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viernes, 17 de marzo de 2017

Fernando León de Aranoa (1968, Madrid, ESP)

Saldo 
Aquí yacen dragones, 2013

Le da un beso a su mujer aún dormida en la frente, al levantarse, pero ella se lo devuelve después, en el cuarto de baño, cuando sale de la ducha.
Están en paz.

Luego prepara el desayuno a sus tres hijos que, al salir, ya en la puerta de la casa, le dan cada uno dos besos, lo que deja un saldo a su favor de seis. De ésos le dará dos a su madre cuando se detiene un minuto a saludarla, camino del trabajo, y otros dos a Lucía, la nueva secretaria de Cuentas, cuando se la presentan; recupera uno que le da su hermana cuando pasa por la oficina a verle, a media mañana, con lo que aún le quedan tres.

Su mujer le da dos más a la hora de comer, en el restaurante con manteles de cuadros rojos y blancos en el que suelen encontrarse. Más otros dos que le da Bianca, la encargada, cuando se sienta a la mesa con ellos a tomar café, hacen siete. Dos los desperdicia con una antigua compañera de carrera de la que apenas recuerda el nombre, con la que se encuentra en la puerta del edificio Andrade.

Con los cinco que le restan regresa al trabajo, donde le dará dos a escondidas a Isabella, una joven estudiante en prácticas que va sólo por las tardes. Luego, en el hotel Dos Castillas, le dará los tres restantes y ocho más, repartidos por distintos lugares de su cuerpo. Ella le devuelve doce, la mayor parte en la boca y el cuello. Él la besa dos veces más en el coche, cuando la deja frente a la casa de sus padres, con los que aún vive. Piensa mientras se los da que son besos rápidos, clandestinos, pero cuentan igual.

Llega a su casa tarde, cansado y sin apenas besos.

Da uno a cada uno de sus tres hijos, que duermen ya. Se acuesta junto a su mujer, uno abajo. En números rojos, le explica que en la agencia están sobrecargados de trabajo. A pesar del enfado, antes de darse la vuelta y dormir, ella le da un beso en la frente.

Estoy en paz, piensa él antes de quedar profundamente dormido.


Los adioses elegidos
Aquí yacen dragones, 2013

En la estación de Vitebsk, entre un puesto pequeño de souvenirs y un estanco en el que venden tabaco para liar Occidental Fuerte, hay un comercio de despedidas. Allí, los viajeros solitarios eligen la que mejor se acomodará a su partida de acuerdo con su estado de ánimo y con sus posibilidades económicas.

Por una cantidad ciertamente razonable, en él se puede encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con sus abrígate mucho y sus llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.

La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer.

Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.

Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.

El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria, sensación de desarraigo.


Las cosas que se quieren perder
Aquí yacen dragones, 2013

Los objetos con más tendencia a perderse son los relojes regalados por alguien muy querido y las cadenas de oro. También las carpetas con apuntes manuscritos en los días anteriores a un examen, nuestro rotulador rojo favorito y las llaves de casa, aunque éstas tiendan a hacerlo sólo de manera temporal.

Resulta llamativo también el empeño en ser olvidados en los taxis que muestran los paraguas en los días de lluvia y las bufandas al comenzar el invierno. Las gafas de sol de óptica, por el contrario, manifiestan una mayor disposición a perderse en los meses de más calor.

A día de hoy parece probado que existe una relación de proporcionalidad directa entre la importancia de los objetos y su tendencia a desaparecer: el número de teléfono de una mujer de ojos oscuros, anotado al vuelo en un ticket de compra en la cola de unos grandes almacenes, tendrá más posibilidades de no ser encontrado jamás cuanto más diáfana sea la claridad con la que creamos haber visto en ellos a la mujer por la que daríamos, llegado el caso, nuestra vida.

También las personas muestran en ocasiones tendencia a perderse. En especial los niños, porque aún desconocen la rutina, y los viejos, porque la quieren olvidar.



Instrucciones para escribir una carta
Aquí yacen dragones, 2013

Conocer a una mujer una tarde, en una terraza del centro de su ciudad.

Convidarla a un café y entablar con ella una conversación ligera, pero no superficial. Apreciar la calidez y el silencio, su rutina de sonrisas, titubeos.

Imaginar vivamente su aliento en el nuestro y la caricia dorada del sol en su pelo castaño, en la ventana, al caer la tarde.

Amarla después, echarla de menos. Aguardar a que pasen catorce días exactos.

Entonces ya está usted listo para escribir una carta.


Los lugares
Aquí yacen dragones, 2013

Mi memoria es espacial, recuerdo a las personas si me las encuentro en el lugar al que pertenecen. Al carnicero sólo le reconozco de uniforme, detrás de su mostrador de mármol sonrosado, entre costillares, piezas de carne y cochinillos lívidos. Al vendedor de periódicos si está en su kiosco, enmarcado por la colorida maraña diaria de titulares y revistas para adultos. 

Encontrarme, por ejemplo, al zapatero en el videoclub me sume en el más absoluto de los desconciertos.

A mis vecinos los identifico sin dificultad en el portal del edificio, o en un par de manzanas a la redonda. Superado ese perímetro, resultan para mí perfectos desconocidos.

Es como si necesitara del marco para reconocer el cuadro.

Esta particularidad me causa graves inconvenientes. Cuando me cruzo a cualquiera de ellos en otro lugar de la ciudad, parque o transporte público, lejos de sus contextos habituales, jamás les saludo. Sé por la portera que toman mi incapacidad por altanería o simple falta de educación. 

Lo mismo sucede con los grandes acontecimientos de mi vida.

No recuerdo el final de las películas, pero sí la fila y el número de la butaca desde la que las vi. No recuerdo a la adolescente que me besó por primera vez, pero sí el cuarto de baño de la discoteca de provincias donde sucedió.

He olvidado de qué hablaban las líneas que me conmovieron de aquella magnífica novela, pero recuerdo perfectamente que estaban en página impar. De la muerte de mi abuela recuerdo las dimensiones exactas del tanatorio, el verde tornasolado del mármol en las paredes y las cortinas de cretona, levemente arrugadas. Y recuerdo también a la perfección el comedor del hotel de carretera donde mi mujer me dijo que ya no podíamos seguir juntos, pero, si me lo preguntan, he olvidado por completo en qué quedó aquella conversación.

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