...blog personal de rubén rojas yedra

jueves, 27 de octubre de 2011

Una de citas

El público tiene una curiosidad insaciable por conocerlo todo, excepto lo que merece la pena.
(Oscar Wilde)

La actitud realmente seria es aquella que interpreta el arte como un medio para lograr algo que quizá sólo se puede alcanzar cuando se abandona el arte.
(Susan Sontag)

La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir.
(Jean de la Bruyere)

Siempre fue una vieja aspiración no hacer absolutamente nada, que es la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual. Para Platón y Aristóteles, la inactividad total siempre fue la más noble forma de la energía. Para las personas de la más alta cultura, la contemplación siempre ha sido la única ocupación adecuada al hombre.
(Oscar Wilde)

El verdadero héroe se divierte solo.
(Charles Baudelaire)

jueves, 20 de octubre de 2011

"Caja cerrada" (1/10)

A John Cage,el primer posmoderno del silencio.

Los miembros del jurado abrieron el sobre. Dentro hallaron once folios. Manuscrito en el primero, leyeron: ONCE PÁGINAS. Debajo, un subtítulo, a modo de instrucción: (LEER PARA UNO MISMO O EN VOZ ALTA). A continuación, diez hojas en blanco rayadas de arriba abajo en el margen derecho con un único trazo que desembocaba en círculos, rematados con mucha prisa, que contenían la numeración de cada página. 

La reacción inmediata no fue de contrariedad. Por la mesa de reuniones, donde se fallaba el ganador del concurso, circularon los folios, animando la curiosidad de los expertos. El número uno fue a parar a Vázquez, que advirtió pequeñas marcas en la cabecera, puntos, comas, paréntesis, que al instante juzgó leyenda, aún sin referente explícito. Después del dos y el tres, el número cuatro cayó sobre Roivás, que reparó en el relieve que las rayas verticales dejaban, con presión creciente, en el reverso del papel. Cinco y seis fueron objeto de comentario: los trazos planteaban una curva inesperada, desviándose del margen. Siete y ocho merecieron detenimiento: la ejecución de las líneas era ahora lenta y aseada. La hoja nueve, en el clímax, retuvo el interés de la presidenta, que pidió con impaciencia la siguiente, incapaz de interrumpirse en el asunto. La hoja del desenlace atravesó la sala en su dirección. El contenido completo pudo extraerse de sus facciones, plácidas y satisfechas, desde lo amplio de su asiento reclinable.

La organización rechazó la obra. Según las bases, la extensión no podía superar las doscientas cincuenta palabras.
*Apareció en los blogs La nave de los locos de Fernando Valls y en Mis ojos hacia dentro de Francisco M. Marcos Roldán.

"La memoria inventada" (01/10, y Caroline)

Lo mejor es creer que el tiempo pasa

Y que nos va cambiando

Pues vivir es creer que se ha vivido
Que hubo días de cierto luminosos
Y que el deambular torpe del que hoy hacemos gala
Disfrazados de viejos marineros de almas errabundas
No es más que la conciencia de la imposible vuelta
Al amor que impulsó nuestras vidas como un río de alegría
Pero, y si no es así
Y si el tiempo no pasa
Ni nos cambia
Y todo lo ha inventado la memoria
Javier ORRICO

 

A mi tía Merche le molesta que yo no recuerde nada de lo que nos ocurrió antes de mis once años. Aunque no pase del sarcasmo, yo sé que le molesta. En el fondo de ese desagrado están, sin duda, todos esos recuerdos que deberían ser compartidos, porque supuestamente estuvimos juntos: yo, con menos de once años; ella, veinte años mayor. Pero yo no recuerdo, y puedo confesar con el corazón en la mano que no guardo en la memoria casi ninguna historia de las que ella trae al presente, con ese goce del que cree describir una anécdota de dos, una situación compartida o una persona que pasó por la vida de ambos y nos dejó huella por igual; con la satisfacción del que transmite un recuerdo común a un tercero, que atiende contagiado de la satisfacción del narrador, y que las puntualizaciones del otro narrador, en este caso yo, quince años después, servirán para enriquecer la narración, apuntalar con detalles que el primero se deja en el tintero, y así abrumar, quiero decir fascinar, al oyente de esta historia dual, plena de sabores y puntos de vista, de sonidos y melancolías varias. Pero yo no recuerdo, decía, casi ninguna de estas historias. O mejor, no las recuerdo por mí mismo, porque ya, quince años después, las recuerdo a través de ella, que a base de contarlas me las ha hecho conocer, ubicándolas en el fondo de mi memoria, y así puedo intervenir en la narración de esas anécdotas, aportar nuevos componentes, detalles sabrosos. 


