sábado, junio 17, 2006

El botón de las cosas bien (Emmanuèle, la clocharde, 6/06)

Desaloja todas las tardes su cabeza a eso de las diez, aprovechando el estruendo de los basureros y de la pila de sillas de plástico de las últimas terrazas: observa subrepticio su alrededor, nadie vigila y el individuo Soares, quizá portugués pero de padre de toda la vida del barrio de Tetuán (con el que lo único que compartía era el renombre del gran conquistador Jorge Soares Andrade), se cuela en la cerrada oscuridad que tutela una farola sometida a las pedradas y se agazapa a ella para mejorar el tránsito descendente de todo lo abstracto que se arrincona en sus rincones craneales, que se resiste a salir, que apura su adherencia, pero que al poco ha caído resbaladizo, mansamente derrotado, socorrido por dos golpecitos precisos que Soares propinó al poste para no dejarse nada dentro, -así, así, todo fuera-, que al contactar con tierra firme conserva su estructura oleaginosa y tirita asustado a la intemperie mientras Soares respira con alivio y abandona el sombrío lugar para continuar como si tal cosa -¡qué haces ahí, idiota?-, empleados municipales que no aciertan a definir y Soares que devuelve disimuladamente la tapa a su origen a tiempo de no levantar sospechas ni aprensiones.

Me exaspera su pedantería mas su bufona altanería de púber insolente, solitario y fracasado, advierte el catedrático Rivera, de cabeza inflada y sien reventona de conceptos, A ese tío habría que atarlo de pies y manos y contratarte a ti para que le quites un pelo de los huevos cada quince segundos, sentencia Soares mientras remueve achicoria soluble con el dedo meñique desde lo más lejos del grupo, así, además, te damos trabajo y te perdemos de vista, Tu rusticidad y tu enferma execración logran colmar mi longanimidad, Soares, ¿acaso no mereces decirte insustancial con propuestas de ese género?, abandona ese injustificado solipsismo y comparte con nosotros tus costumbres subversivas, cada día pareces uno nuevo, Vete a tomar por culo, Rivera, y métete todo lo que acaba de salir de tu boca por tu culo, que está igual de sucio y podrido que tus palabras, tu título me lo meo, ¿De dónde sacaste el desayuno, si se puede saber?, ¡Y a ti qué carajo te importa, métete en tus cosas!, ¿Sabes lo que significa compartir?, ¡Jódete, puta!, Desde luego, así es imposible Soares.

Primer domingo de mes y Soares se atavía de sus mejores tejidos y ensaya sus mejores formalidades protocolarias, no con Rivera, por supuesto, sino Antón Martín abajo antes de aplastar desmesuradamente el timbre de casa de su tía abuela, desenterrando insultos vecinales, recordando consecuentemente la sordera de ésta y aguardando resignadamente la circulación de algún vecino para así poder abordar su cometido en la última planta del inmueble. A Soares no le queda guita, ni un euro, y no sabe como pedírselo a su última reminiscencia familiar, que le recibe con la puerta ya abierta, en la butaca y en mitad del balanceo, que cumplimenta con dos besos y a la cocina a buscar provisión para el resto del día -¿puedo, abuela?-, para regresar una vez consumado el primero de los atracones furtivos. Soares remueve el azúcar de la manzanilla una y otra vez, sentado al filo del sofá granate de botones y cuerdas tapizadas, presidido por un cuadro de cazadores que persiguen galgos que persiguen ciervos que persiguen la salvación, -joder, abuela, esto quema mucho…-, repeinado desmañadamente con agua de la fuente de Lavapiés, con la estampa de los dedos surcando la superficie de su cabeza, ahora ondulada por el simulacro del peine manual, y con el último botón de la camisa ambarina oprimiendo su valor. -Abuela, no tengo un puto duro-, y su tía abuela que no reacciona reflejamente aún prendada por el exotismo de su sobrino nieto, por su sutileza o quizás por su inopinada pobreza, parálisis verbal que Soares trata de soslayar entreteniendo su vergüenza en la bolsita de la manzanilla, arrinconándola primero con el hilito de algodón contra la cuchara y apretándola después con el meñique para apurar ansioso su sustancia, pero la abuela que no acierta a articular palabra alguna y que no retira la vista de la ventana.

