Al Final del Juego (seco, seco, seco, 2/06)
El crujido previo al estridente pitido del reloj despertador fue suficiente para desvelar a Basilio Martín, que nada más descubrir su brazo para aplacar el estruendo acústico sintió como el miedo le volvía dentro. La oscuridad de la estancia sobrevino tras el sobresalto y se instaló incómodamente en su retina, obligándole a recordar lo que había venido a hacer aquel día. El sueño, una efímera tregua para la ansiedad, ya no amparaba a Basilio, que respiraba de la realidad el oxígeno gastado de aquella habitación. A medida que regresaba a ella, cargaba fatalmente el peso de su conciencia, mientras sufría en silencio al advertir como la ansiedad retomaba lentamente la misma posición, aún dolorida, que ocupó la noche anterior. Incapaz de hacer nada para impedirlo, agarró enérgicamente la correa de la persiana y tiró hacia abajo para ver la luz que deseó redentora. Pero la luz no fue tal; el día era gélido y duro como uno más de Febrero y el amanecer tan áspero que el corazón de Basilio terminó por derrumbarse sobre la cama, aquejado de una fuerte angustia y derramándose de latidos.
El pantalón sobre la silla fue lo primero que quiso ver nada más levantarse de la cama. Inoportunamente frío, le sirvió como único abrigo en su obligado trayecto al baño. Ahora empezaba a recordar fatigosamente ciertos fragmentos del final de la noche, cuando la lluvia y la sangre empapaban su gabardina, las luces, el humo y el sudor preservaban cálidamente su culpa y el vodka interrumpía por último su sufrimiento. Las náuseas irrumpieron violentamente en mitad del pasillo y Basilio sólo pudo distanciar levemente las piernas y apoyar un brazo en la pared para facilitar la caída de sus vómitos. Acaso una consecuencia de sus actos más recientes que en absoluto le liberaba del sentimiento de culpabilidad.
Alcanzó por fin el cuarto de baño y buscó con la mirada la previsible posición del espejo, a la espera de encontrar en la rutina de su localización una cierta seguridad en la que asentar su maltrecho estado de ánimo. Pero, para su asombro, era capaz de distinguir la cuadratura de un espejo, su forma y su situación pero no lograba verse reflejado en él. Una toalla manchada de sangre colgada en la pared de enfrente sustituía la imagen de su rostro. Demasiado cansado como para madurar el hecho, Basilio desvió despreocupadamente su atención y, deseando tocar el agua caliente de la ducha, soltó el enganche de su cinturón para colocarse bajo el grifo. Previamente, comprobó la salida del líquido elemento que, tras unos segundos, aumentó la temperatura hasta alcanzar la que Basilio consideró adecuada para esa mañana, mucho más caliente de la que en otras ocasiones hubiera preferido. Bajo el grifo, dejando resbalar el agua por su frente y su pelo, que se agolpaba pegajoso hacia atrás, perdió la mirada entre los azulejos y su mente cabalgó sinuosa en busca de los recuerdos que más le satisfacían íntimamente: el tacto de su pelo, tan fino que lo sentía deshacerse entre las yemas de los dedos, la tez de su rostro, tersa y limpia como un cristal ardiente y blando a punto de explotar, el cuerpo de Valeria bajo las sábanas, caliente y delicado, rebelde y fascinante.
Evocaciones, todas estas, que pertenecían injustamente a Basilio. Tan hondamente instaladas ya estaban, tan robustamente asentadas en lo más profundo de su memoria se encontraban que ningún acontecimiento posterior, ningún acto real de Basilio, por injusto, cruel y repugnante que fuera, era impedimento alguno para que disfrutara silenciosamente de todas ellas bajo el agua hirviente de la ducha. Y esto iba a ser así por muy pegajoso que sintiera su pelo, por mucho que el espejo no se dignara a mostrar su miserable imagen, por mucho que su pantalón rayara alevosamente la congelación, por mucho que la luz volviera su brillo hacia otro lado y la oscuridad su penumbra hacia su pupila y por mucho que su despertador resonara de la manera más ruidosa y desagradable que estuviera a su alcance. Aunque todo esto fuera así, aunque alguna vez todos los elementos se confabularan para darnos merecidamente la espalda, aún tendríamos una última oportunidad para acariciar la felicidad en el deleite de nuestros recuerdos más placenteros. Ensoñaciones que hurtamos de la realidad pasada y nos las apropiamos, que somos inconscientemente capaces de agrupar sobre sensaciones primarias y disponer de ellas cuando la añoranza por su falta nos lo exija.