Una de esas historias, sin embargo, se había quedado relegada, por mí y no por ella, que nunca la supo. Quisiera recuperarla, aportar una historia de la que solo yo guardo detalles, para que ella quince años después la sepa, y para que en los próximos encuentros con terceros, oyentes, en algún bar, en los que se dé la situación tras el café de que tengamos que fascinar con esta historia nuestra, sea ella la que no haya cumplido once años, la que no recuerde nada de lo que cuento y así tenga que completar mi narración con pinceladas que salgan de su memoria, una memoria inventada. Esta historia que quiero contar, a mi tía y a ustedes, es, como corresponde, una historia de amor. 

Uno de aquellos días de verano, con ese calor tan pastoso de Barcelona, tan de piel contra piel, me llevaste con dos amigos tuyos, Pau y Caroline, a visitar la torre de Collserola. Habíamos quedado con ellos en Universidad, donde pasaban a recogernos en coche, uno pequeño y agrietado, que Pau conducía con orgullo, como el último reducto de sus admirados sesenta, dijiste. Yo estaba nervioso porque me hablabas de ellos con devoción, como en pasado, pero sabía que de un momento a otro estarían allí, que iban a ser de verdad. Tú insistías en que no me preocupara, que eran gente adorable y que me iban a tratar fenomenal, pero a mí eso mismo era lo que me desconcertaba, por eso te preguntaba tantas veces que qué íbamos a hacer, y tú, nada más, que ya lo verás, pero que no tenía que decírselo a nadie, y menos a la abuela. Pero yo no quería mentir, que si me preguntaban tendría que decir la verdad, y tú que no me iban a preguntar, y que empezarías tú diciendo que habíamos ido a la biblioteca, a estudiar, toda la tarde, y que yo había estado leyendo, Platero, por ejemplo, y así no me preguntarían ellos. Entonces vale, y me conformaba y me callaba. 

Al fin estaba cerca, el coche de Pau se veía venir desde la ronda de San Antonio y tú te subías el bolso al hombro, empujándome hasta el borde de la carretera, y yo paralizado. El cochecito, con un golpe de volante, se pegó a la acera y frenó muy brusco. La puerta del conductor, del lado nuestro, se abrió y salió de un brinco el tal Pau, en mangas de camisa y con cachivaches alrededor del cuello que hacían ruido, que te dio un abrazo y a continuación se dirigió a mi, en cuclillas, tocándome la cara con un beso y mirándote mientras te decía lo guapo que era yo, que a quién había salido, y tú que a mi padre, el Manolo, ¿no lo recuerdas? Un seductor. Y él que ya le gustaría, pero que no, y también que se había prendado de mí y que ya no me iba a soltar. Yo no entendí bien o quizás no le prestaba tanta atención como a la silueta del asiento del copiloto, silenciosa y magnética. Pau, atento a mis ojos, la llamó, ¡Caroline, sal un momento!, y la puerta del otro lado se abrió, y de momento solo pude ver un pelo rubio, porque me tapaba el coche, que era muy pequeño, pero yo tenía once años, y aún no había dado el estirón, un perfil muy bien dibujado que fue rodeando el coche por delante y se plantó ante nosotros. Ella es Caroline, mi compañera de piso, viene de Toulouse a estudiar no sé qué de las vacas, pero yo que no escuchaba, maravillado con su melena rubia, brillante bajo el sol de agosto, y con sus gafas negras, enormes, que le tapaban media cara, pero que dejaban al descubierto una nariz respingada, pecosa, y una boca rosa, una arruguita en su tez blanca: Comment allez-vous? Yo no sabía qué responder, menos mal que tú, très bien, y, ¡hala!, tots al cotxe. Yo sentía los golpes del corazón en mi pecho, y me dolía, no sé si eso o qué, pero parecía que se iba a romper, por eso me tocaba, y tú me decías qué te pasa, pamplinas, pero yo no podía dejar de mirar a Caroline, aunque, ya los cuatro en el coche, solo pudiera ver su perfil, desde detrás de Pau, en el ángulo opuesto a ella. Pau arrancó como un demonio, rumbo a los túneles de Vallvidrera, que desde siempre me fascinaron, por el nombre, claro, porque es como si no fueran a ser oscuros, sino radiantes, como las mañanas de agosto en Barcelona o como la melena rubia de Caroline. 

