El acto tercero (teclado catalán, 8/04)
El acto tercero (y último) fue un auténtico fracaso. No se conocía una interpretación tan deficiente de Darío Coguelo en el papel de Sebastián Palos, el poeta romántico de Benicarló, desde sus inicios en aquel teatrillo de pueblo en el que comenzó su tarea de actor. El público, en su mayoría ignorante de la técnica actoral, valoró tal como otras tardes la labor de Coguelo: con una ovación esplendorosa y realmente sentida (si ambos términos no redundan). Sin embargo, Darío, durante los abrazos finales con sus compañeros de reparto, sabía que entre aquel estruendo de palmadas, silbidos y bravos había una mujer que conocía las razones por las que aquel tercer acto había supuesto un auténtico fracaso interpretativo. Él no podía verla, pero sabía que estaba allí, la sentía, percibía aquella mirada de tristeza y reproche maquillada por la sonrisa y la complacencia de quien no desea descubrirse ante una gran masa eufórica.
Tras los varios minutos de ruidoso premio, la nostalgia se apoderó sin reparos de Darío nada más cruzar la puerta que daba acceso a los camerinos. En realidad, el momento exacto de los primeros síntomas fue durante el citado tercer acto, justo en el momento en el que Sebastián Palos, el poeta romántico de Benicarló, abandonaba por propia iniciativa la verdadera vocación de su vida, la poesía, para entregarse por completo al estudio de los viajes a través del tiempo mediante la superación de la velocidad de la luz en una interpretación literalísima de la teoría de la relatividad de Einstein. La pronunciación del vocablo velocidad en rima consonante con creatividad acabó por distraer a Darío de su actuación, convirtiendo su papel de Sebastián Palos en un sinfín de miradas perdidas y de búsquedas fugaces e inútiles entre el público. Distracción que para los expertos teatrales presentes en la sala diluyó la intensidad que se presuponía al apoteósico final de la obra, en el que Sebastián Palos terminaba suicidándose al no poder soportar el peso de tantos e incansables años perdidos en tan difícil fin, con la única recompensa temporal de 0,002 segundos de retroceso en su reloj vital.
Pero, como decía, fue rodeado de ropa de época y enhorabuenas en el trasero del escenario, cuando Darío se descubrió ajeno a su vida, como si aún se encontrara con la piel de Sebastián Palos, como si (como él) fuera ficticio. Así, sentado, apoyando la cabeza sobre sus manos, permaneció el tiempo que tardaba en despejarse su alrededor, y entonces encontró acomodo de nuevo en la realidad, en un tropiezo mental inconsciente. Mientras rellenaba la maleta con sus cosas, convino que la naciente nostalgia le iba a acompañar toda su vida, por lo que debía encontrarle utilidad cuanto antes. De camino a la salida, saboreó con escepticismo las penúltimas posibilidades de su decisión y cuando cerró la puerta a su espalda, el golpe sonó tan trémulo que le terminó de convencer de que nunca más volvería a ver a aquella mujer.
Tras los varios minutos de ruidoso premio, la nostalgia se apoderó sin reparos de Darío nada más cruzar la puerta que daba acceso a los camerinos. En realidad, el momento exacto de los primeros síntomas fue durante el citado tercer acto, justo en el momento en el que Sebastián Palos, el poeta romántico de Benicarló, abandonaba por propia iniciativa la verdadera vocación de su vida, la poesía, para entregarse por completo al estudio de los viajes a través del tiempo mediante la superación de la velocidad de la luz en una interpretación literalísima de la teoría de la relatividad de Einstein. La pronunciación del vocablo velocidad en rima consonante con creatividad acabó por distraer a Darío de su actuación, convirtiendo su papel de Sebastián Palos en un sinfín de miradas perdidas y de búsquedas fugaces e inútiles entre el público. Distracción que para los expertos teatrales presentes en la sala diluyó la intensidad que se presuponía al apoteósico final de la obra, en el que Sebastián Palos terminaba suicidándose al no poder soportar el peso de tantos e incansables años perdidos en tan difícil fin, con la única recompensa temporal de 0,002 segundos de retroceso en su reloj vital.
Pero, como decía, fue rodeado de ropa de época y enhorabuenas en el trasero del escenario, cuando Darío se descubrió ajeno a su vida, como si aún se encontrara con la piel de Sebastián Palos, como si (como él) fuera ficticio. Así, sentado, apoyando la cabeza sobre sus manos, permaneció el tiempo que tardaba en despejarse su alrededor, y entonces encontró acomodo de nuevo en la realidad, en un tropiezo mental inconsciente. Mientras rellenaba la maleta con sus cosas, convino que la naciente nostalgia le iba a acompañar toda su vida, por lo que debía encontrarle utilidad cuanto antes. De camino a la salida, saboreó con escepticismo las penúltimas posibilidades de su decisión y cuando cerró la puerta a su espalda, el golpe sonó tan trémulo que le terminó de convencer de que nunca más volvería a ver a aquella mujer.
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