...blog personal de rubén rojas yedra

lunes, 11 de abril de 2016

Carola Aikin (1961, Madrid, ESP)

La dama en el diván
(Las escamas del dragón, 2005)


Hubo una anciana tan diminuta que parecía el cojín más hermoso del diván donde esperaba morir devorada por un dragón de seda azul; una seda de tan fina calidad que hacía años había contagiado de arrugas el rostro de aquella mujer extrañamente poderoso y a la que todos siempre llamaban Gran Dama.



Junto al diván, un minúsculo ataúd, un viejo sirviente hastiado, un cofre. La luz de la tarde caía como oro sobre la mujer, sobre las fauces del dragón con quien dialogaba.


—No puedo soportar esta espera —le decía—, si no me devoras, pronto enloqueceré —luego se dirigió al criado—: abre el cofre y vuelve a decirme lo que hay dentro.

Mientras el criado recitaba de memoria la lista de sus posesiones, ella reía con el dragón.


Gabriela, el escribiente y yo
(Mujer perro, 2012)

Da miedo la ciudad vacía de gente. Da miedo el caos de objetos esparcidos. La Gran Avenida es un cementerio de autos, carteras, motos tiradas, bolsos, documentos, maletines, autobuses, llaves, ¡tantas, tantas llaves! En el aire rosa ululan los edificios: se estiran, se contonean como gigantes vertiginosos. Nadie. No ha quedado nadie salvo la mujer parada en la acera, el vestido algo desordenado. De sus manos cuelgan las bolsas de la compra, sus ojos recorren despacio el techo de la ciudad, se pierden en el cielo, en las formaciones rosáceas que parecen irse disolviendo unas en otras. Abajo, los edificios ya no bailan sobre sus goznes. Es plena hora punta en la Gran Avenida. Hora punta para el silencio, para lo incomprensible. Las pertenencias de los desaparecidos yacen agolpadas en las escaleras del metro de donde la mujer acababa de salir hoy lunes, día de mercado. No sólo se han desvanecido las personas, sino también los árboles, los gorriones, las palomas. La mujer está muy pálida. Parece una estatua con escote floreado en uve. A sus pies, entre el revuelto de periódicos y revistas, hay un montón de zapatos. Tras ella, junto a la boca de metro, el quiosco donde ha buscado refugio hace apenas minutos, o apenas horas o días o siglos. En algún pedazo de tiempo ella salía, luego intentó parapetarse en ese pequeño kiosco mientras estallaba el ruido, todo el ruido, y los remolinos de eco chocaban entre sí y contra todos y le levantaban las faldas y liberaban su cabello del moño tirante, lo sacudían en el aire colapsado de gritos y sombreros. Quizá fue por puro instinto que la mujer chilló a la vez que aullaban las ondas sonoras, con ojos prietos, hasta que todo paró. Una mujer fuerte y hermosa y compacta. Una mujer que se agacha, rompiendo la extraña quietud que emana de la súbita inmovilidad de la materia. Lentamente, deposita sus bolsas. Toma, uno a uno, los zapatos que se apilan sobre la acera. Con qué delicadeza los examina, los sitúa en abanico a su alrededor. Todos zapatos impares y absurdos.

Al fondo de la Gran Avenida brilla hoy la puerta de la ciudad, con su vencedor en lo alto, erguido e indómito sobre un caballo de piedra. Más allá, envueltos por la bruma, se extienden los suburbios, las grúas, las grúas que ya no chirriarán, la autopista fantasmagórica, silente, que acorrala a las montañas. Ya no coge el horizonte en el horizonte. Pareciera que el cielo se hubiese achicado unas cuantas tallas y se desprendiese por los bordes. Un cielo de papel.

Esto no es forma, le oigo decir a la mujer. No es forma ni hay derecho. Ha reacomodado las sagradas bolsas junto al semáforo. Se está quitando la rebeca, la dobla, la pone encima de las compras, se ordena el pelo, se alisa la ropa. Comienza a organizar la calle. Maletines aquí, paraguas allá. No piensa. No debe pensar. Carteras todas juntas, después incluso podrán clasificarse por nombres. Complementos. Papeles. Joyas, anillos, pulseras, pero ¿y los relojes? ¿Es que nadie llevaba relojes? No debe pensar. No piensa. Es bonito el escote floreado en uve, los pechos asomados y blancos y el correr de las manos tras el sudor. El vestido se adhiere a su cuerpo, lo redondea, aprieta su cintura. ¿Y las llaves? ¡Tantas llaves! La mujer respira hondo, toma el aire enrarecido, luminoso, violáceo. Respira fuerte. Murmura. Es una de esas mujeres que hablan mientras trabajan, que están acostumbradas a dialogar con los pasillos interminables, sucios, sucios de sueños, de deseos ahogados en cubos de agua con lejía. Ella sabe de los espacios que ocupan otros. Sabe dejarlos como si no hubiesen pasado por allí, como si no hubiesen dormido o comido o trabajado allí. Conoce bien las limpiaduras, los rastros, los secretos que nadie se molesta en esconder, ¿a quién le importa lo que piense una fregona? La mujer ríe, se tapa la cara con las manos. Tiembla. Llora ante la avenida regada de coches, abrigos, casas de mil plantas, carteles publicitarios, corbatas, medias, blusas. ¿Es que han marchado desnudos? 

