...blog literario de rubén rojas yedra

miércoles, 9 de mayo de 2012

"Welcome to Paradise" y "20 mil lenguas" (5/12)

Welcome to Paradise

Ese maravilloso viaje que le habían prometido, magnífico, extraordinario, fantástico y asombroso, suponía para el viajante el más absoluto, pleno, ideal y perfecto de los sueños imaginables. Leyendo el panfleto, las condiciones eran excelentes, insuperables, inmejorables y excepcionales, sin ningún tipo de contraprestación. Todo con la máxima discreción, la mejor asistencia, superiores atenciones, excelso trato. En las cláusulas quedaba bien claro que el cliente resultaría siendo un individuo dichoso, venturoso, afortunado y quedaría mucho más que satisfecho. En la letra pequeña, se explicitaba oportunamente que había que renunciar a esta perra vida, y además así, con un solo adjetivo. 


20 mil lenguas 

Ese maravilloso viaje que le habían prometido acabó con un mosaico de lenguas y narices contra el cristal. El científico cerró la puerta bruscamente y nadie más pudo acceder al recinto cerrado desde donde se iba a lanzar el primer cohete al interior de la ficción.

jueves, 3 de mayo de 2012

"Naturalezas" e "Insectos" (4/12)

Naturalezas 

Se entrenaban para estar muertos. Durante semanas, algunos pingüinos de la Antártida recorrían miles de kilómetros en dirección a las montañas. Nadie entiende por qué, pero ciertos pingüinos decidían huir de su grupo y alejarse del mar, avanzando torpemente día y noche hacia una muerte segura. Nada les hacía cambiar su idea original, ni el desánimo durante el camino, ni las remotas posibilidades de sobrevivir, ni saberse sin futuro. 

En la actualidad, los historiadores viajan a la región antártica y recopilan con curiosidad los huesecillos de los pingüinos poetas. 


Insectos 

Se entrenaban para estar muertos. Cada mañana, eran cinco los insectos de la cocina que me recibían en fila y bocarriba junto a la lavadora, y así día tras día. No soy especialista en bichos, pero diría que a más de uno le costaba seguir el meneo apurado de patas y antenas, los duros ensayos en decúbito supino. 

Ayer mamá volvió del pueblo y ya no he vuelto a encontrarme con el pelotón de invertebrados. Seguro que hubiera resultado admirable contemplar con qué disciplina y hasta con qué humor aspiraban sus últimos alientos de pesticida. 
*Publicado en Narrativas. Revista de Narrativa Contemporánea en Castellano, 27, Oct.-Dic. de 2012

miércoles, 2 de mayo de 2012

Fabio Morábito (1955, ITA/MEX)

El subrayador 
Revista Crítica, 146

Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los sub­raya­dos que ha hecho en tan­tos años de lec­tura. Ha sub­rayado libros desde la ado­les­cen­cia y son pocos los que se han sal­vado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por obser­var los estantes de su bib­lioteca, siente orgullo, más que por los libros, por tan­tos sub­raya­dos que encier­ran. Rep­re­sen­tan una bib­lioteca den­tro de otra, que ha ido cre­ando con esfuerzo. No ha vac­ilado nunca a la hora de poner un sub­rayado. En tan­tas cosas ha sido tibio y neg­li­gente, pero no en eso. Aun cuando ha tenido el ánimo por los sue­los, ante una frase o un pasaje nota­bles se ha puesto reli­giosa­mente de pie para bus­car un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se lev­ante, se habrá acabado todo. Mien­tras no renun­cie a sub­ra­yar, habrá esper­anza. Ahora, cuando se acerca la vejez, empieza a beneficiarse del fruto de esos innu­mer­ables sac­ri­fi­cios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará, a través de sus sub­raya­dos, de diez a veinte min­u­tos de una lec­tura intensa y selec­tiva. Ha lle­gado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuel­van parte de aque­llo que él les dis­pensó a lo largo de tan­tos años de lec­tura. Le ofre­cen sus sub­raya­dos, hacién­dose ellos mismos a un lado. Al repasar esos sur­cos deja­dos por su pluma o su lápiz, no sólo extrae una pre­ciosa savia de conocimiento, sino que pro­fun­diza en su introspección, pues no hay como leer los pro­pios sub­raya­dos para cono­cerse. En un gesto tan sim­ple y espon­tá­neo, uno se des­cubre sin tapu­jos, pues dec­i­mos más pro­fun­da­mente lo que sen­ti­mos cuando lo dec­i­mos con pal­abras de otros. Mira con lás­tima a muchos ami­gos suyos, posee­dores de esplén­di­das bib­liote­cas que casi care­cen de sub­raya­dos. Por per­manecer cómoda­mente sen­ta­dos, en vez de levantarse a bus­car un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y bus­can en vano en los libros leí­dos una marca cualquiera hecha de pasada, al des­cuido, para intuir algo de que lo eran, algo de lo que han sido.

sábado, 28 de abril de 2012

"Polifacecia nº 3" (1/07)

Como un espejo del vacío que nos separa de un retablo flamenco, así se compone una percepción, según capas de óleo transparente ascendiendo desde la madera que actúa de soporte. Y así se inicia un problema, mientras nos afeitamos, y se evacua con prontitud, y mientras todavía exhuma amniótica primigenia enseguida reparamos en su parcialidad. Aún con todo, lo palmeamos y lloramos su efectividad. No es más (ni menos) que un delicioso encabezamiento, la puerta a un malabar de inveteradas pesadillas que ingenuos y venturosos hemos elegido abrir para vencer a la probidad que nos captura con sus valores cotidianos. 