Así se encontraba Basilio bajo el agua: rebuscando entre sus recuerdos y rescatando todos aquellos que ni siquiera su terrible acto había podido borrar para ponerlos a salvo de su detractora conciencia. Disfrutando intemporalmente de ellos, pasaban ya veinte minutos desde la hora en que sonó el despertador y su brazo se soltó ágilmente para apagarlo. Por tanto, así eligió que transcurriese su tiempo, así encadenó sus actos y tal duración les concedió, sin calcular (en realidad nadie lo hace) que el momento exacto de su reinserción en la vida iba a ser uno concreto y no otro, sin especular con la posibilidad de demorar este acto o apresurar aquel otro con el fin de encajar su incorporación a la realidad en una situación que podría considerar más adecuada, sin prevenir, al fin y al cabo, que cada uno de sus movimientos inconscientes, cada segundo que atrasara la ejecución de ellos iba a ser decisivo para que el azar lo depositara irremediablemente en un escenario concreto que Basilio estaba eligiendo con el simple hecho de conceder un determinado tiempo a cada gesto maquinal de su conducta ya desde que sonara el despertador veinticinco minutos antes.
Basilio cerró el grifo y dejó de burlarse de su propia conciencia, incapaz de disimular la repulsa hacia su dueño. Aún mojado y convencido de no querer utilizar la toalla sangrienta, se apresuró a recoger sus pantalones del suelo encharcado y se los abrochó de la manera más correcta que su maltratado estado le permitía. Tras la ducha, la ansiedad se había mitigado ligeramente, lo que le suponía el despertar de una cierta lucidez mental. No había tiempo para mucho más, pensó, ya habrá ocasión de comer algo. El avión que Basilio tomaba para salirse cobardemente de su realidad despegaba en poco más de una hora, por lo que tomarse cualquier comodidad a estas alturas supondría un retraso que podría resultar fatalmente innecesario. Alertado por esta circunstancia, recorrió el apartamento, que cada vez le parecía más ajeno, en busca de algún abrigo que sustituyese satisfactoriamente a los suyos, ahora irreparablemente salpicados de sangre. En el armario principal no pudo encontrar nada que se asemejase a una vestimenta adecuada de caballero, por lo que acudió al armario del trastero de donde hurtó un jersey de lana de rombos verdes y un abrigo de piel especialmente anticuado aunque satisfactorio para su cometido. Antes de salir del apartamento, Basilio se detuvo frente al marco de la ventana y observó el exterior a través de la celosía: el patio de los apartamentos, en completo silencio, la amplia escalera de la derecha, el pequeño tramo de césped y la calle, absolutamente desierta a estas horas. Al otro lado de la calle, las luces de neón de algunos locales de alterne, en evidente mal estado, hacían temblar el color que portaban y sugerían a Basilio la visión momentánea de su propio corazón: rojo trémulo. Al fondo, los primeros edificios cercanos al mar, oscuros y silueteados por el amanecer. Un amanecer que esa mañana no cedió a la sugestiva belleza del color y prefirió mostrar su lado más áspero y grisáceo, para desazón de Basilio, que no recibió esa mañana ni un solo instante de placer que no surgiera de sí mismo.