¿Es que esperan que ella se ocupe de todo hasta que les dé la gana de volver? Da miedo. Da miedo la ciudad vacía. Hay hasta carritos de bebé con sonajeros, chupetes. Todos idos. Igual que en esas fotos antiguas donde nadie existe ya. Tanta gente. ¿Por qué?, se pregunta, ¿y por qué no yo? Y las azoteas de los edificios, imponentes como monolitos, incrustan sus antenas en el cielo. No imaginó que se podía llegar a esto en una mañana de lunes, en el atasco permanente de vehículos y cuerpos, en la lucha por llegar cada quien a su destino. La Gran Avenida, hoy.

La mujer se ha echado en la acera. Parece una diosa dormida al final de una batalla, los cabellos sueltos y castaños, la nuca destapada. Cómo deseo acostarme a su lado, comprobar que aún le late el corazón. Olerla. Decir su nombre: Gabriela, Gabriela. Le explicaré que nada importa, que fue el ruido harto de tanto ruido lo que estalló. No se podía seguir así. No se podía, susurro en su oído. Ella grita, me aparta con rabia. ¿Quién es usted? Sus lágrimas caen sobre mi camisa arremangada, mojan mis muñecas. Sólo quedamos nosotros, le digo. ¿Cómo «nosotros»? ¿Quién se cree que es usted y cómo sabe mi nombre? Reprimo la risa muy a duras penas. Quiero acariciarle la mano, tranquilizarla, pero Gabriela se ha levantado furibunda a recoger sus cosas. Mire, no estoy dispuesta a aguantar prepotentes, dice, los ojos duros, irónicos. Y menos ahora. 

Se marcha cargada con sus bolsas, la rebeca puesta de cualquier manera sobre los hombros. Avanza con seguridad, pisoteando todo lo que encuentra a su paso. 

No podrá ir muy lejos, me digo, y deleito mis ojos con el contoneo de sus nalgas fuertes, musculosas. Toda una inspiración. Ha colocado las bolsas del mercado sobre su cabeza, como hacen los indígenas cuando tienen por delante un trayecto largo y cansino: un brazo en la cadera, el otro sosteniendo el equipaje. Gabriela camina por la avenida, una figura esbelta, pequeña, tan pequeña. Se dirige a las montañas con paso firme. Ni una sola vez se ha vuelto a mirarme. No le intereso. No le intereso yo.

He comenzado a sentirme débil. Estoy cansado, de pronto muy cansado. En el pequeño cerco que Gabriela ordenó me siento en otro país, un país seguro con fronteras delimitadas a base de montones de periódicos, de prendas y zapatos. Me rodea sin embargo un continente salvaje, inexplorado, y tengo miedo. Pienso con rabia en Gabriela: yo había cambiado el mundo para tenerla conmigo. Yo he descrito a Gabriela. Yo la he convocado: le hice salir del metro para que todo estallara. Odio las multitudes, me hacen sentir solo. Y ahora estoy terriblemente solo en este pandemónium creado por mi propia desesperación. Gabriela me ha abandonado en el fin del mundo. Pienso que quizá me apresuré en revelarle su nombre. Sí, eso es. Debí haber sido más cauto, haberme disfrazado de personaje que sufre el mismo estentóreo destino. El afán por sobrevivir juntos me habría llevado a su lecho, sólo que no me pude aguantar. Mi Gabriela.

Inesperadamente se ha puesto a llover. El cielo descarga unas aguas azuladas que tintinean como campanillas de iglesia antes de tocar el suelo. El aire transporta olores metálicos. Pareciera que la ciudad estuviese encerrada en un gran vaso de vidrio, las campanas se escuchan cada vez más alto. He tenido que refugiarme en un soportal. Dudo de todo. ¿Dónde estará Gabriela con sus bolsas en la cabeza? Decido buscarla y salgo y corro. Todo se ha salido de mi control. Estoy perdido, perdido. La humedad empaña mis ojos. Avanzo a golpe de fuerza bruta, con una especie de instinto animal. No noto mi cuerpo. Sólo oigo entrar y salir el aire y el sonido metálico de esas diabólicas campanas. No importa qué le diga a Gabriela cuando la encuentre, necesito refugiarme en su calor.