La primera capa ha surgido tras una tarde de verano perdida en bagatelas, un sofá de cuero rojo anexado a una espalda sudada, como una ceremonia efervescente impuesta en la realidad. Una ducha reconstituyente que anega las primeras sensaciones y al pincel; Praxis rapta la libélula y se aplica con estoicismo conformando el boceto. Es ahora el primer espacio, un lugar, como había dicho, de percepción esquelética, que permite observar desde sus ventanales la bruma rápida que significa la feble realidad. Aquí zanjado el primer acercamiento, el conocimiento de la situación cardinal del escondite se antoja tan indefinible como en cualquier caso superflua, pues su utilidad es ya palmaria. 

El tiempo, como un aire primaveral que reseca el temple de la base, redondea las formas importantes pero difumina los colores intermedios. Una bajada de glucosa es pretexto para observar febril la inesperada arruga en el tiempo, el lento corte transversal que supura la emoción de los idénticos mirándose frente a frente. Es el descubrimiento de una alcantarilla que comunica los tormentos más recónditos, las soledades más desesperadas, a través de largos canales cenagosos, un lodazal de deseos por desear, una jungla de espaciosas impresiones donde abrir heridas y abrazar nuestra estrella sin que nadie nos lo impida, de arrostrar el incansable tormento, la pertinaz búsqueda que se eterniza en definir. La segunda capa es el penúltimo hálito de victoria, el resuello del atleta derrengado que ya vislumbra el laurel pero que no ha pisado aún el estadio. 

Apenas bajásemos la guardia, dos golpecitos en la frente al momento de lavarnos los dientes nos señalarían la solución. El coche del amor de un amigo nada casquivano viene a ser suficiente para recorrer los últimos metros, el retén del impulso final. Las últimas pinceladas al cuadro tienden a ser las más luminosas, repartiéndose mansas y milagrosamente en su ubicación correcta. Es tiempo y no espacio el material que se sitúa en el origen o causa desencadenante de la excitación, la curiosidad o el placer, algunas de las intuiciones más marcadamente melifluas; es detrás y no delante la ordenación del coche escoba. Tiempo postrero, solapado a la espalda sudada del presente no como una ladina posibilidad de retroceso (de subterfugio) sino como una fuente de intuiciones que completa el espejo de la realidad, como una despensa de sensaciones no atendidas en el presente dispuestas a dar el salto a nosotros aferrándose al pincel para acoplarse al envite de nuestros sueños, el hospital de pensamientos quebrados o imperfectos donde se hacen responsables de dar a luz muchas de las percepciones de felicidad que multiplican nuestra facundia diaria. Detrás de todo, al otro lado de todo, como si fuese morir pero sin llegar a extinguirse; ahí sucede como por arte de ilación la polifacecia nº 3. 

* * *

La esperada conclusión, el desenlace al enigma de las polifacecias permanece expuesto entre las líneas de este texto. Necesitarán, reconvención perfectamente obviable, una linterna de luz negra para autenticar el crédito de la obra y aventurarse a interpretar todos los trazos que han sido corregidos sobre la marcha y declarar, al final de todo, que nada es lo que parece ser.

miércoles, 4 de abril de 2012

"Interferencias" y "Nostalgia" (4/12)

Interferencias (original)

Con nuestro mecánico de confianza a bordo, estamos más lejos que nunca. Es un tipo extraño, huidizo, pero trabaja bien, asombrosamente bien. La nave no parece sufrir los daños de las colisiones espaciales, mientras que los tripulantes hemos recuperado la ilusión por descubrir vida en otras galaxias. Nuestra exploración interestelar marcha mejor de lo previsto, aunque aún no tenemos ninguna muestra definitiva. Ni siquiera sabemos si podremos volver, si viviremos para contarlo. Eso no es problema, asegura nuestro mecánico, vosotros mismos sois la prueba. Allí donde vamos me llamaban loco al hablarles de humanos. 


Nostalgia 

Con nuestro mecánico de confianza estamos aprendiendo el oficio (un oficio tradicional, olvidado). Operamos de forma sencilla, evitando complicaciones (o de forma fácil, para no equivocarnos). Queremos que el resultado funcione (o marche, que no haya quejas de otros), que avance a buen ritmo, que pare en el momento justo. No queremos excedernos en el tamaño, en este taller aún no estamos preparados para grandes obras. Este será nuestro primer ejercicio. 

—Hace diez mil años, entre el siglo XX y el XXI, lo llamaban microcuento, apunta nuestro mecánico. Los escribían así, en letras. Y los remataban con piezas que llamaban puntos. 
*Publicado en Narrativas. Revista de Narrativa Contemporánea, 27, Oct.-Dic. de 2012.