Cerró la puerta cuidadosamente tras de sí y recorrió el tablado del porche lo más pegado a la pared que pudo, tratando de protegerse instintivamente en la tenue sombra que proporcionaba la techumbre. Con los ojos casi cerrados y encogido sobre si mismo, Basilio recorrió vacilante los metros que distaban de la escalera, con el objetivo, tan cercano ya, de encarar los dieciséis escalones que le separaban de la altura de la calle, llegar a ésta, andar unos veinte metros por la acera a la izquierda y alcanzar su coche que le llevaría al aeropuerto y éste a su destino de ansiada libertad. Pero la creciente duda que impedía su lucidez y agilidad habitual surgía de su retomada angustia y de su propia conciencia, harta de la cobardía de Basilio y ostentosamente molesta con el benévolo destino de su propio dueño. Pero lo cierto es que la necesidad de imponérsenos un castigo por un error siquiera perdonable surge irremediablemente de nosotros mismos, puesto que el azar, siempre tan injusto, casi nunca recuerda su obligación de juzgar, o quizás no es asunto suyo. Creer estar en lo cierto, aunque no sea así, nos puede librar de la reprobación; no creerlo, aunque se tenga razón, es causa segura de censura. Y puede que esto sea así porque tener razón también puede ser una cuestión de azar, de llegar al sitio justo en el momento adecuado y tener más información que aquel que ha tardado más que tú en la ducha o ha decidido hacer café antes de salir de casa. Es tan casual tener razón como lo es equivocarte, como aleatoria es nuestra propia existencia. Porque nuestro día a día está lleno de aleatoriedades, de infinitas cadenas de sucesos de entre las que sólo podemos engancharnos a una y nunca sabemos que habría sido de nosotros caso de haber tomado cualquier otro encadenamiento. Es vertiginoso darse cuenta de que el tiempo que empleamos en hacer algo está automáticamente descartando un considerable número de alternativas de vida más excitantes, pero también otras menos deseadas. Y es cansado y casi siempre inservible calcular el tiempo que invertimos en hacer o esquivar hacer algo (por eso mismo nadie lo hace), pretendiendo con ello acertar a engancharnos exactamente en la cadena que más nos conviene, a reinsertarnos en la realidad en el mejor de los instantes, ese que nos permite conocer a la mujer de nuestra vida, que nos consigue el trabajo que siempre habíamos deseado y que nos hace sortear por poco un accidente que bien podría haber sido mortal.
Basilio no era uno de esos hombres que sopesara la duración de sus movimientos, pero todos lo somos, y él no iba a ser menos, de los que comprobamos los efectos y las consecuencias de nuestras acciones sobre los demás. Asimismo, cada uno es capaz de otorgar una determinada trascendencia a sus propios actos, por lo que Basilio, terriblemente afectado por la carga de responsabilidad de los suyos, comenzó a sucumbir ante el peso de su conciencia y ante el punzante dolor que ésta le producía en el corazón. Sintiéndose débil y solo y cada vez más helado en el contrario amanecer de aquella mañana de Febrero, Basilio clavó sus rodillas en el suelo de madera y todo a su alrededor le pareció impreciso. Apoyó sus manos contra la pared y no supo si levantarse o permanecer en aquella posición de pertinaz sensación de vértigo. Tras un instante de detención recordó su avión, lo que le transfirió un ligero impulso de subsistencia. Retomó apurado la posición vertical y, aún mareado, inició el descenso de los dieciséis amplios escalones abrazando exageradamente la barandilla de acero. Su salvación estaba allí, a pie de calle, y el camino hacia su coche se le antojaba incluso escaso ahora que parecía haber vencido la acción de su conciencia, que ya se resignaba a su derrota sin recibir ni un solo argumento. Ni siquiera Basilio, sabedor de sus terribles acciones, era capaz de mantener lo contrario, ni siquiera él mantenía la impunidad de sus actos y, sin embargo, su castigo se demoraba o, más bien, quedaba irremediablemente en manos del azar.
Ya en el patio, avanzó hacia la verja que separaba el patio de la calle y su recorrido, a través de la suciedad y el desorden acostumbrado, le pareció más tortuoso que nunca. Ahora se sentía liberado de la responsabilidad de su cuidado; abandonaba aquel patio y aquel apartamento para siempre. Desde la verja, observó la calle, a derecha e izquierda: un barrendero a lo lejos, un grupo de pájaros en la arboleda y un lejano sonido de sirenas fue lo único que distinguió fugazmente Basilio, que se deslizó por la acera izquierda hacia su coche. Antes, se detuvo a observar desde fuera el apartamento de Valeria en la primera planta, ahora abandonado. Un conjunto de viviendas bien situado y moderadamente lujoso que se organizaba en torno a un patio común y era rodeado por una espesa vegetación, lo que le confería al conjunto una sensación de serenidad y armonía con la naturaleza que había convencido a Valeria desde el día que conocieron aquel sitio. Un apartamento diminuto, un patio desordenado, una calle de escaso tránsito, mugrientos bares con luces de neón y el olor salado del mar en el ambiente: recuerdos que llevarían adheridos para siempre la imagen de su amada Valeria: su rostro, su pelo, su cuerpo... Y fue el azar, indudablemente, el que había regalado a Basilio todas aquellas experiencias sin valorar sus méritos como destinatario. Cadenas de acontecimientos a los que se había asido instintivamente, años de intensa pasión y noches de excitante diversión junto a Valeria que la casualidad, junto a arbitrarias elecciones en su día a día, había querido relacionar con Basilio. La misma casualidad que le hacía desembocar en aquella mañana desoladora e incierta.