Llego por fin hasta ella. No puedo dar crédito. Se me ha abalanzado cual pantera y me araña el pecho y grita: ¡Hay alguien más! ¡Otro hombre!, y no sólo sabe que me llamo Gabriela, también dice que usted se llama Sebastián. ¿Será posible? Increpa con furia. ¡Somos tres! Y sí, somos tres. Y él, el otro está aquí, como siempre, conmigo. Está con nosotros, en la lluvia, en el sonido de las campanas, en el repiquetear de las letras. Él entra y sale de este escenario techado en vidrio. Y así debí decirle a Gabriela. Pero de nuevo miento y con un hilo de voz le pregunto ¿Sabe usted adónde fue? Ella se echa a llorar en mis brazos. Ahora, por el momento, es mía y no de él. Él no la creó.

Estoy tranquilo. Hace días que Gabriela y yo estamos juntos. Ella parece haber desistido de su idea de irse a las montañas. No quedan plantas ni animales, le he dicho repetidamente. Ella pregunta por el resto del mundo, pero no sé nada, está muy lejos, demasiado. El problema es la comida, la falta de electricidad, la escasez de agua. Tenemos el tiempo contado. Gabriela ha organizado una buena despensa, yo encontré la mejor suite de la ciudad para los dos. Ella me hace muchas preguntas, parece aceptar el desastre con buen ánimo. A veces baila, le encanta bailar. Es bailarina, dice, era bailarina, mejor dicho. Esto me violenta un poco, sobre todo porque vaya a enterarse de que la tomé por fregona. Pero la tengo conmigo. A menudo me repito: Gabriela está conmigo. Sólo que no siempre. A veces caen grandes aguaceros y ella me pide que la deje tranquila un rato. Entonces salgo a mojarme y a correr y a sacar afuera la desesperación que me causa ese sonido de campanas. Cuando vuelvo está acostada y desnuda y sudorosa. No oculta su relación con él.

Sebastián, me dice en un susurro, Sebastián, ¿por qué no intentas escribir de nuevo? Creo que si lo hicieras podríamos salir de aquí, tener una vida normal. 

Me echo junto a Gabriela, le hago cerrar los ojos, intento borrar las caricias, los rastros que él deja en su vientre. «La noche era una hembra de tobillos rosados», escribo sobre su piel. No, quejiquea ella, no vuelvas con eso, venga y dale con lo mismo. Me levanto afligido de su cama. Me asomo a mirar con impotencia la destartalada ciudad. Luego, sin poder retener la ira tomo a Gabriela por los cabellos, le exijo que me diga cómo se llama su amante. Pero no lo sabe porque él no tiene nombre. Es un narrador sin nombre, un escribiente. Sólo espero no hacer con Gabriela lo mismo que hace él. Y me avergüenzo.

Hoy, siempre hoy, hemos descubierto en la segunda planta de unos grandes almacenes un ordenador que funciona con baterías. Gabriela me ha ido dictando el nuevo orden de la ciudad y yo he escrito con suma obediencia cada una de sus palabras. Me preocupa bastante la credibilidad del texto. También quizá la estructura, algo desenfrenada, no acabe de soportar el problema del tiempo. Pero para Gabriela nada de eso importa. Ella asegura que las necesidades básicas están cubiertas. Después de hacer el amor se ha quedado dormida. Qué plácida se la ve. Ha pedido un gran teatro, una maravillosa orquesta, una villa con jardines, fuentes, pavos reales. Y todo, todo exquisitamente ordenado. La lista es inmensa. He optado por las comas. Sólo al final hay un punto y antes del punto su nombre y el mío. Él no nos ha dejado ninguna otra opción. Ahora empieza el verdadero duelo entre nosotros. No paro de repetirme que, suceda lo que suceda, lo que importa es que hoy Gabriela está conmigo y no con él.


Mi musa 
(Mujer perro, 2012)

Yo amo a la mujer de vestido negro y largo que arrastra la corriente, hay algo invencible en ella, en la manera en que se desabrocha los botines, desliza sus medias, zambulle en el lago sus pies desnudos, deliciosos como peces. Tiemblo cuando viene, al final de la noche, sobre su silla de brazos anchos. No puedo resistirme y emerjo desde el lodo profundo para besar las cadenitas de dedos blancos, uñas color perla, siempre tan nerviosos, tan insatisfechos. Sabe que nada puede detenerme cuando, conmigo a su lado, apenas rozando mi lomo, abre su maletín y saca la máquina infernal, y entonces todo gira, giran el agua y el silencio y caen a cientos los folios de papel escrito y emborronado, y yo, monstruo dócil, fascinado, devoro sirenas, montañas, ciudades, pájaros.


