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viernes, 3 de enero de 2014

Rafael Pérez Estrada (1934-2000, Málaga, ESP), II

El resucitador 
(El levitador y su vértigo, 1999)


Tenía su rostro tonalidades minerales, brillos cristalográficos. Quizá por ello se decía de él que era una piedra viva. Su mirada, el poder de su mirada se ocultaba tras unas lentes de colores catedralicios. Apasionado, se tomaba urgencias para no ir a ninguna parte. Había leído cosas extraordinarias, y lo extraordinario dominaba el mundo de sus predilecciones: sabía el número siempre impar de los pétalos de la rosa de York; conocía las subespecies, todas, de los caballitos del diablo que pueblan los estanques del Perú, y también conocía la teatralidad de las puestas de sol en el Bósforo. Solo de noche, repentinamente desvalido, le abandonaban las prisas, y con una ternura apenas insinuada se entregaba a su mejor trabajo, y lo hacía hasta que el amanecer le forzaba a las cosas diarias. Y pocos sabían que el Resucitador de Rosas tenía los dedos transverberados de pequeñas heridas. Y todo lo hacía por amor y ocultamente.


Ballena mínima 
(El ladrón de atardeceres, 1998)

En el orden del miniaturismo animal brilla por su pequeñez la llamada ballena de los Sargazos. Su color tiene la claridad, la inquietante luminiscencia de la olivina, y su fumarola la transforma a ojos de un raro observador en un nenúfar gaseoso. La leyenda le ha fabricado un origen mítico, y dice que en el primer día fue una muchacha alada, casi un ángel que huyendo de un arquero rijoso ocultó su gracia en el laberinto de lo vegetal oceánico; y así también, que su tamaño es sólo una defensa, una fuga ante un enamorado tenaz. Y añade que las sirenas, celosas de su hermosura, obligaron a los dioses a que la convirtieran en un vulgar mamífero. Mas aun así, los navegantes que le han dado caza celebran su poder amatorio y cantan la belleza única de sus pechos de niña.


Crónica de la desesperanza 
(Oficios del sueño, 1992)

Al amanecer, acogidos a la bruma del amanecer, bajaban en fila desde la vieja casa de los locos, una loma cercada de tedio y gaviotas. A nadie miraban. Sólo la obsesión del mar dirigía sus pasos. Ya en la playa, impresionaba verlos como canes rabiosos lamer la espuma de las olas. Allí permanecían hasta que eran apartados brutalmente del mar.

Nada dije. Sabía que el Niño Explicativo me daría la razón de todo aquello. En la distancia lo reconocí. Parecía indiferente a la escena y a sus propias palabras: Sólo el agua de mar —dijo— los mantiene locos y azules, más allá incluso de la muerte.


"Enseres", Manuel Rojas (acrílico sobre cartulina, 2012)

VII 
(Los sueños de Tremecén, 1987)

Escandalosos, tres ángeles ebrios han escupido en el dintel de la casa este atropello: Tremecén no existe. Sus palabras, como pequeñas libélulas venenosas, han terminado confundiéndose en el vaho huidizo de los espejos. Sin embargo, la duda permanece en la postración y en las tinieblas de este día terrible. Ningún pájaro vuela ya sobre un mar de tristeza, e incluso la luna permanece impávida frente a la gracia de un pez volador.

Al amanecer, he tomado la flamígera y he expulsado del jardín a estos ángeles, mas temo que en su huida hayan arrebatado una manzana.


La pasión del híbrido 
(Los amores prohibidos, 1995)

Su madre había sido una cebra, y él hacía todo lo posible por disimularlo. Generalmente se colocaba allí donde la luz juega a hacer paralelas con las sombras. También, como conviene a los híbridos de cebra y hombre, sus trajes eran rayados, y sus palabras. A veces, si nadie lo veía, retozaba en el parque. Le gustaba sentir la proximidad de la yerba, la humedad siempre amanecida de los pastos. Y cuando llegaban las amables muchachas que suelen traer los días felices, también él las miraba con codicia. Alguna vez —decía— tendré una muchacha para mí solo. Pero al decirlo, pensaba en la grácil armonía de las cebras y, aun confuso, se sentía feliz.


2 
(El levitador y su vértigo, 1999)

Quería ser ventrílocua y practicaba con una rosa triste y algo deshojada.

Era una niña muy sensible, bastaba anunciarle la visita de un poeta para que se comportara como una mimosa púdica (*).

La niña, la del abriguito de terciopelo celeste y el pelo luminoso, que es un poco redicha, me susurra en voz no tan baja como debiera: Si esta rosa pudiera hablar, ya nos habría dicho: Decidle a ese inoportuno que no estoy.

(*) La mimosa púdica, al menor contacto con la realidad, pierde el conocimiento.

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