sábado, junio 17, 2006

Ensayo para un fin (vuelta de tuerca, 5/06)

Entonces todas las almas de crédito resbalan y se precipitan sin remedio al abismo del fuego fatuo, mientras el alma de Domingo Roivás, descrédita y aturdida, queda pendiendo de un hilo aguardando nuevas reestructuraciones celestiales. El alma de Domingo vigila la oscuridad y aprieta los párpados para aguzar el oído. Sin atreverse a estirar del hilo por si cae alguna sugerencia apropiada, transitan segundos que se agrupan en una disquisición: yoga o joga según el idioma. Traga saliva y no sólo atiende al fungoso accionamiento de su esófago sino que advierte un inesperado picor en su oído, picor que se traslada a la lengua por culpa de los malabarismos que ésta ejecuta para la correcta dicción de tan desiguales letras. Ceremonia o (proto)colo que transcurre temporal en su acepción más resbaladiza, que acoge, disfruta y abandona en una distraída espera, junto con otros protos de incontestable fealdad. Por eso, para examinar su protohallazgo con mayor detalle, el alma de Domingo utiliza una caja de rotuladores Carioca y un paquete de folios decorados al trasluz por un tropel de galgos en carrera: prototipo, protogénito y protocnología, garabatea alborozado, y así continúa derruyendo ensimismado significados lingüísticos ensamblando significantes con su más deslucido prefijo hasta la fecha. Entonces oprime los párpados y sus pieles se agolpan en una disquisición: tragar saliva o seguir el protocolo sin ejecutar el mecanismo de su picor. Con esto, sorprende a sus galgos pronunciando yoga al trasluz sin mayor maniobra y ajenos a la hecatombe de protos. Así, hurgando en el presente, acrédita y desturdida, el alma de Domingo Roivás anhela secretamente la precipitación de las almas todas a un hilo para poder así depender de un orden que le libere de tamaño ensamble cíclico.