Abrió la puerta de su automóvil y se sentó aliviado frente al volante. Introdujo la llave y arrancó, presuroso de olvidar la tortura que le producía la visión directa de aquel inolvidable lugar. En el acto, liberó el freno de mano y su coche se movió obediente. Aún restaban cincuenta minutos para el despegue de su avión y el aeropuerto no estaba demasiado lejos. Basilio se alejaba por la calle sin un sentimiento definido en su conciencia: quizá expectación, quizá fracaso o siquiera cobardía. Tras varios metros recorridos en los que la atención empezaba a centrarse en el dial de la radio, recibió desprevenido una ensordecedora detonación a su espalda. Sobrecogido, se detuvo a un lado del pavimento y abrió la puerta para salir al exterior. De pie junto a su coche, observó las enormes llamas que, sin lugar a dudas, provenían del apartamento de Valeria. Algunas explosiones más, acompañadas de un abrasador fuego y humo negro, arrasaron casi por completo el grupo de viviendas en cuestión de segundos. Basilio regresó tembloroso a su coche queriendo tomar cuanto antes, y ya sin vacilaciones, el avión de su huida.
Sin duda, Basilio había vencido la necesidad de imponerse un castigo propio. Aunque supiera de su terrible acto y conociera sus consecuencias sobre Valeria, ningún preparativo conciente es capaz de calcular milimétricamente la duración de los actos de nadie. Nada más descubrir su brazo esa misma mañana en dirección al reloj despertador, Basilio se había enganchado arbitrariamente a la cadena de sucesos que le alejaba de su pasado cercano y de Valeria, la misma que le libraba fortuitamente del accidente mortal y le llevaba a una localización distinta donde retomaría la elección de otras alternativas de vida, y así sucesivamente. Porque, lo creamos o no, la casualidad posee entidad propia en nuestras vidas y nadie con más autoridad que ella decide el momento en el que debemos abandonar el juego del azar.
El pantalón sobre la silla fue lo primero que quiso ver nada más levantarse de la cama. Inoportunamente frío, le sirvió como único abrigo en su obligado trayecto al baño. Ahora empezaba a recordar fatigosamente ciertos fragmentos del final de la noche, cuando la lluvia y la sangre empapaban su gabardina, las luces, el humo y el sudor preservaban cálidamente su culpa y el vodka interrumpía por último su sufrimiento. Las náuseas irrumpieron violentamente en mitad del pasillo y Basilio sólo pudo distanciar levemente las piernas y apoyar un brazo en la pared para facilitar la caída de sus vómitos. Acaso una consecuencia de sus actos más recientes que en absoluto le liberaba del sentimiento de culpabilidad.
Alcanzó por fin el cuarto de baño y buscó con la mirada la previsible posición del espejo, a la espera de encontrar en la rutina de su localización una cierta seguridad en la que asentar su maltrecho estado de ánimo. Pero, para su asombro, era capaz de distinguir la cuadratura de un espejo, su forma y su situación pero no lograba verse reflejado en él. Una toalla manchada de sangre colgada en la pared de enfrente sustituía la imagen de su rostro. Demasiado cansado como para madurar el hecho, Basilio desvió despreocupadamente su atención y, deseando tocar el agua caliente de la ducha, soltó el enganche de su cinturón para colocarse bajo el grifo. Previamente, comprobó la salida del líquido elemento que, tras unos segundos, aumentó la temperatura hasta alcanzar la que Basilio consideró adecuada para esa mañana, mucho más caliente de la que en otras ocasiones hubiera preferido. Bajo el grifo, dejando resbalar el agua por su frente y su pelo, que se agolpaba pegajoso hacia atrás, perdió la mirada entre los azulejos y su mente cabalgó sinuosa en busca de los recuerdos que más le satisfacían íntimamente: el tacto de su pelo, tan fino que lo sentía deshacerse entre las yemas de los dedos, la tez de su rostro, tersa y limpia como un cristal ardiente y blando a punto de explotar, el cuerpo de Valeria bajo las sábanas, caliente y delicado, rebelde y fascinante.
