada mañana, eran cinco los insectos de la cocina que me recibían en fila y bocarriba junto a la lavadora, y así día tras día. No soy especialista en bichos, pero diría que a más de uno le costaba seguir el meneo apurado de patas y antenas, los duros ensayos en decúbito supino. 

Ayer mamá volvió del pueblo y ya no he vuelto a encontrarme con el pelotón de invertebrados. Seguro que hubiera resultado admirable contemplar con qué disciplina y hasta con qué humor aspiraban sus últimos alientos de pesticida. 
*Publicado en Narrativas. Revista de Narrativa Contemporánea en Castellano, 27, Oct.-Dic. de 2012

miércoles, 2 de mayo de 2012

Fabio Morábito (1955, ITA/MEX)

El subrayador 
Revista Crítica, 146

Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los sub­raya­dos que ha hecho en tan­tos años de lec­tura. Ha sub­rayado libros desde la ado­les­cen­cia y son pocos los que se han sal­vado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por obser­var los estantes de su bib­lioteca, siente orgullo, más que por los libros, por tan­tos sub­raya­dos que encier­ran. Rep­re­sen­tan una bib­lioteca den­tro de otra, que ha ido cre­ando con esfuerzo. No ha vac­ilado nunca a la hora de poner un sub­rayado. En tan­tas cosas ha sido tibio y neg­li­gente, pero no en eso. Aun cuando ha tenido el ánimo por los sue­los, ante una frase o un pasaje nota­bles se ha puesto reli­giosa­mente de pie para bus­car un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se lev­ante, se habrá acabado todo. Mien­tras no renun­cie a sub­ra­yar, habrá esper­anza. Ahora, cuando se acerca la vejez, empieza a beneficiarse del fruto de esos innu­mer­ables sac­ri­fi­cios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará, a través de sus sub­raya­dos, de diez a veinte min­u­tos de una lec­tura intensa y selec­tiva. Ha lle­gado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuel­van parte de aque­llo que él les dis­pensó a lo largo de tan­tos años de lec­tura. Le ofre­cen sus sub­raya­dos, hacién­dose ellos mismos a un lado. Al repasar esos sur­cos deja­dos por su pluma o su lápiz, no sólo extrae una pre­ciosa savia de conocimiento, sino que pro­fun­diza en su introspección, pues no hay como leer los pro­pios sub­raya­dos para cono­cerse. En un gesto tan sim­ple y espon­tá­neo, uno se des­cubre sin tapu­jos, pues dec­i­mos más pro­fun­da­mente lo que sen­ti­mos cuando lo dec­i­mos con pal­abras de otros. Mira con lás­tima a muchos ami­gos suyos, posee­dores de esplén­di­das bib­liote­cas que casi care­cen de sub­raya­dos. Por per­manecer cómoda­mente sen­ta­dos, en vez de levantarse a bus­car un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y bus­can en vano en los libros leí­dos una marca cualquiera hecha de pasada, al des­cuido, para intuir algo de que lo eran, algo de lo que han sido.