Polifacecia nº1 (08/06)
La primera vez que conocí el esplendor de la ciudad portuaria, el inquieto Praxis ya se encontraba impulsando insaciablemente el intercambio de conceptos de forma más bien briosa y propugnando a voluntad una renovación de credibilidad ciertamente obtusa en referencia a la teoría de conjuntos, de hasta entonces indiscutible universalidad. Aceptando el mayor riesgo de disolución terminológica y advenimiento del solipsismo conceptual, el disconforme Praxis incorporó arquetipos al proceso figurativo y elaboró en la soledad un nuevo horizonte para el libre ejercicio de la matemática contradictoria, de la metalización soariana en el ámbito del lenguaje y de la contendencia doméstica circunscrita, que llamó acertadamente polifacecia, tras varios meses de recíproco encaje de exotismos. Mundo lejano de percepción esquelética, de anormal clarividencia, plano y limpio, donde, tras de arduos cálculos semánticos, existía la posibilidad de fragmentar la realidad y crear celdas abstrusas con su material.
Frente a este hecho, que muy pocos consideraron un fenómeno de primera utilidad, el palpitante Praxis, lejos de inquietarse ante la idiocencia social, se planteó un nuevo reto de inmersión: abstruirse en la polifacecia e intercambiar fragmentos consigo mismo a fin de que, a su vuelta a la ciudad portuaria, todos pudieran mirar sin pudor las celdas abstrusas que se incrustarían visiblemente en su propio pensamiento y en su comportamiento. Varios días invirtió Praxis en adaptar su lenguaje a la onda corta terminológica, tratando de mantener impulsos contradictorios constantes sin recaer en la analogía semántica que lo precipitaría eternamente por el conocido precipicio roivasiano. Todo ese tiempo ensimismado, en sí mismo, albergando secretos matemáticos imposibles, balbuceando materiales indisolubles, comportando tendenciosamente su individualismo eterno y repasando las obras completas de Esépalos para descomponer la semántica, la lógica, la matemática y la circunscripción y apuntillando cada término extraído, hurgando curiosamente en lo imperceptible, improvisando la senda correcta en su viaje de insólitos conceptos. Tosca e inusual apertura que, como se podría esperar, fue cerrándose a su espalda aunque Praxis, sin prestar sorpresa ni reparos al incidente, continuó ensimismado abriéndose paso afanosamente hacia la polifacecia, el espacio lejano, más allá del horizonte visible que, una vez traspasado, jamás conocería el regreso.
La última vez que visité la espléndida ciudad portuaria, el cielo me insinuó que el alrededor, en su conjunto, era más plano y más limpio, pero, por lo demás, allí nadie conocía al viejo Praxis.
Frente a este hecho, que muy pocos consideraron un fenómeno de primera utilidad, el palpitante Praxis, lejos de inquietarse ante la idiocencia social, se planteó un nuevo reto de inmersión: abstruirse en la polifacecia e intercambiar fragmentos consigo mismo a fin de que, a su vuelta a la ciudad portuaria, todos pudieran mirar sin pudor las celdas abstrusas que se incrustarían visiblemente en su propio pensamiento y en su comportamiento. Varios días invirtió Praxis en adaptar su lenguaje a la onda corta terminológica, tratando de mantener impulsos contradictorios constantes sin recaer en la analogía semántica que lo precipitaría eternamente por el conocido precipicio roivasiano. Todo ese tiempo ensimismado, en sí mismo, albergando secretos matemáticos imposibles, balbuceando materiales indisolubles, comportando tendenciosamente su individualismo eterno y repasando las obras completas de Esépalos para descomponer la semántica, la lógica, la matemática y la circunscripción y apuntillando cada término extraído, hurgando curiosamente en lo imperceptible, improvisando la senda correcta en su viaje de insólitos conceptos. Tosca e inusual apertura que, como se podría esperar, fue cerrándose a su espalda aunque Praxis, sin prestar sorpresa ni reparos al incidente, continuó ensimismado abriéndose paso afanosamente hacia la polifacecia, el espacio lejano, más allá del horizonte visible que, una vez traspasado, jamás conocería el regreso.
La última vez que visité la espléndida ciudad portuaria, el cielo me insinuó que el alrededor, en su conjunto, era más plano y más limpio, pero, por lo demás, allí nadie conocía al viejo Praxis.