¿Y tú quién eres? 
(Mujer perro, 2012)

Una vez Lilly me besó. Fue tan rápida en asaltarme. Un brinco de su torso por encima de la mesa del bar. Un abordaje de brazos flacos, tensos hasta el límite. Inquisitivos labios. Ni una palabra, sólo su lengua viajando por el universo de mi boca. La noche es una hembra de talones rosados, recuerdo que decía una canción obstinadamente, y yo me preguntaba si sería humana, esa hembra. Pero habíamos estado bebiendo y seguíamos bebiendo y el ruido de la gente, la música, la intensidad de Lilly, todo se columpiaba en mi cabeza. Ella había hablado de los grandes monos: ¿No entiendes que hay lugares donde les enseñan a comunicarse?, repetía aún y por siempre. ¿Cuándo aceptaréis que pueden contar lo que hicieron ayer, lo que harán hoy y mañana? Son como la gente que sueña y desea. Ella anclaba los codos sobre la mesa, se sacaba las sandalias de un tirón. Y bebía. Lilly bebía con prisa. Esa noche estuvimos solos, ella y yo. 

Pueden soñar, pueden soñar. Su pie desnudo había rozado mi pantalón como un pájaro huidizo, alborotado. Yo no retiré las piernas. Me fascinaba, me aterrorizaba pensar que pudiera posarse en mí. Pero no retiré las piernas y mis sentidos recorrieron incansables la distancia abismal que nos separaba y luego la piel de su boca y el espacio blando donde se juntaban sus orgánicos pechos, y de nuevo el rostro de Lilly, encendido por la conversación. Llevaba días observándola, retrasando mis propias obligaciones para verla entrar cada mañana en la jaula del gran macho: la cara resplandeciente, sus muslos reventando los vaqueros. Inevitablemente, también me invadieron las imágenes de Él lamiendo los dedos de las delicadas manos de Lilly, espulgando su larga cabellera ante decenas de visitantes, cuidadores, niños atónitos con las narices pegadas al cristal de seguridad que los separaba del gorila más peligroso del mundo. ¡Salvaje Lilly! Su comportamiento provocaba comentarios y risas entre el equipo de trabajo del zoo, entre los colegas universitarios. ¿Cómo es posible que la Dirección le permita exhibirse de esta manera a la nueva becaria? Sin embargo a mí, esa noche, esas imágenes mentales, obsesivas, me impulsaron a proferir un reclamo borracho y profundo. ¡Yo también tengo sueños, Lilly!, le dije, y entonces fue cuando ella se tiró a besarme y yo supe que no había marcha atrás. Caí adentro de sus ojos, húmedos ojos de lago donde se bañan los monstruos. Ningún suspiro. Nada que me recordara a una mujer. Cuando nos separamos, Lilly ocupó de nuevo su asiento con increíble agilidad y continuó hablando algo nerviosa, claramente decidida a no permitir que se instalase el silencio entre nosotros. Yo aproveché para hurgar con mis ojos su boca, espiar el movimiento de sus labios. Quería ver su lengua, descubrir su cuerpo. Follarla, eso era lo que quería, lo que me aterraba. Intenté imaginarme desnudo junto a ella. Pero dónde, ¿en mi cama? ¿Es que nadie va a apreciar nunca las pinturas de Tarzán?, me insistía ahora, y a la vez jugaba con su pie alado bajo la mesa. Tarzán es, no sé cómo explicarte, Tarzán... La palabra Tarzán, la manera de pronunciar ese nombre de gorila, como si se perteneciesen el uno al otro, como si ambos estuviesen unidos por un vínculo secreto, despertó en mí una rabia profunda. ¡Las pinturas de Tarzán! Ya en la mañana el cuidador me había comentado, no sin suspicacia, que el gran macho había pintado un corazón en los muros de la jaula con sus propios excrementos y que entonces ella, a modo de premio, lo había besado en la boca. Sentí más furia y atrapé el pie de Lilly. ¡Un corazón de mierda! A Lilly no pareció preocuparle la presión de mi mano sobre la yugular de sus talones de diosa. Obstinada, volvió a repetir ese nombre. Tarzán. La cerveza resbalaba por su garganta. Sonreía absorta, extrañamente desconectada, como si nada estuviese sucediendo o hubiese sucedido entre nosotros dos. No, ella no me necesitaba, no necesitaba ninguna palabra de amor. El pelo revuelto, camiseta blanca y estrecha sobre sujetador negro como la noche. La noche