Desde luego, el instrusismo es práctica habitual y la estupidez es concluyentemente congénita en este tipo de individuos, y sabes que no abundo en profecías ni teoremas griegos, las culturas clásicas nunca han sido mi fuerte, pero el bien en sí mismo al que todos afanosamente aspiramos, lo que se denomina eudaimonia o vivir bien, es una tendencia natural del hombre y su comportamiento siempre permanece regido por esta inercia vital que asoma por los intersticios de la razón, No te retuerzas Rivera, ¿qué coño dices, hablas del niño ese?, Calla, idiota, la virtud del hombre, antiguamente conocida como areté, emerge de su capacidad de pensar o, lo que es lo mismo, de acceder libremente al ejercicio de su razón, es por lo que este tipo de intrusos carecen de nuestro virtuosismo, Gómez, ¿dónde habrá ido hoy Soares?, Quién sabe, Rivera. Rivera y Gómez abrazan henchidos las listas superiores del banco al tiempo que examinan las barcazas del parque del Retiro, las palomas que ensucian allá donde paran a picar maíz y las niñas que excitan allá donde sus escotes frenan los mejores pensamientos, títeres que también animan de diferente manera a los sentados de tres y cuatro años, polvo y albero que se levanta con las ruedas de los caballos, el ruido de trote, la señora de postín, el niño de papá con el sol en su flequillo y las rezongas de Rivera susodichas ante espectáculo tal. El señor de los altramuces que ya no da crédito a la cantidad de material caducado y ya zampado con el que ha provisto desinteresadamente al tipo de la corbata y a su simpático compañero Gómez, que anteriormente había interpuesto su acento andaluz para convencer con mayor soltura mientras Rivera esperaba impertérrito bajo sus gafas de sol desplazando las moscas de su alrededor, para después obstaculizarlo en la redescubierta perspectiva trasera de la gitana que vende los geranios junto a los maíces con el preciado botín de altramuces que han estado manejando entre sus piernas mientras disfrutaban de las barcazas, los títeres y las niñas con escote. El altramuz que salta divertido de la boca de Gómez -tienes que apretar así, mira- y Gómez que, a pesar de la comprometida imitación con mirada de soslayo a Rivera, reincide torpemente en el desperdicio del alimento -¿de dónde carajo quieres que sea si no de mi pueblo?-. Y así sucesivamente Rivera va descartando las húmedas semillas en mal estado y Gómez, las malas y las buenas, sin descartes, las exprime goloso entre sus dientes para no cometer el estropicio de deslizarlas de nuevo hasta los municipales. Los goles del Madrid que murmuran el vuelo a las últimas gradas de pájaros, gallineros, les dicen, y despegan los hocicos de los enamorados para multiplicar la excitación de él y desencantar doblemente a ella, que imprimen conversación en las terrazas o sorbos decepcionados a la copa ya consumida en agua de hielo, el del acordeón que agota la penúltima chanson para beneplácito de los de Valderrama y Farina, que por fin pueden insinuar a los camareros mayor volumen para Radio Taxi y Rivera que quiere poner fin al maltrato de su oído y sugiere a Gómez que ha llegado el momento, levantándose para dejar un montículo de pellejos de anaranjada transparencia como banquete de las hormigas cabezonas, sacudiendo sus pantalones de todo tipo de partículas que nadie sabe de qué forma han llegado hasta allí, mirando sus piernas y abriéndolas descuidadamente en ese gesto ridículo pero inevitable de las sacudidas de pantalones y apartando con desgana a los negritos que se afanan en drogarles previo pago con una impertinencia propia del Retiro a esas horas, de marchar en la dirección ya conocida donde se sitúa el objeto preciado. Perdido el rastro de los negritos, también de Valderrama, Rivera aparta las ramas y penetra decidido entre los arbustos, atravesando picores y enganches durante metros y metros, arrastrando la camisa en tierra hasta alcanzar, seguido de Gómez, un ensanche en el túnel artificial bajo el macizo verde donde, limpio de hojas y bulbos, espera nítido y grandioso sobre el muro el botón de las cosas bien, en amplia y majestuosa complacencia. Rivera y Gómez rodean exhaustos el ansiado mecanismo, recuperándose del esfuerzo uno a cada lado, respirando con violencia el aire polvoriento del túnel, rajado por finas líneas de luz que vislumbran el polvo levantado por sus irrupciones en él, viviendo pacientes el momento crucial, el instante crítico en que Rivera despeja el pulgar de entre todos sus dedos y lo dirige amenazante al cipote que sobresale de la pared, pulsando gozoso y liberando satisfecho a la par de un solitario ya está.

Rediós, Rivera, vaya boca, deja ya la prosa y habla con dos cojones, ostias, sugiere Soares con impaciencia, Vaya boca la tuya, Soares, lo que pasa es que no consigues alcanzar el entendimiento que te permitiría poder aplicar mis ocultamente concretas divagaciones, si me permites que contradiga conceptos, tu escasez de palabras no es capaz de albergar una lógica discursiva, no eres capaz de deducir la verdad del mundo mediante una deducción silogista, Eres un maldito hijo de puta, Rivera, déjame en paz, quiero seguir eligiendo lo que me dé la gana ser, Pero los accidentes han de acompañarte para determinar tu ser, de lo contrario no lo conseguirás, Cállate, me duele la cabeza de oírte, no necesito la verdad, ni el entendimiento, ni la lógica, tengo hambre y frío y eso sí lo puedo deducir, el resto no me sirve para nada, ni a ti tampoco que andas hurgando en un bote de espárragos cuando no queda ni uno desde hace un rato; cállate ya y acércamelo que apure yo también.