No podría decir mucho del viaje en sí, la verdad. Tú y Pau no parabais de poner la lengua en remojo, que diría mi abuela, mientras yo, mudo, me recuperaba de lo mío, de mis dolores y eso. Y tú me dabas con el codo y me hablabas de la torre y de un tal Norman, de un inglés, pero yo no quería saber nada de los ingleses, solo de los franceses, o de una en concreto, para ser sincero. Pero Caroline no abrió la boca en todo el trayecto, y yo tampoco, así que llegamos a lo alto de una colina y allí Pau sacó del maletero una bici de las viejas y se puso como loco a correr por alrededor nuestro, haciendo un par de piruetas que casi se cae, y tú y Caroline no parabais de reír, y yo no dejaba de mirar a Caroline, una sonrisa que se abría como un girasol. No recuerdo el tiempo que estuvimos caminando por el monte, Pau agachándose cada dos por tres, buscando espárragos, creo, y Caroline y tú compartiendo un cigarro, uno que olía diferente, muy suave. Tú me decías que no dijera nada, mira que eras pesada, que esto era un cigarro de Caroline y que ella solo probaba y nada más, y yo que me daba igual, porque solo miraba a Caroline, que aparecía detrás del humo, después de cada calada, y asomaba su rostro de campesina toulousiana, deslumbrante y sencillo pero perturbador. Y en estas que me dieron ganas de hacer pis y te lo tuve que decir, pero no me hacías mucho caso, con tu risa y tu humo, pero Pau me escuchó y se puso enfrente mía, en esa postura conocida, y qué te pasa, t’estàs pixant?, mira si hay sitio, y me señalaba los matojos, y la torre lejos, algunas personas por allí. Y no me gustó que me dijera esto, porque entonces no sabía catalán y creí que me había dicho algo de mi picha, y me molestó, porque Pau intentó tocarme entre los pantalones, con sus gracias, ¿te da vergüenza?, y sobre todo porque Caroline me miró, por primera vez, y se rió mucho, y yo creo que se reía de mí. Así que me alejé de vosotros, con mala cara, y vosotros, ven no te enfades, pamplinas, y cuando estuve lo bastante lejos, en un risco donde se veía Barcelona, me bajé un poquito los pantalones y apunté al final, a Montjuic, y meé. Y mientras, pensaba en ella, en Caroline, en su boca toda rosa, en que la tentación de ella era muy hermosa, pero me subí rápido los pantalones, por si acaso. 

De camino a casa de la abuela, no parabas de repetirme que no fuera a contar nada de aquello, y yo que no, que no, y hasta hoy. 

*Publicado en la revista digital Letralia. Revista de Letras, 276 (año XVII, 21 enero 2013). 

"A plena luz del día" (7/10, en la voz de Paula)

Así ocurre: Manuela entra en la tienda, clín clín de la puerta. Pasa por delante de mí. No puede verme. Se reúne con alguien entre los expositores de revistas. Cuchichean. Ríen. Al poco, andan el pasillo hasta el fondo. Allí abren una puerta, entran en la tienda: clín, clín. Avanzan. Me ve. Vengo a sentarme aquí donde estoy. Manuela anda el pasillo hasta el fondo, por entre los expositores de revistas, allí donde ya no hay alguien, allí donde nunca hubo puerta. Manuela entra en la tienda.

"Un murciélago para mí" (02/11, como en la hora de las nostalgias)

Desde que encontramos al murciélago en el balcón, todas las noches duerme en mi cama conmigo, en el calor de mis pies. Al principio me daba un poco de miedo, porque era oscuro y muy feo. Nunca había visto uno de cerca, sólo en dibujos, y los imaginaba más graciosos o por lo menos más sonrientes. Me sorprendió que tuviera tanto pelo, y una cara húmeda entre cansado y enfadado. Debieron hacer su nido en los toldos enrollados –explicó papá–, pero el más pequeño se ha quedado atrás. Hay que alimentarlo unos días, está muy débil.

Papá le daba leche templada con el tubito de cristal del colirio y el murciélago chupaba sin abrir los ojos siquiera. Era tan chiquitito y tenía unos dientes tan diminutos, como puntitas de lápiz, que se me fue el miedo del todo. Tenía un murciélago para mí, ya casi no me parecía feo.

Después de unos días papá dijo que ya estaba mejor y que debíamos devolverlo a su sitio, que era por el cielo, por los edificios altos. Dijo que era un animal en peligro, porque quedaban muy pocos en el mundo, y que lo mejor iba a ser dejarlo en el balcón, por la noche, y al día siguiente ya no estaría, y eso es que habría volado con sus padres. 

Ahora me da pena soltarlo. Cuando apago la luz de mi cuarto, sus ojos brillan como dos perlas. Sé que me vigila toda la noche, envuelto en sus alas negras y la suave colcha. Me hago el dormido y con los ojos medio cerrados veo que sigue allí, esperando yo no sé qué hechizo nocturno. Incluso cuando duermo, sé que está ahí. Al agitarme a medianoche, despierto exaltado por la memoria de su tacto con los pies. Miro un momento y allí sigue, quieto, como si tal cosa, con sus ojazos fijos. ¡Qué misterio encantador! Grandes alas, edificios altos, el cielo, la tormenta, gotas que resbalan por fuera del sueño…

En la claridad de la mañana, con el sudor del sol en la cara, busco entre las sábanas: –¡Papá, papá!–. Hay marcas en el suelo, compruebo pálido y en silencio: una bolsita enflaquecida, apenas una pelusa inerte. –Estaba muy débil, Lucas, no ha sido culpa tuya–, me consuela papá mientras coge al animalito muy despacio y se lo lleva.

Sentado sobre la cama, lleno de lágrimas, tan sólo me queda el sabor de los sueños que habíamos compartido. 
*Escrito para el II Premio de Literatura Breve y Diversidad Biológica. Tema: el/la protagonista de la historia ha de ser alguna especie en peligro de extinción o ya extinguida.