cuando te pregunta: ¿Y tú quién eres? Y no sabes qué responder y entonces quieres matarla. Bajo la mesa las sandalias doradas de Lilly, caídas, impertinentes; su pie aún palpitando entre mis manos; el tono en que me pide que le cuente mis sueños. Anda, cuéntamelos… Quisiera pensar que clavé los ojos en el suelo, entre colillas y papeles, para no tirarme sobre ella a comerme su corazón. ¿Cómo son tus sueños? La voz rubia de Lilly. Lilly desgarrando mis neuronas, amándose con Tarzán y Tarzán soy yo. Lilly lamiendo su pelaje, el mío. Ruido y gente. El beso con cerveza, con ojos de oscura suavidad. Quisiera pensar que pude haberla matado en esos instantes, ¿o es que los machos respetan la vida de las hembras que no pertenecen a su especie? Mírame, dijo ella, de pronto con firmeza en la voz. Pero no quise o no pude mirarla. Bajé los ojos, deseé no estar, no ser yo. En la jaula ella me visita, dice que siempre me amará. Y yo le voy a arrancar los jeans. Me ofrece golosinas para simios y yo voy a arrastrar su cuerpo hasta el recinto interior para que nadie vea lo que pienso hacer con ella. Continuábamos sentados en el maldito bar y era yo quien ahora flotaba en una sensación de extravío. Entre nosotros había surgido un precipicio de silencio: cada uno a su lado de la mesa; el pie de hielo de Lilly apresado por una de mis extremidades... lunático contacto que ella, con ímpetu profesional, intentaba descodificar o transformar en algo, abrir una vía de comunicación quizá, o qué sé yo aún hoy de sus procederes y métodos. En un momento dado Lilly decidió que atravesaría el abismo y así me lo dio a entender con una mirada cargada de significado, una especie de lenguaje para oligofrénicos, pensé yo. Entonces comenzó a transgredir mi zona de seguridad, extendiendo el brazo blanco, tomándome de la barbilla. Mírame, por favor, dijo, muy despacio. Pero ¿y si volvía a besarme? ¿Qué pasaría después? Solté su pie de golpe, arranqué su mano de mi cara. No soy un gorila, rugí. Antes de abofetearme, de marcharse descalza por la puerta de ese bar, Lilly susurró: No, tú sólo eres un animal desdichado. Años más tarde volví a ver a Lilly. La detecté entre el gentío por su forma de caminar, como si sortease árboles en un bosque. Llevaba el pelo pintado de rojo violeta, a juego con los labios, con el bolso enorme y rebosante de papeles. Me sorprendió el gesto tirante de su boca. Los ojos no se los pude ver, los escondían unas gafas de sol alargadas, puntiagudas. Una gabardina muy corta, insinuaba el poderío de sus caderas, de sus aún imponentes nalgas. Qué lástima. Cómo hubiera deseado detenerla, conducirla a un portal oscuro. Entonces yo ya no era un joven y me sentía con la autoridad para tocarle el hombro, hablarle al oído. No lo hice. Pero estuve tan cerca de ella. Pude observar el blanco silvestre que nacía entre sus cabellos con la timidez de las pequeñas orquídeas, pude contar los pliegues de piel que orillaban el óvalo de su cara, pude incluso haber ido tras ella para olisquearla a mi placer pues dejaba un rastro inconfundible. Pero tampoco lo hice porque ese olor contenía algo más, antiguas sensaciones, un sueño enredado en lo profundo. Hui presa del viejo terror, la culpa, la vieja fascinación. Estuve vagabundeando por esta ciudad que aún hoy me contagia la tristeza de sus jaulas, de sus seres cautivos, y me obliga a preguntarme ¿Y tú quién eres?

lunes, 4 de abril de 2016

LA LOCURA DE LOS PECES, en La Microbiblioteca

Ya tienes un ejemplar de La locura de los peces (Alumbre, Cádiz, 2015) en los estantes de la microbiblioteca de Barberà del Vallès. Puedes leer la entrada aquí, con La locura de los peces y Cuestión de perspectiva. Gracias especialmente al Sr. Guri por su amabilidad y dedicación.
La Biblioteca Esteve Paluzie se convierte desde septiembre de 2011 en la primera biblioteca especializada en el género del microrrelato y crea y mantiene un fondo especial dedicado a este género literario con los objetivos de fomentar la lectura, difundirlo y ser referencia para los aficionados y las aficionadas al relato breve.