Varios días de divagación han ocupado la cabeza de Soares en busca de una respuesta definitiva al gran dilema que se le ha ocasionado, pero sus quebraderos nada tienen que ver con la deducción de la lógica universal, ni con los silogismos aristotélicos, ni con la capacidad de razonamiento del ser humano, ni mucho menos, sino con el preocupante estado de perplejidad en que se sumergió su tía abuela tras recibir la noticia acerca del deprimente estado de los bolsillos de su sobrino. Soares amasa insistentemente la posibilidad de haber confundido el estado vital, pues quizás no se tropezó con la somnífera sobremesa de su tía abuela sino que se halló ante un cadáver removiendo manzanilla Pompadour, y así pasea por el corredor bajo el puente de Plaza España con las manos guardadas, sopesando de aquí allá, mareando a Gómez y a Rivera con su trajín, -¡que os jodan!-, hasta que su duda se torna decisión y Soares se encamina Ópera abajo en pos de una comprobación exacta y presencial en forma de tocamiento o similar al cuerpo de su última reminiscencia familiar. Automático esquivado tras pertinente espera, Soares duda escalón a escalón, la madera chirría infame, la barandilla sugiere pérfidamente, el ascensor clausurado y los vecinos inexistentes y/o anónimos insinúan situaciones honestamente indeseables, por lo que presta caso omiso a sus pensamientos futuros, siempre abstractos, sin prestar importancia al charco que nota en su cabeza, al goteo lánguido de fofa materia rellenado vericuetos craneales, pero sin poder evitar sentirse húmedo como si de una polución cerebral se tratara, para alcanzar la letra de su tía abuela y escurrir su nariz entre el hueco que separa la puerta del marco como parte del pávido intento de establecer sospechas olfativas. Soares colecciona valor en el cuello y empuja hasta penetrar en el salón, donde la butaca aún encara abstraída el vuelo de los pájaros sobre las azoteas de enfrente, la televisión soporta improperios de indigentes mentales, una señora borracha con el pelo quemado -cuando yo hablo el mundo me escucha- y el ciervo que conoce el dolor tras la esquina del marco tras el bocado del galgo tras el disparo del cazador y el cobarde de Soares que retrasa su cometido y entretiene su imaginación mediante complicadas muecas mandibulares en un intento en su infancia exitoso por aplicar parábola a su línea de visión y observar el rostro de su tía abuela desde su situación trasera, la cual no responde a los insistentes avisos de Soares -he llegado-, tal como siempre hacía por otra parte, así que tampoco este hecho permitía adentrarse en ninguna hipótesis. Así las cosas, Soares rodea lentamente la butaca hasta el frontispicio revelador compuesto de un cuerpo en posición sentado absolutamente tenso bajo el camisón negro, agarrando enérgicamente el posabrazos, mirada perdida y seca, párpados inexistentes y tez amarillenta de muerto antiguo.

Allá va el individuo Soares, quizá portugués pero de padre de toda la vida del barrio de Tetuán (cuya única herencia era el renombre del gran conquistador Jorge Soares Andrade), sabiéndose por una vez conquistador tras de vaciar nuevamente su cráneo de las malicias invocadas por la madera de los escalones, la barandilla y los vecinos del edificio de su tía abuela, atajando, dichoso y faldero, el camino de vuelta. En el pasadizo bajo la Plaza de España, Soares encuentra una vez más a Rivera, que farfulla abstracciones de manera casi catártica -lógica, redención, consecuencia, advenimiento, mediumnizar, arrobo-, exprimiendo vencido una naranja. Mientras Soares apura entretenido los accesos nerviosos de su compañero, sus antiguas tribulaciones se rinden indulgentes (en realidad ya lo habían hecho) al penoso comportamiento de Rivera y su entendimiento, recientemente aseado, abarca asombrosamente las nociones indefinidas, tolera la inconcrección y decide admitirla siempre y cuando se valga del pragmatismo que lleva implícita. Esto mismo piensa Soares, sin notar el lánguido goteo de crasa sustancia en su cabeza, y sintiéndose tan vacío como lleno ante su primera gran conquista.

Gómez, deja ya de manosear al ciervo, joder, ¿no ves que está sufriendo?, siéntate, Es mejor matarlo, Soares, y además es que los botones me dejan la espalda hecha un Cristo, Ve preparando las sábanas que por fin vamos a dormir, Impensable me parece lo que estoy viviendo, jamás lo imaginé viniendo de ti, gracias infinitas Soares, Cállate ya, Rivera, y busca en la cocina que por algún sitio habrá latas de pimientos morrones, espárragos blancos o berenjenas en vinagre; además, creo que la verdad del mundo se conserva en el frigorífico, ábrelo y verás, ¡Me cago en Dios! ¿y ésta quién es?, Es mi tía abuela, ¿Pero qué coño le has hecho?, Te aseguro que murió de muerte natural, ¿no estás harto de decir que todos nos dirigimos a la endemonia esa, Eudaimonia, Soares, A vivir bien, vamos, pues no he hecho más que ocupar con mi tendencia natural el espacio que ha abandonado la suya, ¿no te parece?, Cada día me sorprendes más Soares, Y yo, Rivera, y yo, pero, Gómez, ¿quieres dejar de una vez al puto ciervo?.