sábado, noviembre 08, 2008

Sobre los recopilatorios...

El recopilatorio I.I. BEATS incluye temas de, entre otros:

THE BEATLES
BEE GEES
THE COASTERS
DAVE CLARK FIVE
GERRY & THE PACEMAKERS
HERMAN'S HERMITS
THE HOLLIES
THE KINKS
BILLY KRAMER & THE DAKOTAS
MANFRED MANN
THE MERSEYBEATS
THE SEARCHERS
THE SHADOWS
SWINGING BLUE JEANS
THE TREMELOES
THE ZOMBIES

Y los dos mejores Lp's del estilo:

THE BEATLES: "A Hard Day's Night" (1964)
THE ZOMBIES: "Begin Here" (1965)


El recopilatorio I.II. MODS incluye temas de, entre otros:

THE ACTION
AMEN CORNER
THE ANIMALS
THE CREATION
THE EQUALS
GRAHAM BOND ORGANISATION
THE MOVE
THE PRETTY THINGS
THE ROLLING STONES
THE SMALL FACES
SPENCER DAVIES GROUP
THE TROGGS
THE WHO

Y los cinco mejores Lp's del estilo:

THE ANIMALS: "The Animals" (1965)
THE CREATION: "We Are the Paintermen" (1965)
THE ROLLING STONES: "Aftermath" (1965)
THE SMALL FACES: "Small Faces" (1966)
THE WHO: "The Who Sings My Generation" (1965)

El gigante senegalés

A todos pasaba lo mismo: boquiabiertos ante el descubrimiento se postraban frente al televisor para no perder detalle. Saddi Dembou, el gigante senegalés, era un auténtico portento de los concursos de televisión; su laconismo idiomático (lógico, pues apenas daba sus primeros pasos en castellano) era sorteado con una memoria y una agilidad mental vertiginosas.

Sabido que para los números se desenvolvía con primor, se valía de cálculos inverosímiles para descifrar el más arduo logaritmo, así como desenredaba ecuaciones antes que cogía la tiza. Para más, su facilidad en cifras se veía pasmosamente superada por su aptitud para las letras. Aún sin dominar la oratoria castellana, el dominio de la gramática resultaba sencillamente inmejorable. Deslumbraba en sus ojos negros la erudición del siglo de oro español, textos de los fue adquiriendo la destreza verbal. Sus malabarismos expresivos expelieron la aparente simpleza de que adolecen los programas de pregunta-respuesta para alzarse en poco tiempo en adalid del idioma. Hasta los académicos más vetustos (fieles seguidores del maestro prestidigitador de vocablos) rascaban sus coronillas y corrían a sus bibliotecas cada vez que Saddi Dembou lanzaba a la audiencia respuestas cada vez más enredadas para el enigma de las letras desordenadas. Sus aciertos lingüísticos, que ahogaban toda participación de los demás concursantes, obligaban al marcador a inaugurar las decenas de millar, y hasta la casilla de la centena hubo crearse a medida que el gigante acumulaba descomunales puntuaciones concurso a concurso.

Absorbida la caja del programa, Saddi Dembou se mudaba de canal y retomaba la senda triunfal. La fascinación de la España televisiva engordaba con satisfacción; las audiencias se disparaban, el seguimiento al gigante superaba con creces al de los mayores eventos deportivos. Los niños desahuciaban sus recreos para rendirse a su nuevo ídolo, las madres adelantaban quehaceres, los padres, en fin, postergaban la siesta por no faltar diccionario en mano ante la diaria sesión de sapiencia de Saddi Dembou. En los bares no había más tema; los camareros desatendían a sus clientes si el concursante senegalés, ante una pregunta de rigor, esquinaba su semblante y oteaba pensativo el techo del plató (en un premeditado mohín de incertidumbre que algunos interpretaban como el fin de su hegemonía, otros como un gesto de conmiseración hacia los iletrados), para lanzar de sopetón la respuesta más inopinada posible y, para sorpresa de todos, correcta a todas luces, acallando el runrún de los escépticos que para siempre renunciarían a dudar de la puntería del maestro. La adoración que despertaba auspiciaba las carencias culturales de sus rendidos seguidores, que redirigían sus actos devotos hacia Saddi Dembou, el talento más espléndido que jamás habían testimoniado, el más genial concursante de todos los tiempos.