Evocaciones, todas estas, que pertenecían injustamente a Basilio. Tan hondamente instaladas ya estaban, tan robustamente asentadas en lo más profundo de su memoria se encontraban que ningún acontecimiento posterior, ningún acto real de Basilio, por injusto, cruel y repugnante que fuera, era impedimento alguno para que disfrutara silenciosamente de todas ellas bajo el agua hirviente de la ducha. Y esto iba a ser así por muy pegajoso que sintiera su pelo, por mucho que el espejo no se dignara a mostrar su miserable imagen, por mucho que su pantalón rayara alevosamente la congelación, por mucho que la luz volviera su brillo hacia otro lado y la oscuridad su penumbra hacia su pupila y por mucho que su despertador resonara de la manera más ruidosa y desagradable que estuviera a su alcance. Aunque todo esto fuera así, aunque alguna vez todos los elementos se confabularan para darnos merecidamente la espalda, aún tendríamos una última oportunidad para acariciar la felicidad en el deleite de nuestros recuerdos más placenteros. Ensoñaciones que hurtamos de la realidad pasada y nos las apropiamos, que somos inconscientemente capaces de agrupar sobre sensaciones primarias y disponer de ellas cuando la añoranza por su falta nos lo exija.
Así se encontraba Basilio bajo el agua: rebuscando entre sus recuerdos y rescatando todos aquellos que ni siquiera su terrible acto había podido borrar para ponerlos a salvo de su detractora conciencia. Disfrutando intemporalmente de ellos, pasaban ya veinte minutos desde la hora en que sonó el despertador y su brazo se soltó ágilmente para apagarlo. Por tanto, así eligió que transcurriese su tiempo, así encadenó sus actos y tal duración les concedió, sin calcular (en realidad nadie lo hace) que el momento exacto de su reinserción en la vida iba a ser uno concreto y no otro, sin especular con la posibilidad de demorar este acto o apresurar aquel otro con el fin de encajar su incorporación a la realidad en una situación que podría considerar más adecuada, sin prevenir, al fin y al cabo, que cada uno de sus movimientos inconscientes, cada segundo que atrasara la ejecución de ellos iba a ser decisivo para que el azar lo depositara irremediablemente en un escenario concreto que Basilio estaba eligiendo con el simple hecho de conceder un determinado tiempo a cada gesto maquinal de su conducta ya desde que sonara el despertador veinticinco minutos antes.
Basilio cerró el grifo y dejó de burlarse de su propia conciencia, incapaz de disimular la repulsa hacia su dueño. Aún mojado y convencido de no querer utilizar la toalla sangrienta, se apresuró a recoger sus pantalones del suelo encharcado y se los abrochó de la manera más correcta que su maltratado estado le permitía. Tras la ducha, la ansiedad se había mitigado ligeramente, lo que le suponía el despertar de una cierta lucidez mental. No había tiempo para mucho más, pensó, ya habrá ocasión de comer algo. El avión que Basilio tomaba para salirse cobardemente de su realidad despegaba en poco más de una hora, por lo que tomarse cualquier comodidad a estas alturas supondría un retraso que podría resultar fatalmente innecesario. Alertado por esta circunstancia, recorrió el apartamento, que cada vez le parecía más ajeno, en busca de algún abrigo que sustituyese satisfactoriamente a los suyos, ahora irreparablemente salpicados de sangre. En el armario principal no pudo encontrar nada que se asemejase a una vestimenta adecuada de caballero, por lo que acudió al armario del trastero de donde hurtó un jersey de lana de rombos verdes y un abrigo de piel especialmente anticuado aunque satisfactorio para su cometido. Antes de salir del apartamento, Basilio se detuvo frente al marco de la ventana y observó el exterior a través de la celosía: el patio de los apartamentos, en completo silencio, la amplia escalera de la derecha, el pequeño tramo de césped y la calle, absolutamente desierta a estas horas. Al otro lado de la calle, las luces de neón de algunos locales de alterne, en evidente mal estado, hacían temblar el color que portaban y sugerían a Basilio la visión momentánea de su propio corazón: rojo trémulo. Al fondo, los primeros edificios cercanos al mar, oscuros y silueteados por el amanecer. Un amanecer que esa mañana no cedió a la sugestiva belleza del color y prefirió mostrar su lado más áspero y grisáceo, para desazón de Basilio, que no recibió esa mañana ni un solo instante de placer que no surgiera de sí mismo.
