El Rapto de la Libélula (en construcción, desde 12/05)
Siempre he preferido el tedio de las tardes de verano a la agitación de una mañana laboral; a veces he deseado convertirme en astronauta o en un simple holograma celeste, pero lo cierto es que mi obsesión por el infinito no llegó hasta una de esas tardes en que la eternidad me pareció un lugar perentoriamente insoportable.
En casa de mi abuela incurrí en una especie de vértigo por la vida irresuelta. Allí todo es descuidadamente irresuelto, desde la colada hasta el paso del tiempo. Por eso dejé de ir, porque me cansé de fingir autocontrol como tampoco quise dejarme arrastrar por la tentación de un espacio sin límites. A esas latitudes de la vida, entre vecinas y tenderos, descubrí que nadie es consciente del final de las cosas o quizás, en su frenesí diario, no reparan en él. Todos necesitan una señal, una prueba palpable o un acontecimiento reseñable que lo evidencie. A pesar de su despreocupación, sospecho que anhelan esas separaciones virtuales en su día a día, como siempre las deseé yo, y las pretenden ansiosamente para facilitar sus vidas. Pero lo que no saben es que esas marcas existen y que pueden filtrarse y almacenarse en nuestra memoria en forma de recuerdos bien definidos.
El espacio exterior, mi universo propio de recuerdos, el insufrible calor, el tedio y la colada a medio hacer de mi abuela se conjugaron en una de esas tardes insoportables de verano para desviarme lateralmente del tránsito recto y anodino de mi existencia, permitiendo deslizarme hasta un entorno de extrema percepción, de anormal clarividencia, cuya experimentación, hoy día, he de calificar como de inmensamente provechosa.
* * * * *
Nada más doblar la esquina me golpeé con tal violencia en la frente que mis pies perdieron instantáneamente el control motriz de la mitad superior de mi cuerpo y resbalaron del cemento hacia delante, mis brazos se agitaron automáticamente en un conato desesperado por encontrar un apoyo que, tras no hallarlo, provocaron el desplome irremediable de todo mi cuerpo, con la subsiguiente sacudida contra la sólida superficie del pavimento. Aún en el suelo y dolorido no pude ocultar mi alegría desmedida. Mi exploración se desarrollaba vertiginosamente y por buen camino. No hice más que levantarme, palpar la previsible situación del codiciado obstáculo y etiquetar su situación con el nombre y la coordenada correcta del recuerdo que delimitaba. Una vez ultimado el trámite, continué satisfecho la búsqueda por la calle consecutiva.
En casa de mi abuela incurrí en una especie de vértigo por la vida irresuelta. Allí todo es descuidadamente irresuelto, desde la colada hasta el paso del tiempo. Por eso dejé de ir, porque me cansé de fingir autocontrol como tampoco quise dejarme arrastrar por la tentación de un espacio sin límites. A esas latitudes de la vida, entre vecinas y tenderos, descubrí que nadie es consciente del final de las cosas o quizás, en su frenesí diario, no reparan en él. Todos necesitan una señal, una prueba palpable o un acontecimiento reseñable que lo evidencie. A pesar de su despreocupación, sospecho que anhelan esas separaciones virtuales en su día a día, como siempre las deseé yo, y las pretenden ansiosamente para facilitar sus vidas. Pero lo que no saben es que esas marcas existen y que pueden filtrarse y almacenarse en nuestra memoria en forma de recuerdos bien definidos.
El espacio exterior, mi universo propio de recuerdos, el insufrible calor, el tedio y la colada a medio hacer de mi abuela se conjugaron en una de esas tardes insoportables de verano para desviarme lateralmente del tránsito recto y anodino de mi existencia, permitiendo deslizarme hasta un entorno de extrema percepción, de anormal clarividencia, cuya experimentación, hoy día, he de calificar como de inmensamente provechosa.
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Nada más doblar la esquina me golpeé con tal violencia en la frente que mis pies perdieron instantáneamente el control motriz de la mitad superior de mi cuerpo y resbalaron del cemento hacia delante, mis brazos se agitaron automáticamente en un conato desesperado por encontrar un apoyo que, tras no hallarlo, provocaron el desplome irremediable de todo mi cuerpo, con la subsiguiente sacudida contra la sólida superficie del pavimento. Aún en el suelo y dolorido no pude ocultar mi alegría desmedida. Mi exploración se desarrollaba vertiginosamente y por buen camino. No hice más que levantarme, palpar la previsible situación del codiciado obstáculo y etiquetar su situación con el nombre y la coordenada correcta del recuerdo que delimitaba. Una vez ultimado el trámite, continué satisfecho la búsqueda por la calle consecutiva.
1 comentarios:
YA HAY GANAS DE QUE LA LIBÉLULA ALCE SU VUELO DE NUEVO... ¿TE AYUDO A SOPLAR?
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