En Francia, primer desembarco europeo, sus fenomenales facultades ya habían desecado la paciencia de los guionistas convocados a efectos de enriscar su talento. El bolsillo del gigante senegalés se dilataba para albergar el voluminoso bote que iba recaudando. Dado el murmullo que principiaba a levantar el éxito, sus asesores lo aislaron de la muchedumbre para salvaguardar su concentración. No obstante el alejamiento, el fascinante personaje no tardó en ganarse al pueblo francés, y multiplicó su popularidad a medida que consolidaba su estampa televisiva. Francia entera amaneció al poco empapelada con la cara de Saddi Dembou, el gigante senegalés, avisando en sus carteles de la llegada del último fenómeno de masas y apuntando con detalle sus próximas apariciones en este o aquel canal. Los rotativos recogían en portada el acontecimiento del año: el rostro en blanco y negro (más negro aún) del gigante senegalés. Todos los medios solicitaban entrevistas; todos escudriñaban los anales en busca de precedentes o atosigaban a sus representantes con objeto de encontrar datos significativos de su pasado, pero el gigante continuaba despreocupado su trayectoria, saqueando los premios de cada plató. La Historia de Francia era tan suya como de cualquier otro francés: Molière, Proust o Robespierre, Degas, Napoleón o Platini, integraron un ficticio coro de consejeros, como un sanedrín multidisciplinar de almas líderes, que entonaban cánticos de clarividencia a Saddi Dembou en forma de respuesta correcta. Triunfante, el gigante respiraba sereno y elogiaba a su tropa, consortes de su enigmático virtuosismo.

Meses después, decidido a conquistar a la audiencia más ferviente en el consumo de productos morbosos y extravagantes, el gigante abandonó suelo galo para afincarse en España. No tardó en recibir ofertas de ávidos multimillonarios, conocedores al dedillo de su periplo francés, dispuestos a hacer suya la imagen del momento: rostro pasivo de rollizos labios, rosados con paciencia, mirada lánguida y rutilante ante la duda y testuz sudorosa de combinaciones neuronales. El gigante senegalés empezó a copar con naturalidad la programación estatal: su sola presencia renovaba el interés por espacios de sobremesa en peligro de extinción. Los anunciantes cubrían de dinero a los responsables del evento, que cuidaban con celo de que nada desviara la atención de los millones de españoles de una cara, un gesto de incertidumbre, una aguda dilación y al fin un éxito fulgurante, una fascinación sin precedentes.

Acuciado por la fama, el gigante senegalés se atrincheraba en su residencia para escuchar ofertas de grandes magnates, que veían en la remozada televisión el negocio de sus vidas. La cólera millonaria dio lugar a grandes espectáculos en prime-time, que magnificaban las posibilidades de explotación y satisfacían a la audiencia, todo en uno. Cada noche, las pantallas españolas amparaban un esperado acontecimiento que reunía familias al televisor, retenidos durante casi tres horas con el show más intenso jamás montado. El programa incluía toda una suerte de ejercicios mentales que Saddi Dembou soslayaba cual simpleza, no sin antes regalar al público sus facciones dubitativas, que provocaban general aceleración de corazones, voladura de uñas y satisfacción orgásmica tras la validez de su respuesta (con el instantáneo reembolso monetario de sus acreedores).

El mecanismo de este círculo parecía perfectamente ensamblado; nada hacía temblar su funcionamiento puesto que nadie era capaz de garantizar el final de cada día sin la “bendición” de Saddi Dembou. El sol no se ponía hasta que el venerado sabio mesiánico no cedía su inmenso talento para el gozo imperioso del pueblo, hasta que el infalible fetiche de su felicidad no les proporcionaba el remedio pandémico necesario para la soledad, el abatimiento, la incertidumbre de vivir o el desamor, entre otras tragedias admitidas. Los niveles de veneración crecían de forma escandalosa, impulsando al gigante senegalés hasta una posición dominadora de voluntades ajenas, sabedor de que las desgracias ajenas se colmaban con el disfrute infinito de una aparición suya. De concursante a estrella, de icono a dominador, sus roles se inflaron de tal manera que los intereses que soplaban a su alrededor dejaron de ser simplemente lucrativos: desde las altas esferas se manipulaba para que el gigante abandonara las televisiones y ligara sus influencias a sectores de mayor autoridad. Consciente de que su crecimiento como estrella televisiva había destrozado los techos de plató para auparse sobre tejemanejes de más alta índole, Saddi Dembou vio alterada su indemne concentración, perdiéndose en los cantos de sirena que penetraban por las rendijas de su mansión. ¡Dichosos aquellos fervorosos fieles ahora que sus lealtades se veían banalizadas!, ahora que el brillante concursante estampaba su firma en el contrato de un ejecutivo que abandonó a saltos el jardín del senegalés ante una legión de flashes y miradas malandrinas.