Cerró la puerta cuidadosamente tras de sí y recorrió el tablado del porche lo más pegado a la pared que pudo, tratando de protegerse instintivamente en la tenue sombra que proporcionaba la techumbre. Con los ojos casi cerrados y encogido sobre si mismo, Basilio recorrió vacilante los metros que distaban de la escalera, con el objetivo, tan cercano ya, de encarar los dieciséis escalones que le separaban de la altura de la calle, llegar a ésta, andar unos veinte metros por la acera a la izquierda y alcanzar su coche que le llevaría al aeropuerto y éste a su destino de ansiada libertad. Pero la creciente duda que impedía su lucidez y agilidad habitual surgía de su retomada angustia y de su propia conciencia, harta de la cobardía de Basilio y ostentosamente molesta con el benévolo destino de su propio dueño. Pero lo cierto es que la necesidad de imponérsenos un castigo por un error siquiera perdonable surge irremediablemente de nosotros mismos, puesto que el azar, siempre tan injusto, casi nunca recuerda su obligación de juzgar, o quizás no es asunto suyo. Creer estar en lo cierto, aunque no sea así, nos puede librar de la reprobación; no creerlo, aunque se tenga razón, es causa segura de censura. Y puede que esto sea así porque tener razón también puede ser una cuestión de azar, de llegar al sitio justo en el momento adecuado y tener más información que aquel que ha tardado más que tú en la ducha o ha decidido hacer café antes de salir de casa. Es tan casual tener razón como lo es equivocarte, como aleatoria es nuestra propia existencia. Porque nuestro día a día está lleno de aleatoriedades, de infinitas cadenas de sucesos de entre las que sólo podemos engancharnos a una y nunca sabemos que habría sido de nosotros caso de haber tomado cualquier otro encadenamiento. Es vertiginoso darse cuenta de que el tiempo que empleamos en hacer algo está automáticamente descartando un considerable número de alternativas de vida más excitantes, pero también otras menos deseadas. Y es cansado y casi siempre inservible calcular el tiempo que invertimos en hacer o esquivar hacer algo (por eso mismo nadie lo hace), pretendiendo con ello acertar a engancharnos exactamente en la cadena que más nos conviene, a reinsertarnos en la realidad en el mejor de los instantes, ese que nos permite conocer a la mujer de nuestra vida, que nos consigue el trabajo que siempre habíamos deseado y que nos hace sortear por poco un accidente que bien podría haber sido mortal.
Basilio no era uno de esos hombres que sopesara la duración de sus movimientos, pero todos lo somos, y él no iba a ser menos, de los que comprobamos los efectos y las consecuencias de nuestras acciones sobre los demás. Asimismo, cada uno es capaz de otorgar una determinada trascendencia a sus propios actos, por lo que Basilio, terriblemente afectado por la carga de responsabilidad de los suyos, comenzó a sucumbir ante el peso de su conciencia y ante el punzante dolor que ésta le producía en el corazón. Sintiéndose débil y solo y cada vez más helado en el contrario amanecer de aquella mañana de Febrero, Basilio clavó sus rodillas en el suelo de madera y todo a su alrededor le pareció impreciso. Apoyó sus manos contra la pared y no supo si levantarse o permanecer en aquella posición de pertinaz sensación de vértigo. Tras un instante de detención recordó su avión, lo que le transfirió un ligero impulso de subsistencia. Retomó apurado la posición vertical y, aún mareado, inició el descenso de los dieciséis amplios escalones abrazando exageradamente la barandilla de acero. Su salvación estaba allí, a pie de calle, y el camino hacia su coche se le antojaba incluso escaso ahora que parecía haber vencido la acción de su conciencia, que ya se resignaba a su derrota sin recibir ni un solo argumento. Ni siquiera Basilio, sabedor de sus terribles acciones, era capaz de mantener lo contrario, ni siquiera él mantenía la impunidad de sus actos y, sin embargo, su castigo se demoraba o, más bien, quedaba irremediablemente en manos del azar.
Ya en el patio, avanzó hacia la verja que separaba el patio de la calle y su recorrido, a través de la suciedad y el desorden acostumbrado, le pareció más tortuoso que nunca. Ahora se sentía liberado de la responsabilidad de su cuidado; abandonaba aquel patio y aquel apartamento para siempre. Desde la verja, observó la calle, a derecha e izquierda: un barrendero a lo lejos, un grupo de pájaros en la arboleda y un lejano sonido de sirenas fue lo único que distinguió fugazmente Basilio, que se deslizó por la acera izquierda hacia su coche. Antes, se detuvo a observar desde fuera el apartamento de Valeria en la primera planta, ahora abandonado. Un conjunto de viviendas bien situado y moderadamente lujoso que se organizaba en torno a un patio común y era rodeado por una espesa vegetación, lo que le confería al conjunto una sensación de serenidad y armonía con la naturaleza que había convencido a Valeria desde el día que conocieron aquel sitio. Un apartamento diminuto, un patio desordenado, una calle de escaso tránsito, mugrientos bares con luces de neón y el olor salado del mar en el ambiente: recuerdos que llevarían adheridos para siempre la imagen de su amada Valeria: su rostro, su pelo, su cuerpo... Y fue el azar, indudablemente, el que había regalado a Basilio todas aquellas experiencias sin valorar sus méritos como destinatario. Cadenas de acontecimientos a los que se había asido instintivamente, años de intensa pasión y noches de excitante diversión junto a Valeria que la casualidad, junto a arbitrarias elecciones en su día a día, había querido relacionar con Basilio. La misma casualidad que le hacía desembocar en aquella mañana desoladora e incierta.
Abrió la puerta de su automóvil y se sentó aliviado frente al volante. Introdujo la llave y arrancó, presuroso de olvidar la tortura que le producía la visión directa de aquel inolvidable lugar. En el acto, liberó el freno de mano y su coche se movió obediente. Aún restaban cincuenta minutos para el despegue de su avión y el aeropuerto no estaba demasiado lejos. Basilio se alejaba por la calle sin un sentimiento definido en su conciencia: quizá expectación, quizá fracaso o siquiera cobardía. Tras varios metros recorridos en los que la atención empezaba a centrarse en el dial de la radio, recibió desprevenido una ensordecedora detonación a su espalda. Sobrecogido, se detuvo a un lado del pavimento y abrió la puerta para salir al exterior. De pie junto a su coche, observó las enormes llamas que, sin lugar a dudas, provenían del apartamento de Valeria. Algunas explosiones más, acompañadas de un abrasador fuego y humo negro, arrasaron casi por completo el grupo de viviendas en cuestión de segundos. Basilio regresó tembloroso a su coche queriendo tomar cuanto antes, y ya sin vacilaciones, el avión de su huida.
Sin duda, Basilio había vencido la necesidad de imponerse un castigo propio. Aunque supiera de su terrible acto y conociera sus consecuencias sobre Valeria, ningún preparativo conciente es capaz de calcular milimétricamente la duración de los actos de nadie. Nada más descubrir su brazo esa misma mañana en dirección al reloj despertador, Basilio se había enganchado arbitrariamente a la cadena de sucesos que le alejaba de su pasado cercano y de Valeria, la misma que le libraba fortuitamente del accidente mortal y le llevaba a una localización distinta donde retomaría la elección de otras alternativas de vida, y así sucesivamente. Porque, lo creamos o no, la casualidad posee entidad propia en nuestras vidas y nadie con más autoridad que ella decide el momento en el que debemos abandonar el juego del azar.
1 comentarios:
Que largo tio! tendre que leerlo con calma.
Juan Sepulveda
voy a seguir escudriñando tu blog
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