“La noche de Saddi Dembou” prometía emociones fuertes. Anteriores ediciones habían anunciado la “Prueba Total” de geografía (acabadas la “Prueba Total” de bioquímica, literatura o antropología). El gigante africano se cultivaba desde hacía semanas para un test geográfico que proponía el nombramiento por parte del conductor del programa, el rejuvenecido galán Ernesto Ricaredo, de cincuenta ciudades y/o pueblos y/o provincias y/o estados y/o comarcas y/o distritos y/o administraciones a lo largo y ancho del mundo, sin ninguna marcación de habitantes mínimos. El ejercicio suponía para el gigante la memorización de más de quinientos mil millones de nombres, una cifra sin duda superior a los datos que habían podido ser recabados por la producción del evento. De esta manera, el espectro de respuestas que Saddi Dembou almacenaba centuplicaba el abanico de propuestas de que disponían los responsables y, aún a sabiendas de que sus esfuerzos irían encaminados en 99 de cada 100 casos a la retentiva de un nombre por el que jamás se le preguntaría, el obstinado senegalés no paró hasta introducir en su cabeza el último de los inhóspitos lugares. Sus incondicionales estaban convencidos de su tremenda capacidad, pero más de su entrega, de su honradez, aún con todo la mayor de sus virtudes.

Ante la alelada televidencia fueron desfilando territorios de sugerente pronunciación como Biblos, que hallaron en los labios del gigante reposo en Líbano, de rebelde simetría como Circric, lanzados con puntería en la región de Berar en la India, de sinuosa vaharada como Ahmadäbähd, ahogados sin esfuerzo, tras un breve y preparado lapsus, en el territorio mahratta de Sikhs, India, de apariencia anfibia como Roanoke, anegados en las charcas de Virginia, Estados Unidos. Una a una, zonas pertenecientes a Vanuatu, pequeños distritos en islas invisibles de la Polinesia Francesa o Islas Marschall, ciudades devastadas pero aún vigentes en Polonia o Serbia, antiguos campos de concentración hoy habitados de Rusia, como Ufá o Voronezh y hasta el más profundo poblado del Amazonas encontró un sitio en la majestuosa geografía de Saddi Dembou que, como imitando el gesto de una varita mágica esparcía milagrosamente cada lugar a su ubicación correcta, inaugurando el virginal conocimiento de los espectadores que jamás habían imaginado no ya su establecimiento sino la existencia de tales pueblos. Y así continuó, durante una hora, desgranando el mapa como si tal cosa para los boquiabiertos espectadores que, encandilados a más no poder, se clavaron frente al televisor sin querer perder detalle. Y así es, infiltrada como parte de la ceremonia de congregación, como una cara de duda se alarga de improviso, provoca un leve aturdimiento, titubeos, una mirada confusa prendada de la imagen del ejecutivo saltimbanqui, y ante la tele, público entumecido, rumor de vértigo, desconcierto, lloro de niño y disparo de enciclopedia a la pared, y un presentador pendiente del vocablo que ha incitado el incipiente caos: Sanginauk. La realización de “La noche” se resiste a dar paso a publicidad; una respuesta sorpresiva del gigante puede provocar un estallido de júbilo sin precedentes. El presentador remira su tarjeta y no da crédito a la respuesta que ven sus ojos. El gigante continúa atónito y aparentemente KO. El público en plató emite tímidos abucheos, al poco atronadores. Al momento, el concursante se arrodilla, vencido. Los telespectadores ya sólo ven anuncios socorridos, apenas digerido el cataclismo estelar que acaban de presenciar. En el plató, el público abandona despavorido sus asientos y amenaza con linchar al gigante, que recibe al tiempo el socorro de sus guardaespaldas. En las calles, la multitud de fieles se reúne desilusionada ante el humano error de su otrora ilustre deidad. Decidida a derrumbar la efigie redentora del gran gigante senegalés, somete infinidad de retratos a la fiereza de las llamas y de las gargantas acusadoras. En el asfalto se recoge el residuo de los primeros llantos, supuración carnal y directa del sentimiento insondable que agrieta los corazones de millones de españoles y les obliga a enfrentarse en solitario, ahora sí y para siempre, a la incertidumbre de la vida indefinida, a pasear por las estradas de la existencia sin un señuelo que perseguir, a soportar sus miserias sin un fetiche infalible y cierto.

Saddi Dembou, en el suelo encerado del plató, se arrastra claudicante hasta las tarjetas de respuesta desparramadas. Alza la titulada “Sanginauk”. Un rotulo, justo debajo, se presenta en sus ojos como una lágrima de fracaso: “Senegal”.